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jueves, 4 de diciembre de 2025

RSF

 


Hombre en un sillón. Podría ser el evidente pie de foto, pero prefiero esperar, mirar detenidamente, adivinar quizá, suponer, lo que no aparece, demorarme en lo que veo pero no identifico, o en lo que no admite duda: las líneas y los cuadritos oscuros de la tela tapicera, la silla de palos torneados, la mesa de madera, las carpetas de gomilla apiladas en una estantería alta y estrecha, el aparador de la izquierda, el juego de la solería, los libros, las cajas, los recortes de periódico colgados en una de las paredes, el cable que serpentea y se pierde tras el sillón, ese cajón con ruedas, las zapatillas de estar por casa, el pantalón de género –¿gris?–, la corbata negra que se adivina bajo el jersey –¿gris oscuro?–, la camisa blanca, las manos, el pelo negro, las entradas, el arco de las cejas.

No estamos ante un hombre atribulado, hundido en el sillón, al contrario, observando su tronco enhiesto, las líneas simétricas de los brazos, apoyados los codos en los reposabrazos, las manos cerradas, pero no crispadas, signo tal vez de incomodidad por ser el objetivo del fotógrafo, la cabeza erguida, más sereno que serio el viso, podríamos pensar en un monarca en su trono.

¿Qué oficio tiene este hombre? ¿En qué se afana? La imagen nada nos aclara al respecto, pero se intuye que no es hombre del común. Quién –qué hombre, qué mujer– se deja retratar en zapatillas de pañete con tal dignidad, con esa seriedad que no es pose, con ese saber sentarse en su sillón preferido. Él mismo responde usando la tercera persona: «Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, se tiene a sí mismo por profesional de nada».

*
Nota bene: Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma el día 4 de diciembre de 1927.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Cadena de lectura


 

A María Teresa Bueno
            Los libros dicen mucho de su dueño —gustos y centros de interés, carácter, viajes—, y más si este deja de alguna manera huella material de su paso por ellos.
Entre las páginas del Diccionario manual ilustrado de la lengua española que me acompaña desde 1980, voy acumulando papeles de todo tipo que por diversas razones quiero conservar —la fotografía en blanco y negro para el carnet de familia numerosa, el resguardo de una quiniela de fútbol, recortes de periódicos, postales y tarjetas que anuncian una exposición o la presentación de un libro, papelitos verde fluorescente con haikus trazados con pluma estilográfica, dos billetes (ida y vuelta) del vapor de El Puerto a Cádiz, la prueba de imprenta de la portada de uno de mis libros, un fragmento mecanoscrito de «El cantar de mía Capra», parodia de una compañera de clase (verano del 74), tarjetas de visita, el envoltorio de una chocolatina—, y que al cabo de unos años debo sacar y guardar en una carpeta aparte para evitar que el libro acabe deformado con el doble de su grosor.
            En otros libros también voy dejando pecios (unos pétalos de rosa, un billete de metro, la cuenta de la librería donde lo compré, el envoltorio de un azucarillo de Les Deux Magots, un marcapáginas, un calendario del 92, la entrada a un concierto de Bob Dylan), breves anotaciones y pequeñas marcas a lápiz (un asterisco, un punto, una equis, unas líneas subrayadas), cuya intencionalidad, a veces, se ha olvidado. Salvo en los libros de estudio, no es uno partidario de emborronar y afear los blancos de las páginas con subrayados y observaciones personales, aunque de cuando en cuando persiste en el desliz.
            El caso es que en ese aspecto soy un lector fisgón y me gusta encontrar esos tesorillos en libros ajenos, comprados en librerías de viejo y ferias de ocasión, que me han regalado, o que he rescatado de desvanes y estantes polvorientos. Lo primero que hago cuando me llega uno de esos libros es hojearlo con detenimiento para ver si figura el nombre de su propietario, fecha y lugar, una firma, un exlibris, una nota manuscrita, alguna referencia histórica, un subrayado, que me acerque a quien ha tenido entre sus manos ese mismo libro antes que yo. Evitaré al lector el pormenor y nulo resultado de la investigación que llevé a cabo buscando las trazas de una Christine W. de Montrémy, cuyo nombre figura en la primera página del ejemplar de Bouvard et Pécuchet que compré el verano pasado a un buquinista.         
Es uno amante, no de los libros antiguos, sino de los libros viejos —de 80, 90, 100 años—, que a veces semejan veteranos guerreros con luengas barbas, llamativas heridas y dolorosas mutilaciones, como la Antología poética de Unamuno que leo estos días, que ha llegado hasta mí sin portada, con las dos primeras hojas seriamente dañadas, que he protegido con papel de seda blanco y un forro de plástico. El libro, publicado por Editorial Escorial en 1942, lleva un prólogo de Luis Felipe Vivanco, y es valioso precisamente por eso: vinculada a la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, Escorial era la editora de la revista del mismo nombre, donde escribía lo más granado del falangismo de la época, que se presentaba como única salvación política y cultural del país; Luis Felipe Vivanco fue uno de aquellos arraigados poetas propagandistas del régimen, luego llamados garcilasistas; en 1942, a seis años tan solo de la muerte de Unamuno, el falangismo ha olvidado la actitud rebelde del rector salmantino tras el famoso y silenciado enfrentamiento verbal con Millán Astray en el paraninfo de la Universidad, y en el prólogo se destaca la faceta religiosa, cristiana, del escritor bilbaíno, fagocitado así por el régimen, que busca su anclaje intelectual en la Generación del 98. Pero el libro es sobre todo valioso por lo puramente literario, pues en sus más de 400 páginas encontramos sobrada muestra del quehacer lírico de Unamuno, un enorme poeta de ideas y de profundas emociones, ensombrecido por el nivolista y por el polémico hombre público que fue.
            Con 76 años a sus espaldas, aun mutilado por el paso del tiempo, perdida la lozanía, la flexibilidad y la blancura del papel, el libro resiste y resistirá otros tantos si se lo trata con delicadeza, y entonces otro lector fisgón, además de los puntos trazados a lápiz por mí junto a unos pocos versos, encontrará la misma hoja suelta que yo encontré de un calendario americano correspondiente a un sábado 24 de febrero en la página 129, donde aparece el soneto titulado «La vida de la muerte», que reproduzco a continuación:

    Oír llover no más, sentirme vivo;
el universo convertido en bruma
y encima mi conciencia como espuma
en que el pausado gotear recibo.
    Muerto en mí todo lo que sea activo,
mientras toda visión la lluvia esfuma,
y allá abajo la sima en que se suma
de la clepsidra el agua; y el archivo
    de mi memoria, de recuerdo mudo;
el ánimo saciado en puro inerte;
sin lanza, y por lo tanto sin escudo,
    a merced de los vientos de la suerte;
este vivir, que es el vivir desnudo,
¿no es acaso la vida de la muerte?

            ¿Fruto del azar que esa hoja suelta cayera entre esas páginas? ¿O marca intencionada? ¿Quién la dejó ahí? ¿En qué lugar vivía esa persona, a qué hora del día y con qué disposición de ánimo leyó el soneto de Unamuno? ¿Joven? ¿Mayor? ¿En qué año?
Plantearme esas preguntas, leer varias veces el poema, es una forma de que el libro vuelva sentirse vivo, a renacer del olvido en que estaba hasta que una amiga me lo regaló. Hacía tiempo que no leía la poesía de Unamuno, no recordaba sus juegos de palabras, los endecasílabos blancos de El Cristo de Velázquez, el itinerario biográfico trazado en De Fuerteventura a París, los versos dedicados al paisaje salmantino, a su primer nieto, a su perro, o la romántica, desdichada, historia de amor narrada en Teresa.
Leo y releo el libro de Unamuno en estas tardes otoñales de lluvias y neblinas, y siento que entre mis manos vuelve a aletear el alma del poeta, como dice en estos versos escritos en marzo de 1929:

Aquí os dejo mi alma-libro,
hombre-mundo verdadero.
Cuando vibres todo entero,
soy yo, lector, que en ti vibro.

