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jueves, 26 de marzo de 2026

Deudas lectoras



Conocía su nombre de verlo en los índices de los libros más antiguos de la colección Austral –con cuadernillos cosidos– de Espasa Calpe: Bayo, Ciro 544 - Lazarillo español. Marcado con asterisco, que indicaba un volumen extra. Así iba un estudiante en los setenta con escaso dinero formando e ideando su biblioteca. Con más libros marcados en los índices y catálogos de las editoriales que volúmenes presentes en las baldas.

Luego me lo encontré en las memorias de Pío Baroja, Desde la última velta del camino, que dedicaba unas páginas a su amigo andarín, a quien Azorín llamaba escritor andante y que Valle-Inclán retrató en Luces de Bohemia como el pedante don Peregrino Gay, cliente de la librería de Zaratustra, culto, viajado y crítico del fanatismo español.

Después de muchos años, encontré su nombre en un papel del Rastro. Estaba en un tenderete de donde había sacado y pagado ya un par de libros. Era la portada de uno de los libros de temática americana de Ciro Bayo, Bolívar y sus tenientes. San Martín y sus aliados (1929). Sola la deteriorada portada en papel verjurado a dos tintas, verde y negra, con una tipografía llamativa y una viñeta en verde. La saqué de la montonera de libros y le pregunté al librero si me la regalaba, aunque estaba dispuesto a dar algún euro por ella. El hombre, extrañado, sin tira ni afloja, me la regaló. Ahora luce, plastificada, en uno de los estantes de mi biblioteca.

Hace unas semanas, camino del Rastro, en los tabancos que se alinean en la Ronda de Toledo, hice el gran descubrimiento, vi por primera vez una obra de Ciro Bayo, el volumen extra 544, precioso con la sobrecubierta en rojos, negros y blancos, en bastante buen estado. Una tercera edición, de noviembre de 1965, con 61 años a cuestas. Estaba de oferta: dos libros por tres euros. Elegí otro de la misma colección, de la serie amarilla –libros políticosy documentos de la época–, de Wenceslao Fernández Flórez: una recopilación de sus crónicas parlamentarias, cuya lectura recomiendo vivamente al lector en general y a todos y cada uno de los miembros del Congreso en particular. A pesar de la fecha, 1914-1919 es asombrosa su actualidad.

El Lazarillo español es una invitación a la aventura, a soltar amarras y largar velas –un viaje a pie desde Madrid a Andalucía y Barcelona, con la mínima impedimenta material y monetaria–, un libro romántico y costumbrista, más del siglo diecinueve que del veinte, con giros y vocablos populares, sin florituras estilísticas pero con eficacia comunicativa, a pesar de los latines y la erudición del narrador andante. El cuento resulta entretenido y tiene hoy un interés extra para quienes conozcan los lugares por los que transita el protagonista, porque apreciará la transformación de los paisajes rurales y urbanos descritos en la novela: el ayer y el hoy de la España peregrina y caminera, de las ventas y posadas de antaño, de los mendigos, de los trabajadores temporeros, de los pobres que viven de la caridad y de la sopa de convento, de una España invertebrada.

El protagonista guarda estrecha relación con Lázaro Gonzalez Pérez, y no porque recorra su camino a pie, sino porque su principal cometido es no llegar a la noche con el estómago vacío y dormir a cubierto. Para ello se vale de mil recursos, ninguno de ellos fuera de la ley, aunque sí en el filo de la navaja, continuando así la línea del pícaro hambriento, no delincuente, trazada por su primer antecesor en el siglo XVI. Tampoco es un moralista que sermonea a cada paso, ni un hombre que reprueba sus orígenes o su vida pasada, o que se demora en digresiones morales surgidas del pesimismo y la desconfianza en el ser humano. Este Lazarillo español es un hombre optimista, un aventurero nato que confía en sus habilidades para sobrevivir, en la bondad de sus semejantes y en la buena suerte.

Cosa –lectura– de agradecer en estos tiempos menguados.


jueves, 12 de febrero de 2026

My Generation


Semanas atrás hice una incursión en el concepto “generación”. No recuerdo exactamente el recorrido. Andaba esos días indagando en mis raíces –Córdoba, Cartagena, Miguelturra, Doña Mencía–, constatando los lazos de mi familia con el benemérito cuerpo de la Guardia Civil, subrayando hechos notables de mi niñez –la llegada de la televisión a España, la revolución cubana–, cuando me vi tomando notas sobre los rasgos compartidos por las 1.402 personas que en España vinieron a la luz en la misma fecha que yo, más los muchos miles que lo hicieron en el resto del mundo.

–Hola, nací en 1956 y soy un boomer.

Entre esas notas sobre mi generación biológica, nada que no supiera o intuyera. Soy un explosionado (el hijo de una explosión), no un explotado. En la mili, oficiales y suboficiales insistían, en las teóricas, en la diferencia entre explotar y explosionar: explosiona (es detonada) una bomba, explota (revienta) un globo. Nos enseñaban también el himno de la infantería, nos instruían en el montaje y desmontaje del cetme, el nombre de sus piezas, después de los bocadillos de mortadela y salchichón, de las cervezas y los porros bajo la sombra de los chaparros a los cuarenta grados de agosto. Glorioso ejército español. Sí, nos tuvimos que chupar 14 meses de patriótico servicio militar.

