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viernes, 12 de junio de 2026
Transformación (2)
miércoles, 10 de junio de 2026
Transformación
La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.
jueves, 14 de mayo de 2026
Aldea/Urbe
Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.
Cada uno de los militantes –Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base– tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.
La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.
Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.
Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.
Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa –tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco...–, más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.
Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.
sábado, 4 de abril de 2026
Cisnes en el Sena (Homenaje a fray Luis de León)
Port Ilon, 3 abril
Vivir es navegar. Como en un sueño.
Tarde tras tarde,
sobre la misma hora,
acudo a la cita
y miro caer el día. Como siento
caer mi vida.
Duele y es hermoso.
Porque es fin y porque es belleza.
En tu forma llevas, cisne,
la pregunta y la respuesta.
Vivir. Navegar. Disolverse.
Sereno el irse. Aunque duela
dejar atrás los pájaros, los besos,
esta primavera en el bosque,
este esplendor de abril.
Este callar de día que se apaga,
este suave navegar
en un mar de dulzura.
Este temblor que sacude los álamos.
Esta brisa que leve sopla hacia el ocaso.
jueves, 26 de marzo de 2026
Deudas lectoras
martes, 24 de marzo de 2026
Don Quijote en el diccionario, 2
Podría afirmarse que es una afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión y el terror.
La RAE no va por ahí. Para ella el quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil todavía…, el quijotismo es… ¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos. ¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos, socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones, derribando gigantes y corrigiendo abusos?
Acudir a la entrada «caballeresco» no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados, corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué términos han de usarse para las mujeres que exageran sus sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.
Y volvamos ya al quijotismo, que en su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento. Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en busca de aventuras: «–Yo sé quién soy –respondió don Quijote–, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».
¿Padecen todos los quijotes de quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni sea un engreído o vanidoso.
Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo «quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de «quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico, en Argentina y Uruguay.
El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos. Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas conversaciones.
Hay quijotes de nativitate y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a perder el juicio. Don Alonso Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre, la amada, los nobles principios de la andante caballería por instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.
Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la sabiondez.
Don Quijote es un personaje universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como acaba –ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo en su lecho de muerte–, pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en su nombre.
¿Qué bando tomaría hoy nuestro héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?
Antes de redactar esta entrada para El pisapapeles de Karlsbad he tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La Vanguardia, titulado «Quijote, traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El quijotismo de Pedro Sánchez». No los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California, destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa), el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
Orgulloso de luchar contra el infiel. Hasta Cervantes creía en la guerra. Así no hay manera.
martes, 17 de marzo de 2026
Siglas (En recuerdo de un poemilla de Dámaso Alonso)
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.




