miércoles, 4 de marzo de 2026

Aquel 10 de octubre del 44

 «Se crea un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, bajo la dependencia del Ministerio de la Gobernación de la Península, y con la denominación de Guardias civiles». Así reza el artículo 1 del Real Decreto por el que se crea la Guardia Civil, publicado en la Gaceta de Madrid el domingo 31 de marzo de 1844, firmado por Luis González Bravo, Presidente del Consejo de Ministros; Luis Mayans, ministro de Gracia y Justicia; Manuel de Mazarredo, ministro de la Guerra; Filiberto Portillo, titular de Marina, Comercio y Ultramar; Juan José García Carrasco, encargado de Hacienda, y el marqués de Peñaflorida, responsable de Gobernación.

El nuevo cuerpo armado se acoge a la disciplina y a la justicia militar, y cumplirá un servicio público que ni el ejército ni la Milicia Nacional podían garantizar en ese momento, como era la «protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones», en una nación necesitada de orden y seguridad «por efecto de sus guerras y disturbios civiles».

El encargado de organizar la nueva institución armada es un pamplonés de 41 años, don Francisco Javier Girón de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, con pedigrí nobiliario y militar por los cuatro costados, que había ingresado en el ejército a los 12 años. Defensor de la monarquía absolutista, luchó a las órdenes del general Narváez en la primera guerra carlista, tras la que alcanza el rango de mariscal de campo. En abril de 1844, González Bravo le asigna la tarea de crear y formar el nuevo cuerpo armado para la seguridad pública. 

En sucesivos decretos y ordenanzas salidas con celeridad del despacho del duque, se establece la organización de la benemérita institución, su distribución geográfica, los uniformes, los haberes, el código disciplinario, la vivienda, los requisitos para el ingreso y el espíritu del Cuerpo. Para la instrucción de la tropa se habilitaron instalaciones del ejército en Leganés, para la infantería, y en Vicálvaro para la caballería. Sólo cuatro meses, de abril a julio, bastaron para tener a punto el primer grupo de guardias civiles, que formó ante el duque más allá de la Puerta de Atocha, el 4 de agosto. Para esas fechas, don francisco Javier Girón había sido nombrado Director General del Cuerpo, integrado entonces por 688 hombres de infantería, 320 de caballería y 40 oficiales y suboficiales. A primeros de octubre, el número había aumentado considerablemente: 1795 hombres de a pie, 406 a caballo, 78 mandos.

La primera aparición pública de los guardias civiles tuvo lugar en Madrid el 10 de octubre de 1844, fecha en que se celebraba el 14 cumpleaños de la reina Isabel II y la solemne apertura de las Cortes. Aquel día, memorable en la historia del Cuerpo, desfiló por las calles de la capital el primer Tercio, el de Madrid y provincia, integrado por 5 compañías de infantería (693 hombres), 2 escuadrones de caballería (236 hombres a caballo), más oficiales y suboficiales, que llamaron la atención “por su marcialidad, escogido personal, buena instrucción y vistoso uniforme” (Quevedo, Sidro, 577). En su tesis doctoral (Eduardo Martínez Viqueira, La definición de un modelo de liderazgo en la etapa fundacional de la Guardia Civil. Trabajo defendido en 2019 en la Universidad Complutense), Eduardo Martínez Viqueira aporta otro testimonio sobre aquel lucido desfile: «El tostado rostro de aquellos veteranos, recién salidos de la guerra civil [la primera guerra carlista], su guerrero continente y gallarda estatura, eran objeto de las miradas del público, lo mismo que la alzada y anchura de los soberbios caballos. Este conjunto agradable influyó mucho en el ánimo del público para borrar la desfavorable impresión que el primer decreto había causado».

