lunes, 9 de febrero de 2026

Seis de febrero


Como con furia, sesgada, violenta a ratos, bate la lluvia en los tejados y remite al minuto. 

Invierno de agua y temporal.

Recogido de aguas anda uno, aunque alguna tarde noche se ajusta la chupa impermeable, se cala la gorra y pasea la circunvalación del pueblo, abierto el paraguas y hermosas canciones por los auriculares.

Al ritmo acompasado de la lluvia, de mis pasos, de lo que voy escuchando – oh musa, oh música–, acuden algunos versos.

Son versos con palabras primitivas: viento, lluvia, aullidos, negrura.

Con emociones elementales: belleza, amor, soledad.


jueves, 5 de febrero de 2026

Oiga, ¿es la guerra?


Escribía días atrás la periodista Ana Iris Simón una columna1 sobre la negativa de David Uclés a participar en unas jornadas (Letras en Sevilla) sobre la guerra civil –«La guerra que todos perdimos», así, en enunciación afirmativa, no interrogativa, como apareció luego, achacándose un error de imprenta–, porque en esas jornadas participaban también José María Aznar y Iván Espinosa de los Monteros. Según la autora de Feria, el gesto de Uclés convierte al adversario en enemigo, “disfraza de virtud la censura al otro, su simplificación o la ausencia de voluntad de diálogo”. En realidad, el jienense no participaba en ninguna mesa de debate junto a los dos citados, así que con su no participar, no hay motivo para hablar de adversario, ni de censura, ni de rehuir el diálogo.

Para demostrar la razón que la asiste –¿Quién perdió la guerra?–, Simón recurre a una escena de una serie televisiva de ficción en la que Federico García Lorca asiste a una actuación de Camarón de la Isla, y afirma parafraseando al poeta: “la guerra la ganaron aquellos a quienes recordamos con orgullo. La ganaron perdiendo, porque vencer es convencer, como decía aquel. La ganaron con dolor, tras décadas de hambre, de exilio, de muerte, de injusticia. Pero la ganaron”. Se entiende el sentimiento de fraternidad y de compasión por los vencidos, se comprende el orgullo por la lucha de los republicanos, y nos produce dolor su sacrificio, igual que ocurre hoy con el pueblo palestino, pero los hechos fueron los que fueron. Que los recordemos con amor, que nos produzcan pesar, que sintamos respeto y admiración por los hombres y mujeres que avivaron y defendieron la República no cambia el desenlace. Se comprende la frase de Ana Iris Simón, bisnieta de un comunista que murió en el exilio, pero la realidad no puede borrarse ni ser rectificada: la guerra la ganó Franco y la perdió Azaña.

No la ganó García Lorca, a quien cuatro fascistas fusilaron de mala manera en un barranco cualquiera. No la ganaron los que pasaron por las playas del sur de Francia. Ni los que murieron la Résistance  o gaseados y hechos cenizas en los campos de exterminio. No la ganaron los prisioneros de los campos de concentración franquistas. Ni las rapadas. Ni las torturadas y obligadas al ricino. Ni las paseadas a las tapias de los cementerios. Reivindicamos hoy su memoria, rescatamos sus vidas en libros, en películas, en cómics, en tesis doctorales, en blogs, en canciones y en jornadas culturales. Afirmaba Andrés Trapiello que los escritores republicanos perdieron la guerra pero ganaron la literatura. Hoy, a la vista del imperante revisionismo y blanqueamiento de las derechas, ya no está uno seguro. ¿Quién ganó la maldita guerra civil? ¿Los fascistas o los republicanos?

Han pasado noventa años y todavía se debate el asunto. En este país nada puede entenderse como fue, sino como a la derecha le interesa que fuera: nosotros también perdimos la guerra, sostienen ahora. Ganaron la guerra una vez y la quieren ganar de nuevo. Aunque ahora la quieren ganar perdiéndola, para obtener el todo, el ganar y el perder, la victoria y la derrota.

Vencer es convencer, afirma la escritora manchega, aludiendo, supongo, a la famosa frase de Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ante el mutilado general Millán Astray, que había lanzado dos estúpidas proclamas –¡Muerte a los intelectuales! ¡Viva la muerte!–, a las que el magnífico rector contestó con Venceréis, pero no convencereis. O con «Vencer no es convencer». La razón de las armas no es la razón de la inteligencia, venía a defender Unamuno, pero lo de «Vencer es convencer» no sabe uno exactamente por dónde va. Vencer es convencer de qué: de que tú estabas equivocado y yo tenía la razón, o de que yo estaba equivocado y la razón era tuya.

Vivimos en un país proclive a la paradoja y al oxímoron –vivo sin vivir en mí; lce amargura, ganar es perder–, un país de especialistas en el trile dialéctico, donde el que gana pierde y el que pierde gana, un país de chaqueteo –hoy falangista, mañana demócrata como el que más–, de probada experiencia en el tergiverseo y en el donde dije digo. Incluso en el inventarse a un tal Diego.

