jueves, 18 de junio de 2026

Nuestro pana Zapatero

 Enseguida me interesó la palabra. Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los billetes de 500 euros son chistorras, y lechugas los de cien), ni a las personas por su nombre (El Todopoderoso: Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería; Goblins: José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.

En el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que indica que con pana estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir, de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida, pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos aya / haya / halla, lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u homógrafas pueda ser polisémica.

La pana, como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo, que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la expresión «Nuestro pana Zapatero».

La morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana», referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante posesivo: nuestro pana.

La docta institución académica propone como origen de esta pana textil y marinera la palabra francesa panne, que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:

1. Avería

2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.

3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para formar un reborde.

4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.

En la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias. Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos remiten a un panne procedente del latín pinna, con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire etymologique de la langue française se remonta a un pannum latino, de donde pan trozo de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc., cuya forma femenina, panne, designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se mueve.

Nos vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil offshore o la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos entonces, al homónimo pana 2.

Es un americanismo. Según el Diccionario de americanismos editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o Ecuador, un pana es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como hijo de la palabra panaca, con la que se designaba a la familia, siendo un pana un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender fonéticamente del inglés partner (socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche, ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que los panas, además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo (¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio. Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España, si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó «nuestro pana Zapatero está detrás».

Este homónimo pana, según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche. En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana Zapatero, en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada compañero de fatigas, correligionario, con quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche, un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos poco lícitos?

En vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro pana Zapatero es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad, más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de compinches que van a forrarse. Veritas filia temporis.


lunes, 15 de junio de 2026

Homenaje a JRJ

                                        

                                        Yo no seré yo, muerte,
                                         hasta que tú te unas con mi vida
                                        y me completes así todo…

                                                                                  JRJ

La muerte nos completa.

Ella culmina el ciclo.

De la sombra a la sombra.

De la nada a la nada.

Del silencio al silencio.

Del vivir al olvido.

Pero en medio la luz.

Y las rosas.


viernes, 12 de junio de 2026

Transformación (2)

 2

Al estrés psíquico propio de los cambios hormonales se añade el académico. En los cuatro años que van de junio de 1966 a junio de 1970, de los diez a los catorce, pasé por seis centros escolares –escuela parroquial y academia particular en Gibraleón (Huelva), colegio salesiano de Pozoblanco, Sección Delegada Mixta Elemental de Pozoblanco, instituto «Séneca» de Córdoba y sección delegada del instituto «Séneca» en el instituto «Góngora»– con el consiguiente quebranto de la continuidad en materias, conocimientos y profesores. Mis padres achacaban mis regulares rendimientos –aunque solamente tuve tres suspensos en estos cuatro años– a la falta de atención, de concentración, y con la aquiescencia de los médicos me hacían tomar pastillas de fósforo «Guerrero», que mejorarían mi ánimo y reforzarían mi memoria, ignorantes de que el problema no era cuestión de química, sino emocional.

Vivíamos entonces en Gibraleón. Un día de finales de junio me despertó mi madre temprano. Yo había tardado en dormirme la noche anterior, inquieto, tratando de imaginar lo que me esperaba a la mañana siguiente. Años después descubriría, recordaría, aquel desasosiego nocturno en una novela de Miguel Delibes, El camino, donde su protagonista, Daniel el Mochuelo, pasa la última noche en su casa del pueblo antes de partir a un internado de la ciudad para estudiar el bachillerato. Aquella mañana de junio había llegado el día del examen de ingreso. Para tranquilizarme, mi madre me preparó una taza de tila bien tilada. Para evitar el mareo y la vomitera en el autobús, no quiso que desayunara.

–Ya comerás a la vuelta.

Ninguno de los dos me acompañaría. Huelva estaba cerca.

–Te vas con el guardia Fulano, que va de papeleo a la comandancia. Él te recogerá en el instituto.

El primer instituto de mi vida. Un edificio bonito, rodeado por una verja de hierro, de varias plantas, de ladrillo con tejas vidriadas en las nervaduras de los tejados, cúpulas y grandes ventanas rectangulares o de doble arco. Una cancela daba acceso a la entrada principal, con su jardín arbolado y su escalinata hasta la planta baja. El guardia no pasó la cancela. Me recogería allí a tal hora y se fue a sus asuntos.

Con la cartera escolar, donde llevaba el resguardo y el plumier con los lápices y la goma de borrar, hube de sopreponerme y encarar la situación, la soledad, subir los escalones, echar una ojeada, dirigirme a un conserje que me señaló una mesa larga donde había cuatro o cinco hombres sentados, a los que presenté el resguardo y me indicaron un pupitre donde sentarme y esperar. En el amplio espacio del recibidor había tres grupos de pupitres ordenadamente dispuestos, como en un aula, donde nos fuimos colocando los examinandos.

La primera prueba fue un dictado del comienzo de Platero y yo. En el papel que nos dieron para el dictado, venían también ejercicios de aritmética, de gramática y un par de preguntas de catecismo, una de las cuales –¿Cuáles son las virtudes cardinales?– no supe contestar.

Para el examen oral, un miembro del tribunal leía tu nombre en voz alta y te indicaba dónde colocarte de pie. Recuerdo que los examinadores se mostraban sonrientes y trataban de ser cercanos para que el trance no fuese angustioso. Es posible que la supertila preparada por mi madre hiciera su efecto y estuviese ante el tribunal más relajado y destensionado de lo requerido. Puede que, al contrario, el estado de nervios me obnubilara. O que el ayuno me tuviese medio desfallecido. Cabe, finalmente, la posibilidad de que no estuviera preparado para el examen. No recuerdo qué preguntas me hicieron, pero mis respuestas no debieron ser las adecuadas, puesto que recibí un No apto, aunque pude superarlo con creces en la convocatoria de septiembre.

No era uno entonces consciente de la importancia de superar aquella prueba y enrolarse en el bachillerato. La vida de un hijo de guardia civil, aun teniendo los mismos límites que la del hijo de cualquier vecino, añadía el componente de la itinerancia, de la falta de raigambre necesaria para aprender un oficio, que era la alternativa a los estudios. Otro hándicap guardiacivilero era que raramente podías aprender un oficio –herrero, carpintero, agricultor, fotógrafo, albañil, comerciante– de tu padre, porque tu padre raramente había aprendido un oficio antes de ser guardia civil, y raramente ejercía en el Cuerpo un oficio especializado –archivero, radiotelegrafista, mecánico, armero– que pudiera enseñar a su hijo. Un guardia civil era guardia civil. No era obrero, menestral. Así que estudiar o ingresar en el Cuerpo.

Agradezco a mis padres que eligieran para mis hermanas y para mí el camino del estudio. Se esforzaron, renunciaron a deseos y a sueños (viajar, comprar una casa en un pueblo) y economizaron para pagarnos matrículas y libros de texto. Los hijos estábamos en la obligación de estudiar, de no suspender, con el añadido ya mencionado de la falta de continuidad en el mismo lugar y de las conmociones emocionales derivadas de los continuos adioses a amigos y compañeros.