Qué subidón imaginar un Zarco en aquella memorable fecha, en tamaña exhibición de gallardía y de espíritu marcial, entre el ruido acompasado de los cascos de las caballerías, las músicas militares y lo vistoso de los uniformes, de los tricornios, el brillo de los sables, el cornetín de órdenes. Más la carroza real y los alabarderos que la acompañan, los diputados –la sede provisional del Congreso era entonces el salón de baile del Teatro Real–, haciendo el recibimiento, el gentío madrileño dando vivas a la reina y a la flamante guardia civil, en un ambiente solemne y festivo, que hace pensar en la famosa «Marcha triunfal» de Rubén Darío: 

«¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines».

Imagino la emoción de un Zarco alfa, el primero de la familia en llevar el benemérito uniforme, un Zarco que nació con Napoleón vivo en Santa Elena, y con el felón y feroz represor de la libertad, el excusable Fernando VII; que quizá viera, o entreviera al paso marcial, aquella mañana del 10 de octubre de 1844, desde la bajura de un guardia civil de infantería, o desde la altura de su caballería, a la reina adolescente de la nación –oh país del absurdo– manipulada por unos y por otros, obligada poco después a casarse con un hombre gay. Qué orgullo de prosapia. La de los Zarcos, digo. 

Fantasear con un Zarco en aquella jornada histórica hace nacer en mí, más que orgullo, que podría serlo, pero sin ínfulas ni petulancias –cinco generaciones de Zarcos al servicio de la patria– un alegre bullir en la sangre, una cierta fascinación por esa línea ininterrumpida de 11 varones de la familia consagrados al orden y a la seguridad de las personas y los bienes, que hicieron del sacrificio y del honor la principal divisa de su vida.


jueves, 26 de febrero de 2026

Mi primer verso es para ti

          Mi primer verso de hoy es para ti.

Por la mañana azul y por el cielo limpio hasta lo infinito. 

Por el verdor en la tierra, por las escorrentías y por las represas en los caminos, por las gavias, por los arroyos, casi olvidados ya de las aguas que se precipitan en busca del mar.

Por la cresta y por el canto de las alondras, por los jóvenes jilgueros en bandada, por la percusión del pájaro carpintero.

Por la tarde apacible y por los versos del poeta. 

Por los niños que juegan en el parque. 

Por el jolgorio de los gorriones en los naranjos. 

Por la serenidad y por la sobriedad –sin los fuegos de luces del otoño– con que te despides de nosotros, ¡oh, dulce sol amarillo de febrero!

***

Título tomado de Rafael Alberti, Versos sueltos de cada día.

lunes, 23 de febrero de 2026

Homenaje a Leonard Bloomfield

¡Vamos, los libros, con sus letras, con sus puntos, con sus comas!, pregonaba la mujer en su puesto de libros del Rastro. Qué es un libro sino letras, comas y puntos. Se suman las letras para formar palabras, se unen y separan las palabras con puntos, con comas, para crear un libro. 

La mujer cantaba su pregón con voz cristalina y mirada risueña, conocedora de su efecto en quienes esculcábamos en el tenderete. 

El alma de un libro: comas, puntos, letras. Todo lo escrito y todo lo por escribir es eso, combinación de letras, de puntos, de comas. El genoma de la literatura. 

El lenguaje es combinatoria. La adecuada conjunción de esos elementos para que resulte el Quijote o una miniatura de Emily Dickinson, una página de Proust o los hexámetros de Homero. 

Teoría y praxis del distribucionalismo: letras, comas, puntos... 

        Más el misterio de la creación de un mundo.

        Más la belleza. 

        Más el goce de la lectura.


