viernes, 12 de junio de 2026

Transformación (2)

 2

Al estrés psíquico propio de los cambios hormonales se añade el académico. En los cuatro años que van de junio de 1966 a junio de 1970, de los diez a los catorce, pasé por seis centros escolares –escuela parroquial y academia particular en Gibraleón (Huelva), colegio salesiano de Pozoblanco, Sección Delegada Mixta Elemental de Pozoblanco, instituto «Séneca» de Córdoba y sección delegada del instituto «Séneca» en el instituto «Góngora»– con el consiguiente quebranto de la continuidad en materias, conocimientos y profesores. Mis padres achacaban mis regulares rendimientos –aunque solamente tuve tres suspensos en estos cuatro años– a la falta de atención, de concentración, y con la aquiescencia de los médicos me hacían tomar pastillas de fósforo «Guerrero», que mejorarían mi ánimo y reforzarían mi memoria, ignorantes de que el problema no era cuestión de química, sino emocional.

Vivíamos entonces en Gibraleón. Un día de finales de junio me despertó mi madre temprano. Yo había tardado en dormirme la noche anterior, inquieto, tratando de imaginar lo que me esperaba a la mañana siguiente. Años después descubriría, recordaría, aquel desasosiego nocturno en una novela de Miguel Delibes, El camino, donde su protagonista, Daniel el Mochuelo, pasa la última noche en su casa del pueblo antes de partir a un internado de la ciudad para estudiar el bachillerato. Aquella mañana de junio había llegado el día del examen de ingreso. Para tranquilizarme, mi madre me preparó una taza de tila bien tilada. Para evitar el mareo y la vomitera en el autobús, no quiso que desayunara.

–Ya comerás a la vuelta.

Ninguno de los dos me acompañaría. Huelva estaba cerca.

–Te vas con el guardia Fulano, que va de papeleo a la comandancia. Él te recogerá en el instituto.

El primer instituto de mi vida. Un edificio bonito, rodeado por una verja de hierro, de varias plantas, de ladrillo con tejas vidriadas en las nervaduras de los tejados, cúpulas y grandes ventanas rectangulares o de doble arco. Una cancela daba acceso a la entrada principal, con su jardín arbolado y su escalinata hasta la planta baja. El guardia no pasó la cancela. Me recogería allí a tal hora y se fue a sus asuntos.

Con la cartera escolar, donde llevaba el resguardo y el plumier con los lápices y la goma de borrar, hube de sopreponerme y encarar la situación, la soledad, subir los escalones, echar una ojeada, dirigirme a un conserje que me señaló una mesa larga donde había cuatro o cinco hombres sentados, a los que presenté el resguardo y me indicaron un pupitre donde sentarme y esperar. En el amplio espacio del recibidor había tres grupos de pupitres ordenadamente dispuestos, como en un aula, donde nos fuimos colocando los examinandos.

La primera prueba fue un dictado del comienzo de Platero y yo. En el papel que nos dieron para el dictado, venían también ejercicios de aritmética, de gramática y un par de preguntas de catecismo, una de las cuales –¿Cuáles son las virtudes cardinales?– no supe contestar.

Para el examen oral, un miembro del tribunal leía tu nombre en voz alta y te indicaba dónde colocarte de pie. Recuerdo que los examinadores se mostraban sonrientes y trataban de ser cercanos para que el trance no fuese angustioso. Es posible que la supertila preparada por mi madre hiciera su efecto y estuviese ante el tribunal más relajado y destensionado de lo requerido. Puede que, al contrario, el estado de nervios me obnubilara. O que el ayuno me tuviese medio desfallecido. Cabe, finalmente, la posibilidad de que no estuviera preparado para el examen. No recuerdo qué preguntas me hicieron, pero mis respuestas no debieron ser las adecuadas, puesto que recibí un No apto, aunque pude superarlo con creces en la convocatoria de septiembre.