       Intuyo también las manos y los ojos jóvenes, atentos, emocionados, de quien leyó estos mismos versos en este mismo libro en que yo lo he hecho. De quien dejó —¿por azar?— ese hoja de calendario en la página 129. Intuyo también esa melancolía del lector cuando lee el último poema, cierra el libro y se asoma pensativo a la ventana con la imagen del poeta bilbaíno rebullendo en su interior.
            Salud, María Teresa, nos vemos en los libros.



domingo, 30 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (Epílogo)


Polemista, de notable presencia en la vida pública española a través de sus artículos periodísticos, creador de opinión, a favor o en contra, difícilmente podían sus contemporáneos permanecer indiferentes a sus ideas y apreciaciones; hombre político, de pensamiento y de acción, contra la nefasta monarquía de Alfonso XIII, contra la infame dictadura de Primo de Rivera, contra el terror y la sangre, viniera de los hunos, viniera de los hotros, durante el poco tiempo que vivió de la guerra civil.
            Mi primer Unamuno fue La tía Tula, el volumen número 1 de la Biblioteca Básica Salvat. Luego, en los años del COU y primeros de la Facultad vinieron los azules, verdes, rosas, violetas y amarillos de la colección Austral, según se tratara de cuentos y novelas, ensayos, obras dramáticas, poesías o biografías y memorias.
            En aquellos años juveniles buscaba uno ya la buena literatura, pero también modelos, referentes políticos y éticos. Unamuno era uno de ellos. Sus nivolas abordaban cuestiones que uno también se planteaba. La historia de la tía Tula, la rebeldía existencial de Augusto Pérez, la pérdida de la fe de don Manuel Bueno, las partidas de ajedrez de don Sandalio, las nuevas andanzas de Don Quijote y Sancho… Lo único que no entendía en hombre tan racional, tan inteligente y culto, eran sus angustias, sus crisis religiosas, sus dudas respecto a la existencia de Dios. Pero disfrutaba con su literatura de fondo, de pensamiento, con sustancia.
Unamuno era un escritor activo, que hacía pensar, pues convertía el libro en un interlocutor que hablaba, y polemizaba, con el lector. Eso era lo distintivo, la novedad de sus obras, la unamunidad: el libro como conversación, como búsqueda dialéctica de respuestas. Y de preguntas.
Fue una decepción saber que el escritor había saludado con el brazo en alto el golpe militar y la llegada de los franquistas a Salamanca, leer en periódicos de la época que creía en el general Franco y en la cirugía sanadora de los militares, comprobar que el gran intelectual del 98 renegaba de los gobiernos y de los políticos republicanos, cuya ineptitud había llevado al desastre, aunque casi por esos mismos días —poco duró su fervor franquista— don Miguel comprueba que con los militares llega también la barbarie y la sangre, y piensa que una dictadura fascista arrastrará a España a la desgracia.
Comprobada la contradictoria postura de nuestro hombre, pura paradoja vital, sabedor de que aquel 12 de octubre Miguel de Unamuno se jugó el tipo frente a Millán Astray en el paraninfo, convencido de la contundencia de sus palabras, fuesen literalmente las que fuesen —al guion de su breve discurso anotado en el reverso de la carta de la mujer del pastor, y a los testimonios de los presentes y del propio Unamuno, vuelvo a remitir al lector—, admirado de su entereza moral, con cierta pesadumbre por saberlo solo, despreciado, insultado por los unos, y amenazado, confinado en su casa por los otros, consciente de su valor histórico, y simbólico, elegí la fotografía número 1, a la que puse por título: el viejo Unamuno tras su última lección en la Universidad de Salamanca.


viernes, 21 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (6)