 

jueves, 19 de febrero de 2026

Club de lectura, 1

 La España vacía, un ensayo literario de Sergio del Molino sobre la despoblación de la España interior en ¿beneficio? de la saturación demográfica de las ciudades. La primera parte del Quijote (esta vez he leído antes la segunda). Otro ensayo, La vida cañón, de la periodista Analía Plaza, sobre los boomers, como llaman las jóvenes generaciones a gente como yo, nacida a mediados de los cincuenta y ya jubilada. Un librito de artículos de Pier Paolo Pasolini escritos entre septiembre de 1962 y febrero de 1975 –antiguos pero actuales–, titulado El fascismo de los antifascistas, que compré en Málaga. La novela de Carmen Martín Gaite, Entre visillos, que cuenta el final del verano de un grupo de jóvenes en una capital de provincias en la década de los cuarenta, y que me recuerda los días más tristes de mi madre con once años en una Salamanca fría y sola. Finalmente, el ensayo unamunesco sobre la Vida de don Quijote y Sancho.

No suele ocurrirme alternar en los mismos días la lectura de seis libros, pero así ha ocurrido estas últimas semanas: me he visto envuelto simultáneamente en seis mundos literarios que por diferentes caminos conectaban con mi vida. Explicar esos nexos no tan azarosos entre unos libros y otros, descubrir la vía por la que tal obra se relaciona conmigo es la meta de lo que sigue.

He vuelto al Quijote porque no quiero perder la buena costumbre de frecuentarlo. Así se pierden los amigos. Cervantes siempre tiene algo que enseñarnos, un giro, una nota de paisaje, una palabra, el rasgo de un personaje, una perspectiva en la que no habíamos reparado antes. Siempre acaba sacándonos una sonrisa, un oh de sorpresa, una alabanza a su quehacer narrativo. 

Eso ocurre porque el Quijote es una maravillosa novela que habla de cada uno de nosotros –don Quijote somos todos–, y por muy disparatadas que nos parezcan sus alucinaciones no nos queda más que asentir a la razón que lo asiste en todos sus discursos y parlamentos no tocantes a su locura, a su debilidad, como son los libros de caballerías. 

Me acuerdo del héroe cervantino cada vez que voy o vuelvo de Madrid y veo alguno de aquellos viejos molinos harineros que aún salpican las tierras manchegas; cuando paso en coche junto a esos modernos y enormes aerogeneradores blancos, o cuando los veo en la lejanía, plantados aquí y allá, como ocurrió en enero último, cuando atravesamos la meseta castellana camino de la Normandía. En verdad que a distancia, en lo más alto de los collados, semejan colosal tropa que agita sus luengos brazos bajo un cielo de nubes aborregadas. Quién no va a pensar en amenazadores cíclopes y gigantes embestidos por el más famoso de los andantes caballeros.

Quién de por estos contornos habrá leído la novela cervantina, me preguntaba ya en Normandía. ¿Habrán resonado alguna vez los acentos manchegos por estos bosques del invierno, por estas orillas del Sena donde amarillean los sauces y se difuminan desnudos entre la llovizna álamos, robles y castaños? 

Allí, en días placenteros a bordo de una péniche en el Sena –un barco casa, con su encanto, pero no encantado, como en la novela–, terminé la lectura de la primera parte de la novela cervantina y fantaseé con un Quijote vagante por aquel hermoso reino de la lluvia y del verdor, por aquellos bosques de hayas, discurseando en su castellano caballeril, enfrentándose a malvados caballeros, llevando hasta aquellos lejanos territorios el nombre de la bella y simpar Dulcinea del Toboso.

Acepto, me decía mirando el río al amanecer, cuando llegaban a sus orillas las garzas y los cisnes, que nadie de por aquí haya leído la historia del ingenioso caballero de La Mancha, lo acepto, pero no me creo que ningún normando de antes o de ahora, aún sin haber leído a Cervantes, sin conocer a don Quijote, no haya pensado alguna vez en apostarlo todo a no humillarse ante la injusticia, a ser libre, a vivir y a soñar de pie, como escribió Lydie Salvayre. Esa es la universalidad del personaje –todos somos don Quijote, deseo y realidad–, su humano anhelo, la utopía de aquella dichosa edad y aquellos dichosos siglos que los antiguos llamaron dorados.