Los estadounidenses designan a sus generaciones con metáfora: la generación perdida (1883-1900) se bautizó militarmente en Europa con la I GM y volvió desorientada, psicológicamente herida. En literatura dio frutos innegables: Hemingway, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Faulkner. Benditos sean porque no se perdieron y escribieron lo que escribieron.

Luego vinieron los felices veinte y la Gran Depresión, la desesperación, los suicidios, la pobreza, la inmigración, la fiebre californiana. Generación grandiosa la llamaron (1901-1927), la que luchó en la II GM, incluidos los españoles republicanos que avivaron la resistencia francesa y también alimentaron por desgracia los hornos crematorios. Y como silenciosa caracterizaron a la siguiente, la de la guerra de Corea y la lucha por los derechos civiles (1928-1945).

Después, mi generación, quienes nacimos entre 1946 y 1964, según la nomenclatura estadounidense, los boomers, los hijos del bum, de la explosión demográfica que siguió a la sangría de la II GM. Los sociólogos distinguen en ella dos subgeneraciones o cohortes: la avanzada o vanguardia, llamada también Leading-Edge Baby Boomers (1946-1955), que alcanza su mayoría de edad durante la guerra del Vietnam, y la rezagada, denominada Trailing-Edge Boomers (1956-1964), que se crio en tiempos de guerra fría y carrera espacial.

En España –Spain is different–, se nos llama baby boomers a los nacidos entre 1946-1964. Compartimos el haber nacido en un país estabilizado tras la guerra civil y la inmediata y dura posguerra, con una Europa también recuperada de la catástrofe (el milagro alemán, el plan Marshall). Cuando llegamos a la luz, la dictadura –no le quedaba más remedio–, comenzaba a abrirse al resto del mundo, diciéndole adiós a la autarquía, lo que ayudó a la recuperación económica, pero no a la apertura política, hasta llegar al bum –otra explosión– del desarrollismo y del turismo con los tecnócratas del Opus. Desde niños vimos cómo se destruía el litoral para construir hoteles y apartamentos, en el NO-Do y luego en la televisión veíamos las campañas del turista 1 millón, 2, 3… el turista 10 millones; de jóvenes seguimos parte a parte la agonía de Franco y votamos en las primeras elecciones democráticas desde 1939, comenzamos a trabajar en los setenta, sorteamos la oleada mortal de la heroína, nos entregamos a la movida de los ochenta y nos jubilamos después de 35 años de trabajo. Dicen los expertos que somos gente idealista, con ética profesional y sentido del deber. Creemos en lo público, en la igualdad de género, en el pacifismo y en la ecología, y nos hemos subido al tren digital, aunque para las relaciones sociales preferimos el cara a cara y las risas en bares y terrazas.

En mi búsqueda generacional por la red, di con un ensayo, La vida cañón, en que la autora, Analía Plaza, nos achaca a los boomers el ser muchos, el haber podido comprar una vivienda, el cobrar buenas pensiones, el pegarnos una vida cañón, el viajar, el gozar de una salud aceptable y además tener halagüeñas expectativas de vida…

He comprado el libro y leído las primeras páginas. Ya diré. O no.


jueves, 5 de febrero de 2026

Oiga, ¿es la guerra?


Escribía días atrás la periodista Ana Iris Simón una columna1 sobre la negativa de David Uclés a participar en unas jornadas (Letras en Sevilla) sobre la guerra civil –«La guerra que todos perdimos», así, en enunciación afirmativa, no interrogativa, como apareció luego, achacándose un error de imprenta–, porque en esas jornadas participaban también José María Aznar y Iván Espinosa de los Monteros. Según la autora de Feria, el gesto de Uclés convierte al adversario en enemigo, “disfraza de virtud la censura al otro, su simplificación o la ausencia de voluntad de diálogo”. En realidad, el jienense no participaba en ninguna mesa de debate junto a los dos citados, así que con su no participar, no hay motivo para hablar de adversario, ni de censura, ni de rehuir el diálogo.

Para demostrar la razón que la asiste –¿Quién perdió la guerra?–, Simón recurre a una escena de una serie televisiva de ficción en la que Federico García Lorca asiste a una actuación de Camarón de la Isla, y afirma parafraseando al poeta: “la guerra la ganaron aquellos a quienes recordamos con orgullo. La ganaron perdiendo, porque vencer es convencer, como decía aquel. La ganaron con dolor, tras décadas de hambre, de exilio, de muerte, de injusticia. Pero la ganaron”. Se entiende el sentimiento de fraternidad y de compasión por los vencidos, se comprende el orgullo por la lucha de los republicanos, y nos produce dolor su sacrificio, igual que ocurre hoy con el pueblo palestino, pero los hechos fueron los que fueron. Que los recordemos con amor, que nos produzcan pesar, que sintamos respeto y admiración por los hombres y mujeres que avivaron y defendieron la República no cambia el desenlace. Se comprende la frase de Ana Iris Simón, bisnieta de un comunista que murió en el exilio, pero la realidad no puede borrarse ni ser rectificada: la guerra la ganó Franco y la perdió Azaña.

