martes, 23 de abril de 2019

Tres apuntes



La niebla húmeda gotea en las hojas de las encinas y en las púas de las alambradas, le saca brillo a las ramas desnudas de los frutales, a los pámpanos rojizos de la vid. Un gorrión se posa en lo más alto de una higuera, mueve la cabeza hacia un lado y otro, salta luego al vacío y se pierde entre la niebla.

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            Hacía frío en la mañana. El viejo estaba en la parte soleada de la calle. Apoyado en un bastón, avanzaba un paso, inseguro, temblequeante, desasistido. Y se quedaba un rato quieto, como recuperando fuerzas, con la mirada hacia abajo, contemplando su sombra en la acera.

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            Esta tarde ha sido un poema. Así la he sentido. Un poema que no he intentado escribir porque la iba a estropear. Ocurre a veces: para qué escribir lo que solo quiere ser vivido y solo así tiene sentido: dejándolo ser, transcurrirse, sin tratar de encerrarlo  en unos versos que no reflejarán, por hermosos que sean y bien escandidos que estén,  momentos tan solamente nuestros: emociones, recuerdos, pensamientos y ensoñaciones que tiene uno cuando está a solas, dueño absoluto de su intimidad. Uno de esos momentos vividos, vivientes, que no necesita la materialidad de las palabras.

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domingo, 14 de abril de 2019

XXVIII - La moneda falsa


          Conforme nos alejábamos del estanco, mi amigo hizo un meticuloso reparto de sus monedas; en el bolsillo izquierdo de su chaleco metió unas moneditas de oro; en el derecho, de plata; en el bolsillo izquierdo del pantalón, un puñado de calderilla y, finalmente, en el derecho, una moneda de plata de dos francos que había examinado particularmente.
         —Singular y minucioso reparto, dije para mí.
         Nos encontramos con un pobre que nos tendió tembloroso la gorra. No conozco nada más inquietante que la muda elocuencia de aquellos ojos suplicantes que tienen a la vez, para el hombre sensible que sabe leerlos, tanto humildad como reproches. Se encuentra en ellos algo cercano a la profundidad de sentimiento complejo que hay en los ojos lacrimosos de los perros maltratados.
         La limosna de mi amigo fue mucho más considerable que la mía, y le dije: «Tienes razón; después del placer de asombrarse, no lo hay mayor que el de sorprender».
         —Era la moneda falsa, me respondió tranquilamente, como para justificar su prodigalidad.
         Pero en mi miserable cerebro, ocupado siempre en buscarle tres pies al gato (qué fatigante facultad me  ha regalado la naturaleza) entró de pronto la idea de que esa conducta de mi amigo solo se excusaba por el deseo de crear un acontecimiento en la vida de aquel pobre diablo, quizá también de conocer la distintas consecuencias, funestas o no, que puede engendrar una moneda falsa en la mano de un mendigo. ¿No podía multiplicarse por monedas buenas? ¿No podía llevarlo también a la cárcel? Un tabernero, un panadero, por ejemplo, quizá podían hacerlo detener por falsificador o por pasar moneda falsa. También podía pasar que la moneda falsa, en manos de un pobre e insignificante especulador, fuese origen de riqueza durante unos días. Y así iba volando mi imaginación, dándole alas al espíritu de mi amigo, y sacando todas las deducciones posibles de todas las hipótesis posibles.
         Pero él acabó bruscamente con mis fantasías usando mis propias palabras: «Sí, tienes razón; no hay placer más dulce que el de sorprender a un hombre dándole más de lo que espera».
         Lo miré a los ojos y me quedé espantado de verlos brillar con incontestable candor. Entonces vi claramente que él había querido hacer al mismo tiempo caridad y un buen negocio; ganarse cuarenta céntimos y el corazón de Dios; alcanzar económicamente el paraíso; en fin, recibir gratis la credencial de hombre caritativo. Casi le hubiera perdonado el deseo de criminal disfrute del que hacía un momento lo suponía capaz; hubiera encontrado curioso, singular, que se divirtiera comprometiendo a los pobres; pero no le perdonaré nunca el sinsentido de su cálculo. Nunca está justificado ser cruel, aunque haya cierto mérito en saber que uno lo es; el más irreparable de los vicios es hacer el mal por tontería.