No sé cómo se afrontaría hoy que a los diez años se decidiera en buena parte el futuro de las niñas y niños de un país mediante una prueba académica formalmente revestida de los atributos de un juicio sumarísimo que condicionaría de por vida al examinando. Una experiencia inolvidable. Un trance académico desasosegante e inadecuado en un momento biológico tan complejo para los aspirantes a bachilleres. Una crueldad.

miércoles, 10 de junio de 2026

Transformación



La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.

Se le han arqueado las cejas, y espesado y ennegrecido, al niño de la primera foto. Y se le ha alargado la cara. Sigue teniendo los ojos grandes, almendrados, con una particularidad difícil de explicar. Quizá la inclinación del izquierdo. Quizá el párpado del derecho. Marcan los labios cerrados leve sonrisa en la primera fotografía. Entreabiertos en la segunda, parece más pequeña la boca, y asoman las dos paletas. Así lo llamaba entonces su padre, «Paletas».

Es y no es él mismo: adiós a la niñez, bienvenido a la pubertad. Sólo cuatro años y la criatura parece, es, otra: la mirada, la sonrisa, el bocado de Adán, las erecciones. Cómo reconocerse. Cómo aceptarse en ese muchacho cuyo cuerpo se ha transformado. Que ha cambiado la voz. Que descubre vello en su pubis. En su cara. En sus piernas. Que experimenta sensaciones inexplicables en su cuerpo.

Cuatro años y el niño desapareció. Para sí primero. Para sus padres luego y para sus hermanas. Es él, pero no es el mismo. No es ya que haya crecido, que sí lo ha hecho. Pero algo se ha perdido en la metamorfosis. Y sufre sin saber por qué.

El capullo, la envolvente protección familiar, se rompe y al púber le nacen alas, quiere volar fuera, autónomo, experimentar la sensación de la libertad con los amigos, que también han cambiado, de descubrir las calles, los barrios, los cines, los juegos que ya no pueden vigilar los mayores.

Las dos fotografías respondían a momentos clave en el historial académico. Tenían también su repercusión sociológica: ni todos los alumnos de 10 años seguían estudiando, ni todos los que querían seguir estudiando pasaban la prueba –el examen de ingreso– para acceder al bachillerato elemental.

En la España franquista en que creció, el uso de razón se alcanzaba a los siete años, la edad con que se hacía la primera comunión. Era frecuente que en tal ocasión a los niños les regalaran un reloj de pulsera y una cruz de oro con su cadenita para llevar al cuello. Proclamaban así su fe católica y ser responsables del tiempo que latía en sus muñecas.

El siguiente paso iniciático era la decisión de estudiar o no. Unos comenzaban a ayudar a sus padres en el campo, en el taller de coches, en la herrería, en la tienda, o entraban como aprendices en un comercio de telas, de recaderos en un ultramarino, en el bar, en la carnicería, en una funeraria o en la farmacia del barrio. Los había también que desaparecían de un día para otro porque se iban a Madrid, a Barcelona, o a Suiza y Alemania, según.

En unos meses, la infancia empezaba a sentirse ya como paraíso perdido. Ahora tocaba ser hombrecitos serios y responsables, no torcerse, estudiar, convertirse en jóvenes de provecho, elegir bien a los amigos, ennoviarse con una buena muchacha, encontrar trabajo, ahorrar, dar la entrada para un piso… O ingresar en la guardia civil.

La transformación física iba acompañada de la emocional, de inseguridades y timideces, de súbitos cambios de ánimo, de humor, de sentimientos contradictorios (el sufrimiento más tremendo y el más gozoso deleite, el amor más sublime y las masturbaciones), de desarreglos sentimentales provocados por el desarraigo, por el súbito adiós a los amigos, al pueblo y al paisaje, a la casa, al acento y la manera de hablar...


jueves, 14 de mayo de 2026

Aldea/Urbe


 Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.

Cada uno de los militantes Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.

La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.

Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.

Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.

Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco..., más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.

Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.

sábado, 4 de abril de 2026

Cisnes en el Sena (Homenaje a fray Luis de León)

 Port Ilon, 3 abril


Vivir es navegar. Como en un sueño.

Tarde tras tarde,

sobre la misma hora,

acudo a la cita

y miro caer el día. Como siento

caer mi vida.

Duele y es hermoso.

Porque es fin y porque es belleza.


En tu forma llevas, cisne,

la pregunta y la respuesta.

Vivir. Navegar. Disolverse.

Sereno el irse. Aunque duela

dejar atrás los pájaros, los besos,

esta primavera en el bosque,

este esplendor de abril.

Este callar de día que se apaga,

este suave navegar

en un mar de dulzura.

Este temblor que sacude los álamos.

Esta brisa que leve sopla hacia el ocaso.


jueves, 26 de marzo de 2026

Deudas lectoras



Conocía su nombre de verlo en los índices de los libros más antiguos de la colección Austral –con cuadernillos cosidos– de Espasa Calpe: Bayo, Ciro 544 - Lazarillo español. Marcado con asterisco, que indicaba un volumen extra. Así iba un estudiante en los setenta con escaso dinero formando e ideando su biblioteca. Con más libros marcados en los índices y catálogos de las editoriales que volúmenes presentes en las baldas.

Luego me lo encontré en las memorias de Pío Baroja, Desde la última velta del camino, que dedicaba unas páginas a su amigo andarín, a quien Azorín llamaba escritor andante y que Valle-Inclán retrató en Luces de Bohemia como el pedante don Peregrino Gay, cliente de la librería de Zaratustra, culto, viajado y crítico del fanatismo español.

Después de muchos años, encontré su nombre en un papel del Rastro. Estaba en un tenderete de donde había sacado y pagado ya un par de libros. Era la portada de uno de los libros de temática americana de Ciro Bayo, Bolívar y sus tenientes. San Martín y sus aliados (1929). Sola la deteriorada portada en papel verjurado a dos tintas, verde y negra, con una tipografía llamativa y una viñeta en verde. La saqué de la montonera de libros y le pregunté al librero si me la regalaba, aunque estaba dispuesto a dar algún euro por ella. El hombre, extrañado, sin tira ni afloja, me la regaló. Ahora luce, plastificada, en uno de los estantes de mi biblioteca.

Hace unas semanas, camino del Rastro, en los tabancos que se alinean en la Ronda de Toledo, hice el gran descubrimiento, vi por primera vez una obra de Ciro Bayo, el volumen extra 544, precioso con la sobrecubierta en rojos, negros y blancos, en bastante buen estado. Una tercera edición, de noviembre de 1965, con 61 años a cuestas. Estaba de oferta: dos libros por tres euros. Elegí otro de la misma colección, de la serie amarilla –libros políticosy documentos de la época–, de Wenceslao Fernández Flórez: una recopilación de sus crónicas parlamentarias, cuya lectura recomiendo vivamente al lector en general y a todos y cada uno de los miembros del Congreso en particular. A pesar de la fecha, 1914-1919 es asombrosa su actualidad.