Nada más cínico a estas alturas que afirmar que la guerra la perdieron todos los españoles. Que no pedir perdón.
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1« El fascismo de los antifascistas», El País, 31 enero 2026.

martes, 3 de febrero de 2026

De Trifones, Zarcos y tricornios. Historias de familia

 
El 13 de mayo de 2019, para conmemorar el 175 aniversario de la creación de la Guardia Civil, la Asociación de Amigos por la Historia de Mota del Cuervo, en Cuenca, publica en eme la fotografía de cuerpo entero del “primer Guardia Civil del puesto de Mota del Cuervo, Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge”. Inmediatamente descargo la imagen en color sepia y continúo mis indagaciones familiares por esa vía. Físicamente, el hombre de la imagen en nada se parece a los Zarcos que conocí o que había visto en fotografías. Ni en las facciones ni en las hechuras.

Ese mismo día, un miembro de la dicha Asociación escribe: “Creo que es el padre del beato Julián Zarco-Bacas Cuevas, Director de la Real Biblioteca del Escorial, miembro de la Spanish Society de New York y mártir de la Guerra Civil”.

Desde pequeño he oído hablar a mi madre del fraile agustino, bibliotecario del Escorial al que fusilaron en los primeros meses de la guerra civil. Más de una vez, durante la carrera o preparando oposiciones he encontrado en la letra pequeña de las notas el nombre y los trabajos de este Zarco cuyo parentesco ella nunca supo precisar: el padre de fray Julián Zarco era tío bisabuelo de mi madre, luego mi madre y el fraile eran… Dejémoslo ahí.

Pero ¿y Trifón? Nunca se ha mencionado en la familia un pariente con tal nombre, ni con ese segundo apellido tan bien unido con esa copulativa pretenciosa y tan bien compuesto con su guion unitivo, Martínez-Calonge, a imitación del Zarco-Bacas. Ah, ese aditivo –adictivo– afán campesino y pequeño-burgués de unir apellidos como se suman tierras y capitales, o viceversa.

Por un artículo de historia local1 supe que Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge nació en Motal del Cuervo el 3 de julio de 1839, que siendo sargento del ejército se alistó en la recién creada Guardia civil, y que fue destinado a su localidad natal, donde casó con Leocadia Josefa Bascuñán, matrimonio del que nacieron trés vástagos: Leandro José María Salomón, que tuvo un hijo al que llamó Trifón, Antonia Casiana y Toribio. Ni el Trifón ni el Martínez-Calonge aparecían en las retahílas genealógicas de mi madre.

Unos años después de que se publicara en eme la imagen de Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge, a las 19:28 horas del sábado 2 de diciembre de 2023, una tal Maria Navar San escribe en la referida página que le gustaría verificar la información sobre el personaje de la fotografía, porque “si en verdad se trata del padre del Beato Julián y Pío, entonces este hombre es mi bisabuelo”. Luego se presenta: es hija del hijo de Convertida Zarco, hermana del Beato”, es decir, hija de su padre, nieta de Convertida Zarco, y sobrina nieta del beato Julián. Hagamos aquí la precisión de que Convertida madre y Julián no eran hermanos completos, sino hermanastros por línea paterna. El padre de ambos enviudó de Convertida Cuevas (Convertida madre), que había dado a luz al futuro agustino, y en segundas nupcias con Marcelina Ortega Laguía, fue padre de Convertida Zarco (Convertida hija).

Sigue Maria Navar San indicando que a su padre, hijo de Convertida hija, no le cuadra el nombre, ya que se debería llamar Gervasio. ¿Quién se debería llamar Gervasio? ¿El padre de Maria Navar San? ¿Trifón? Otrosí, ¿quién es ese “Pío” que se cuela en “si en verdad se trata del padre del Beato Julián y Pío, entonces este hombre es mi bisabuelo”. Tenemos la secuencia Maria Navar San, hija de su padre, nieta de Convertida hija, bisnieta del guardia civil Trifón Zarco-Bacas y Martínez-Calonge. No se nos olvide introducir el segmento del matrimonio de Convertida Zarco Ortega (Convertida hija) con Ramón Navarro Zarco, cuyos descendientes viven en Tomelloso.

Para deshacer el nudo e ir sacando los hilos por separado, permítaseme un breve excurso que comienza el 21 de julio de 1856, cuando contraen matrimonio mis tatarabuelos, Julián Pío Zarco-Bacas Contreras y la viuda Paula María del Carmen García López2, y acaban trayendo a este mundo cuatro vástagos, a saber: Tórbulo Primo Antonio Gervasio, Lorenzo Eusebio Antonio, Victorica Dámasa y Pío.