viernes, 12 de abril de 2019

198 años


Es uno de los tesoros de mi biblioteca: un veterano de mil lecturas con cinco cicatrices de graves heridas mal cosidas en un hospital de campaña: un volumen de 450 páginas de la colección «Libro clásico» —Dícese del autor o de la obra que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier literatura o arte, se lee en la contraportada— de la editorial Bruguera (Barcelona, Bogotá, Buenos Aires, Caracas, México, oh hermanas Americanas), por el que pagué 50 pesetas en la primavera de 1973: mi primer curso en el antiguo palacio —llegué a conocerlo como Hospital de Agudos— del cardenal Pedro de Salazar Gutiérrez de Toledo, en Córdoba la llana.
En las librerías de viejo virtuales lo ofrecen hoy, usado, por 1 euro. Ya era un libro barato cuando lo compré, encuadernado a la americana, como aprendí entonces, es decir, sin cuadernillos cosidos, sino con las hojas encoladas en el lomo y va que chuta. En estos libros el tiempo no pasa en balde: la cola pierde elasticidad y adhesividad, y las hojas acaban desprendiéndose del lomo, así que tiene uno que recurrir al apósito improvisado para que el libro no se convierta en imbarajable baraja. Tras las pertinentes curas de urgencia, las 225 hojas están visiblemente fracturadas en cinco grupos irregulares unidos por tiras encoladas de papel.
El tiempo también le ha robado prestancia al papel, y lo que antaño era brillante y juncal hoja blanca, suave al tacto, es hoy como frágil oblea, quebradiza y áspera a las yemas de los dedos, aunque haya ganado en matices aromáticos y en lugar de a lejía, si abrimos el libro con delicadeza en ángulo no mayor de 90 grados y hundimos en él la nariz nos sorprende un remoto olor a vainilla.
Al deterioro físico, propio de su edad y circunstancias, acompaña el subrayado a lápiz y las llamadas de diverso tipo e intención a lo largo de los años: ideas estéticas del autor, domicilios en París, fechas de publicación de obras, comentarios o reflexiones sobre un texto, simples equis para indicar preferencia, apuntaciones sobre la métrica, en fin, ese palimpsesto producto de las múltiples lecturas desde aquella primavera del 73.
El libro en cuestión es Las flores del mal, de Charles Baudelaire, que incluye también Los paraísos artificiales y El spleen de París, además de una didáctica introducción a las obras, una cronología y una imprescindible bibliografía. Recuerdo haberlo leído de un tirón, quiero decir completo en muy pocos días, recién comprado; pero sobre todo recuerdo haber vuelto muchas veces a él, a sus «Correspondances», a su dedicatoria al lector —Hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère—, al poema dedicado a una carroña, a su viaje a Citerea, a sus «Mujeres condenadas», a sus letanías de Satán, a sus escritos sobre el hachís, sobre el vino, a sus poemas en prosa… Llevamos juntos 46 años. Toda una vida.
Ahora, por delicadeza, para que descanse después de tantos años, y para evitar el crujido fatal de una nueva fractura, apenas lo abro ya. Desde hace unos años leo a Baudelaire en la edición de La Pléiade. Nada que ver con la de Bruguera.
¿Qué nos ha mantenido juntos todo este tiempo? Lo novedoso de su poesía, desde luego. Baudelaire, como escribió Luis Cernuda, “es el primer poeta moderno, el primer poeta que tuvo la vida moderna”. Cuando las máquinas multiplican la producción y las ganancias de la burguesía, cuando las torres de hornos y fábricas se elevan como faros y los arrabales de las ciudades se convierten en barrios obreros, sucios, humosos y malolientes, cuando los transportes terrestres y marítimos se adaptan al vapor, cuando Karl Marx y Friedrich Engels muestran las bases del materialismo histórico, cuando la realidad empieza a fijarse en imágenes fotográficas, cuando el nuevo urbanismo transforma y embellece las grandes ciudades, alzando soberbios edificios, trazando amplias avenidas y bulevares, cuando el artista deja de ser un protegido de la nobleza, del mecenas, y se convierte en un asalariado, que cobra por su trabajo, a tanto el artículo, a tanto el libro, aparece Baudelaire, un auténtico romántico, para dejar constancia de toda la belleza y de toda la fealdad que guarda ese nuevo mundo, de todo el bien (éxtasis, placer, voluptuosidad) y de todo el mal (abismo, pecado, remordimiento) que el individuo puede experimentar en él.
Nunca he querido ser como Baudelaire, aunque en momentos puntuales de mi vida me interesé vivamente por su malditismo, por su imagen de dandy, sin un duro, y por su frecuentación de los paraísos artificiales. Pero superados esos momentos de fervor juvenil por la rebeldía, volví a su literatura, al grandísimo poeta que encuentra la belleza en el otro lado, en lo prohibido, en lo oscuro, en lo marginado.
Baudelaire abrió el camino de la poesía moderna. Sin él, los poetas de hoy no escribirían como lo hacen. No habría habido escuela parnasiana, ni poetas simbolistas, ni Rubén Darío, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez o los Machado, habrían escrito como escribieron. Baudelaire es la puerta que comunica el romanticismo y toda la tradición poética anterior con la modernidad.
Para celebrar el centésimo nonagésimo octavo año de su nacimiento, he sacado del estante el viejo ejemplar de Bruguera, he reconocido el olor de la vainilla y he leído en voz alta unos versos de su poema «El cisne», dedicado a Víctor Hugo. Después de volverlo a su lugar he pensado que me gustaría, cuando yo ya no esté aquí, que alguien repitiera de vez en cuando el gesto, el discreto homenaje, para que durante un rato vuelva a aletear por la habitación el espíritu del poeta.
Y la parte de mí que hay en ese libro. 



