Enseguida me interesó la palabra.
Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los
billetes de 500 euros son chistorras,
y
lechugas
los de cien), ni a las personas por su nombre (El
Todopoderoso:
Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería;
Goblins:
José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de
esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores
fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.
En
el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que
indica que con pana
estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir,
de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida,
pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos
aya / haya / halla,
lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u
homógrafas pueda ser polisémica.
La
pana,
como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo,
que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el
mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo
de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto
polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la
expresión «Nuestro pana Zapatero».
La
morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana»,
referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver
a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que
analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante
posesivo: nuestro
pana.
La
docta institución académica propone como origen de esta pana
textil
y marinera la
palabra francesa panne,
que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:
1. Avería
2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las
vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.
3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para
formar un reborde.
4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre
o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.
En
la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias.
Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos
remiten a un panne
procedente
del latín pinna,
con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también
al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire
etymologique de la langue française
se remonta a un pannum
latino, de donde pan
–trozo
de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc.–,
cuya forma femenina, panne,
designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se
mueve.
Nos
vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es
tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil
offshore o
la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un
negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años
distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto
descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo
de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos
entonces, al homónimo pana
2.
Es
un americanismo. Según el Diccionario
de americanismos
editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en
países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela,
Puerto Rico o Ecuador, un pana
es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de
este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo
reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como
hijo de la palabra panaca,
con la que se designaba a la familia, siendo un pana
un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender
fonéticamente del inglés partner
(socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de
mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las
panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche,
ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que
los panas,
además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo
(¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los
que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio.
Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España,
si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los
dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó
«nuestro pana Zapatero está detrás».
Este
homónimo pana,
según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues
designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en
segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República
Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche.
En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina
o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana
Zapatero,
en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo
amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y
desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada –compañero
de fatigas,
correligionario–,
con
quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche,
un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos
poco lícitos?
En
vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del
investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro
pana Zapatero
es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado
afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y
viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad,
más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de
compinches que van a forrarse. Veritas
filia temporis.