Contamos también con testimonios de tres asistentes al acto: Eugenio Vegas Latapié, consejero nacional de Falange, José Pérez Villamil, psiquiatra de Millán Astray, y Emilio Salcedo, periodista del diario salmantino La Gaceta Regional, que ofrece la versión más completa y ajustada a la realidad. Los tres pueden leerse como anexo al ensayo que Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la salmantina, publicó en internet el 8 de mayo de este 2018, «Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca». El objetivo de este trabajo es doble: insistir en que es imposible saber la literalidad del discurso improvisado de Unamuno, que fue radiado, como los demás discursos, pero no grabado; y advertir de la naturaleza literaria del texto de Luis Portillo, y por ello, de la inclusión de elementos ficticios que confieren dramatismo al cruce verbal entre Unamuno y Millán Astray: “Para escribir su «Unamuno’s Last Lecture», Luis Portillo[1], que escribía de memoria, utilizó la mayor parte de estos elementos y los reorganizó […] para montar una escena de teatro litúrgico, en la que no pretendía reproducir el acto del 12 de octubre, sino armar un combate entre el Bien y el Mal. Pero ese relato, sacado de su contexto y popularizado por Hugh Thomas, ha tenido como consecuencia que todavía en nuestros días se siga considerando el discurso de Unamuno escrito por Luis Portillo como palabras textuales del rector de Salamanca”.
             El texto de Severiano Delgado provocó que algunos revisionistas con mala intención y ánimo de sembrar confusión aprovecharan que el Pisuerga pasa por Valladolid para escribir titulares, y artículos, tendenciosos. El ABC del 8 de mayo pasado destacaba: «Venceréis pero no convenceréis: desvelan la mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray». El lector Juan Manuel Riesgo en carta del 24 de mayo al director de El País afirma taxativo: “al final del acto Unamuno se despidió cortésmente de Millán-Astray, lo que demuestra que no hubo incidente entre ellos”. En La Gaceta (La información alternativa) del 24 de febrero de 2017, después del título  —«Los documentos que muestran la falsedad. La mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en Salamanca»— leemos: “La tradición historiográfica de la izquierda lleva ochenta años repitiendo la mentira del enfrentamiento entre el rector de la universidad de Salamanca en 1936, Miguel de Unamuno, y el fundador de la Legión, el general Millán Astray”. Los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté, recopilan algunos más de estos titulares negacionistas: La gran mentira del 35. Un discurso inventado. Unamuno con Astray, no en contra. Astray tendió la mano a Unamuno. Unamuno y Millán Astray: fake…
Tras la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, aparecieron en la prensa española y francesa crónicas, artículos y entrevistas que recordaban el acto en el paraninfo. Sin ánimo de exhaustividad ofrecemos al lector interesado una selección de aquellos textos[2], al tiempo que lo remitimos a las biografías de Unamuno escritas por Emilio Salcedo, Luciano G. Egido, Colette y Jean-Claude Rabaté, Jon Juaristi.
De momento no hay una versión incontestable de lo dicho literalmente por don Miguel en el paraninfo. Sí podemos afirmar que sus palabras de protesta y denuncia provocaron los gritos contra los intelectuales del general y su destitución como rector.
Unamuno, recordémoslo ahora, acogió con esperanza el golpe militar y el inicio de la guerra: creía que los generales salvarían la República española, y con ella la civilización occidental, de la invasión comunista. Sí, quien había denunciado una y otra vez desde la prensa la corrupción moral de Alfonso XIII, la brutalidad y la torpeza de la dictadura, quien fue desterrado por Primo de Rivera en febrero de 1924 a la isla de Fuerteventura y permaneció exilado en Francia hasta 1930, quien se presentó y resultó elegido concejal independiente republicano del ayuntamiento de Salamanca en las municipales de 1931, quien proclamó la República en la Casa del Pueblo de esa ciudad y aceptó la presidencia del Consejo de Instrucción Pública en el primer gobierno de Alcalá Zamora, saludó a la romana a las tropas golpistas que tomaron Salamanca el 19 de julio de 1936. A causa de esta notable defección, el gobierno republicano lo destituye de sus cargos, empleo y sueldo un mes más tarde, el 22 de agosto, pero el 1 de septiembre, la Junta de Burgos lo restituye.
En los primeros días de guerra, Unamuno hace varias declaraciones coincidentes sobre el papel de España, y de los militares, en la cultura europea. Así, en su discurso al aceptar el cargo de concejal del ayuntamiento franquista de Salamanca, el 25 de julio, afirma: “Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana tan seriamente amenazada”.
Pero pronto aparece la barbarie: el 24 de julio es cesado en la rectoría Salvador Vila Hernández; el 29 de julio, los “señoritos de Valladolid” asesinan en la carretera a Casto Prieto y José Manso; el 1 de agosto es detenido Atilano Coco, pastor protestante; unos días más tarde, el médico Filiberto Villalobos; todos amigos suyos. Se suceden encarcelamientos injustificados y ejecuciones sumarias. Unamuno, además, está más que preocupado por sus hijos: Fernando y Pablo, aislados en  Palencia y en Zamora; de José, Ramón, y de su yerno y secretario, José María, que están en Madrid, no sabe nada desde el 18 de julio.
“En aquellos momentos —escribe Blanco Prieto[3]— Salamanca era una ciudad tomada por los militares, falangistas y guardia cívica, donde la represión ordenada por Mola para evitar cualquier intento de respuesta a la sublevación, era inmisericorde y brutal”. En aquella España desgarrada por la guerra, Unamuno acaba repartiendo responsabilidades y mandobles a uno y otro lado, como se aprecia en la carta a Lorenzo Giusso, escrita el 21 de noviembre, pero que recoge una opinión que Unamuno ya debía tener formada antes del 12 de octubre: “Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas (??) es poco, pero y la de los otros. Tan salvajes como los hunos son los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia. De un lado, criminales vulgares, expresidiarios, degenerados sin ideología alguna, y del otro lado... Y es que lo de España es una enfermedad mental colectiva, una epidemia frenopática, una especie de parálisis general progresiva, y no sin cierta base somática. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado toda la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre hunos y hotros”.
En ese ambiente y circunstancias llega el 12 de octubre y la celebración del día de la Raza. Poco antes de las doce de la mañana, el vicerrector de la Universidad, Esteban Madruga, recoge al escritor en su casa de la calle Bordadores para acompañarlo al acto académico en el paraninfo. De camino le cuenta cómo ha ido el acto religioso en la catedral y le hace prometer que se limitará a abrir y cerrar oficialmente el acto, que no intervendrá como orador. Tras reestructurarse la mesa presidencial por el retraso de doña Carmen Polo, don Miguel declara abierto el acto en nombre del Jefe del Estado y comienzan los discursos. Cuando el primer orador, Ramos Loscertales, alude a la anti-España que representan vascos y catalanes separatistas, más de uno observa cómo el rector saca de su bolsillo un papel y comienza a hacer anotaciones con un lápiz. Una vez acabados los discursos, don Miguel se levanta, con el papel en la mano, y comienza a hablar, “con la voz más velada a incisiva que nunca, con aire de indignación, rompe el silencio que se ha cernido sobre el atestado Paraninfo”.
Ya sabemos que aquellas palabras no se grabaron. Hemos comprobado también que la memoria es caprichosa, o sospechosamente selectiva, o interesada. No hay manera de citar literalmente las palabras del maestro. ¿Utilizó el infinitivo argumental, Vencer no es convencer? ¿La perífrasis modal de posibilidad, Podréis vencer pero no podréis convencer? ¿O el más directo y provocador futuro imperfecto de indicativo, Venceréis pero no convenceréis?
Pero, leído lo leído, creo que sí podemos hacernos una idea muy aproximada de las palabras de Unamuno, de aquel duelo entre la razón y la sinrazón, entre la dialéctica y las armas, entre la compasión y la sangre derramada. A pesar de sus bandazos ideológicos, don Miguel tuvo un gesto último de dignidad, y de valentía personal, qué duda cabe, nos dio su última lección al condenar los métodos fascistas, la misma que hubiera dado a los miembros del gobierno republicano si hubiera tenido ocasión. Me imagino la mirada atónita de muchos, el nerviosismo de doña Carmen Polo, que no llegó a desmayarse, pero sí debió de inquietarse por lo que allí se estaba diciendo, la rabia de Millán Astray y sus gritos violentos, los murmullos de desaprobación de algunos profesores, los gritos nacionalistas entre el público, la imagen pétrea, elegante, de don Miguel, ajeno a los vivas y a los arribas, a los abucheos y a los insultos, a las amenazas…
Sí, una pena que no se grabara aquel discurso…, pero una suerte que don Miguel sacara aquella cuartilla del bolsillo de su chaqueta y comenzara a apuntar, porque ese papel sí que se ha conservado. Era el reverso de la carta que días atrás le había escrito Enriqueta Carbonell, la esposa del pastor Atilano Coco, diciéndole que su marido estaba detenido bajo acusación de “masón” y rogándole a Unamuno que se interesara ante las autoridades franquistas por su amigo, que finalmente sería fusilado el 9 de diciembre.
En el reverso de esa carta, escrito a lápiz encontramos el guion del improvisado discurso de Unamuno. Léalo el lector paciente, cáselo con lo anteriormente leído, y piense en la verdad que contiene.





[1] Efectivamente, la versión más conocida de aquel enfrentamiento es la de Luis Portillo, que no asistió al acto del paraninfo, publicada en inglés en diciembre de 1941 en Horizon, una revista londinense de literatura y arte. Doce años más tarde, el escritor Cyril Connolly incluyó el texto en The Golden Horizon (1953), donde debió leerlo Hugh Thomas, que lo incorporó a su ensayo La guerra civil española, traducido al español en 1962 por Ruedo Ibérico.
[2] ABC¸27 enero 1937, p. 8. La Libertad, 5 enero 1937, p. 6. La Libertad, 28 enero 1937, p. 2. Le Petit Journal, 1 enero 1937, p. 3. L’Intransigéant, 3 enero 1937, última página.  Le Populaire, 5 enero 1937, p. 3.  L’Humanité, 7 enero 1937, p. 8. Le Figaro, 9 enero 1937, p. 6. El Día de Alicante, 6 febrero 1937, p. 1.
[3] Francisco Blanco Prieto, «Unamuno y la guerra civil», 16 febrero 2009, p. 22. Disponible en internet.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (5)


