(Tumba de Georges Braque)
al sol de mediodía.
Páginas de un escritor rural
(Tumba de Georges Braque)
La historia de un país está escrita en su lengua. El ser, el carácter de un pueblo, asoma y va fraguando en su manera propia de hablar, de crear palabras nuevas o de tomarlas de otra lengua, modulando sus sonidos tanto como sus diferentes significados.
Los árabes omeyas que establecieron su califato en Córdoba, traían en su séquito, como toda corte oriental u occidental que se preciara, su entretenedor privado, su hombre polivalente –acróbata, malabar, bromista– su hombre ocurrente y de afilada lengua, procaz y satírica, al que llamaban muharriǧ o muharraǧ. En su paso a la lengua de los cristianos no se tradujo el término, no se buscó el concepto, ni se recurrió al griego o al latín, al hipocrités, al histrión, al mimo o al comediante, sino que se procuró la trasliteración, la mímesis fonética, lo cual supuso al final del proceso una notable transformación del original árabe, que acabó en el mamarracho o mamarracha con que hoy se denigra a una persona estrafalaria o ridícula.
Los cristianos en contacto con los musulmanes imitaron con bastante fidelidad los sonidos de la palabra árabe y decían moharracho y moharrache. Esa cuarta sílaba -cho/-che surge porque el castellano desconoce el sonido -ch- en final de palabra –la palatal africada sorda castellana [ch] recogía la prepalatal africada sonora [ǧ]–, y le añade una vocal. Una castellanización en lugar de moharrach/moharrich.
Con ese aspecto y esa sonoridad tan medieval y arabesca, moharracho y moharrache llevan siglos en nuestra lengua, en nuestros diccionarios. Ya en 1495, Elio Antonio de Nebrija recoge en su Vocabulario español latino la palabra moharrache, y la variante homarrache, como “personatus”, es decir, como alguien con máscara, como un actor. Ambos términos, moharracho y moharrache, se mantienen hoy en nuestro diccionario académico como sinónimos, y mantienen parte de su significado originario: “Persona que se disfraza ridículamente en una función para alegrar o entretener a los demás, haciendo gestos y ademanes ridículos”. El bufón cortesano, recordemos, el que entretiene, el showman que hacer reír y también pensar, el que nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestra condición, sobre la voluble fortuna, sobre la necesidad de la risa y la diversión. Un personaje positivo, beneficioso, útil a los demás.
El reducido grupo léxico integrado por moharrache, moharracho, homarrache, momarrache, moharache, documentadas desde 1450, se ha mantenido fiel a sus orígenes, como una familia de artistas de circo que sigue la tradición familiar: vestirse con llamativas prendas y divertir con sus palabras, sus muecas y sus habilidades corporales. El tiempo añadió más rasgos definitorios: figura mal hecha o mal pintada, adorno ridículo y estrafalario, adefesio… Pero, por continuar con la metáfora, sin abandonar nunca la identidad familiar, la pista del circo, la escena, el espectáculo ante el público. Moharrachos de toda la vida, cómicos de vieja tradición y condición, como los que se encuentra don Quijote en Las Cortes de la Muerte: «el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó es esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles». No está documentado el paso de moharracho a mamarracho, con esa reduplicación de la consonante y ese cambio vocálico, que Alex Grijelmo achaca a una supuesta preferencia de los hispanohablantes por la reduplicación consonántica y vocálica en los insultos, según leemos en su reciente artículo «La palabra ‘mamarracho’ como distracción»1, donde aporta algunos ejemplos: cantamañanas, ganapán, pelele, papanatas, tiquismiquis, tarambana, zorrocotroco...