El Lazarillo español es una invitación a la aventura, a soltar amarras y largar velas –un viaje a pie desde Madrid a Andalucía y Barcelona, con la mínima impedimenta material y monetaria–, un libro romántico y costumbrista, más del siglo diecinueve que del veinte, con giros y vocablos populares, sin florituras estilísticas pero con eficacia comunicativa, a pesar de los latines y la erudición del narrador andante. El cuento resulta entretenido y tiene hoy un interés extra para quienes conozcan los lugares por los que transita el protagonista, porque apreciará la transformación de los paisajes rurales y urbanos descritos en la novela: el ayer y el hoy de la España peregrina y caminera, de las ventas y posadas de antaño, de los mendigos, de los trabajadores temporeros, de los pobres que viven de la caridad y de la sopa de convento, de una España invertebrada.

El protagonista guarda estrecha relación con Lázaro Gonzalez Pérez, y no porque recorra su camino a pie, sino porque su principal cometido es no llegar a la noche con el estómago vacío y dormir a cubierto. Para ello se vale de mil recursos, ninguno de ellos fuera de la ley, aunque sí en el filo de la navaja, continuando así la línea del pícaro hambriento, no delincuente, trazada por su primer antecesor en el siglo XVI. Tampoco es un moralista que sermonea a cada paso, ni un hombre que reprueba sus orígenes o su vida pasada, o que se demora en digresiones morales surgidas del pesimismo y la desconfianza en el ser humano. Este Lazarillo español es un hombre optimista, un aventurero nato que confía en sus habilidades para sobrevivir, en la bondad de sus semejantes y en la buena suerte.

Cosa –lectura– de agradecer en estos tiempos menguados.


martes, 24 de marzo de 2026

Don Quijote en el diccionario, 2

Podría afirmarse que es una afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión y el terror.

La RAE no va por ahí. Para ella el quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil todavía…, el quijotismo es… ¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos. ¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos, socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones, derribando gigantes y corrigiendo abusos?

Acudir a la entrada «caballeresco» no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados, corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué términos han de usarse para las mujeres que exageran sus sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.

Y volvamos ya al quijotismo, que en su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento. Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en busca de aventuras: «Yo sé quién soy respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

¿Padecen todos los quijotes de quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni sea un engreído o vanidoso.

Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo «quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de «quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico, en Argentina y Uruguay.

El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos. Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas conversaciones.

Hay quijotes de nativitate y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a perder el juicio. Don Alonso Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre, la amada, los nobles principios de la andante caballería por instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.

Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la sabiondez.

Don Quijote es un personaje universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como acaba ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo en su lecho de muerte, pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en su nombre.

¿Qué bando tomaría hoy nuestro héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?

Antes de redactar esta entrada para El pisapapeles de Karlsbad he tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La Vanguardia, titulado «Quijote, traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El quijotismo de Pedro Sánchez». No los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California, destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa), el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».

Orgulloso de luchar contra el infiel. Hasta Cervantes creía en la guerra. Así no hay manera. 


martes, 17 de marzo de 2026

Siglas (En recuerdo de un poemilla de Dámaso Alonso)


En mis caminatas tempraneras por los alrededores y cercanías del pueblo, hay días en que escucho música y días en que escucho informativos y tertulias, según tenga el ánimo sin/con ganas de polarizarme ante las barbaridades que la clase política –municipal, regional, nacional o internacional– arroja delante de un micrófono.

No es raro que en los noticiarios y tertulias matutinas aparezca alguna palabra que me llame la atención –jeribeque, carajal–, por lo peregrino de su sonido o de su significado, porque sea una palabra vieja, un modismo local, o porque se trate de un tecnicismo nuevo y semánticamente opaco para mí, como es el caso de la palabra cazada esta mañana: «Más tarde –adelantaba la presentadora– hablaremos de las personas «fomo». ¿Personas fomo? Ni idea, indagaría cuando llegara a casa.

Como suponía que estaba ante un neologismo de última hora, tecleé las cuatro letras en el buscador, y en vista creada con IA leí que «El fomo, o fear of missing out ("miedo a perderse algo"), es un fenómeno psicológico y una forma de ansiedad social caracterizada por el temor constante a que otros estén viviendo experiencias gratificantes mientras uno no participa». Una mezcla de envidia –la persona afectada siente pesar al ver que otros están disfrutando de lo que ella se está perdiendo–, de resentimiento o enojo por verse excluído, y de imposible afán de omnipresencia, que impele a consultar compulsivamente el móvil y a no disfrutar de lo que nos rodea. Lo fomo supone un desdoblamiento, el plano del aquí en el que se está, y el plano del allí en el que se quiere estar pero no se está, lo que conduce a la falta de estima propia, al estrés, a la angustia. En fin, una enfermedad, una adicción: el mal de las redes. Una pena.

El ser humano es toxicómano por naturaleza, tanto de sustancias químicas como de instancias mentales. Lo prueba el uso abusivo que se hace del enganche o del estar enganchado al póquer, a los videojuegos, al fútbol, al cine gore, a las novelas históricas, al bingo, a una película, a una saga, a la práctica de algún deporte, al baile de salón o a los juegos de rol y a mil cosas más que crean dependencia y provocan desajustes físicos y emocionales.

La sigla fomo añade una moderna dolencia, una patología más de las innumerables a que estamos expuestos: por mucha tecnología de que nos valgamos, somos seres limitados, jamás poseeremos el don de la ubicuidad.

Otra palabra que ha llamado mi atención esta semana guarda su relación con la anterior. Es una extraña formación acrónima: HODIO, sí, con hache, aunque no es falta ortográfica, sino desafortunada creación vocabular del equipo de gobierno de la Moncloa. Amparado en un lema de onda hippieHablemos más de amor y menos de odio–, el presidente Sánchez presentó en sociedad un nuevo proyecto para el seguimiento y erradicación de los discursos de odio y polarización en las principales redes sociales utilizadas en nuestro país. La razón de este programa espía está en el uso que la ultraderecha neonazi hace de las nuevas tecnologías para difundir sus comentarios racistas, para agredir verbalmente y amenazar a quienes no somos de su cuerda.

La palabreja en cuestión visibiliza el concepto, quién lo duda –HODIO–, pero puede inducir al equívoco, a la duda, incluso a la incitación, en personas no duchas ortográfica e ideológicamente. Si esto ocurre en el contexto de la escritura, no dudo que sería mucho más contraproducente en el ámbito oral, con nuestra hache muda. ¿Cómo iba a entenderse la frase el gobierno ha puesto en marcha el programa odio? Es el mismo equívoco que cuando alguien anima a celebrar el «día de la violencia contra las mujeres».