            Los periódicos del momento, como vemos, cumplen su función, desinforman a diestra y a siniestra. Los de derechas, exaltando a los suyos y omitiendo hechos, los de izquierdas, cundiendo rumores e inventando disparates, de manera que ni por las fotografías ni por las informaciones publicadas en los días inmediatamente posteriores al 12 de octubre, podemos tener idea exacta de lo ocurrido y dicho en el paraninfo salmantino.
         Desechada en parte la sesgada prensa de aquellos días, nos quedan otras fuentes de información: protagonistas de los hechos, asistentes al acto, prensa posterior a la muerte de Unamuno, prensa de los años cuarenta, biografías del escritor.
            De los protagonistas de aquel acto en el paraninfo, disponemos de testimonios del propio Unamuno, de un artículo de José María Pemán y de un informe de Millán Astray. El artículo de Pemán apareció en el ABC de Madrid del 26 de noviembre de 1964. Después de 28 años, la memoria del poeta gaditano había dejado algunas cosas en el tintero: los discursos de Maldonado y yo … eran todo el programa del acto…dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad… Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel. No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló… sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra «Anti-España»… Cuando terminó y se sentó se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray … No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno… Lo que dijo fue «¡Mueran los intelectuales!... Hizo una pausa. Y como vio que muchos profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador «Los falsos intelectuales, señores». Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: «Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado». Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen que presidía, y con ella salió del salón. Subraye, destaque en negrita o retiña el lector a su equitativo juicio.
Lo mismo puede hacerse con el informe titulado «Conducta observada por D. Miguel de Unamuno, en su calidad de Rector Honorario de la Universidad de Salamanca, con motivo de la fiesta del día de la Raza de 12 de octubre de 1936», escrito por el general en enero de 1942. El texto se reproduce en la página 202 del libro de Luis Eugenio Togores, Millán Astray legionario, disponible también en versión digital, a la que remito al lector.
Finalmente, Unamuno se refirió en varias ocasiones a aquel juego derivativo de palabras —Vencer no es convencer— y a las consecuencias acarreadas. A primeros de noviembre, el periodista francés Jérôme Thoraud acudió a casa del escritor para entrevistarlo, y este le facilitó copia de un “pequeño manifiesto” que acababa de redactar. El original de ese texto se conserva en la Casa Museo de Unamuno en Salamanca y en él se lee: “por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó mi rectoría … ¡vitalicia!, con elogios, me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones”. Casi las mismas palabras utiliza en la carta que escribió a su traductora al italiano, Maria Garelli, el 21 de noviembre de 1936: “Y por haber dicho esto en público, y que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, y haber pedido otros métodos, el gobierno dictatorial militar que me restituyó mi Rectorado me ha destituido de él sin oírme ni darme explicaciones”. Días más tarde, en carta del 1 de diciembre, Unamuno es algo más explícito con su amigo Quintín de Torre: “En una fiesta universitaria que presidí, con la representación del general Franco, dije toda la verdad, que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, que no se oyen sino voces de odio y ninguna de compasión. Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray! Resolución, que se me destituyó del rectorado y se me tiene en rehén”.
Don  Miguel, ya lo hemos visto, era consciente de que sus palabras ni cayeron en saco roto, ni se las llevó el viento, llegaron limpiamente al centro de la diana, denunciaban con valentía los métodos fascistas, las detenciones de gentes de bien, los tiros en la plaza, los muertos en la cuneta. Así lo entendió sin duda Millán Astray, de ahí su grito contra los intelectuales traidores, y todo el que estaba pendiente de las palabras pronunciadas en la tribuna del paraninfo aquel mediodía de octubre. Esos brazos derechos alzados con las palmas al frente, esas bocas que gritan vivas y consignas, ese abigarrado enjambre fascista que rodea a Miguel de Unamuno a la salida del paraninfo no lo estaba jaleando precisamente.

martes, 11 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (4)



           En los días inmediatos al 12 de octubre, el acto del paraninfo salmantino tuvo escasísima presencia en la prensa. El ABC de Sevilla del día 14 destacaba en titulares el brillante discurso, tras los de Ramos Loscertales, Maldonado y el dominico Beltrán de Heredia, del poeta monárquico José María Pemán: su alto tono doctrinal, el sentido de misión y el sentido de Imperio, la colaboración de los patriotas —¡Muchachos, haced de vuestro pecho un Alcázar de Toledo!—, interrumpido en varios momentos por los entregados aplausos del público. Tras la ovación final, el señor Unamuno pronunció unas breves palabras, a las que siguieron, tras pedir autorización, otras de exaltado patriotismo del general Millán Astray. Seguimos, pues, sin saber qué pudieron decir el magnífico rector y el general mutilado.
            La siguiente noticia sobre la celebración del día de la Raza la hemos encontrado en dos periódicos de la zona republicana, Heraldo de Castellón y El Bien Público, de Mahón, en su edición del 31 de octubre. En el primero, tras el antetítulo —«Unamunadas»— un largo titular, con error de bulto —«”No venceréis”, dijo a los facciosos el exilado de Fuenterrabía y estos le destituyen de su cargo de rector de la Universidad de Salamanca»—, al que siguen dos breves párrafos anónimos, enviados desde París. En el primero se alude a la orden de destitución de Unamuno de su cargo de rector vitalicio decretada por la Junta facciosa de Burgos. El segundo lo transcribimos íntegro: Al parecer, el día 12 de octubre, en el paraninfo de la Universidad charra, después de bellos discursos de los cabildos y de los generales entorchados, hizo uso de la palabra Miguel de Unamuno, y se le ocurrió pronosticar, de acuerdo con su retórica, lo siguiente: “Vosotros convenceréis, pero no venceréis”, y otras cosas, que promovieron un formidable escándalo entre la horda facciosa.
Algo sacamos en claro de esta información, sobre todo preguntas: ¿solo pronunciaron discursos  “cabildos” y “generales entorchados”?, es decir, ¿además de Millán Astray intervino algún otro general?, ¿Pemán, Ramos Loscertales y Francisco Maldonado eran hombres eclesiásticos?, ¿pronosticaba Unamuno la derrota de los facciosos a pesar de su convincente retórica? Vosotros convenceréis, pero no venceréis. Si fue así, entendemos el “formidable escándalo entre la horda facciosa”.
            El deseo de saber lo que pudo decir Unamuno en el paraninfo se complica cuando leemos en la página 2 periódico mahonés lo que sigue a este titular «Regocijante ceremonia fascista»:
            Se conocen detalles de la regocijante y ridícula ceremonia que tuvo lugar en Salamanca el día 12 de este mes con motivo de la Fiesta de la Raza.
            Asistieron a la misma la esposa del ex general Franco, Millán Astray, Urraca Pastor, muchos curas y frailes, el célebre Unamuno y algún polichinela de la facción.
            El acto se celebró en el paraninfo de la Universidad, de la que es rector el loco Unamuno.
            Habló en primer término un maestro de pueblo, dedicando los consabidos tópicos «al Ejército salvador».
            Peroró también Urraca Pastor, diciendo varias frases de sumisión a los generales sublevados.
            A continuación Millán Astray con gestos y actitudes de epiléctico [sic], atacó furiosamente a todos los comunistas y republicanos.
            Se leyeron adhesiones de fantásticos diplomáticos.
            Por último le tocó el turno a Unamuno, el cual censuró a todo el mundo. La primera parte de su discurso se acogió bien, pero en la segunda al pronunciar ciertas palabras, provocaron la molestia de los reunidos, motivando que el obispo de Segovia le llamara al orden por dos veces. Entonces Unamuno la emprendió contra el obispo y se armó una discusión que se iba agriando por momentos.
            La esposa de Franco y los generales, se retiraron y los curas y frailes empezaron a gritar: «Mueran los intelectuales», respondiendo Unamuno, disgustadísimo: ¡Venceréis, pero no convenceréis!
            De esta manera terminó la regocijante ceremonia.
            Los clericales están muy excitados ante las intemperancias lanzadas por el maquiavélico don Miguel.
¿“Convenceréis, pero no venceréis” o “Venceréis, pero no convenceréis”?
Si lo primero, malo, porque les está asegurando a los facciosos que perderán la guerra. Si lo segundo, malo también, porque no les vaticina una auténtica victoria, ganarán la guerra, pero perderán la historia.