lunes, 8 de abril de 2019

Puro teatro

         
          El juego del ser y del no ser, del fingimiento y la teatralidad, de la representación: el hidalgo de pueblo transformado en don Quijote de La Mancha, Aldonza Lorenzo en Dulcinea del Toboso, el bachiller Sansón Carrasco en el Caballero de los Espejos, el barbero y el cura fingiéndose menesterosa doncella y su criado; toda la ficción y tramoya montada en el palacio de los duques, en la segunda parte del libro; incluso las cosas son lo que no son, o no son lo que son: la bacía de barbero es yelmo, o baciyelmo, la venta, castillo y temible ejército un rebaño de ovejas.
            Ese amor por la ocultación y el encubrimiento sirve al propósito cervantino de mejorar la realidad y la conducta humana, de embellecerlas engrandeciendo sus estrechos y prosaicos límites.
            El ser o no ser de su contemporáneo Shakespeare es el fingir, el hacer creer del Quijote, que le viene a Cervantes de su amor por el teatro, en el que quiso y no pudo triunfar porque se había adueñado de la escena un Monstruo de la Naturaleza y Fénix de los Ingenios.
       Pero Cervantes nunca olvidó su pasión por Talía, y aunque no triunfó en los corrales de comedias, metió todo el teatro que pudo en su novela, donde además de disfraces hay tramoyas, decorados y efectos especiales, músicas y retablos maravillosos y, sobre todo, el elemento esencial del teatro: el diálogo.

jueves, 4 de abril de 2019

Turismo biográfico


Al final de una calle en cuesta empedrada de cantos blancos, la antigua casa-cuartel en que vivió de los cuatro a los ocho años, junto a los lavaderos y la fuente de dos caños donde abrevaban las bestias y las mujeres llenaban los cántaros. De allí arrancaba el camino que dejaba a la izquierda La Serrezuela, con su moridero de animales y con las ruinas de su atalaya árabe, y culebreaba entre olivos camino de Priego.
El hombre no ha entrado en la casa, pero su memoria abre la doble puerta cristalera con visillos del pabellón donde vivían y llega al comedor: ve el aparador de espejo, los manteles bordados y las servilletas con su perfume a camuesa, los cubiertos de plata oxidada, las copas de cristal tallado, los platos, las fuentes y la sopera ilustradas con flores, con animales y con casas en un bosque, la vajilla de las grandes ocasiones: el día en que don Manuel, el cura amigo de la familia, bendijo la imagen del Corazón de Jesús; el día en que su hermana Ángela hizo la primera comunión; la primera vez que vino desde Córdoba el abuelo Anselmo. Ve la mesa de patas torneadas con la hendidura, cubierta con cera coloreada, que alguien le hizo en una esquina al partir una almendra. Ve la cocina de carbón, el barreño de zinc en el que se bañaba los sábados de invierno por la noche, una canasta de cerezas, cubiertas por una capa de hojas, recién cogidas en las huertas de Zagrilla, peritas de San Juan, higos, albaricoques, con cuyos huesos y con paciencia hacían güitos que unas veces sonaban y otras no. Sobre la mesa —tentadora como un juguete nuevo, preciosa en negro y plata, la tecla roja del tabulador, los tres pequeños círculos rojo, azul y negro, que indicaban el color seleccionado, las varillas de las letras abiertas en abanico, la campanilla, el rodillo—, la máquina de escribir de su padre con informes de servicio, estadillos y oficios a un lado, y al otro una caja con papel carbón. Abre también la puerta de la pequeña alacena de los juguetes: una moto de hojalata, indios y vaqueros de plástico, una coraza de romano, un casco y una espada rota por la empuñadura, un caballito de caña con la cabeza de trapo rojo, un aro de hierro con su guía… Al fondo, los dormitorios en penumbra con un ventanuco al huerto.
El hombre está de pie frente a la casa cuartel, donde la acacia de blancos racimos a cuya sombra jugaba de niño.
Se vuelve luego hacia la sierra. Por la mañana, antes de salir, dijeron al guardia de puertas que avisara para que estuvieran pendientes. Hacia el mediodía salen a la puerta varias mujeres. Su madre también. Llaman a los hijos y les dicen que miren a la sierra, que está gris a esa hora. Se ven algunas manchas oscuras de vegetación, almendros y las bocas rojizas de las cuevas. Alguien señala de pronto —¡Allí! ¡Allí! ¡Por la cueva grande! ¡Míralos! ¡Aquellos son! ¡Allí van! ¡Allí! ¡Míralos!— y los ven. Son dos hombres. Dos guardias civiles que van cruzando el monte del Alcaide de oeste a este, a media ladera. Llevan el uniforme claro del verano, el tricornio forrado de tela y un cubrenuca cogido con botones. El fusil al hombro. En perfil uno detrás de otro. Hasta que se paran y saludan con el brazo. Algazara en la puerta del cuartel: los niños agitan los brazos, saltan, gritan efusivos, excitados, una mujer saluda con un trapo de cocina, otras agitan los delantales por encima de sus cabezas. Los hombres también sacan sus pañuelos y saludan. El que va delante es su padre. Al niño, admirado por la visión, le borbotea la alegría en el pecho y en sus ojos asombrados. Se siente el niño más feliz con aquel padre: alto, fuerte, invencible. Cariñoso. Allí está, lejano pero grande en la imaginación del niño, saludándolo desde la sierra. El padre más valiente del mundo.
         ¿Cuándo, maldita sea, se rompió el cristal? ¿Cuándo empezó a tenerle miedo?

lunes, 25 de marzo de 2019

viernes, 15 de marzo de 2019

Clásicos rusos: Chéjov



1965


Últimos años del siglo XIX en la Rusia zarista, donde se nace privilegiado o siervo, donde la extensión de las propiedades rurales no se mide por verstas sino por el número de almas propiedad del terrateniente, dueño por ley de las tierras y de las personas que las trabajan (mujiks). Una sociedad inmovilista, donde el horizonte individual está determinado por la orilla en la que se nace: la de la servidumbre o la de los señores. Una estructura social y económica hija del feudalismo, caracterizada por el atraso ideológico y tecnológico. Los campesinos tienen la consideración de esclavos, son analfabetos, pobres como ratas y viven en misérrimas condiciones. El vodka es el único respiro en sus vidas desgraciadas. Las leyes de 1861 contemplaban la libertad de movimiento y la posibilidad de la liberación de la servidumbre por una determinada cantidad de rublos, pero las circunstancias, salvo excepciones, la hacían imposible en la práctica. Miles de campesinos huyeron de las aldeas y se encaminaron esperanzados a las grandes ciudades, pero no hicieron sino engrosar el hambriento ejército del proletariado urbano.
            El protagonista de Historia de mi vida ha nacido en la orilla privilegiada, es hijo del arquitecto municipal de una ciudad de provincias, acaba de cumplir 25 años y se espera de él que siga el camino que le corresponde por su condición, un trabajo de funcionario en un despacho municipal o estatal. Pero el joven Misail Poloznev ha decidido no desempeñar ninguno de esos trabajos “intelectuales” a los que por nacimiento tiene derecho, porque le parece “imperdonable la vida ociosa, inútil, de la mayoría de los pretendidos trabajadores intelectuales, verdadera vida de parásitos”; su propósito es ser obrero, trabajar con sus manos, vivir, vestir, comer como obrero. Tal es el conflicto planteado en esta novela de Antón Chéjov, publicada en 1896.
            El escritor ruso nos ofrece un retrato realista, descarnado, de estos dos grupos sociales antagónicos, aunque moralmente igualados. Los unos, movidos por un insolidario egoísmo de clase, defienden un statu quo absolutamente injusto, que perpetúa los privilegios de clase y la explotación económica. Los otros, aceptando con fatalismo una estructura corrupta y la condena de por vida a la esclavitud, acaban convertidos en personas dominadas por la violencia y la falta de escrúpulos. Véase el comportamiento de los mujiks con el protagonista y su esposa, que se han trasladado a la aldea de Dubechnia para construir una escuela:
“Los campesinos se burlaban sin rebozo de nosotros y nos daban todos los disgustos que podían. Llevaban a pacer a nuestro bosque y hasta a nuestro jardín sus vacas y sus caballos, y cuando nuestras bestias eran acusadas calumniosamente por ellos de haberse metido en sus prados, exigían que les pagásemos multas… Con frecuencia los campesinos derribaban árboles de nuestro bosque sin pedirnos permiso… cambiaban en nuestros coches ruedas nuevas por viejas, se apoderaban de nuestros arneses, que nos vendían luego como si fueran suyos… Las mujeres nos robaban durante la noche planchas de hierro, ladrillos, en fin, cuanto podían llevarse…”

El molinero Stepan, dice de ellos: “los campesinos no son hombres. Son, perdónenme ustedes la palabra, bestias. ¿Qué es su vida? Solo saben emborracharse de vodka, perder el tiempo gritando en la taberna, cantar canciones obscenas y jurar… Viven de un modo inmundo; los hombres, las mujeres, los niños van hechos unos puercos, comen como cerdos… ¡Son unos marranos!”
            Pero los privilegiados tampoco son el mejor espejo: “Yo me preguntaba —dice el protagonista narrador— en qué eran superiores esas personas estúpidas, crueles, perezosas, deshonestas, que vivían como parásitos, a los mujiks de Kurilovka, borrachos y supersticiosos, o a los animales que se espantan ante todo lo que perturba la monotonía de su vida limitada por los instintos de bestias.”
            La resolución del conflicto inicial —posibilidad de elegir el propio camino, el concepto del hombre hecho a sí mismo, el derecho al individualismo— pasa por la transformación ideológica de unos (siervos) y otros (señores), por la ruptura del inmovilismo ideológico en pro del progreso, entendido así por el protagonista: “El progreso se basa en el amor al prójimo, en el cumplimiento de las leyes morales. Si nadie vive a expensas de los demás ni los oprime, ¿qué más progreso? ¿Existe acaso otro progreso?”
            Y para que eso ocurra es necesaria la revolución, un cambio profundo y rápido, violento, primero en el ámbito personal —“… no podemos limitarnos a ser espectadores pasivos de todas las injusticias. Cada uno de nosotros debe resolver por sí mismo la cuestión del bien y el mal”—, y luego en el ámbito colectivo. Tras comprobar el fracaso de su proyecto pedagógico en la aldea, Macha, la esposa del protagonista reconoce que para acabar con la ignorancia, el hambre, las ínfimas condiciones materiales, la degeneración, que reinan en la aldea, “son necesarios otros medios de lucha, medios violentos, enérgicos, heroicos, rápidos. Si quieres realmente hacer algo útil, debes ensanchar de un modo considerable tu círculo de acción, obrar sobre la masa campesina de fuera. Por de pronto, es preciso una propaganda enérgica, ruidosa, como la de la música, que obra al mismo tiempo sobre miles y miles de seres humanos…”
            Chéjov no llegó a ver la gran revolución rusa, pero intuyó que era necesaria, que llegaría, y pronto. Puede que los planteamientos de su novela parezcan en nuestro siglo XXI los de un iluso, pero estamos en 2019 y no creo que el concepto humanista de progreso que tenía el protagonista de Historia de mi vida sea hoy una realidad global.

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Las novelas no son la realidad, pero ayudan a comprenderla.