El hijo mayor, Tórbulo Primo Antonio Gervasio, comúnmente llamado Gervasio, nacido en 1857, contrajo primer matrimonio con Convertida Cuevas (Convertida madre), cuya unión fructificó en tres hijos varones: Pío Zarco Cuevas, Eusebio Julián (el beato Julián Zarco Cuevas) y Ángel. Esta rama de los hijos de Gervasio se tronchó con ellos, no siguió el linaje, Pues Pío murió sin descendencia, lo mismo que el fraile agustino y que el menor, Ángel, fallecido a los 16 años.

Muerta Convertida madre, la sangre de Gervasio revivió al unirse en segundas nupcias a la de Marcelina Ortega Laguía, de cuya relación nacieron Gervasio Zarco Ortega, Convertida Zarco Ortega (Convertida hija) y Eusebio Zarco Ortega. Convertida hija se casó con Ramón Navarro Zarco y tuvieron al menos un hijo, que es el padre de nuestra Maria Navar San, nieta por tanto de Convertida hija, bisnieta de Tórbulo Primo Antonio Gervasio Zarco García y tataranieta, como yo, de Julián Pío Zarco-Bacas Contreras y de Paula María del Carmen García López. Ella lo es por la rama de Tórbulo Primo Antonio Gervasio García, el hijo mayor de los tatarabuelos, y yo por la del menor de los hermanos, Pío Zarco García.

Creo, al fin, que las dudas planteadas por Maria Navar San en su deseo de verificar la información sobre el primer guardia civil de Mota del Cuervo quedan implícitamente resueltas. Cuando ella escribe “[padre] del Beato Julián y Pío”, este Pío es el hermano mayor de Julián; en cuanto al Gervasio aludido, es evidente que se refería a Tórbulo Primo Antonio Gervasio Zarco García, padre de Pío, Julián y Ángel, y no a Trifón Zarco y Martínez-Calonge, descartado ya definitivamente como padre del beato Julián.

Según el árbol de familia, mi tatarabuelo materno, Julián Pío Zarco Contreras, nació en 1826 y se casó treinta años después con Paula García López. 1826, me digo y pienso. Este hombre fue súbdito de Fernando VII, el del paletó de la retahíla que cantabamos mi hermana y yo variando las vocales –Canda Farnanda sátama asaba palatá– hasta completar el ciclo: Cundu Furnundo sútumu usubu pulutú, es decir, en tiempos de Maricastaña. Julián Pío compartió espacio histórico con Larra y con Bécquer, a quien pudo leer en El Contemporáneo; conoció las guerras carlistas y estaría al tanto de los pronunciamientos militares, intentonas golpistas y levantamientos populares que se prodigaron en su siglo XIX; conversaría con sus amigos sobre Prim, Narváez y Espartero. 1826. Me pregunto si llegó a oír el rumor del caballo de Pavía en el Congreso y qué pensaría de la vida breve de la I República. ¿Republicano o monárquico absolutista? ¿Federalista? ¿Moderado? ¿Liberal progresista? No dudo que le llegarían ecos vivos de las múltiples revoluciones del 48 que pretendían acabar con el absolutismo en Europa, ni que tendría noticia del Manifiesto comunista, de las organizaciones de trabajadores, de la plaga de la patata y de la hambruna irlandesa. Fue coetáneo, por citar autores que frecuento, de Thomas de Quincey, de Victor Hugo y de Charles Baudelaire, de Tolstoi y Dostoievski. 1826. ¿Qué lejos?

El ovillo ha menguado, pero siguen faltando hilos que entresacar. Atrapadas en la red virtual, mezcladas con docenas de Zarcos repartidos por el país, más los desperdigados por Hispanoamérica, doctores unos, historiadores otros, pintores, pilotos deportivos, tenistas, farmacéuticos, asesores fiscales, futbolistas, miembros de un ficticio grupo mafioso, peluqueros, viticultores, políticos, profesores, ingenieros agrónomos, transportistas, reumatólogos, vendedores de seguros, creadores digitales, ferreteros –Zarco es también la marca de un vino y el nombre de una avenida en Chihuahua, México–, entremezcladas, decía, en la maraña virtual, vinieron también ciertas noticias sobre nuevos Zarcos, que añaden certidumbre por los apellidos, constatados en el árbol genealógico, pero incertidumbre sobre su ubicación en una rama concreta. Me refiero a Trifón Zarco Contreras, hermano de Salomón Zarco Contreras. ¿Qué relación tenían con mis tatarabuelos, si es que alguna tenían? Para empezar, Trifón y Salomón tenían los mismos apellidos que mi tatarabuelo Julián Pío. ¿Eran hermanos? Pudiera ser. ¿Casualidad? Es posible.

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1 Juan Manuel Ruiz de Valbuena Quejigo, «La Guardia Civil en Mota del Cuervo. Más de cien años de historia», en la revista Historia de Mota del cuervo, octubre 2019, n.º 22, págs. 6-10.
2 En adelante, y mientras no sea necesario simplificaremos el apellido Zarco-Bacas en Zarco, como ellos acabaron haciendo.