           

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (3)



           Aquel 12 de octubre de 1936, sobre la una del mediodía, se celebraba en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el entonces llamado Día de la Raza. Como rector vitalicio y en representación del Jefe del Estado, generalísimo Franco, presidía la mesa don Miguel de Unamuno. Lo acompañaban, a su derecha, doña Carmen Polo; a su izquierda, monseñor Plá y Deniel, obispo de la ciudad, y el general José Millán Astray, fundador de la Legión y mutilado de guerra, tal como se aprecia en la fotografía número 3.
            El acto incluía cuatro discursos —de don José María Ramos Loscertales, decano de Filosofía y Letras; del padre predicador Vicente Beltrán de Heredia; del catedrático de Literatura don Francisco Maldonado, y de José María Pemán, poeta—, que se sucedieron entre entusiastas ovaciones del público, compuesto mayoritariamente por autoridades académicas, civiles y militares, profesores universitarios, representantes de la cultura salmantina y buen número de camisas azules. Los discursos fueron propios de la ocasión y circunstancias: elogio del espíritu del  Descubrimiento, el Imperio y de la colonización americana, glorificación de los militares como baluartes de la unidad política y espiritual, de la civilización cristiana occidental, y resurgimiento de una España nueva y descontaminada.
            Al día siguiente, en el diario salmantino El Adelanto, que ofrecía la crónica del acto ilustrada con la fotografía número 3, y reproducía los discursos, podía leerse: “Finalizó el acto con unas breves palabras del señor Unamuno y otras del heroico general Millán Astray, combatiendo a los hombres que permanecen encubiertos, terminando con tres vivas al ilustre y bizarro Caudillo del Ejército nacional, Jefe del Gobierno, general Franco, y como remate de estos tres vivas, el augusto a la patria. El público le tributó una inmensa ovación.”
            El siguiente párrafo de la crónica recoge —aunque no menciona a Unamuno ni al señor obispo— lo que hemos observado en las fotografías número 1 y número 2: “Al abandonar el paraninfo la excelentísima señora doña Mª del Carmen Polo de Franco con los ayudantes, fue acompañada por el bizarro general Millán Astray, las autoridades y el público hasta el automóvil, envuelta en una emocionante manifestación de patriotismo y atronadores vivas a España y al general Franco”.
            Otro periódico salmantino, La Gaceta Regional, se ocupa también del asunto y concluye: “Puso fin al acto el general Millán Astray con unas exaltadas palabras de patriotismo y amor a España”. Como complemento a la información se añade una crónica firmada por Guzmán Gombau: “La voz del maestro Unamuno, del historiador Loscertales, de Beltrán de Heredia, del catedrático Maldonado, del poeta José María Pemán y del soldado Millán Astray sonó en el paraninfo, y por el milagro de la radio en nuestra Plaza Mayor, en casi todas las casas de la capital y en gran parte de España, retransmitida por las emisoras de radio […] Millán Astray en el momento oportuno en que habló se mostró acertado, enérgico y hasta duro, llevando tras de sí, tras de su gesto y su palabra, el entusiasmo de los españoles”.
            ¿Qué breves palabras pronunció Unamuno al cerrar el acto? ¿Y el exaltado general Millán Astray, que arrebató al auditorio?

domingo, 2 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (2)


La fotografía número 2 recoge el instante anterior a la fotografía número 1. Calculo que apenas ha transcurrido un minuto. El mismo lugar. El mismo enfoque. El mismo vehículo negro, con la portezuela abierta, detenido en el mismo sitio. Pero no los mismos personajes, ni en disposición ni en número. Unos han desaparecido, otros no.
            El centro de la imagen es ahora más coral. El teniente requeté apoya su mano en el brazo derecho del general Millán Astray, indicándole así que abandone el lugar y suba al coche. El general, capado y con el gorro legionario, alarga su mano para saludar no se aprecia exactamente a quien, aunque podemos conjeturar que a don Miguel de Unamuno. En leve inclinación cortesana de saludo y reverencia, pues se halla ante la excelencia reverendísima de un obispo y ante el magnífico rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, el gesto y disposición del general de la Legión recuerda un poco al del general Spínola en Las lanzas de Velázquez. A Unamuno, tapado casi al completo por monseñor, se le distingue por su pelo blanco y su perfil aguileño. Detrás de ellos, un legionario de cara lustrosa y recortado bigote, con la cabeza ligeramente adelantada, como de tener pegada la oreja a lo que se dicen las personalidades al despedirse.
            Alrededor de este grupo central se elevan al aire palmas fascistas, menos numerosas que en la fotografía número 1. Entre uno y otro instante ha crecido ostensiblemente el número de presentes en el vestíbulo.
Aventuramos ruido ambiente de vítores y arribas. ¿Por eso acercan ligeramente sus cabezas entre sí el general, el rector y el obispo, para escucharse mejor?
Dicen, o creen o quieren ver algunos que el general sonríe, que también lo hacen el señor obispo y Unamuno. No voy a discutir la sonrisa, ¿o es rictus?, del general, ni de su eminencia reverendísima, pero la sonrisa del rector no la distingo. Afirman esos mismos individuos que asistimos a una despedida relajada y cordial después de un acto oficial más o menos tedioso. Nada en la imagen hace pensar, desde luego, en un incidente desagradable, con insultos, amenazas y ruido de armas que se montan. Sobre todo si nos fijamos en la sonrisa —claramente marcada, aunque no sabemos si verdadera o de circunstancias ante lo que acaba de escuchar en el paraninfo y de encontrarse a la salida— de Carmen Polo de Franco en el momento de subir al vehículo que la espera. Porque es ella, no lo duden.
¿Qué hace Unamuno junto a la esposa de Franco, entre legionarios, requetés y camisas azules? Ahí está la madre, la cuestión: el desconcierto, la paradoja, la contradicción, el oxímoron encarnado. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