Una precipitada parida, una chapuza, un neologismo desafortunado y malamente construido desde el punto de vista léxico, que deja fuera, además, una parte de la secuencia lingüística que genera el acrónimo. Según el ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la herramienta HODIO nace del sintagma «Huella del Odio y la Polarización». ¿Por qué no aparece representado el término «polarización»?

Me acuerdo de la canción de Aute, clarividente como siempre:

Retales, chapuza y pastiche.
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Don Quijote en el diccionario, 1

En el capítulo I de la novela cervantina publicada en 1605, asistimos al nacimiento, no del hidalgo, del que no sabemos exactamente cuándo nació, sino del caballero, del ingenioso caballero don Quijote de La Mancha. La palabra «quijote» existía ya en nuestra lengua antes que el personaje: los quijotes eran las piezas de la armadura que protegían los muslos del caballero. Pero también designaba la parte de los cuartos traseros de las caballerías comprendida entre el cuadril y el corvejón.

El origen inmediato de la palabra está en el término catalán cuixot (cadera), como leemos en el diccionario etimológico del señor Corominas, que nos presenta tres momentos léxicos del vocablo: cuixa (muslo) > cuixot (1280) > cuxot (1350). En el catalán de nuestros días, una cuixa es un muslo, humano o de pollo, de animal, y con cuixal se designa tanto la pernera del pantalón, como el protector de los muslos en el conjunto del arnés, y como el cojal, la piel que los cardadores se ponían sobre el muslo para cardar. Entre muslos, pues, anda el vocablo, el quijote.

Los etimologistas románicos la derivan del latino coxa (cadera), aunque Aulo Cornelio Celso, prestigioso médico de tiempos de Tiberio (s. I d. C.), se refería con ella tanto al muslo como al hueso del muslo, el fémur. En griego no parece documentada esta raíz, si bien hay quien supone un kóchone y un kóchona, que designaban la zona del isquión, la cadera, y que está en el origen de palabras, como coxis o cojo y sus derivados.

¿Conocía Cervantes la palabra quijote o estamos ante un feliz hallazgo, una creación suya? Como soldado que fue, no ha de extrañar que conociera los distintos componentes de una armadura. Y si no era por la milicia, bien podría ser por esa zona del cuarto trasero de las caballerías. De cualquier manera, hay que alabar el acierto de utilizar parte de la raíz del apellido del hidalgo, añadiéndole el sufijo ote con su tinte aumentativo y su matiz burlón. Y su consonancia con el morisco Ricote o con el magnífico y admirado Lanzarote del Lago.

En el diccionario de la RAE aparecen dos artículos para la palabra quijote. El primero, para referirse a la pieza del arnés y a la zona del cuarto trasero de las caballerías. El segundo artículo considera el término «por alusión» al personaje literario, y nos ofrece dos acepciones:

1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. Sinónimos: héroe, idealista, altruista, abnegado, desinteresado.

2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino.

La definición y sinónimos de la primera acepción nos presenta el hecho de ser quijote desde el punto de vista espiritual, ético, como algo positivo, solidario, digno de elogio y admiración, incluso de emulación. La segunda, señala el parecido puramente físico con el personaje de la novela.

En el Diccionario del español actual1 se define quijote como «hombre idealista que actúa desinteresadamente en defensa de causas que considera justas. Frecuentemente también con intención despectiva». Se introduce aquí un matiz significativo importante que no aparece en el diccionario académico: lo peyorativo o despreciativo, lo desfavorable. En ese menosprecio insiste también María Moliner, cuya definición se acerca también a la intromisión, a la injerencia, cuando escribe que el término quijote «se aplica como nombre calificativo a la persona que está siempre dispuesta a intervenir en asuntos que no le atañen, en defensa de la justicia. Generalmente no se emplea con sentido admirativo y puede tenerlo despectivo».

Una observación antes de continuar. Según la RAE y Seco-Andrés-Ramos, el nombre calificativo quijote sólo se aplica a hombres. No hay, vista su definición del término, espacio para las mujeres que anteponen sus ideales en favor de nobles causas, idealistas, que luchan contra la injusticia. Únicamente María Moliner evita la mirada machista y habla de «persona», no de «hombre». Instamos, pues, desde este Pisapapeles a la docta academia para que revise la formulación exclusiva del término quijote e incluya la posibilidad de que una mujer también pueda ser considerada quijotesca, en el buen sentido de la palabra.

***

1 Manuel SECO, Olimpia ANDRÉS y Gabino RAMOS, Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999.

lunes, 9 de marzo de 2026

Learning American English

Era uno de los lemas de mis años mozos, cuando fui tomando conciencia, no del idioma inglés, sino de la cultura de la paz, de la protesta contra el intervencionismo, contra el militarismo Make love, not war, contra el imperialismo de Estados Unidos. Yankee go home. Yanqui, vete a casa. Deja de injerirte, de bloquear, de bombardear. De amenazar. De ocupar. Eran los sesenta hippies y mayistas, cuando supimos de los manejos de la cía y de las banana republics, del summer of love, de la marihuana, del hachís y de los trips, de las canciones de Donovan Universal soldier, de Bob Dylan Masters of war–, o de Leonard Cohen: The partisan.

Con el tiempo y la influencia de los mass media, aunque EEUU siguió entrometiéndose y luchando en diferentes guerras, la frase entró en el túnel del desuso y se fue considerando casi un arcaísmo, un slogan trasnochado, una expresión ideológica extemporánea, anacrónica, propia de puretas. No recuerdo que en los movidos ochenta –Quién en esta década, con una generación arrasada por la heroína, iba a gritar el Yankee go home en un concierto o en un garito de la movida–; ni en los noventa, cuando España entró plenamente en la modernidad –Quién en los fastos de la Expo 92 o en el estadio olímpico de Barcelona iba a enarbolar una pancarta con el Yanqui, vete a casa; ni siquiera en la primera década de este siglo, cuando las manifestaciones masivas contra la guerra en Irak, se veía esta vieja consigna.

Pero los tiempos cambian y no cambian. O cambian para no cambiar, porque por enésima vez, un presidente estadounidense con probadas hechuras de matón, amenaza, secuestra, bombardea y comete crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y de nuevo, desde que volvió a la Casa Blanca, ondean al aire pancartas con el Yankee go home. Lema reivindicativo por nacionalista, imperativo por derecho a la propia soberanía, por respeto a los tratados y leyes internacionales. La guerra, no olvidemos a Gandhi, es el lenguaje de las bestias. De los déspotas. De las malas personas. De los asesinos.

Creo que con el tiempo y el trabajo de zapa de los grandes medios de comunicación, la barbarie irá pasando a un segundo o tercer o quinto plano, como ha pasado con Gaza, hasta que nos olvidemos de ella, engatusados por minúsculos asuntos magnificados.