No era uno entonces consciente de la importancia de superar aquella prueba y enrolarse en el bachillerato. La vida de un hijo de guardia civil, aun teniendo los mismos límites que la del hijo de cualquier vecino, añadía el componente de la itinerancia, de la falta de raigambre necesaria para aprender un oficio, que era la alternativa a los estudios. Otro hándicap guardiacivilero era que raramente podías aprender un oficio –herrero, carpintero, agricultor, fotógrafo, albañil, comerciante– de tu padre, porque tu padre raramente había aprendido un oficio antes de ser guardia civil, y raramente ejercía en el Cuerpo un oficio especializado –archivero, radiotelegrafista, mecánico, armero– que pudiera enseñar a su hijo. Un guardia civil era guardia civil. No era obrero, menestral. Así que estudiar o ingresar en el Cuerpo.

Agradezco a mis padres que eligieran para mis hermanas y para mí el camino del estudio. Se esforzaron, renunciaron a deseos y a sueños (viajar, comprar una casa en un pueblo) y economizaron para pagarnos matrículas y libros de texto. Los hijos estábamos en la obligación de estudiar, de no suspender, con el añadido ya mencionado de la falta de continuidad en el mismo lugar y de las conmociones emocionales derivadas de los continuos adioses a amigos y compañeros.

No sé cómo se afrontaría hoy que a los diez años se decidiera en buena parte el futuro de las niñas y niños de un país mediante una prueba académica formalmente revestida de los atributos de un juicio sumarísimo que condicionaría de por vida al examinando. Una experiencia inolvidable. Un trance académico desasosegante e inadecuado en un momento biológico tan complejo para los aspirantes a bachilleres. Una crueldad.

miércoles, 10 de junio de 2026

Transformación



La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.

Se le han arqueado las cejas, y espesado y ennegrecido, al niño de la primera foto. Y se le ha alargado la cara. Sigue teniendo los ojos grandes, almendrados, con una particularidad difícil de explicar. Quizá la inclinación del izquierdo. Quizá el párpado del derecho. Marcan los labios cerrados leve sonrisa en la primera fotografía. Entreabiertos en la segunda, parece más pequeña la boca, y asoman las dos paletas. Así lo llamaba entonces su padre, «Paletas».

Es y no es él mismo: adiós a la niñez, bienvenido a la pubertad. Sólo cuatro años y la criatura parece, es, otra: la mirada, la sonrisa, el bocado de Adán, las erecciones. Cómo reconocerse. Cómo aceptarse en ese muchacho cuyo cuerpo se ha transformado. Que ha cambiado la voz. Que descubre vello en su pubis. En su cara. En sus piernas. Que experimenta sensaciones inexplicables en su cuerpo.

Cuatro años y el niño desapareció. Para sí primero. Para sus padres luego y para sus hermanas. Es él, pero no es el mismo. No es ya que haya crecido, que sí lo ha hecho. Pero algo se ha perdido en la metamorfosis. Y sufre sin saber por qué.

El capullo, la envolvente protección familiar, se rompe y al púber le nacen alas, quiere volar fuera, autónomo, experimentar la sensación de la libertad con los amigos, que también han cambiado, de descubrir las calles, los barrios, los cines, los juegos que ya no pueden vigilar los mayores.

Las dos fotografías respondían a momentos clave en el historial académico. Tenían también su repercusión sociológica: ni todos los alumnos de 10 años seguían estudiando, ni todos los que querían seguir estudiando pasaban la prueba –el examen de ingreso– para acceder al bachillerato elemental.

En la España franquista en que creció, el uso de razón se alcanzaba a los siete años, la edad con que se hacía la primera comunión. Era frecuente que en tal ocasión a los niños les regalaran un reloj de pulsera y una cruz de oro con su cadenita para llevar al cuello. Proclamaban así su fe católica y ser responsables del tiempo que latía en sus muñecas.