Con el empeño de no abandonar la historia de don Quijote volví al pueblo, dispuesto a continuar con la primera parte y a escribir algunas notas sobre esta nueva lectura.


martes, 17 de febrero de 2026

De Trifones, Zarcos y tricornios (2)

 2


Sobre la foto de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge1 mencionada al comienzo de este capítulo, cedida por su tataranieto Francisco Cobo Zarco, escribe éste que su ascendiente era sargento en el ejército cuando se pasó a la Guardia Civil, poco después de su creación. En los días en que se hizo el retrato, tendría “unos veintitrés o veinticinco años (ya era sargento del ejército), sería más o menos por 1864, cuando se incorporó al cuartel de Mota del Cuervo”. Trifón viste el uniforme de guardia civil de diario –casaca azul turquí de faldón ancho, con cuello, solapa y vueltas encarnadas, dos hileras de botones blancos, pantalón recto, azul turquí también, con vivo encarnado, cinturón de cuero con el emblema GC y el escudo de España, zapatos negros abotinados–, tal como fue ideado por el Duque de Ahumada2 en la primavera de 1844. El retratado posa de pie, con el cuerpo y la mirada hacia la izquierda del objetivo, apoyada la mano derecha en el respaldo de una silla baja toda tapizada, adornada con borlas y flecos largos. Junto a la mano, los preceptivos guantes de algodón blancos. En el asiento, el sombrero de tres picos, el característico tricornio del Cuerpo, confeccionado con fieltro negro, galón blanco, cucarda roja, presilla y botón blanco, que se mantuvo así hasta 1860, cuando se redujo notablemente la pala delantera. Este segundo modelo, que se mantuvo seis años, es el que aparece en la fotografía3. Por otra parte, las primeras ordenanzas para el ingreso en la Guardia Civil establecían que los aspirantes, una vez acabado su servicio militar y presentado una impecable hoja de servicios, además de buena salud y complexión robusta, debían contar entre 25 y 45 años y alcanzar una talla mínima de “cinco pies y tres pulgadas” (160 cm). Los datos corroboran lo afirmado por el tataranieto de Trifón Zarco, nos permiten eliminar las disyuntiva de si tenía 23 o 25 años el día en que se tomó la fotografía, y conjeturar cierta falta de gallardía y apostura en el personaje, que no parece haber superado en mucho la talla mínima y muestra un cierto desaliño o falta de elegancia y vistosidad en el uniforme: ¿largo y ancho de más el pantalón?, ¿desabrochado o falta un botón en la casaca?

Por su segundo apellido compuesto, por su casamiento con Josefa Bascuñán, y a la vista de mi rama genealógica, este guardia civil, como ya sabe el lector, queda descartado como padre del beato Julián Zarco Cuevas, asesinado en Paracuellos del Jarama. Sin embargo, queda un hilo pendiente, su nieto, llamado Trifón y de primer apellido Zarco, que bien pudiera ser…

En mi búsqueda de información sobre tal vástago, hijo de Leandro Zarco y nieto de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge, fui a dar con Trifón Zarco Contreras, que, ese sí, coincidía en apellidos con mi tatarabuelo, Julián Pío, el marido de Paula García, progenitores, como bien sabe el lector atento, de Tórbulo, padre en primeras nupcias con Convertida madre, de Pío, de Julián y de Ángel, muerto adolescente.

¿Era este Trifón Zarco Contreras hermano de Julián Pío Zarco Contreras, ambos de Mota del Cuervo? Si damos como ciertos los datos contenidos en su esquela, Trifón Zarco Contreras nació en 1892, lo que arroja una diferencia de 66 años entre el nacimiento de Julián Pío (1826) y el de Trifón, cosa verosímil pero en verdad insólita tratándose de hermanos. Por fecha de nacimiento, Trifón podría ser primo hermano de mi abuelo Anselmo, y, naturalmente, de mis tíos abuelos Pío, Emilia, Federico y José. Pudo ser hijo de un mi tío bisabuelo, Lorenzo (1859), hermano de Tórbulo, Victorica y Pío, mi bisabuelo, pero esa rama zarquil está por ahora sin trazar.