No la ganó García Lorca, a quien cuatro fascistas fusilaron de mala manera en un barranco cualquiera. No la ganaron los que pasaron por las playas del sur de Francia. Ni los que murieron la Résistance  o gaseados y hechos cenizas en los campos de exterminio. No la ganaron los prisioneros de los campos de concentración franquistas. Ni las rapadas. Ni las torturadas y obligadas al ricino. Ni las paseadas a las tapias de los cementerios. Reivindicamos hoy su memoria, rescatamos sus vidas en libros, en películas, en cómics, en tesis doctorales, en blogs, en canciones y en jornadas culturales. Afirmaba Andrés Trapiello que los escritores republicanos perdieron la guerra pero ganaron la literatura. Hoy, a la vista del imperante revisionismo y blanqueamiento de las derechas, ya no está uno seguro. ¿Quién ganó la maldita guerra civil? ¿Los fascistas o los republicanos?

Han pasado noventa años y todavía se debate el asunto. En este país nada puede entenderse como fue, sino como a la derecha le interesa que fuera: nosotros también perdimos la guerra, sostienen ahora. Ganaron la guerra una vez y la quieren ganar de nuevo. Aunque ahora la quieren ganar perdiéndola, para obtener el todo, el ganar y el perder, la victoria y la derrota.

Vencer es convencer, afirma la escritora manchega, aludiendo, supongo, a la famosa frase de Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ante el mutilado general Millán Astray, que había lanzado dos estúpidas proclamas –¡Muerte a los intelectuales! ¡Viva la muerte!–, a las que el magnífico rector contestó con Venceréis, pero no convencereis. O con «Vencer no es convencer». La razón de las armas no es la razón de la inteligencia, venía a defender Unamuno, pero lo de «Vencer es convencer» no sabe uno exactamente por dónde va. Vencer es convencer de qué: de que tú estabas equivocado y yo tenía la razón, o de que yo estaba equivocado y la razón era tuya.

Vivimos en un país proclive a la paradoja y al oxímoron –vivo sin vivir en mí; dulce amargura, ganar es perder–, un país de especialistas en el trile dialéctico, donde el que gana pierde y el que pierde gana, un país de chaqueteo –hoy falangista, mañana demócrata como el que más–, de probada experiencia en el tergiverseo y en el donde dije digo. Incluso en el inventarse a un tal Diego.

Nada más cínico a estas alturas que afirmar que la guerra la perdieron todos los españoles. Que no pedir perdón.
***

1« El fascismo de los antifascistas», El País, 31 enero 2026.

sábado, 31 de enero de 2026

Ganar / Perder


Anteayer envié a un grupo de amigos el enlace a un artículo de Noelia Adánez (doctora en Ciencias Políticas, escritora y coordinadora de opinión del diario Público), titulado «Siempre en el equipo de David Uclés», en el que hacía una argumentada defensa de la negativa del novelista jienense a participar en un evento llamado Letras en Sevilla. Tras una positiva valoración literaria de Uclés –su compromiso con la verdad histórica en estos tiempos de «confusión y banalidad», su rigor documental, lo bello y luminoso de su obra–, y su conversión en personaje público tras el éxito de su primera novela y la obtención del premio Nadal con su segunda, Adánez explica la decisión del novelista de no aparecer por Sevilla para que su nombre no figure junto a otros como José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros o Alberto Ruiz Gallardón; por añadidura, denuncia el antifeminismo de la organización por la reducida presencia de mujeres: 6 contra 27.

Si habláramos en términos taurinos, y no es por humorismo, podríamos decir que David Uclés se niega, no ya a compartir cartel en la Maestranza, es decir, a torear la misma tarde junto a los diestros citados, sino a hacerlo en el conjunto de toda la feria taurina de abril. Sería como no alojarse en el hotel Alfonso XIII, porque también lo harán las otras figuras. Los organizadores han tenido mal acuse de recibo: imperdonable descortesía, incumplimiento de compromiso, sectarismo de izquierdas, ignorancia de la realidad histórica, creación de trincheras de odio y desprecio...

El motivo temático de la cosa –«1936: la guerra que todos perdimos»– no es acertado, porque contribuye al blanqueamiento de la derecha, a la disolución de responsabilidades y a la confusión o distorsión de hechos incuestionables: en julio de 1936, militares de derechas dieron un golpe de estado, provocaron una guerra civil, la ganaron y sustentaron durante cuarenta años una dictadura de partido único. Tras la guerra civil hubo triunfadores y derrotados, y no llevaron la misma vida unos que otros. La guerra la sufrieron todos y la perdieron los que la perdieron, no los que la ganaron. No mezclemos y no confundamos al golpista con el defensor de la legalidad republicana, al vencedor con el exiliado, con el encarcelado, con el fusilado. No, no todos perdieron la guerra.