La palabra mamarracho, en cambio, está registrada mucho más tarde que sus parientas. La encontramos –“A scurvy ugly Figure; a base piece of Painting; a Maulkin; jack-puddin” (una figura fea y despreciable; una mala obra de pintura; un espantapájaros, un payaso)– en un repertorio léxico obra del inglés John Stevens, autor de A new Spanish and English dictionary, publicado en Londres en 1706. Nuestro diccionario académico recogerá la palabra un siglo más tarde, en su edición de 1803, definiéndola como “figura defectuosa y ridícula, o adorno mal hecho o mal pintado”. Nada que ver con el origen y función social del término: ha desaparecido toda referencia al papel de un actor que divierte al público y mete pullas, chocarrero y filósofo a un tiempo.
Si atendemos al vigente diccionario de la RAE, el mamarracho o la mamarracha de nuestros días están desnaturalizados, han olvidado su noble y benéfico origen –mover a risa, divertir–, y se definen simplemente como personas estrafalarias o ridículas, desvinculadas de toda comicidad activa, o bien como algo muy mal hecho y ridículo.
No deja de ser curioso cómo el significado de la palabra ha ido en una determinada dirección, dejando atrás todo rastro de teatralidad, de pertenencia a la farándula, a los cómicos que con sus vestimentas estrafalarias entreveran risas y pullazos al poder, a la religión, a los usos y modas, a los vicios y defectos sociales. Curioso también que los hablantes hayan ido olvidando aquellas viejas palabras arabíes que sí conservaban memoria del bufón. Y curiosa finalmente la escasa cantidad de arabismos vivos en castellano después ochocientos años de presencia de árabes en nuestra península.
Un idioma no deja de ser un campo de juego, un terreno de lucha, en el que se enfrentan fuerzas –lenguas– invasoras y lenguas que se protegen. En esa circunstancia de lenguas en convivencia, puede haber una dominante y prestigiada, y otra relegada al ámbito privado y familiar (diglosia) o, en el mejor de los casos, una situación de bilingüismo, o multilingüismo, que pudo ser el caso de muchos hablantes cristianos, musulmanes y hebreos en la España medieval. Desde principios del siglo VIII hasta finales del XV y algo más allá, convivieron múltiples lenguas en la península y hubo ósmosis entre ellas, se tomaban palabras y se prestaban palabras, se adaptaban a los hábitos fonéticos y ortográficos de unas y otras, se modificaban significados, como vemos que ocurrió con mamarracho, una palabra árabe castellanizada, que ni en su cuna árabe ni en su paso a territorio castellano llevaba trazas de ser lanzada contra alguien como agravio, sino que definía una profesión, la ocupación de los cómicos, de los bufones.
Pero donde unos vemos una hermosa y aleccionadora muestra de convivencia lingüística, una fusión de recursos y por tanto un enriquecimiento mutuo; donde unos consideramos lo positivo de la diversidad y de la mezcolanza, de la amalgama, otros, ignorantes de la historia de su país y de su lengua, utilizan la palabra mamarracho/mamarracha como insulto, como improperio descalificante, no para el diálogo, no para la integración de perspectivas, ni para la construcción, sino para el enfrentamiento y la ofensa tabernaria.
1 El País, 26 julio 2026.
Por ESTHER CORTÉS BUENO
Antes de que el sol apunte fulgurante tras el perfil violeta de la sierra; cuando vaga fresco en el aire el aroma verde del hinojo y los jilgueros te acompañan saltando de un lado a otro del camino; con el relente aún en tus brazos, en el color apagado de las piedras y del cielo, del amarillo de las avenas; con tus primeros pasos, el hermoso espectáculo: ver nacerse el día, la plena luz de julio.
Y vuelves entonces a tu niñez, a los veranos de alberca y estrellas fugaces, cuando ser feliz era sólo un día luminoso por delante y risas y juegos con los amigos. ¡Oh, amaneceres de julio! ¡Oh, noches de ventanas abiertas y diáfanos sueños!
Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.
¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida –cuánta tinta– le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?
Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!
Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de efímera vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.
De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema –«Templo de Zeus en Agrigento»– del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.