Duelo en el paraninfo

1


De las fotografías suyas que he ido recortando de periódicos y suplementos —tumbado en la cama, con traje negro, leyendo un libro; del brazo de Largo Caballero, junto a Indalecio Prieto, en la cabecera de la primera manifestación del 1 de Mayo en Madrid, en 1931; sonriente, con alpargatas blancas, en cuerda de presos en Fuerteventura, en febrero de 1924; caminando, y mirando, filosofando grave en el claustro acristalado de la Universidad de Salamanca; en un impresionante, por serio, retrato de familia, con la más pequeña en sus brazos; sentado en el suelo en lo alto de un cerro, con el fondo de la finca de La Flecha, donde gustaba retirarse fray Luis de León; la serie de dos perfiles y una de frente, ya mayor, preparatorias para un busto; su féretro transportado a hombros de falangistas por las calles de Salamanca— seleccioné esta fotografía número 1, «Salida del paraninfo».
Destaca en el centro de la imagen, y del gentío que lo rodea: abrigo y jersey negros, barba y pelo blancos, como el cuello de la camisa; un hombre mayor, más alto que los dos que lo flanquean, sereno el gesto, doblado el brazo derecho a la altura del estómago, la mano recogida sobre sí, sin hacer puño, justo donde se unen las solapas del abrigo, que baja abotonado; cerrada la boca, dibujando el bigote un abierto ángulo, apretados los labios y el mentón como señal de determinación, o de indignación, pero sin ostentación, contenido, elegante el rictus, igual que la figura.
¿Hacia dónde mira? ¿Al interior del vehículo aparcado frente a él? Yo diría que no mira nada, que no mira a nadie que tenga delante. Y si mira, lo hace con fijeza y seguridad. Pero sus ojos, su memoria, más que en este instante presente captado por el fotógrafo, quizá estén unos minutos atrás, en un pasado inmediato, caliente aún en él y en quienes lo rodean. O quizá el hombre esté ya imaginando lo que puede esperarle de aquí a unos días.
Está solo entre la multitud que lo rodea. Ni siquiera parece sentir la presencia del hombre de religión que tiene a su izquierda: más joven, en sus hombros la pesadumbre del momento, la cabeza levemente caída hacia el pecho y como mirando por encima de las gafas al lado contrario, la línea de sus labios no dibuja una sonrisa, y si lo es, forzada, de situación, resignada, como a la espera de subir en el coche y desaparecer súbito del lugar y circunstancias.
 En los escasos cinco o seis metros de vestíbulo que se adivinan, se apiña más de una cincuentena de personas —medios cuerpos, bustos, cabezas, medias cabezas, perfiles, fragmentos apenas de una frente, brazos, manos, espaldas— que saluda a lo fascio, alzados los brazos derechos, al frente las palmas de la mano, emergiendo sobre las cabezas como fervorosas llamas alimentadas por los vítores que algunos de los presentes lanzan exaltados.
Abigarrado enjambre de cuerpos (mujeres, niños y adolescentes, jóvenes y  maduros repeinados, civiles y militares), de vestimentas (los uniformes azules, correajes y cascos blancos de los guardias municipales, las saharianas y las camisas verde seco de los requetés, las guerreras caqui de los legionarios, la sotana negra y la capa roja, el azul falangista en las camisas), la diversidad de prendas en la cabeza (boinas, gorras de plato, cascos, solideo, gorros cuarteleros).
Entre el flameo de brazos y palmas fascistas, nadie mira al viejo de la barba y el pelo canos. Ninguno de los presentes —¿quizá las dos mujeres que aparecen en primer término en la parte inferior izquierda de la fotografía?—, ni los más cercanos, que casi le rozan por detrás su hombro izquierdo o su cabeza al levantar el brazo, ni el requeté a su derecha. Nadie presta atención al viejo. Ni a su acompañante. Como si fueran invisibles. Como si en ese espacio se abriera la transparencia.
Hay quien mira al interior del vehículo: el adolescente de afilada nariz y neta raya en el pelo cuya cabeza asoma entre un requeté y un falangista fija sus ojos en el asiento trasero; detrás de este muchacho, un exaltado en pleno vítor mira hacia el asiento del copiloto, igual que el militar situado a su derecha, junto al municipal.
Fecha de la instantánea: 12 de octubre de 1936, hacia las dos de la tarde. Lugar: salida del paraninfo de la Universidad de Salamanca. Dramatis personae: don Miguel de Unamuno (1), rector vitalicio de la misma; monseñor Plá y Deniel (2), obispo de la ciudad; Antonio Ortiz de Estringana (3), jefe de Bandera de Falange; Agustín Sánchez Echevarría (4), teniente de Requetés; Primitivo Murga Uribe(5), legionario. Estos tres últimos formaban parte de la escolta habitual del general Millán Astray, que acaba de subir al coche, precedido por doña Carmen Polo de Franco.
  Queda en manos del lector ambientar la escena con la banda sonora de consignas, vivas y arribas propios del momento histórico y de la ciudad en cuyo palacio episcopal estaba entonces la sede del gobierno de Franco.

martes, 6 de noviembre de 2012

Nevermore


   Mañana de domingo cerrada en agua. Encendí la televisión y puse una cadena de noticias mientras limpiaba la casa. Igual que en la prensa en papel, una de las noticias del día era el final de carrera en las presidenciales de Estados Unidos. Por una conexión sorprendente, pero que tiene su hilo, me acordé de Edgar Allan Poe. Dejé la faena unos minutos y miré los dos retratos suyos que tengo bajo el cristal de la cómoda Mondrian, saqué luego del estante la biografía que le dedicó Georges Walter y comprobé un dato. Estaba equivocado por un mes. Aquello ocurrió un tres de octubre, el 3 de octubre de 1849. 
      La hipótesis más aceptada sobre la muerte de Poe señala a uno de los “grupos de agentes electorales”, demócratas o republicanos, que en los días de votación recorrían las calles de las ciudades haciendo cooping (‘enjaulamiento’), o sea, sorprendiendo a viandantes solitarios a los que administraban unos pelotazos de alcohol adulterado, llevándolos drogaítos perdíos a votar en tres o cuatro colegios distintos, encerrándolos luego en algún almacén o trastienda hasta que iba desapareciendo el efecto, y dejándolos después abandonados en la calle, aturdidos aún, sin memoria de lo sucedido.
      Edgar Allan Poe había llegado a Baltimore por la mañana en un barco procedente de Richmond. Aquel miércoles 3 de octubre había mucha animación en las calles, se celebraban elecciones a gobernador de Maryland para el Congreso, y un grupo de agentes electorales debió de fijarse en la triste figura del escritor, que deambulaba por el barrio del puerto. 
      Poco antes de las cinco de la tarde, Joseph Walker, un obrero impresor del Baltimore Sun, pasaba por la High Street. A unos pasos de un centro electoral republicano se encontró a un hombre tirado en la acera —“el rostro huraño y la mirada vacía, un sombrero de paja, un lamentable abrigo de alpaca desgarrado que ocultaba la ausencia de traje, una camisa sucia sin corbata y con manchas, un pantalón usado demasiado grande y pesadas botas que no conocían el betún” (Walter, 30)—, en quien reconoció al famoso autor de Los asesinatos de la calle Morgue. Después de llevarlo a una taberna próxima y de ser atendido por un médico, Poe fue trasladado al hospital Washington College, donde pasó cuatro días entre delirios, sudores, leves periodos de consciencia y accesos violentos. Murió a primera hora de la mañana del domingo 7 de octubre. Tenía cuarenta años. A su entierro acudieron cuatro personas: el señor Herring, comerciante en maderas, el doctor Snodgrass, que lo atendió en la taberna cuatro días antes, un tal Collins Lee, antiguo compañero de escuela, y un pariente lejano, el juez Neil Poe. Che cosa più triste! 
      Dejé el libro en su sitio y miré otra vez las fotografías. De buena gana me habría sentado en el sillón con su libro de poemas o con La narración de Arthur Gordon Pym, pero la faena me reclamaba. Cogí la bayeta, el pronto y me lié con el aparador. En la televisión hablaban ahora de la carrera de coches en Abu Dhabi. Fuera, la lluvia seguía hilando en silencio una mañana gris.


martes, 29 de noviembre de 2011

Instantáneas (1)

De izquierda a derecha, de arriba a abajo o de abajo a arriba, en diagonal, al azar, los miro a todos. Pero a dónde miran ellos. Beckett lo hace esquinado, desde las aristas irlandesas de su rostro, hacia donde Godot dejó silencio y vacío.


A su derecha, inútil ya el brazo y barba hasta el pecho, el Valle de antes de 1917; posa en académico perfil, aún no se ha visto en los espejos del Callejón del Gato. Del esperpento. Del compromiso. Todavía no es Valle-Inclán, sino Ramón José Simón Valle Peña, noble aún de gallega prosapia.