A la mañana siguiente, una de las amigas del grupo me envió un artículo publicado en La Voz del Sur –«Escritores que no son de palabra»–, en que el periodista y escritor sevillano Álvaro Romero Bernal defiende la vía del diálogo y la valentía de enfrentarse dialécticamente a los energúmenos recalcitrantes de la ultraderecha. Tiene razón, le concedo, siempre la vía de la palabra, la búsqueda común de la verdad, enfrentarse dialécticamente al toro del neofascismo, pero en este caso no se trataba de un mano a mano entre figuras, ni de faenas al alimón, sino de torear en carteles distintos, en tardes distintas, cada uno en su sitio, con su estilo y con su cuadrilla.

Respeto la decisión de David Uclés, su prurito de pureza ideológica, la voluntad de que su nombre no aparezca junto a otros, para él, indeseables, su ejercicio de integridad, aunque me parece excesivo su celo por la incontaminación. Es evidente que vivimos tiempos de exaltación neofascista que hay que denunciar y combatir –en las instituciones, en las escuelas, en los puestos de trabajo, en las tertulias, en las redes sociales, en nuestras conversaciones del día a día–, con la palabra, con la razón, con la historia; no conviene desaprovechar oportunidades por escrúpulos personales. La retirada de Uclés no es definitiva, no se ha cortado la coleta. Simplemente, ha decidido no verse mezclado en Sevilla con ciertos individuos. Está en su derecho y tiene sus razones. Creo, sin embargo, que su posicionamiento sobre la guerra civil y sobre las mencionadas figuras políticas habría pasado más desapercibido de haber participado en las jornadas sevillanas. Su retirada ha repercutido mucho más que su presencia.

Por la tarde, cuando volvíamos de Córdoba en el coche, oímos en la radio la canción recién compuesta por Bruce Springsteen, «Streets of Minneapolis». Es una crónica, una balada triste sobre los asesinatos de dos personas –Alex Pretti and Renee Good– en Minneapolis a manos del salvaje ICE, el temible cuerpo de seguridad de inmigración estadounidense, que puede pegarte seis tiros en medio de la calle –¡¿Cuántas veces hemos visto esa escena en películas de nazis y judíos?!– sin dar explicaciones ni pedir perdón ni ser condenados por su brutalidad.

Fue ayer también cuando leí que el músico Neil Young, en protesta por la política criminal de Trump, había dado a los groenlandeses acceso libre a todos sus archivos musicales y recomendado que no utilizáramos cierta plataforma de venta y transporte cuyo dueño es notoriamente trumpista. Oigo a estos dos músicos desde mi adolescencia, me emocionan sus canciones y admiro además su faceta de ciudadanos con un compromiso ideológico que comparto. Ellos se han pronunciado contra esos crímenes impunes y contra la política imperialista y canalla de Donald Trump. Creo que con sus canciones y su actitud estos dos músicos pueden ser ejemplo y sembrar en muchos jóvenes, o no tan jóvenes, la semilla del compromiso, de la responsabilidad social, la conciencia de que el rey Trump genera violencia, miedo e inseguridad y de que ese es un camino equivocado.

Dialoguemos, sí, pero estoy convencido de que las canciones no van a convertir a Trump en un mandatario digno y altruista, solidario, pacifista, ecologista y respetuoso con los derechos humanos, como lo estoy de que las argumentaciones de David Uclés vayan a lograr que José María Aznar pida perdón por sus mentiras, que Iván Espinosa se transforme de verdad en un profundo demócrata defensor de lo público y los derechos civiles o que se admita la responsabilidad de la derecha y la ultraderecha falangista en la guerra civil española y en la feroz represión de la posguerra.

Sí, hay que dejar claras en cuantos foros sea posible nuestras convicciones y valores democráticos. Nadie que haya leído algunas entrevistas a David Uclés dudará de su posicionamiento ideológico. David Uclés no se ha caído del cartel sevillano por cobardía, ni por egotismo, ni por veleidades de estrella mediática, ni por miedo al morlaco de la guerra civil. Sencillamente ha dicho «Basta de tergiversación de la realidad histórica». Lo ha hecho por dignidad. Por la suya, pero sobre todo por la de los vencidos en la guerra civil. 

jueves, 29 de enero de 2026

Cap. I


Desde la primera frase el narrador rompe el lugar común al ignorar deliberadamente el de nacimiento de su protagonista. Es la primera advertencia que recibe el lector: no estás ante una novela al uso, aquí acaban andanzas y caballerías de Amadises, Palmerines, Esplandianes y demás ralea de valerosos paladines. El héroe es un manchego, hasta ahí concreta el narrador –¿por qué no una mujer, una narradora?–, y que los académicos de Argamasilla pesquisen sobre el lugar del que la voz narradora no se quiere acordar. Sutil, irónico, homenaje a Homero, ya saben, el hijo de las siete patrias, que aún disputan su nacimiento.