En lo que conozco, la biografía de Trifón Zarco Contreras tiene su aquel. Tirando de hemeroteca he averiguado que completó estudios en la Escuela de Magisterio de Valencia, que ejerció como maestro interino en Asprella, una pedanía de Elche, en el curso 1915-1916, que contrajo matrimonio con María de la Misericordia Castellano Izquierdo-Pérez, que tuvieron dos hijos, Emilia y Urbano. María de la Misericordia murió con 69 años en Madrid el día 1 de noviembre de 1959.

En 1924 encontramos a Trifón de nuevo en MDC, alternando el ejercicio del magisterio con su nombramiento como subcabo del Somatén, con su elección como alcalde entre 1926 y 1927, y con la administración de sus propiedades agrícolas. Un prócer local, un hombre de respeto y autoridad en su pueblo, partidario, sin duda, del “orden, trabajo y economía” a que aspiraba la dictadura de Primo de Rivera. En su faceta de maestro, figura en febrero de 1929 como presidente de la mutualidad escolar Manjavacas4, nombre de una laguna estacional cercana a MDC, apellido también y denominación de la patrona de la localidad.

Precisamente un Manjavacas, Eugenio Manjavacas Nieto, es protagonista en dos hechos que debieron apesadumbrar profundamente a TZC. Del primero tenemos noticia por la Gaceta de Madrid5, cuando aparece un edicto de la delegación provincial del Tribunal de Cuentas por el que se cita a Juan Eugenio Manjavacas Nieto, “peatón interino que fue de Mota del Cuervo”, en relación con el extravío de un reintegro de 2.000 pesetas, impuesto por TZC en la estafeta de Correos de Mota del Cuervo el 17 de octubre de 1928 a favor del Banco Popular «Previsores del Porvenir». Por el nombre del banco, «Previsores del Porvenir», di por seguro que aquel ingreso de 2.000 pesetas era producto de las cuotas de los estudiantes para la Mutualidad Escolar «Manjavacas», lo cual me parecía un agravante, al tratarse de dinero perteneciente a numerosas familias de MDC, pero no encontré datos que corroboraran mi pensamiento inicial. El caso es que las pesetas depositadas en MDC desaparecieron y algo tendría que decir la persona que hizo el traslado hasta Socuéllamos, Eugenio Manjavacas Nieto, en aquel momento cartero temporal o peatón interino, como entonces se llamaba a los carteros a tiempo parcial.

No sabemos qué explicaciones daría o no daría el citado, ni cómo acabó el pleito, ni como fueron a partir de entonces las relaciones entre el propietario y el cartero interino. Es posible que anidara en uno el desprecio y el rencor en el otro, que fraguara la mutua animadversión, que la espina del resentimiento quedara en el pecho de los litigantes.

Pasa el tiempo de la dictadura y de la dictablanda, viene la II República, llega julio del 36, el golpe militar y la guerra civil. El ayuntamiento de MDC es frentepopulista y defiende la legalidad republicana. Eugenio Manjavacas Nieto fue uno de los gestores municipales entre el 24 de mayo de 1938 y el 8 de marzo de 1939. En el expediente número 1062/8 de la Causa General en el Partido Judicial de Belmonte (Cuenca), abierto en octubre de 1942, Manjavacas Nieto figura como marxista revolucionario, militante de organizaciones y partidos marxistas, procesado y detenido en la prisión central del Monasterio de Uclés, donde cumple pena de 14 años de cárcel. Se le hizo, junto a otros, responsable de la destrucción de la iglesia parroquial de MDC y de varias ermitas, de la detención de unas 150 personas, de las cuales 9 fueron asesinadas, y de la incautación de los bienes y saqueo de los domicilios de Trifón y Salomón Zarco Contreras.

