jueves, 26 de marzo de 2026
Deudas lectoras
martes, 24 de marzo de 2026
Don Quijote en el diccionario, 2
Podría afirmarse que es una afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión y el terror.
La RAE no va por ahí. Para ella el quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil todavía…, el quijotismo es… ¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos. ¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos, socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones, derribando gigantes y corrigiendo abusos?
Acudir a la entrada «caballeresco» no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados, corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué términos han de usarse para las mujeres que exageran sus sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.
Y volvamos ya al quijotismo, que en su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento. Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en busca de aventuras: «–Yo sé quién soy –respondió don Quijote–, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».
¿Padecen todos los quijotes de quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni sea un engreído o vanidoso.
Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo «quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de «quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico, en Argentina y Uruguay.
El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos. Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas conversaciones.
Hay quijotes de nativitate y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a perder el juicio. Don Alonso Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre, la amada, los nobles principios de la andante caballería por instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.
Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la sabiondez.
Don Quijote es un personaje universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como acaba –ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo en su lecho de muerte–, pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en su nombre.
¿Qué bando tomaría hoy nuestro héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?
Antes de redactar esta entrada para El pisapapeles de Karlsbad he tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La Vanguardia, titulado «Quijote, traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El quijotismo de Pedro Sánchez». No los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California, destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa), el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».
Orgulloso de luchar contra el infiel. Hasta Cervantes creía en la guerra. Así no hay manera.
martes, 17 de marzo de 2026
Siglas (En recuerdo de un poemilla de Dámaso Alonso)
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.
miércoles, 11 de marzo de 2026
Don Quijote en el diccionario, 1
En el capítulo I de la novela cervantina publicada en 1605, asistimos al nacimiento, no del hidalgo, del que no sabemos exactamente cuándo nació, sino del caballero, del ingenioso caballero don Quijote de La Mancha. La palabra «quijote» existía ya en nuestra lengua antes que el personaje: los quijotes eran las piezas de la armadura que protegían los muslos del caballero. Pero también designaba la parte de los cuartos traseros de las caballerías comprendida entre el cuadril y el corvejón.
El origen inmediato de la palabra está en el término catalán cuixot (cadera), como leemos en el diccionario etimológico del señor Corominas, que nos presenta tres momentos léxicos del vocablo: cuixa (muslo) > cuixot (1280) > cuxot (1350). En el catalán de nuestros días, una cuixa es un muslo, humano o de pollo, de animal, y con cuixal se designa tanto la pernera del pantalón, como el protector de los muslos en el conjunto del arnés, y como el cojal, la piel que los cardadores se ponían sobre el muslo para cardar. Entre muslos, pues, anda el vocablo, el quijote.
Los etimologistas románicos la derivan del latino coxa (cadera), aunque Aulo Cornelio Celso, prestigioso médico de tiempos de Tiberio (s. I d. C.), se refería con ella tanto al muslo como al hueso del muslo, el fémur. En griego no parece documentada esta raíz, si bien hay quien supone un kóchone y un kóchona, que designaban la zona del isquión, la cadera, y que está en el origen de palabras, como coxis o cojo y sus derivados.
¿Conocía Cervantes la palabra quijote o estamos ante un feliz hallazgo, una creación suya? Como soldado que fue, no ha de extrañar que conociera los distintos componentes de una armadura. Y si no era por la milicia, bien podría ser por esa zona del cuarto trasero de las caballerías. De cualquier manera, hay que alabar el acierto de utilizar parte de la raíz del apellido del hidalgo, añadiéndole el sufijo ote con su tinte aumentativo y su matiz burlón. Y su consonancia con el morisco Ricote o con el magnífico y admirado Lanzarote del Lago.
En el diccionario de la RAE aparecen dos artículos para la palabra quijote. El primero, para referirse a la pieza del arnés y a la zona del cuarto trasero de las caballerías. El segundo artículo considera el término «por alusión» al personaje literario, y nos ofrece dos acepciones:
1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. Sinónimos: héroe, idealista, altruista, abnegado, desinteresado.
2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino.
La definición y sinónimos de la primera acepción nos presenta el hecho de ser quijote desde el punto de vista espiritual, ético, como algo positivo, solidario, digno de elogio y admiración, incluso de emulación. La segunda, señala el parecido puramente físico con el personaje de la novela.