Creo que todos los españoles, pongamos que del siglo XX y lo que llevamos del XXI, han escuchado, leído, dicho, incluso escrito alguna vez esas primeras palabras de la novela cervantina. Creo también que muchos son los citadores y pocos los leídos, los que han ido más allá. Mi madre nunca leyó El Quijote, pero fue en sus labios donde escuché por primera vez la formulación de ese misterio, que no me inquietó porque estaba acostumbrado al Érase una vez impreciso en el tiempo y en la geografía de muchos cuentos: ¿de dónde es Caperucita? ¿dónde nació Pulgarcito? ¿en qué pueblo, o ciudad, vivía Blancanieves? Ahora, a mis setenta, esos detalles no importan. Lo de menos es la erudición. Lo de más, la libertad, el imaginar. No el lugar donde nació el héroe, sino la jacienda, la trascendencia de su actuar. ¿Qué se le hubiera dado a la novela que Don Quijote hubiera nacido en Mota del Cuervo, en Miguelturra o en...? Imaginen la frase: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me quiero acordar, Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…

Ni lugar de nacimiento, ni pasado apenas, salvo ese ligero enamoramiento de Aldonza Lorenzo y su condición heredada de hidalgo, dueño de una hacienda que no lo convierte en un Craso pero que le basta para mantener una sobrina y un ama, un hombre para todo, “mozo de campo y plaza”, y a sí mismo, en lo que se le va no pequeña parte de ella.

Ubicado sociológicamente –un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, etc– en la clase privilegiada y por tanto de ideología conservadora, este hombre casi cincuentón es un mozo viejo solitario, humanamente desubicado y aburrido de una existencia rutinaria. Madruga, caza, lee, tiene su tertulia con el cura y el barbero del lugar, no le interesa la administración de su hacienda, se le ha pasado el arroz de alistarse en el ejército o de embarcarse a las Indias para hacer fortuna y carece de estudios, aunque sea en Sigüenza, para ganarse honradamente el sustento como funcionario en la administración pública, local o real. Un parásito, exento de gravosos impuestos y cargas.

Tampoco sabemos de su estirpe, de sus padres y abuelos, ni siquiera la certeza de un apellido que se pudiera decir suyo tenemos–¿Quijada? ¿Quesada? ¿Quejana?–, hechos significativos de que estamos ante un hidalgo más cerca de un don nadie que de un don… ¿qué? ¡Ni el nombre se nos da! ¡¿Qué clase de narrador omnisciente y erudito, que consulta fuentes históricas y contrasta testimonios, qué relator, que sabe lo que come el hidalgo los domingos, ignora el nombre de pila de éste?! Consensuemos desde el principio que este narrador, o narradora –ya habrá mejor ocasión para tratar el asunto–, se las trae. ¿Hemos de creer todo lo que nos cuenta? El juego metaliterario ha comenzado con la primera frase y se mantendrá hasta el final de la novela. Ya lo iremos comprobando.

lunes, 15 de diciembre de 2025

RSF (2)

 


Después de más de cuarenta años he vuelto a leer El Jarama. La primera vez lo hice cuando preparaba oposiciones a profesor agregado de bachillerato; esta segunda, jubilado ya, lo he hecho por ir buscando una idea clara del contexto literario en que nací. La novela de Rafael Sánchez Ferlosio obtuvo por unanimidad el premio Nadal en 1955 y se publicó en febrero de 1956, mes y año de mi nacimiento, por lo que puedo afirmar que El Jarama y yo somos estrictamente contemporáneos, aunque creo, sin quejarme de la vida que he tenido hasta hoy, que el tiempo ha pasado mejor por el libro que por mí. La novela me sigue pareciendo una obra maestra, yo en cambio no puedo aportar maestría en nada.

Por fecha de nacimiento, mi padres pertenecen a la generación de Ferlosio, la primera generación de españoles que no habían hecho la guerra, pero sí la vivieron de niños y adolescentes, y comenzaban a construir sus vidas, sus familias, a mediados de los cincuenta. La España de mi niñez se estaba transformando entonces y modernizando –adiós definitivo al racionamiento, admisión en la ONU, ayuda estadounidense (mantas y bidones de leche en polvo), visita de Eisenhower, asesinato de J. F. Kennedy, ascenso y gloria de Manuel Benítez El Cordobés, revolución cubana, proyecto Apolo, los cohetes Soyuz y Yuri Gagarin, guerra fría y muro de Berlín, retrato de Franco y «Cara al sol» en las aulas, televisores, lavadoras eléctricas y frigoríficos, nuevos automóviles (haigas), incipiente turismo europeo… Conocí la Córdoba pobretona y gris de la clase media a finales de los cincuenta, la Córdoba de barrio –Campo de la Verdad, Cañero, el viejo Ciudad Jardín y los pinchitos de Juanito Mohamed, la Huerta de Santa Isabel y la recién levantada Residencia Noreña (mi hermana mayor conserva alguna fotografía con ese edificio de fondo, mis padres jóvenes y risueños entonces en primer plano), la matinal de los domingos en el cine Séneca, los biscúter, el coche huevo y el Gordini, el coche de las viudas. Cómo olvidar el pregón del hombre de los cucuruchos de merengue de colores bajando desde la Calahorra con su delantalito blanco y su bandeja (Al chibiricoqui, coqui, coqui…), las parejas de novios en bicicleta o en moto, sentadas ellas al bies en la barra o en el sillín de atrás, los viejos taxis negros con la franja roja en los laterales, la playa del Guadalquivir y los baños del domingo, los ahogados (yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos), la gran fuente redonda en el cruce del Paseo de la Victoria con Ronda de los Tejares, los limpiabotas en la calle Concepción, el gran salón con cristaleras del Círculo de Labradores donde solía pasar las mañanas mi abuelo Anselmo–, y también la Córdoba rural que parecía de la inmediata posguerra: casas sin agua corriente, niños de mi edad que pasaban el día en el campo cuidando un hato de cabras, cuadrillas de segadores, el trillo rodando en las eras tirado por una mula, casas cerradas porque la familia había marchado a Barcelona, a Madrid, o al extranjero...