El siguiente paso iniciático era la decisión de estudiar o no. Unos comenzaban a ayudar a sus padres en el campo, en el taller de coches, en la herrería, en la tienda, o entraban como aprendices en un comercio de telas, de recaderos en un ultramarino, en el bar, en la carnicería, en una funeraria o en la farmacia del barrio. Los había también que desaparecían de un día para otro porque se iban a Madrid, a Barcelona, o a Suiza y Alemania, según.

En unos meses, la infancia empezaba a sentirse ya como paraíso perdido. Ahora tocaba ser hombrecitos serios y responsables, no torcerse, estudiar, convertirse en jóvenes de provecho, elegir bien a los amigos, ennoviarse con una buena muchacha, encontrar trabajo, ahorrar, dar la entrada para un piso… O ingresar en la guardia civil.

La transformación física iba acompañada de la emocional, de inseguridades y timideces, de súbitos cambios de ánimo, de humor, de sentimientos contradictorios (el sufrimiento más tremendo y el más gozoso deleite, el amor más sublime y las masturbaciones), de desarreglos sentimentales provocados por el desarraigo, por el súbito adiós a los amigos, al pueblo y al paisaje, a la casa, al acento y la manera de hablar...


jueves, 14 de mayo de 2026

Aldea/Urbe


 Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.

Cada uno de los militantes Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.

La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.

Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.

Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.

Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco..., más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.

Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.

sábado, 4 de abril de 2026

Cisnes en el Sena (Homenaje a fray Luis de León)

 Port Ilon, 3 abril


Vivir es navegar. Como en un sueño.

Tarde tras tarde,

sobre la misma hora,

acudo a la cita

y miro caer el día. Como siento

caer mi vida.

Duele y es hermoso.

Porque es fin y porque es belleza.


En tu forma llevas, cisne,

la pregunta y la respuesta.

Vivir. Navegar. Disolverse.

Sereno el irse. Aunque duela

dejar atrás los pájaros, los besos,

esta primavera en el bosque,

este esplendor de abril.

Este callar de día que se apaga,

este suave navegar

en un mar de dulzura.

Este temblor que sacude los álamos.

Esta brisa que leve sopla hacia el ocaso.


jueves, 26 de marzo de 2026

Deudas lectoras



Conocía su nombre de verlo en los índices de los libros más antiguos de la colección Austral –con cuadernillos cosidos– de Espasa Calpe: Bayo, Ciro 544 - Lazarillo español. Marcado con asterisco, que indicaba un volumen extra. Así iba un estudiante en los setenta con escaso dinero formando e ideando su biblioteca. Con más libros marcados en los índices y catálogos de las editoriales que volúmenes presentes en las baldas.

Luego me lo encontré en las memorias de Pío Baroja, Desde la última velta del camino, que dedicaba unas páginas a su amigo andarín, a quien Azorín llamaba escritor andante y que Valle-Inclán retrató en Luces de Bohemia como el pedante don Peregrino Gay, cliente de la librería de Zaratustra, culto, viajado y crítico del fanatismo español.

Después de muchos años, encontré su nombre en un papel del Rastro. Estaba en un tenderete de donde había sacado y pagado ya un par de libros. Era la portada de uno de los libros de temática americana de Ciro Bayo, Bolívar y sus tenientes. San Martín y sus aliados (1929). Sola la deteriorada portada en papel verjurado a dos tintas, verde y negra, con una tipografía llamativa y una viñeta en verde. La saqué de la montonera de libros y le pregunté al librero si me la regalaba, aunque estaba dispuesto a dar algún euro por ella. El hombre, extrañado, sin tira ni afloja, me la regaló. Ahora luce, plastificada, en uno de los estantes de mi biblioteca.