Veinte años después de aquel extravío de dinero, ¿seguía enconada la llaga? ¿Ajuste de cuentas entre particulares o castigo a los rebeldes? ¿Desmanes de las hordas rojas o justicia revolucionaria?

¿Por qué –te preguntarás, amable lector–, por qué estas relaciones de parientes que más se acercan a las enumeraciones del Génesis que a cuento o novela de estos tiempos; por qué este galimatías de tataranietos, resobrimos, bisabuelos, primos terceros y segundos, trastatarabuelos y trastataranietos y demás parientes que cualquiera de nosotros puede alegar? No es prurito heráldico, ni simple afán genealogista. Busco mis raíces para entenderme a mí mismo. Y para entender al país en el que vivo. Es difícil imaginar ciertos periodos de la historia de España sin la Guardia Civil, ¿verdad? Pues ahí estaba un Zarco o un Pérez guardiaciviles. Los hubo en la guerra de Marruecos y en la Barcelona de los anarquistas. Los hubo en el frente de Madrid y en la persecución del maquis. Los había disimulados, infiltrados, en la represión callejera de los sesenta y los setenta, seguramente en las luchas carlistas del XIX y en las refriegas con bandoleros y contrabandistas. Los había en las manifestaciones a favor de Franco, en las procesiones de Semana Santa y, si no recuerdo mal, hasta en la persecución de El Lute hizo mi padre algunos servicios especiales. 

A partir del 18 de febrero de 1956, los hubo a diario en mi vida. Y eso sí que fue importante para mí.

***
1   Se puede ver la fotografía escribiendo en el buscador “Primer guardia civil en Mota del Cuervo” o bien el nombre completo: Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge”.

2   El 24 de abril y el 28 de mayo de 1844, el Duque de Ahumada presentó al Gobierno en sendas comunicaciones escritas su propuesta de uniforme para el recién creado Cuerpo de la Guardia Civil.

3   A partir de 1866, el tricornio adquirió la forma y dimensiones actuales.

4   Las mutualidades escolares, creadas en 1911 y obligatorias a partir de 1919, son producto de una campaña estatal de fomento del ahorro, la previsión y la solidaridad en los escolares. Mediante el abono de pequeñas cuotas semanales, cada estudiante iba engrosando una dote de la que podía disponer para viajes y colonias escolares, continuación de los estudios, pensiones de retiro o cualquier otra necesidad. Además de las cuotas de los escolares, las mutualidades recibían subvenciones locales, provinciales y estatales.

5   Gaceta de Madrid, n.º 180, 28 junio 1932, p. 2212.


jueves, 12 de febrero de 2026

My Generation


Semanas atrás hice una incursión en el concepto “generación”. No recuerdo exactamente el recorrido. Andaba esos días indagando en mis raíces –Córdoba, Cartagena, Miguelturra, Doña Mencía–, constatando los lazos de mi familia con el benemérito cuerpo de la Guardia Civil, subrayando hechos notables de mi niñez –la llegada de la televisión a España, la revolución cubana–, cuando me vi tomando notas sobre los rasgos compartidos por las 1.402 personas que en España vinieron a la luz en la misma fecha que yo, más los muchos miles que lo hicieron en el resto del mundo.

–Hola, nací en 1956 y soy un boomer.

Entre esas notas sobre mi generación biológica, nada que no supiera o intuyera. Soy un explosionado (el hijo de una explosión), no un explotado. En la mili, oficiales y suboficiales insistían, en las teóricas, en la diferencia entre explotar y explosionar: explosiona (es detonada) una bomba, explota (revienta) un globo. Nos enseñaban también el himno de la infantería, nos instruían en el montaje y desmontaje del cetme, el nombre de sus piezas, después de los bocadillos de mortadela y salchichón, de las cervezas y los porros bajo la sombra de los chaparros a los cuarenta grados de agosto. Glorioso ejército español. Sí, nos tuvimos que chupar 14 meses de patriótico servicio militar.