Lo primero que advierte el lector del Jarama es el dominio absoluto del diálogo, de la conversación entre los personajes, que son muchos, pues estamos ante una novela coral, no de masas, como afirma Valbuena Prats en su Historia de la literatura española. Un conversar intrascendente sobre esto y aquello y lo de más allá por el que se van caracterizando los personajes. La acción transcurre durante un domingo de verano en las orillas del río madrileño, y está protagonizada por un grupo de jóvenes de la capital y otro grupo de parroquianos de una taberna. Salvo el dramático final, la novela recrea la insignificancia y banalidad de los hechos y las conversaciones en tres espacios narrativos cercanos: la orilla del río, donde están los jóvenes; el interior de la taberna y el patio de la misma. Escrita según los cánones del objetivismo (behaviorismo, conductismo), que considera únicamente real aquello que puede ser percibido por un observador externo, el narrador se convierte en testigo, no organiza la estructura del relato, que sigue un orden lineal, no juzga ni opina, describe con objetividad el marco narrativos y da paso a los diálogos. Un relator de la conducta de los personajes.

La novela se convirtió enseguida en modelo del realismo social, de relato referencial con su carga ideológica y de denuncia, que no era precisamente, o únicamente, el propósito de Ferlosio: «El Jarama –escribe Jordi Gracia– puede ser la obra maestra que muchos todavía leemos, pero sin duda fue, desde el mismo momento de su aparición, espejo y metáfora del estrangulamiento vital de la España del medio siglo; también el testimonio de la pulcritud, la solvencia y la disciplina con la que un escritor es capaz de imponer a la novela una norma de escritura». Además de reflejo certero de la clase media y media baja de mediados de los 50, la novela era también un impecable ejercicio literario, una construcción estrictamente sometida a los principios del conductismo: preponderancia del diálogo, objetividad del narrador, linealidad y condensación temporal (desde la mañana hasta la noche, unas 16 horas del domingo).

Destaca en el grupo de jóvenes el tedio y la mediocridad de sus vidas. Apunta alguno de ellos cierta rebeldía que parece anunciar la nueva España de finales de los cincuenta, pero en general estamos ante un grupo de jóvenes mediocres, con trabajos mediocres –mecánico, dependiente de una zapatería, vendedora ambulante de helados, obrero en una fábrica, camarera en una cafetería, representante de botones–, y unas vidas mediocres de las que no consiguen escapar. Ni el vino que beben («la media trompa, simpatía de prestado. En cuanto baje el vino, vuelta a lo de siempre, no nos hagamos ilusiones», confiesa Lucita); ni las escapadas domingueras, un paréntesis que todos quisieran más duradero, porque el lunes significa la vuelta a un presente sin esperanza («Entre semana se me olvida; y gracias a eso tiramos», declara Mariyayo); ni siquiera la expectativa de su próximo casamiento («No me hables de bodas ahora. Hoy es fiesta», contesta Miguel a uno de la pandilla) bastan a estos jóvenes urbanos para superar sus existencias mezquinas, atrapadas en un mecanismo que ellos no manejan, que los arrastra sin posibilidad de escape, y del que no son conscientes, que es lo peor.

No sé si por edad mis padres estarían representados en los personajes de la novela, escrita entre octubre de 1954 y marzo de 1955, pero dudo que compartieran la falta de expectativas de los jóvenes de la novela, aunque tuvieran claro hasta dónde podía llegar un joven guardia civil hijo de guardia civil casado con la hija de un guardia civil. Vida de cuartel. Sueldo asegurado, sí, pero limitado horizonte profesional. Fue la vida que eligieron. No se lo reprocho. Comprendo el sacrificio y se lo agradezco. A su manera, en su medianía, fueron héroes, apostaron más que por ellos por sus hijos, por eso no los reconozco en esos personajes vacíos, nihilistas, de la novela. No creo que en mayo de 1953, cuando mis padres se casaron, o en febrero de 1956, cuando yo nací, sus vidas fuesen tan sin substancia, tan faltas de esperanza, tan tristemente desperdiciadas. Habían vivido una guerra, habían atravesado, sin ser conscientes, los años del hambre y el estraperlo, de la durísima represión franquista y de las omnipresentes sotanas, les tocaba ahora vivir su juventud, reír y divertirse con los amigos, crear una familia, encarar optimistas el futuro, entramparse para comprar la primera lavadora, el primer frigorífico, el primer televisor o la Espasa abreviada, ir de vacaciones en verano, pagarnos los estudios...