Hace unas semanas, camino del Rastro, en los tabancos que se alinean en la Ronda de Toledo, hice el gran descubrimiento, vi por primera vez una obra de Ciro Bayo, el volumen extra 544, precioso con la sobrecubierta en rojos, negros y blancos, en bastante buen estado. Una tercera edición, de noviembre de 1965, con 61 años a cuestas. Estaba de oferta: dos libros por tres euros. Elegí otro de la misma colección, de la serie amarilla –libros políticosy documentos de la época–, de Wenceslao Fernández Flórez: una recopilación de sus crónicas parlamentarias, cuya lectura recomiendo vivamente al lector en general y a todos y cada uno de los miembros del Congreso en particular. A pesar de la fecha, 1914-1919 es asombrosa su actualidad.

El Lazarillo español es una invitación a la aventura, a soltar amarras y largar velas –un viaje a pie desde Madrid a Andalucía y Barcelona, con la mínima impedimenta material y monetaria–, un libro romántico y costumbrista, más del siglo diecinueve que del veinte, con giros y vocablos populares, sin florituras estilísticas pero con eficacia comunicativa, a pesar de los latines y la erudición del narrador andante. El cuento resulta entretenido y tiene hoy un interés extra para quienes conozcan los lugares por los que transita el protagonista, porque apreciará la transformación de los paisajes rurales y urbanos descritos en la novela: el ayer y el hoy de la España peregrina y caminera, de las ventas y posadas de antaño, de los mendigos, de los trabajadores temporeros, de los pobres que viven de la caridad y de la sopa de convento, de una España invertebrada.

El protagonista guarda estrecha relación con Lázaro Gonzalez Pérez, y no porque recorra su camino a pie, sino porque su principal cometido es no llegar a la noche con el estómago vacío y dormir a cubierto. Para ello se vale de mil recursos, ninguno de ellos fuera de la ley, aunque sí en el filo de la navaja, continuando así la línea del pícaro hambriento, no delincuente, trazada por su primer antecesor en el siglo XVI. Tampoco es un moralista que sermonea a cada paso, ni un hombre que reprueba sus orígenes o su vida pasada, o que se demora en digresiones morales surgidas del pesimismo y la desconfianza en el ser humano. Este Lazarillo español es un hombre optimista, un aventurero nato que confía en sus habilidades para sobrevivir, en la bondad de sus semejantes y en la buena suerte.

Cosa –lectura– de agradecer en estos tiempos menguados.


martes, 24 de marzo de 2026

Don Quijote en el diccionario, 2

Podría afirmarse que es una afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión y el terror.

La RAE no va por ahí. Para ella el quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil todavía…, el quijotismo es… ¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos. ¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos, socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones, derribando gigantes y corrigiendo abusos?

Acudir a la entrada «caballeresco» no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados, corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué términos han de usarse para las mujeres que exageran sus sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.

Y volvamos ya al quijotismo, que en su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento. Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en busca de aventuras: «Yo sé quién soy respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

¿Padecen todos los quijotes de quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni sea un engreído o vanidoso.

Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo «quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de «quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico, en Argentina y Uruguay.

El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos. Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas conversaciones.

Hay quijotes de nativitate y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a perder el juicio. Don Alonso Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre, la amada, los nobles principios de la andante caballería por instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.

Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la sabiondez.

Don Quijote es un personaje universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como acaba ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo en su lecho de muerte, pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en su nombre.

¿Qué bando tomaría hoy nuestro héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?

Antes de redactar esta entrada para El pisapapeles de Karlsbad he tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La Vanguardia, titulado «Quijote, traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El quijotismo de Pedro Sánchez». No los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California, destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa), el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».

Orgulloso de luchar contra el infiel. Hasta Cervantes creía en la guerra. Así no hay manera. 


martes, 17 de marzo de 2026

Siglas (En recuerdo de un poemilla de Dámaso Alonso)


En mis caminatas tempraneras por los alrededores y cercanías del pueblo, hay días en que escucho música y días en que escucho informativos y tertulias, según tenga el ánimo sin/con ganas de polarizarme ante las barbaridades que la clase política –municipal, regional, nacional o internacional– arroja delante de un micrófono.