Bajo el creador del esperpento, Walter Benjamin posó forzando el gesto, el brazo, la cabeza. El intelectual de la modernidad. Qué desesperación debió sentir en Port Bou. Un hombre lúcido al que de pronto ofusca el peso de la historia, de su biografía personal, de su origen judío.


 Cerca, reconcentrado en lo más hondo de su dolor, Dostoievski. Mira hacia donde nunca debió mirar. Por eso la seriedad en su rostro, su haber entrevisto el fondo malévolo del ser humano.


Rafael Cansinos Assens parece un gran payaso nostálgico de risas y esplendores, derrotado, desencantado, derramado en un sillón que se le queda pequeño, la mano izquierda en el bolsillo del batín, del batón, burgués de andar por casa. ¿Risueño? La boca contraída, como prevenida contra las risas, que, sin embargo, revolotean en su mirar.


La fotografía de Benito Pérez Galdós es pequeña, tamaño DNI. Las guías de sus bigotes miran hacia atrás, pero don Benito mira por delante, cree en el futuro.

Al escritor canario le hace compañía el poeta Cavafis, un hombre serio. Y un solitario. Paladeó, mientras pudo, la historia antigua, los cuerpos jóvenes  y el humo de los cafés de Alejandría.


Walt Whitman mira patriarcal. Con su orgullo de ser hombre. De sentirse vivo. De conocernos porque se conoce. Brilla en sus ojos el descubrimiento del secreto: el misterio, la grandeza, de la vida es mirarla cara a cara. Ofreciendo el pecho. No hay hombre mejor ni más grande que otro.
En los diccionarios y enciclopedias nunca falta su nombre junto a la palabra democracia. El individuo y la multitud. El hombre de la calle, de las fábricas, de las minas y de los campos de algodón. El camino que lleva a nosotros mismos. A los otros.
 Suenan, mientras escribo, canciones de Bob Dylan. Imagino al joven Robert Zimmerman abandonando su pueblo, haciendo autoestop con la guitarra a la espalda y su voz que sueña.
El joven de Minnesota y el viejo de Manhattan buscan lo mismo. Una canción. Buscan canciones. Piensan lo mismo: la canción es larga y su tiempo les pertenece.


De la mirada, de Friedrich Nietzsche —más allá de este mundo—, del niño Arthur Rimbaud, de los cigarrillos de Josep Pla, hablaré otro día.
Y de los ojos de Franz Kafka.

sábado, 19 de febrero de 2011

Primeros retratos

Juan Ramón Jiménez, moguereño universal, no aparecía —ni Antonio Machado, pero sí Manuel—, en la enciclopedia de tercer grado, ilustrada por el autor, don Antonio Álvarez Pérez, maestro de la Escuela Graduada «Miguel de Cervantes» de Valladolid. Junto al retrato de cada escritor, una sucinta biografía y un texto, a veces en letra gótica, para copiado y caligrafía.

Al niño de entonces se le grabaron algunos retratos: el del escritor ecuatoriano Luis Cordero, con unas guías de los bigotes que le caían hacia el pecho; de Wenceslao Fernández Flórez, que le recordaba a Franco; de Quevedo con sus quevedos y su barba de chivo; de unos juveniles Joaquín y Serafín Álvarez Quintero: idéntico el perfil de moneda, idéntica la raya del pelo, idénticas las pajaritas al cuello; de Petrarca coronado, de don Íñigo López de Mendoza, que más parecía mujer que esforzado varón; de Cecilia Böhl de Faber y de Amado Nervo, Unamuno, fray Luis de Granada y, por supuesto, del glorificador, José María Pemán, autor del famoso Poema del ángel y la bestia. No faltaban Rubén Darío, Miguel de Cervantes, Lope ni Calderón. Tampoco la peluca empolvada de don Tomás de Iriarte. Pero sí el 27 al completo.

De que ya le interesaban a aquel niño las biografías de los escritores, son testimonio las cuentas echadas en los blancos de la página para saber cuántos años había vivido cada uno o qué edad tendría en 1.965.

jueves, 14 de agosto de 2008

Tres retratos de Azorín

La suya fue la primera fotografía de mi colección. En el recorte que conservo se recoge la noticia de su muerte - "A los 93 años fallece Azorín, maestro de la prosa castellana"-, acaecida en la mañana del 2 de marzo de 1967. No sé cuántos años median entre esa fecha y el momento en que recorté de una revista la fotografía y la necrológica que tengo delante. La noticia del fallecimiento no es crónica de primera mano, sino resumen de la que en su día apareció en el ABC: "El insigne maestro de la prosa castellana don José Martínez Ruiz, Azorín, falleció a las nueve de la mañana de ayer en su domicilio de la calle Zorrilla, 21, piso segundo, izquierda, frente a la calle de Fernanflor y la fachada posterior del Palacio de las Cortes, donde llevaba viviendo más de cuarenta años. Tenía noventa y tres años. Iba a cumplir los noventa y cuatro el próximo ocho de junio". Sigue luego lo de la consternación en toda España y parte del extranjero, lo de la espontánea manifestación de duelo popular y la lista de ministros y jerifaltes asistentes al sepelio: Lora Tamayo, Castiella, Fraga Iribarne, Arias Navarro... El ataúd fue llevado a hombros hasta la carroza fúnebre por el presidente de la Diputación de Alicante, los alcaldes de Alicante, Monóvar y Yecla y un grupo de escritores.
La crónica hacía eco también de un artículo de Juan Ignacio Luca de Tena: "... ninguno ha influido como él, después de Cervantes, en el estilo de los escritores hispánicos... Fue, ante todo y sobre todo, un estilista... Como periodista, Azorín transmitió la primera crónica telegráfica publicada en un diario español en 1905, con motivo del viaje de Alfonso XIII a París."
La fotografía tiene pátina anaranjada. Se ve en ella a un Azorín nonagenario, como escribiendo en unas cuartillas. Sobre la mesa, cubierta por un tapete color ocre, unos libros y lo que parece un pisapapeles, una semiesfera de cristal oscuro. Azorín escribe con bolígrafo. Viste chaqueta gris oscuro con finas rayas rojas y camisa blanca. La luz entre en la habitación por su espalda y le baña la cabeza en un blancor resplandeciente. Una cabeza que más parece ya calavera: el pelo ralo, blanco, muy corto, la piel pegada a los huesos, pequeñitos los ojos, afilada la nariz, sumida en leve línea la boca.
Detrás del escritor, sobre un mueble pegado a la pared, un sencillo flexo metálico, un libro grueso de pastas rojas y dos fotografías enmarcadas, borrosas en su segundo plano, en una de las cuales, la de la izquierda, aparece el escritor en la misma actitud, inclinado sobre unas cuartillas, solo que desde otra perspectiva. Una imagen sin duda grata a Azorín: la eterna inmutabilidad, instantes que se repiten en el tiempo, en la vida de un escritor. Imagen duplicada, multiplicada, de un mismo gesto intemporal. Azorín deteniendo los relojes. Fijando palabras en el papel. Punteando el tiempo.
Conservo otra foto del escritor hecha por Alfonso Sánchez Portela, Alfonso, el autor de los retratos más famosos de nuestros noventayochistas. Del retrato de Azorín asegura que es el mejor que ha hecho: "Un verdadero aguafuerte." Un claroscuro inspirado en el que de Góngora hizo Velázquez. De entre lo negro destaca el medio rostro de Azorín. En la parte en sombra se adivina apenas el ojo derecho. Un retrato, una pose gongorina. Aguileña un tanto la nariz, contraída la boca en rictus que corre hacia abajo, pero no tan sdegnoso el gesto ni el mirar como el del cordobés. Mira también desde arriba, pero sin orgullo, con un algo de elegante dolor, resignado a un tiempo que todo lo trastorna, que todo lo trae y lo lleva.
Escribo estas páginas apoyado en mi altarito. De pie, como han de oficiarse estos ritos. Junto a la Hispano Olivetti. A la luz de unas velas aromadas que se llevan el olor a tabaco. A ceniza. En el equipo suenan canciones de Bob Dylan, le doy un sorbo al cubalibre y enciendo un cigarrillo. Mi sombra tiembla en la pared. Observo otra fotografía de Azorín -creo que también de Alfonso-: en perfil el escritor y su bombín, la mano izquierda -el escritor está sentado- alargada , huesosa, como un árbol seco, hacia las páginas de un libro abierto. Larga distancia entre sus ojos y las palabras impresas. Ochenta años como mínimo. Holgadas ropas -camisa blanca, chaqueta gris- visten el espíritu del escritor. Los labios afilados por el tiempo, marcada la osamenta. Azorín en su tiempo. Detenido quizá en una vieja palabra terruñera que lo lleva al dormitorio colectivo de los Ecolapios de Yecla, al zaguán de la casa de un pueblo manchego, a la ventana ojival en que asoma una madura Melibea o el rostro cenceño de un hidalgo melancólico.
Qué grande el mínimo Azorín en su pequeñez de viejo. Qué más allá anda de la habitación de su casa de la calle Zorrilla, de su bombín, de su mano alargada. De su silencio. Y qué presente lo tiene uno siempre, aunque hable de cosas lejanas y use preteridas palabras. Tan certeras y tan reales a pesar del tiempo y los diccionarios.