No debo confundir ficción y realidad, considerar, como don Quijote, que la literatura es real, que la vida es novela, que la novela no es invención sino verdad y testimonio. Mis padres biológicos no son personajes de libro, aunque pueda reconocerlos, como a mí mismo, en mis padres literarios, en ciertos libros de Aldecoa, Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, Carmen Laforet, Miguel Delibes, el Cela de La colmena y el Viaje a la Alcarria, el Goytisolo de Campos de Níjar, el Ferlosio de las Industrias y andanzas de Alfanhuí, porque me trasladan a mi infancia (de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta), evocan circunstancias, personajes y paisajes vividos, tamizados por la memoria, agrandados quizá, deformados por olvidos y selecciones caprichosas, pero con una indudable sensación de verismo, de realidad vivida, que no es el caso de El Jarama, con cuyos personajes, vistos a través de un frío objetivo fotográfico, ni me identifico ni me siento cercano.


jueves, 4 de diciembre de 2025

RSF

 


Hombre en un sillón. Podría ser el evidente pie de foto, pero prefiero esperar, mirar detenidamente, adivinar quizá, suponer, lo que no aparece, demorarme en lo que veo pero no identifico, o en lo que no admite duda: las líneas y los cuadritos oscuros de la tela tapicera, la silla de palos torneados, la mesa de madera, las carpetas de gomilla apiladas en una estantería alta y estrecha, el aparador de la izquierda, el juego de la solería, los libros, las cajas, los recortes de periódico colgados en una de las paredes, el cable que serpentea y se pierde tras el sillón, ese cajón con ruedas, las zapatillas de estar por casa, el pantalón de género –¿gris?–, la corbata negra que se adivina bajo el jersey –¿gris oscuro?–, la camisa blanca, las manos, el pelo negro, las entradas, el arco de las cejas.

No estamos ante un hombre atribulado, hundido en el sillón, al contrario, observando su tronco enhiesto, las líneas simétricas de los brazos, apoyados los codos en los reposabrazos, las manos cerradas, pero no crispadas, signo tal vez de incomodidad por ser el objetivo del fotógrafo, la cabeza erguida, más sereno que serio el viso, podríamos pensar en un monarca en su trono.

¿Qué oficio tiene este hombre? ¿En qué se afana? La imagen nada nos aclara al respecto, pero se intuye que no es hombre del común. Quién –qué hombre, qué mujer– se deja retratar en zapatillas de pañete con tal dignidad, con esa seriedad que no es pose, con ese saber sentarse en su sillón preferido. Él mismo responde usando la tercera persona: «Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, se tiene a sí mismo por profesional de nada».

*
Nota bene: Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma el día 4 de diciembre de 1927.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Bonjour, tristesse


En cuatro semanas del verano de 1953, Françoise Quoirez, una adolescente de 17 años, escribió una novela, dejó una copia a nombre de Françoise Sagan en el buzón de dos editoriales y esperó. Juillard fue la primera en aceptarla y publicarla.

Bonjour, tristesse fue un best seller. Llegó a las librerías en marzo de 1954, y en tres meses se vendieron 200.000 ejemplares, cifra que fue creciendo y multiplicándose con las reediciones, traducciones, derechos teatrales y cinematográficos. La consagración literaria le llegó con el Premio de los Críticos franceses a finales de mayo. La novela desató pasiones y lenguas: por la edad de la autora, por el tema tratado y la actitud de los personajes, por reflejar el sentir de miles de jóvenes europeos.

En pocos meses, aquella escritora novel había publicado en una editorial de prestigio, obtenido un importante galardón literario, vendido cientos de miles de ejemplares y obtenido miles de francos que gastaba en restaurantes y cafés con sus amigos, en ropas, en un Jaguar XK140 y en los casinos. FS era la imagen del éxito. La imagen también de una juventud diferente, rebelde.

Con la súbita fama madrugaron también los detractores. El más notable, y el que abrió la veda, fue el crítico de Le Figaro, el católico François Mauriac, que alentó la confusión entre la autora y el personaje de ficción, llamándola “encantador monstruo de dieciocho años” o “terrible muchachita” –deliberada confusión que llega a otros periódicos: perversa y encantadora, cínica muchacha de vida desordenada, una mala estudiante, una cría que ha perdido la cabeza...–, en la que reconoce talento literario, pero a la que considera carente de valores patrios y falta de compromiso ideológico en el combate espiritual que Francia tiene entablado en ese momento histórico, una adolescente atenta solo a sus problemas personales, como el yonqui al que sólo le interesa su próximo pico. El combate, las graves heridas que en ese momento sufre la nación francesa no son otras que las derivadas de la inminente guerra de Argelia y de los últimos disparos en la guerra de Indochina, que acabó con más de noventa mil soldados franceses muertos y la derrota a manos de Vietnam. De eso tendría que hablar una obra galardonada por la crítica, insiste Mauriac, del heroísmo de sus compatriotas en aquellas guerras coloniales. Espíritu. Patria. Cristianismo. Ninguno de esos altos conceptos aparecía en la novela de aquella descarada adolescente.