No es raro que en los noticiarios y tertulias matutinas aparezca alguna palabra que me llame la atención –jeribeque, carajal–, por lo peregrino de su sonido o de su significado, porque sea una palabra vieja, un modismo local, o porque se trate de un tecnicismo nuevo y semánticamente opaco para mí, como es el caso de la palabra cazada esta mañana: «Más tarde –adelantaba la presentadora– hablaremos de las personas «fomo». ¿Personas fomo? Ni idea, indagaría cuando llegara a casa.

Como suponía que estaba ante un neologismo de última hora, tecleé las cuatro letras en el buscador, y en vista creada con IA leí que «El fomo, o fear of missing out ("miedo a perderse algo"), es un fenómeno psicológico y una forma de ansiedad social caracterizada por el temor constante a que otros estén viviendo experiencias gratificantes mientras uno no participa». Una mezcla de envidia –la persona afectada siente pesar al ver que otros están disfrutando de lo que ella se está perdiendo–, de resentimiento o enojo por verse excluído, y de imposible afán de omnipresencia, que impele a consultar compulsivamente el móvil y a no disfrutar de lo que nos rodea. Lo fomo supone un desdoblamiento, el plano del aquí en el que se está, y el plano del allí en el que se quiere estar pero no se está, lo que conduce a la falta de estima propia, al estrés, a la angustia. En fin, una enfermedad, una adicción: el mal de las redes. Una pena.

El ser humano es toxicómano por naturaleza, tanto de sustancias químicas como de instancias mentales. Lo prueba el uso abusivo que se hace del enganche o del estar enganchado al póquer, a los videojuegos, al fútbol, al cine gore, a las novelas históricas, al bingo, a una película, a una saga, a la práctica de algún deporte, al baile de salón o a los juegos de rol y a mil cosas más que crean dependencia y provocan desajustes físicos y emocionales.

La sigla fomo añade una moderna dolencia, una patología más de las innumerables a que estamos expuestos: por mucha tecnología de que nos valgamos, somos seres limitados, jamás poseeremos el don de la ubicuidad.

Otra palabra que ha llamado mi atención esta semana guarda su relación con la anterior. Es una extraña formación acrónima: HODIO, sí, con hache, aunque no es falta ortográfica, sino desafortunada creación vocabular del equipo de gobierno de la Moncloa. Amparado en un lema de onda hippieHablemos más de amor y menos de odio–, el presidente Sánchez presentó en sociedad un nuevo proyecto para el seguimiento y erradicación de los discursos de odio y polarización en las principales redes sociales utilizadas en nuestro país. La razón de este programa espía está en el uso que la ultraderecha neonazi hace de las nuevas tecnologías para difundir sus comentarios racistas, para agredir verbalmente y amenazar a quienes no somos de su cuerda.

La palabreja en cuestión visibiliza el concepto, quién lo duda –HODIO–, pero puede inducir al equívoco, a la duda, incluso a la incitación, en personas no duchas ortográfica e ideológicamente. Si esto ocurre en el contexto de la escritura, no dudo que sería mucho más contraproducente en el ámbito oral, con nuestra hache muda. ¿Cómo iba a entenderse la frase el gobierno ha puesto en marcha el programa odio? Es el mismo equívoco que cuando alguien anima a celebrar el «día de la violencia contra las mujeres».

Una precipitada parida, una chapuza, un neologismo desafortunado y malamente construido desde el punto de vista léxico, que deja fuera, además, una parte de la secuencia lingüística que genera el acrónimo. Según el ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la herramienta HODIO nace del sintagma «Huella del Odio y la Polarización». ¿Por qué no aparece representado el término «polarización»?

Me acuerdo de la canción de Aute, clarividente como siempre:

Retales, chapuza y pastiche.
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.