viernes, 8 de agosto de 2008

Vidas escritas

Acabo de leer un libro así titulado que Javier Marías publicó en 1992 y que no leí en su momento, como tampoco la revista Claves de la razón práctica, donde fueron apareciendo la mayoría de las semblanzas recogidas en el libro.
Como es normal en mí, suelo llegar tarde a los libros. No soy lector al día, sino a destiempo, y antes que gastar dinero en novedades editoriales prefiero, como diría el buen burgués, invertir en valores seguros, en libros de autores de mi gusto, aunque lleven cien años muertos. Sólo hago excepción de unos pocos: Luis Landero, Andrés Trapiello, Rafael Sánchez Ferlosio, Antonio Colinas, Eloy Sánchez Rosillo y Luis García Montero. Con Javier Marías siempre he sentido recelo: leo sus artículos dominicales, comparto muchas de sus ideas y cabreos, no su pasión por el Real Madrid, pero hasta esta noche no he logrado terminar un libro suyo.
Debo reconocerlo, Javier Marías se me ha adelantado al escribir sus apuntes biográficos; pero consigno aquí y ahora que no he leído sus Vidas escritas sino en este octubre de 2007, y que mi proyecto de escribir sobre los autores de mi altarito nació unos meses antes, durante el verano, cuando desconocía la existencia del tal libro. Quede así libre mi conciencia del plagio. Apunto además en mi descargo la serie de artículos que fui publicando en el periódico comarcal Los Pedroches Información, donde daba cuenta de libros leídos a destiempo y apuntaba datos biográficos de quienes los escribieron. O sea, que me vino la idea de este libro antes de leer el de Marías, que escribió un libro que yo acabo de empezar a escribir. Difícil empeño. Suena a Borges y a Pierre Menard, pero las cosas son como son.
Cuenta Javier Marías en el libro su afición por coleccionar postales de escritores: otra coincidencia, solo que la suya –su colección- seguro que la ha ido haciendo comprándola en museos, tiendas de anticuarios y puestos del Rastro, y la mía ha ido creciendo a lo pobre, recortada de periódicos y suplementos dominicales. Coincidimos en muchos retratados (Joyce, Stevenson, Thomas Mann, Rilke, Rimbaud, Oscar Wilde…) pero no en los retratos en sí. Coincidimos en el pecador (Dickens, Mallarmé, Baudelaire, Poe, Borges, Nietzsche, Beckett…), pero no en el pecado, quiero decir en el retrato o instantánea en cuestión, por lo que me siento libre, sin el sambenito del plagiario.
El hilo de nuestras lecturas es el hilo de nuestra vida: somos lo que hemos leído. Y lo que nos queda por leer. O quizá debería decir que somos lo que hemos soñado mientras íbamos leyendo. A lo mejor somos Alonso Quijano, que vive lo que ha leído y cree más verdad lo escrito que lo vivido, y está, como el Pasavento de Vila Matas, enfermo de literatura. Todo pudiera ser.

Un mondrián en mi habitación (Prólogo)

Mi hija lo llama, con razón y con su punta de ironía, “tu altarito” desde al día en que me ayudó y yo le iba explicando quiénes eran aquellos hombres y por qué les dedicaba un sitio de honor en mi nuevo estudio. Ella solo reconoció a Bécquer, a quien quiso colocar en el centro, y a Cervantes, en el retrato que le hizo Juan de Jáuregui. Pero al pobre Bécquer decidí quitarlo del altar y volverlo al archivador, no por falta de reconocimiento a sus méritos, sino porque la reproducción era en color y mi proyecto –cuestión de gustos y capricho- solo contemplaba el blanco y negro. Por esa misma razón han quedado en el archivador otros de mis autores tutelares.
El altarito en cuestión es una vieja cómoda que perteneció a la tía Leona, una de las hermanas de la abuela Paula, madre de mi suegra. El reciclaje del mueble pasó por cortarle las patas, que lo hacían alto en exceso, hacer desaparecer uno de los cajones, recomponerle el tablaje del fondo y pintarle el frontal y los laterales al estilo Mondrian: líneas, cuadrados y rectángulos en los vivos colores que el pintor usaba en sus composiciones geométricas: rojo en el cajón frontal, amarillo y azul en las puertas, blanco en los laterales y negro en los bordes. Y los mismos colores, pero trocados para hacer contraste en los tiradores metálicos.
En el tablero de encima, protegidos por un cristal, retratos de escritores, que he ido recortando de periódicos y revistas. Ahora me doy cuenta de que no aparece ninguna mujer, escritora salvo la que acompaña, ambos con uniforme militar, a Hemingway cuando era corresponsal de guerra en Europa; la mujer de James Joyce, las hermanas de García Lorca y alguna muchacha anónima entre la multitud exaltada que rodea a don Miguel de Unamuno al salir del célebre “Venceréis pero no convenceréis” dirigido al tuerto, al general Millán-Astray. No soy lector, ni varón, misógino, sino que hasta la presente no dispongo de buenas fotos de Virginia Wolf, Isak Dinesen o Emily Dickinson, por nombrar a tres de las grandes ausentes de mi altar.
Sobre el cristal y para redondear el juego conceptual he colocado la vieja Hispano Olivetti negra y plateada, herencia paterna, en que tecleé mis primeros versos y a la que recuerdo en mi casa desde que tenía cinco o seis años.
A los pocos días de instalado el altarito se me ocurrió ampliar aquella galopada sobre rostros y nombres que relaté a mi hija y contar más en largo y pausado el porqué de aquellos escritores en mi habitación. Ese es el propósito de estas páginas. Qué salga de este puzzle, ya se leerá.