En el Diccionario del español actual1 se define quijote como «hombre idealista que actúa desinteresadamente en defensa de causas que considera justas. Frecuentemente también con intención despectiva». Se introduce aquí un matiz significativo importante que no aparece en el diccionario académico: lo peyorativo o despreciativo, lo desfavorable. En ese menosprecio insiste también María Moliner, cuya definición se acerca también a la intromisión, a la injerencia, cuando escribe que el término quijote «se aplica como nombre calificativo a la persona que está siempre dispuesta a intervenir en asuntos que no le atañen, en defensa de la justicia. Generalmente no se emplea con sentido admirativo y puede tenerlo despectivo».
Una observación antes de continuar. Según la RAE y Seco-Andrés-Ramos, el nombre calificativo quijote sólo se aplica a hombres. No hay, vista su definición del término, espacio para las mujeres que anteponen sus ideales en favor de nobles causas, idealistas, que luchan contra la injusticia. Únicamente María Moliner evita la mirada machista y habla de «persona», no de «hombre». Instamos, pues, desde este Pisapapeles a la docta academia para que revise la formulación exclusiva del término quijote e incluya la posibilidad de que una mujer también pueda ser considerada quijotesca, en el buen sentido de la palabra.
***
1 Manuel SECO, Olimpia ANDRÉS y Gabino RAMOS, Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999.
lunes, 9 de marzo de 2026
Learning American English
Era uno de los lemas de mis años mozos, cuando fui tomando conciencia, no del idioma inglés, sino de la cultura de la paz, de la protesta contra el intervencionismo, contra el militarismo –Make love, not war–, contra el imperialismo de Estados Unidos. Yankee go home. Yanqui, vete a casa. Deja de injerirte, de bloquear, de bombardear. De amenazar. De ocupar. Eran los sesenta hippies y mayistas, cuando supimos de los manejos de la cía y de las banana republics, del summer of love, de la marihuana, del hachís y de los trips, de las canciones de Donovan –Universal soldier–, de Bob Dylan –Masters of war–, o de Leonard Cohen: The partisan.
miércoles, 4 de marzo de 2026
Aquel 10 de octubre del 44
«Se crea un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, bajo la dependencia del Ministerio de la Gobernación de la Península, y con la denominación de Guardias civiles». Así reza el artículo 1 del Real Decreto por el que se crea la Guardia Civil, publicado en la Gaceta de Madrid el domingo 31 de marzo de 1844, firmado por Luis González Bravo, Presidente del Consejo de Ministros; Luis Mayans, ministro de Gracia y Justicia; Manuel de Mazarredo, ministro de la Guerra; Filiberto Portillo, titular de Marina, Comercio y Ultramar; Juan José García Carrasco, encargado de Hacienda, y el marqués de Peñaflorida, responsable de Gobernación.
El nuevo cuerpo armado se acoge a la disciplina y a la justicia militar, y cumplirá un servicio público que ni el ejército ni la Milicia Nacional podían garantizar en ese momento, como era la «protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones», en una nación necesitada de orden y seguridad «por efecto de sus guerras y disturbios civiles».
El encargado de organizar la nueva institución armada es un pamplonés de 41 años, don Francisco Javier Girón de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, con pedigrí nobiliario y militar por los cuatro costados, que había ingresado en el ejército a los 12 años. Defensor de la monarquía absolutista, luchó a las órdenes del general Narváez en la primera guerra carlista, tras la que alcanza el rango de mariscal de campo. En abril de 1844, González Bravo le asigna la tarea de crear y formar el nuevo cuerpo armado para la seguridad pública.
En sucesivos decretos y ordenanzas salidas con celeridad del despacho del duque, se establece la organización de la benemérita institución, su distribución geográfica, los uniformes, los haberes, el código disciplinario, la vivienda, los requisitos para el ingreso y el espíritu del Cuerpo. Para la instrucción de la tropa se habilitaron instalaciones del ejército en Leganés, para la infantería, y en Vicálvaro para la caballería. Sólo cuatro meses, de abril a julio, bastaron para tener a punto el primer grupo de guardias civiles, que formó ante el duque más allá de la Puerta de Atocha, el 4 de agosto. Para esas fechas, don francisco Javier Girón había sido nombrado Director General del Cuerpo, integrado entonces por 688 hombres de infantería, 320 de caballería y 40 oficiales y suboficiales. A primeros de octubre, el número había aumentado considerablemente: 1795 hombres de a pie, 406 a caballo, 78 mandos.