Los estadounidenses designan a sus generaciones con metáfora: la generación perdida (1883-1900) se bautizó militarmente en Europa con la I GM y volvió desorientada, psicológicamente herida. En literatura dio frutos innegables: Hemingway, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Faulkner. Benditos sean porque no se perdieron y escribieron lo que escribieron.

Luego vinieron los felices veinte y la Gran Depresión, la desesperación, los suicidios, la pobreza, la inmigración, la fiebre californiana. Generación grandiosa la llamaron (1901-1927), la que luchó en la II GM, incluidos los españoles republicanos que avivaron la resistencia francesa y también alimentaron por desgracia los hornos crematorios. Y como silenciosa caracterizaron a la siguiente, la de la guerra de Corea y la lucha por los derechos civiles (1928-1945).

Después, mi generación, quienes nacimos entre 1946 y 1964, según la nomenclatura estadounidense, los boomers, los hijos del bum, de la explosión demográfica que siguió a la sangría de la II GM. Los sociólogos distinguen en ella dos subgeneraciones o cohortes: la avanzada o vanguardia, llamada también Leading-Edge Baby Boomers (1946-1955), que alcanza su mayoría de edad durante la guerra del Vietnam, y la rezagada, denominada Trailing-Edge Boomers (1956-1964), que se crio en tiempos de guerra fría y carrera espacial.

En España –Spain is different–, se nos llama baby boomers a los nacidos entre 1946-1964. Compartimos el haber nacido en un país estabilizado tras la guerra civil y la inmediata y dura posguerra, con una Europa también recuperada de la catástrofe (el milagro alemán, el plan Marshall). Cuando llegamos a la luz, la dictadura –no le quedaba más remedio–, comenzaba a abrirse al resto del mundo, diciéndole adiós a la autarquía, lo que ayudó a la recuperación económica, pero no a la apertura política, hasta llegar al bum –otra explosión– del desarrollismo y del turismo con los tecnócratas del Opus. Desde niños vimos cómo se destruía el litoral para construir hoteles y apartamentos, en el NO-Do y luego en la televisión veíamos las campañas del turista 1 millón, 2, 3… el turista 10 millones; de jóvenes seguimos parte a parte la agonía de Franco y votamos en las primeras elecciones democráticas desde 1939, comenzamos a trabajar en los setenta, sorteamos la oleada mortal de la heroína, nos entregamos a la movida de los ochenta y nos jubilamos después de 35 años de trabajo. Dicen los expertos que somos gente idealista, con ética profesional y sentido del deber. Creemos en lo público, en la igualdad de género, en el pacifismo y en la ecología, y nos hemos subido al tren digital, aunque para las relaciones sociales preferimos el cara a cara y las risas en bares y terrazas.

En mi búsqueda generacional por la red, di con un ensayo, La vida cañón, en que la autora, Analía Plaza, nos achaca a los boomers el ser muchos, el haber podido comprar una vivienda, el cobrar buenas pensiones, el pegarnos una vida cañón, el viajar, el gozar de una salud aceptable y además tener halagüeñas expectativas de vida…

He comprado el libro y leído las primeras páginas. Ya diré. O no.


lunes, 9 de febrero de 2026

Seis de febrero


Como con furia, sesgada, violenta a ratos, bate la lluvia en los tejados y remite al minuto. 

Invierno de agua y temporal.

Recogido de aguas anda uno, aunque alguna tarde noche se ajusta la chupa impermeable, se cala la gorra y pasea la circunvalación del pueblo, abierto el paraguas y hermosas canciones por los auriculares.

Al ritmo acompasado de la lluvia, de mis pasos, de lo que voy escuchando – oh musa, oh música–, acuden algunos versos.

Son versos con palabras primitivas: viento, lluvia, aullidos, negrura.

Con emociones elementales: belleza, amor, soledad.