EEUU siempre hace películas sobre sus guerras. Fuimos a verlas antes y las aplaudimos –Qué buenos ellos, los yanquis, haciendo cine. Oh, apocalipsis, oh, Johnny, oh, chaqueta metálica, oh, negro halcón, oh Platoon, oh Ryan, oh delgada línea… Supongo que en breve veremos el golpe de Caracas, el genocidio de Gaza, los bombardeos en Irán, el minuto a minuto en la Casa Blanca… y la agonía de Cuba.

Es la pedagogía de Donald Trump. Su apología del insulto. De la violencia. De la patada en la cabeza. Del disparo en el corazón. De la bomba. Ese es su idioma. No el inglés.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Aquel 10 de octubre del 44

 «Se crea un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, bajo la dependencia del Ministerio de la Gobernación de la Península, y con la denominación de Guardias civiles». Así reza el artículo 1 del Real Decreto por el que se crea la Guardia Civil, publicado en la Gaceta de Madrid el domingo 31 de marzo de 1844, firmado por Luis González Bravo, Presidente del Consejo de Ministros; Luis Mayans, ministro de Gracia y Justicia; Manuel de Mazarredo, ministro de la Guerra; Filiberto Portillo, titular de Marina, Comercio y Ultramar; Juan José García Carrasco, encargado de Hacienda, y el marqués de Peñaflorida, responsable de Gobernación.

El nuevo cuerpo armado se acoge a la disciplina y a la justicia militar, y cumplirá un servicio público que ni el ejército ni la Milicia Nacional podían garantizar en ese momento, como era la «protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones», en una nación necesitada de orden y seguridad «por efecto de sus guerras y disturbios civiles».

El encargado de organizar la nueva institución armada es un pamplonés de 41 años, don Francisco Javier Girón de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, con pedigrí nobiliario y militar por los cuatro costados, que había ingresado en el ejército a los 12 años. Defensor de la monarquía absolutista, luchó a las órdenes del general Narváez en la primera guerra carlista, tras la que alcanza el rango de mariscal de campo. En abril de 1844, González Bravo le asigna la tarea de crear y formar el nuevo cuerpo armado para la seguridad pública. 

En sucesivos decretos y ordenanzas salidas con celeridad del despacho del duque, se establece la organización de la benemérita institución, su distribución geográfica, los uniformes, los haberes, el código disciplinario, la vivienda, los requisitos para el ingreso y el espíritu del Cuerpo. Para la instrucción de la tropa se habilitaron instalaciones del ejército en Leganés, para la infantería, y en Vicálvaro para la caballería. Sólo cuatro meses, de abril a julio, bastaron para tener a punto el primer grupo de guardias civiles, que formó ante el duque más allá de la Puerta de Atocha, el 4 de agosto. Para esas fechas, don francisco Javier Girón había sido nombrado Director General del Cuerpo, integrado entonces por 688 hombres de infantería, 320 de caballería y 40 oficiales y suboficiales. A primeros de octubre, el número había aumentado considerablemente: 1795 hombres de a pie, 406 a caballo, 78 mandos.

La primera aparición pública de los guardias civiles tuvo lugar en Madrid el 10 de octubre de 1844, fecha en que se celebraba el 14 cumpleaños de la reina Isabel II y la solemne apertura de las Cortes. Aquel día, memorable en la historia del Cuerpo, desfiló por las calles de la capital el primer Tercio, el de Madrid y provincia, integrado por 5 compañías de infantería (693 hombres), 2 escuadrones de caballería (236 hombres a caballo), más oficiales y suboficiales, que llamaron la atención “por su marcialidad, escogido personal, buena instrucción y vistoso uniforme” (Quevedo, Sidro, 577). En su tesis doctoral (Eduardo Martínez Viqueira, La definición de un modelo de liderazgo en la etapa fundacional de la Guardia Civil. Trabajo defendido en 2019 en la Universidad Complutense), Eduardo Martínez Viqueira aporta otro testimonio sobre aquel lucido desfile: «El tostado rostro de aquellos veteranos, recién salidos de la guerra civil [la primera guerra carlista], su guerrero continente y gallarda estatura, eran objeto de las miradas del público, lo mismo que la alzada y anchura de los soberbios caballos. Este conjunto agradable influyó mucho en el ánimo del público para borrar la desfavorable impresión que el primer decreto había causado».

Qué subidón imaginar un Zarco en aquella memorable fecha, en tamaña exhibición de gallardía y de espíritu marcial, entre el ruido acompasado de los cascos de las caballerías, las músicas militares y lo vistoso de los uniformes, de los tricornios, el brillo de los sables, el cornetín de órdenes. Más la carroza real y los alabarderos que la acompañan, los diputados –la sede provisional del Congreso era entonces el salón de baile del Teatro Real–, haciendo el recibimiento, el gentío madrileño dando vivas a la reina y a la flamante guardia civil, en un ambiente solemne y festivo, que hace pensar en la famosa «Marcha triunfal» de Rubén Darío: 

«¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines».

Imagino la emoción de un Zarco alfa, el primero de la familia en llevar el benemérito uniforme, un Zarco que nació con Napoleón vivo en Santa Elena, y con el felón y feroz represor de la libertad, el excusable Fernando VII; que quizá viera, o entreviera al paso marcial, aquella mañana del 10 de octubre de 1844, desde la bajura de un guardia civil de infantería, o desde la altura de su caballería, a la reina adolescente de la nación –oh país del absurdo– manipulada por unos y por otros, obligada poco después a casarse con un hombre gay. Qué orgullo de prosapia. La de los Zarcos, digo. 

Fantasear con un Zarco en aquella jornada histórica hace nacer en mí, más que orgullo, que podría serlo, pero sin ínfulas ni petulancias –cinco generaciones de Zarcos al servicio de la patria– un alegre bullir en la sangre, una cierta fascinación por esa línea ininterrumpida de 11 varones de la familia consagrados al orden y a la seguridad de las personas y los bienes, que hicieron del sacrificio y del honor la principal divisa de su vida.


jueves, 26 de febrero de 2026

Mi primer verso es para ti

          Mi primer verso de hoy es para ti.

Por la mañana azul y por el cielo limpio hasta lo infinito. 

Por el verdor en la tierra, por las escorrentías y por las represas en los caminos, por las gavias, por los arroyos, casi olvidados ya de las aguas que se precipitan en busca del mar.

Por la cresta y por el canto de las alondras, por los jóvenes jilgueros en bandada, por la percusión del pájaro carpintero.

Por la tarde apacible y por los versos del poeta. 

Por los niños que juegan en el parque. 

Por el jolgorio de los gorriones en los naranjos. 

Por la serenidad y por la sobriedad –sin los fuegos de luces del otoño– con que te despides de nosotros, ¡oh, dulce sol amarillo de febrero!