Novela de amor. O mejor, de amores. Novela sentimental, sí. Novela testimonio. Novela manifiesto. Novela rebelde. No procaz ni desvergonzada. Ni escabrosa. Ni pornográfica, por supuesto, como la presentó más de una firma en los periódicos. En Bonjour, tristesse destaca la claridad argumental, la sencillez con que aborda las situaciones, la naturalidad de su estilo, de su lenguaje, la capacidad de describir el alma de los personajes, incluso del paisaje, y del verano, mediterráneo. FS escribió su libro en estado de gracia.

El título de esta novela siempre me llevará al verano del 75, a la cala de Port Salvi, en Sant Feliu de Guíxols: tenía 19 años, había aprobado todas las asignaturas de segundo curso en la Facultad y un anochecer de primeros de julio me embarqué en el catalán –el tren de la emigración de miles de andaluces en los 60– para probar fortuna en los hoteles de la Costa Brava y sacar dinero con que pagar al menos la matrícula del curso siguiente.

Recuerdo apenas el viaje en un tren atestado, la llegada a Barcelona, la agencia de trabajo, el trayecto en autobús hasta Sant Feliu. Tras una breve entrevista con el maître y porque hablaba algo el francés, me asignaron el puesto de sommelier en el restaurante del hotel.

Por la tarde, antes de empezar mi primer turno, bajé a un comercio del pueblo concertado con la empresa y compré a débito dos juegos de ropa de trabajo: pantalón, zapatos, calcetines y corbata negros, camisa y chaqueta blanca. Todavía conservo alguna foto. En mi vida había descorchado una botella de vino, pero enseguida acudió en mi ayuda una camarera y me enseñó a manejar el sacacorchos.

Así –Bonjour, tristesse–, la saludaba todas las mañanas con mi mejor sonrisa cuando nos encontrábamos en los pasillos antes del desayuno. Ella me la devolvía en sus ojos color caramelo. Cecilia se llamaba, de un pueblo de Jaén. En el hotel trabajaban también su padre –viudo, friegaplatos– y un hermano en la lavandería.

–Háblame en francés, estudiante, y yo la galanteaba con canciones de Brel y de Moustaki, de Brassens; le enseñaba cómo se decía mar, playa, cielo, nubes, árboles, frases cortas para saludar y despedirse. Había también besos y abrazos, manos entrelazadas, caricias, susurros. No íbamos más allá. Luego nos separábamos, cada uno a sus ocupaciones.

Ella tenía en su pueblo novio de casarse, así que lo nuestro, en secreto. Le temía a su padre, que se ponía violento cuando se emborrachaba. Quizá hubiera pasado eso la primera vez que la vi. Quizá su padre la hubiera liado la tarde anterior y hasta la hubiera golpeado. Reconocí la tristeza en la apariencia de su cuerpo, recogido sobre sí mismo, en su andar silencioso, leve. En sus ojos.

Bonjour, tristesse –y apareció la sonrisa, tintada por la pena, pero sonrisa.

No era entre ellos, padre e hija, la misma relación que en el libro de Françoise Sagan. La cómplice vitalidad, el desenfado y el optimismo entre los personajes de la ficción se transformaba en miedo, en dolor, en aquella muchacha que veía a diario y que tenía diecinueve años, como yo, como la autora de Bonjour, tristesse.

Tres vidas, tres jóvenes de la misma edad. Ahí acababan los parecidos.

La realidad de Port Salvi, salvo el paisaje mediterráneo, era muy distinta a la de la villa en la Costa Azul donde transcurría la acción de la novela. Nada que ver la exclusividad y el discreto aislamiento de la villa alquilada por el padre de la protagonista con la masa de turistas que ocupaba hoteles y campings, playas, paseos marítimos, discotecas, restaurantes y espectáculos nocturnos. Nuestros 19 años no se parecían a los de Françoise Sagan, que para entonces ya disfrutaba del éxito y del dinero, ni a los de la protagonista de su novela. Cecilia trabajaba desde los quince años durante la temporada completa, primavera y verano, en los hoteles de la Costa Brava y volvía a su pueblo en otoño, ahorraba para cuando llegara el momento de ayudar en la compra de una casa, amueblarla completa y casarse con su novio; yo era un discreto universitario que vivía en casa de sus padres, que iba descubriendo su amor por los libros, por el estudio y por la lectura, que escribía en secreto sus primeros versos y cuyo único horizonte inmediato era acabar los estudios y dejar la casa de los padres.

El verano del 75 en Port Salvi fue rico en experiencias. