Podría afirmarse que es una
afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata
o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse
en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven
impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren
de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión
y el terror.
La RAE no va por ahí. Para ella el
quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil
todavía…, el quijotismo es…
¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de
exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos.
¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros
en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos,
socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones,
derribando gigantes y corrigiendo abusos?
Acudir a la entrada «caballeresco»
no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo
propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados,
corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse
exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de
quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a
hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda
decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso
sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el
asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué
términos han de usarse para las mujeres que exageran sus
sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas
quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural
y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.
Y volvamos ya al quijotismo, que en
su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento.
Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su
ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas
contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los
galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso
de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un
personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida
desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que
lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en
busca de aventuras: «–Yo
sé quién soy –respondió
don Quijote–,
y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce
Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las
hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se
aventajarán las mías».
¿Padecen todos los quijotes de
quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no
parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar
por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni
sea un engreído o vanidoso.
Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo
«quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de
«quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico,
en Argentina y Uruguay.
El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es
decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz
pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi
reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar
quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una
evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente
ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos.
Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes
leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a
Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas
conversaciones.
Hay quijotes de nativitate
y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como
Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la
segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo
iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus
convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de
novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a
perder el juicio. Don Alonso
Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una
revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el
bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre,
la amada, los nobles principios de la andante caballería por
instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.
Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la
justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del
hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que
alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la
sabiondez.
Don Quijote es un personaje
universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como
acaba –ya
yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis
costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo
en su lecho de muerte–,
pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en
su nombre.
¿Qué bando tomaría hoy nuestro
héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?
Antes de redactar esta entrada para
El pisapapeles de Karlsbad he
tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro
sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La
Vanguardia, titulado «Quijote,
traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El
quijotismo de Pedro Sánchez». No
los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el
que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California,
destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la
obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa),
el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión
que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los
venideros».
Orgulloso de luchar contra el
infiel. Hasta Cervantes creía en la
guerra. Así no hay manera.