***

Título tomado de Rafael Alberti, Versos sueltos de cada día.

lunes, 23 de febrero de 2026

Homenaje a Leonard Bloomfield

¡Vamos, los libros, con sus letras, con sus puntos, con sus comas!, pregonaba la mujer en su puesto de libros del Rastro. Qué es un libro sino letras, comas y puntos. Se suman las letras para formar palabras, se unen y separan las palabras con puntos, con comas, para crear un libro. 

La mujer cantaba su pregón con voz cristalina y mirada risueña, conocedora de su efecto en quienes esculcábamos en el tenderete. 

El alma de un libro: comas, puntos, letras. Todo lo escrito y todo lo por escribir es eso, combinación de letras, de puntos, de comas. El genoma de la literatura. 

El lenguaje es combinatoria. La adecuada conjunción de esos elementos para que resulte el Quijote o una miniatura de Emily Dickinson, una página de Proust o los hexámetros de Homero. 

Teoría y praxis del distribucionalismo: letras, comas, puntos... 

        Más el misterio de la creación de un mundo.

        Más la belleza. 

        Más el goce de la lectura.


 

jueves, 19 de febrero de 2026

Club de lectura, 1

 La España vacía, un ensayo literario de Sergio del Molino sobre la despoblación de la España interior en ¿beneficio? de la saturación demográfica de las ciudades. La primera parte del Quijote (esta vez he leído antes la segunda). Otro ensayo, La vida cañón, de la periodista Analía Plaza, sobre los boomers, como llaman las jóvenes generaciones a gente como yo, nacida a mediados de los cincuenta y ya jubilada. Un librito de artículos de Pier Paolo Pasolini escritos entre septiembre de 1962 y febrero de 1975 –antiguos pero actuales–, titulado El fascismo de los antifascistas, que compré en Málaga. La novela de Carmen Martín Gaite, Entre visillos, que cuenta el final del verano de un grupo de jóvenes en una capital de provincias en la década de los cuarenta, y que me recuerda los días más tristes de mi madre con once años en una Salamanca fría y sola. Finalmente, el ensayo unamunesco sobre la Vida de don Quijote y Sancho.

No suele ocurrirme alternar en los mismos días la lectura de seis libros, pero así ha ocurrido estas últimas semanas: me he visto envuelto simultáneamente en seis mundos literarios que por diferentes caminos conectaban con mi vida. Explicar esos nexos no tan azarosos entre unos libros y otros, descubrir la vía por la que tal obra se relaciona conmigo es la meta de lo que sigue.

He vuelto al Quijote porque no quiero perder la buena costumbre de frecuentarlo. Así se pierden los amigos. Cervantes siempre tiene algo que enseñarnos, un giro, una nota de paisaje, una palabra, el rasgo de un personaje, una perspectiva en la que no habíamos reparado antes. Siempre acaba sacándonos una sonrisa, un oh de sorpresa, una alabanza a su quehacer narrativo. 

Eso ocurre porque el Quijote es una maravillosa novela que habla de cada uno de nosotros –don Quijote somos todos–, y por muy disparatadas que nos parezcan sus alucinaciones no nos queda más que asentir a la razón que lo asiste en todos sus discursos y parlamentos no tocantes a su locura, a su debilidad, como son los libros de caballerías. 

Me acuerdo del héroe cervantino cada vez que voy o vuelvo de Madrid y veo alguno de aquellos viejos molinos harineros que aún salpican las tierras manchegas; cuando paso en coche junto a esos modernos y enormes aerogeneradores blancos, o cuando los veo en la lejanía, plantados aquí y allá, como ocurrió en enero último, cuando atravesamos la meseta castellana camino de la Normandía. En verdad que a distancia, en lo más alto de los collados, semejan colosal tropa que agita sus luengos brazos bajo un cielo de nubes aborregadas. Quién no va a pensar en amenazadores cíclopes y gigantes embestidos por el más famoso de los andantes caballeros.

Quién de por estos contornos habrá leído la novela cervantina, me preguntaba ya en Normandía. ¿Habrán resonado alguna vez los acentos manchegos por estos bosques del invierno, por estas orillas del Sena donde amarillean los sauces y se difuminan desnudos entre la llovizna álamos, robles y castaños? 

Allí, en días placenteros a bordo de una péniche en el Sena –un barco casa, con su encanto, pero no encantado, como en la novela–, terminé la lectura de la primera parte de la novela cervantina y fantaseé con un Quijote vagante por aquel hermoso reino de la lluvia y del verdor, por aquellos bosques de hayas, discurseando en su castellano caballeril, enfrentándose a malvados caballeros, llevando hasta aquellos lejanos territorios el nombre de la bella y simpar Dulcinea del Toboso.

Acepto, me decía mirando el río al amanecer, cuando llegaban a sus orillas las garzas y los cisnes, que nadie de por aquí haya leído la historia del ingenioso caballero de La Mancha, lo acepto, pero no me creo que ningún normando de antes o de ahora, aún sin haber leído a Cervantes, sin conocer a don Quijote, no haya pensado alguna vez en apostarlo todo a no humillarse ante la injusticia, a ser libre, a vivir y a soñar de pie, como escribió Lydie Salvayre. Esa es la universalidad del personaje –todos somos don Quijote, deseo y realidad–, su humano anhelo, la utopía de aquella dichosa edad y aquellos dichosos siglos que los antiguos llamaron dorados.

Con el empeño de no abandonar la historia de don Quijote volví al pueblo, dispuesto a continuar con la primera parte y a escribir algunas notas sobre esta nueva lectura.


martes, 17 de febrero de 2026

De Trifones, Zarcos y tricornios (2)

 2


Sobre la foto de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge1 mencionada al comienzo de este capítulo, cedida por su tataranieto Francisco Cobo Zarco, escribe éste que su ascendiente era sargento en el ejército cuando se pasó a la Guardia Civil, poco después de su creación. En los días en que se hizo el retrato, tendría “unos veintitrés o veinticinco años (ya era sargento del ejército), sería más o menos por 1864, cuando se incorporó al cuartel de Mota del Cuervo”. Trifón viste el uniforme de guardia civil de diario –casaca azul turquí de faldón ancho, con cuello, solapa y vueltas encarnadas, dos hileras de botones blancos, pantalón recto, azul turquí también, con vivo encarnado, cinturón de cuero con el emblema GC y el escudo de España, zapatos negros abotinados–, tal como fue ideado por el Duque de Ahumada2 en la primavera de 1844. El retratado posa de pie, con el cuerpo y la mirada hacia la izquierda del objetivo, apoyada la mano derecha en el respaldo de una silla baja toda tapizada, adornada con borlas y flecos largos. Junto a la mano, los preceptivos guantes de algodón blancos. En el asiento, el sombrero de tres picos, el característico tricornio del Cuerpo, confeccionado con fieltro negro, galón blanco, cucarda roja, presilla y botón blanco, que se mantuvo así hasta 1860, cuando se redujo notablemente la pala delantera. Este segundo modelo, que se mantuvo seis años, es el que aparece en la fotografía3. Por otra parte, las primeras ordenanzas para el ingreso en la Guardia Civil establecían que los aspirantes, una vez acabado su servicio militar y presentado una impecable hoja de servicios, además de buena salud y complexión robusta, debían contar entre 25 y 45 años y alcanzar una talla mínima de “cinco pies y tres pulgadas” (160 cm). Los datos corroboran lo afirmado por el tataranieto de Trifón Zarco, nos permiten eliminar las disyuntiva de si tenía 23 o 25 años el día en que se tomó la fotografía, y conjeturar cierta falta de gallardía y apostura en el personaje, que no parece haber superado en mucho la talla mínima y muestra un cierto desaliño o falta de elegancia y vistosidad en el uniforme: ¿largo y ancho de más el pantalón?, ¿desabrochado o falta un botón en la casaca?