La primera aparición pública de los guardias civiles tuvo lugar en Madrid el 10 de octubre de 1844, fecha en que se celebraba el 14 cumpleaños de la reina Isabel II y la solemne apertura de las Cortes. Aquel día, memorable en la historia del Cuerpo, desfiló por las calles de la capital el primer Tercio, el de Madrid y provincia, integrado por 5 compañías de infantería (693 hombres), 2 escuadrones de caballería (236 hombres a caballo), más oficiales y suboficiales, que llamaron la atención “por su marcialidad, escogido personal, buena instrucción y vistoso uniforme” (Quevedo, Sidro, 577). En su tesis doctoral (Eduardo Martínez Viqueira, La definición de un modelo de liderazgo en la etapa fundacional de la Guardia Civil. Trabajo defendido en 2019 en la Universidad Complutense), Eduardo Martínez Viqueira aporta otro testimonio sobre aquel lucido desfile: «El tostado rostro de aquellos veteranos, recién salidos de la guerra civil [la primera guerra carlista], su guerrero continente y gallarda estatura, eran objeto de las miradas del público, lo mismo que la alzada y anchura de los soberbios caballos. Este conjunto agradable influyó mucho en el ánimo del público para borrar la desfavorable impresión que el primer decreto había causado».
Qué subidón imaginar un Zarco en aquella memorable fecha, en tamaña exhibición de gallardía y de espíritu marcial, entre el ruido acompasado de los cascos de las caballerías, las músicas militares y lo vistoso de los uniformes, de los tricornios, el brillo de los sables, el cornetín de órdenes. Más la carroza real y los alabarderos que la acompañan, los diputados –la sede provisional del Congreso era entonces el salón de baile del Teatro Real–, haciendo el recibimiento, el gentío madrileño dando vivas a la reina y a la flamante guardia civil, en un ambiente solemne y festivo, que hace pensar en la famosa «Marcha triunfal» de Rubén Darío:
«¡Ya viene el cortejo!¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines».
Imagino la emoción de un Zarco alfa, el primero de la familia en llevar el benemérito uniforme, un Zarco que nació con Napoleón vivo en Santa Elena, y con el felón y feroz represor de la libertad, el excusable Fernando VII; que quizá viera, o entreviera al paso marcial, aquella mañana del 10 de octubre de 1844, desde la bajura de un guardia civil de infantería, o desde la altura de su caballería, a la reina adolescente de la nación –oh país del absurdo– manipulada por unos y por otros, obligada poco después a casarse con un hombre gay. Qué orgullo de prosapia. La de los Zarcos, digo.
Fantasear con un Zarco en aquella jornada histórica hace nacer en mí, más que orgullo, que podría serlo, pero sin ínfulas ni petulancias –cinco generaciones de Zarcos al servicio de la patria– un alegre bullir en la sangre, una cierta fascinación por esa línea ininterrumpida de 11 varones de la familia consagrados al orden y a la seguridad de las personas y los bienes, que hicieron del sacrificio y del honor la principal divisa de su vida.
jueves, 26 de febrero de 2026
Mi primer verso es para ti
Mi primer verso de hoy es para ti.
Por la mañana azul y por el cielo limpio hasta lo infinito.
Por el verdor en la tierra, por las escorrentías y por las represas en los caminos, por las gavias, por los arroyos, casi olvidados ya de las aguas que se precipitan en busca del mar.
Por la cresta y por el canto de las alondras, por los jóvenes jilgueros en bandada, por la percusión del pájaro carpintero.
Por la tarde apacible y por los versos del poeta.
Por los niños que juegan en el parque.
Por el jolgorio de los gorriones en los naranjos.
Por la serenidad y por la sobriedad –sin los fuegos de luces del otoño– con que te despides de nosotros, ¡oh, dulce sol amarillo de febrero!
***
Título tomado de Rafael Alberti, Versos sueltos de cada día.