Por su segundo apellido compuesto, por su casamiento con Josefa Bascuñán, y a la vista de mi rama genealógica, este guardia civil, como ya sabe el lector, queda descartado como padre del beato Julián Zarco Cuevas, asesinado en Paracuellos del Jarama. Sin embargo, queda un hilo pendiente, su nieto, llamado Trifón y de primer apellido Zarco, que bien pudiera ser…

En mi búsqueda de información sobre tal vástago, hijo de Leandro Zarco y nieto de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge, fui a dar con Trifón Zarco Contreras, que, ese sí, coincidía en apellidos con mi tatarabuelo, Julián Pío, el marido de Paula García, progenitores, como bien sabe el lector atento, de Tórbulo, padre en primeras nupcias con Convertida madre, de Pío, de Julián y de Ángel, muerto adolescente.

¿Era este Trifón Zarco Contreras hermano de Julián Pío Zarco Contreras, ambos de Mota del Cuervo? Si damos como ciertos los datos contenidos en su esquela, Trifón Zarco Contreras nació en 1892, lo que arroja una diferencia de 66 años entre el nacimiento de Julián Pío (1826) y el de Trifón, cosa verosímil pero en verdad insólita tratándose de hermanos. Por fecha de nacimiento, Trifón podría ser primo hermano de mi abuelo Anselmo, y, naturalmente, de mis tíos abuelos Pío, Emilia, Federico y José. Pudo ser hijo de un mi tío bisabuelo, Lorenzo (1859), hermano de Tórbulo, Victorica y Pío, mi bisabuelo, pero esa rama zarquil está por ahora sin trazar.

En lo que conozco, la biografía de Trifón Zarco Contreras tiene su aquel. Tirando de hemeroteca he averiguado que completó estudios en la Escuela de Magisterio de Valencia, que ejerció como maestro interino en Asprella, una pedanía de Elche, en el curso 1915-1916, que contrajo matrimonio con María de la Misericordia Castellano Izquierdo-Pérez, que tuvieron dos hijos, Emilia y Urbano. María de la Misericordia murió con 69 años en Madrid el día 1 de noviembre de 1959.

En 1924 encontramos a Trifón de nuevo en MDC, alternando el ejercicio del magisterio con su nombramiento como subcabo del Somatén, con su elección como alcalde entre 1926 y 1927, y con la administración de sus propiedades agrícolas. Un prócer local, un hombre de respeto y autoridad en su pueblo, partidario, sin duda, del “orden, trabajo y economía” a que aspiraba la dictadura de Primo de Rivera. En su faceta de maestro, figura en febrero de 1929 como presidente de la mutualidad escolar Manjavacas4, nombre de una laguna estacional cercana a MDC, apellido también y denominación de la patrona de la localidad.

Precisamente un Manjavacas, Eugenio Manjavacas Nieto, es protagonista en dos hechos que debieron apesadumbrar profundamente a TZC. Del primero tenemos noticia por la Gaceta de Madrid5, cuando aparece un edicto de la delegación provincial del Tribunal de Cuentas por el que se cita a Juan Eugenio Manjavacas Nieto, “peatón interino que fue de Mota del Cuervo”, en relación con el extravío de un reintegro de 2.000 pesetas, impuesto por TZC en la estafeta de Correos de Mota del Cuervo el 17 de octubre de 1928 a favor del Banco Popular «Previsores del Porvenir». Por el nombre del banco, «Previsores del Porvenir», di por seguro que aquel ingreso de 2.000 pesetas era producto de las cuotas de los estudiantes para la Mutualidad Escolar «Manjavacas», lo cual me parecía un agravante, al tratarse de dinero perteneciente a numerosas familias de MDC, pero no encontré datos que corroboraran mi pensamiento inicial. El caso es que las pesetas depositadas en MDC desaparecieron y algo tendría que decir la persona que hizo el traslado hasta Socuéllamos, Eugenio Manjavacas Nieto, en aquel momento cartero temporal o peatón interino, como entonces se llamaba a los carteros a tiempo parcial.

No sabemos qué explicaciones daría o no daría el citado, ni cómo acabó el pleito, ni como fueron a partir de entonces las relaciones entre el propietario y el cartero interino. Es posible que anidara en uno el desprecio y el rencor en el otro, que fraguara la mutua animadversión, que la espina del resentimiento quedara en el pecho de los litigantes.

Pasa el tiempo de la dictadura y de la dictablanda, viene la II República, llega julio del 36, el golpe militar y la guerra civil. El ayuntamiento de MDC es frentepopulista y defiende la legalidad republicana. Eugenio Manjavacas Nieto fue uno de los gestores municipales entre el 24 de mayo de 1938 y el 8 de marzo de 1939. En el expediente número 1062/8 de la Causa General en el Partido Judicial de Belmonte (Cuenca), abierto en octubre de 1942, Manjavacas Nieto figura como marxista revolucionario, militante de organizaciones y partidos marxistas, procesado y detenido en la prisión central del Monasterio de Uclés, donde cumple pena de 14 años de cárcel. Se le hizo, junto a otros, responsable de la destrucción de la iglesia parroquial de MDC y de varias ermitas, de la detención de unas 150 personas, de las cuales 9 fueron asesinadas, y de la incautación de los bienes y saqueo de los domicilios de Trifón y Salomón Zarco Contreras.

Veinte años después de aquel extravío de dinero, ¿seguía enconada la llaga? ¿Ajuste de cuentas entre particulares o castigo a los rebeldes? ¿Desmanes de las hordas rojas o justicia revolucionaria?

¿Por qué –te preguntarás, amable lector–, por qué estas relaciones de parientes que más se acercan a las enumeraciones del Génesis que a cuento o novela de estos tiempos; por qué este galimatías de tataranietos, resobrimos, bisabuelos, primos terceros y segundos, trastatarabuelos y trastataranietos y demás parientes que cualquiera de nosotros puede alegar? No es prurito heráldico, ni simple afán genealogista. Busco mis raíces para entenderme a mí mismo. Y para entender al país en el que vivo. Es difícil imaginar ciertos periodos de la historia de España sin la Guardia Civil, ¿verdad? Pues ahí estaba un Zarco o un Pérez guardiaciviles. Los hubo en la guerra de Marruecos y en la Barcelona de los anarquistas. Los hubo en el frente de Madrid y en la persecución del maquis. Los había disimulados, infiltrados, en la represión callejera de los sesenta y los setenta, seguramente en las luchas carlistas del XIX y en las refriegas con bandoleros y contrabandistas. Los había en las manifestaciones a favor de Franco, en las procesiones de Semana Santa y, si no recuerdo mal, hasta en la persecución de El Lute hizo mi padre algunos servicios especiales. 

A partir del 18 de febrero de 1956, los hubo a diario en mi vida. Y eso sí que fue importante para mí.

***
1   Se puede ver la fotografía escribiendo en el buscador “Primer guardia civil en Mota del Cuervo” o bien el nombre completo: Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge”.

2   El 24 de abril y el 28 de mayo de 1844, el Duque de Ahumada presentó al Gobierno en sendas comunicaciones escritas su propuesta de uniforme para el recién creado Cuerpo de la Guardia Civil.

3   A partir de 1866, el tricornio adquirió la forma y dimensiones actuales.

4   Las mutualidades escolares, creadas en 1911 y obligatorias a partir de 1919, son producto de una campaña estatal de fomento del ahorro, la previsión y la solidaridad en los escolares. Mediante el abono de pequeñas cuotas semanales, cada estudiante iba engrosando una dote de la que podía disponer para viajes y colonias escolares, continuación de los estudios, pensiones de retiro o cualquier otra necesidad. Además de las cuotas de los escolares, las mutualidades recibían subvenciones locales, provinciales y estatales.

5   Gaceta de Madrid, n.º 180, 28 junio 1932, p. 2212.


jueves, 12 de febrero de 2026

My Generation


Semanas atrás hice una incursión en el concepto “generación”. No recuerdo exactamente el recorrido. Andaba esos días indagando en mis raíces –Córdoba, Cartagena, Miguelturra, Doña Mencía–, constatando los lazos de mi familia con el benemérito cuerpo de la Guardia Civil, subrayando hechos notables de mi niñez –la llegada de la televisión a España, la revolución cubana–, cuando me vi tomando notas sobre los rasgos compartidos por las 1.402 personas que en España vinieron a la luz en la misma fecha que yo, más los muchos miles que lo hicieron en el resto del mundo.

–Hola, nací en 1956 y soy un boomer.

Entre esas notas sobre mi generación biológica, nada que no supiera o intuyera. Soy un explosionado (el hijo de una explosión), no un explotado. En la mili, oficiales y suboficiales insistían, en las teóricas, en la diferencia entre explotar y explosionar: explosiona (es detonada) una bomba, explota (revienta) un globo. Nos enseñaban también el himno de la infantería, nos instruían en el montaje y desmontaje del cetme, el nombre de sus piezas, después de los bocadillos de mortadela y salchichón, de las cervezas y los porros bajo la sombra de los chaparros a los cuarenta grados de agosto. Glorioso ejército español. Sí, nos tuvimos que chupar 14 meses de patriótico servicio militar.

Los estadounidenses designan a sus generaciones con metáfora: la generación perdida (1883-1900) se bautizó militarmente en Europa con la I GM y volvió desorientada, psicológicamente herida. En literatura dio frutos innegables: Hemingway, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Faulkner. Benditos sean porque no se perdieron y escribieron lo que escribieron.

Luego vinieron los felices veinte y la Gran Depresión, la desesperación, los suicidios, la pobreza, la inmigración, la fiebre californiana. Generación grandiosa la llamaron (1901-1927), la que luchó en la II GM, incluidos los españoles republicanos que avivaron la resistencia francesa y también alimentaron por desgracia los hornos crematorios. Y como silenciosa caracterizaron a la siguiente, la de la guerra de Corea y la lucha por los derechos civiles (1928-1945).

Después, mi generación, quienes nacimos entre 1946 y 1964, según la nomenclatura estadounidense, los boomers, los hijos del bum, de la explosión demográfica que siguió a la sangría de la II GM. Los sociólogos distinguen en ella dos subgeneraciones o cohortes: la avanzada o vanguardia, llamada también Leading-Edge Baby Boomers (1946-1955), que alcanza su mayoría de edad durante la guerra del Vietnam, y la rezagada, denominada Trailing-Edge Boomers (1956-1964), que se crio en tiempos de guerra fría y carrera espacial.

En España –Spain is different–, se nos llama baby boomers a los nacidos entre 1946-1964. Compartimos el haber nacido en un país estabilizado tras la guerra civil y la inmediata y dura posguerra, con una Europa también recuperada de la catástrofe (el milagro alemán, el plan Marshall). Cuando llegamos a la luz, la dictadura –no le quedaba más remedio–, comenzaba a abrirse al resto del mundo, diciéndole adiós a la autarquía, lo que ayudó a la recuperación económica, pero no a la apertura política, hasta llegar al bum –otra explosión– del desarrollismo y del turismo con los tecnócratas del Opus. Desde niños vimos cómo se destruía el litoral para construir hoteles y apartamentos, en el NO-Do y luego en la televisión veíamos las campañas del turista 1 millón, 2, 3… el turista 10 millones; de jóvenes seguimos parte a parte la agonía de Franco y votamos en las primeras elecciones democráticas desde 1939, comenzamos a trabajar en los setenta, sorteamos la oleada mortal de la heroína, nos entregamos a la movida de los ochenta y nos jubilamos después de 35 años de trabajo. Dicen los expertos que somos gente idealista, con ética profesional y sentido del deber. Creemos en lo público, en la igualdad de género, en el pacifismo y en la ecología, y nos hemos subido al tren digital, aunque para las relaciones sociales preferimos el cara a cara y las risas en bares y terrazas.

En mi búsqueda generacional por la red, di con un ensayo, La vida cañón, en que la autora, Analía Plaza, nos achaca a los boomers el ser muchos, el haber podido comprar una vivienda, el cobrar buenas pensiones, el pegarnos una vida cañón, el viajar, el gozar de una salud aceptable y además tener halagüeñas expectativas de vida…

He comprado el libro y leído las primeras páginas. Ya diré. O no.


lunes, 9 de febrero de 2026

Seis de febrero


Como con furia, sesgada, violenta a ratos, bate la lluvia en los tejados y remite al minuto. 

Invierno de agua y temporal.

Recogido de aguas anda uno, aunque alguna tarde noche se ajusta la chupa impermeable, se cala la gorra y pasea la circunvalación del pueblo, abierto el paraguas y hermosas canciones por los auriculares.

Al ritmo acompasado de la lluvia, de mis pasos, de lo que voy escuchando – oh musa, oh música–, acuden algunos versos.

Son versos con palabras primitivas: viento, lluvia, aullidos, negrura.

Con emociones elementales: belleza, amor, soledad.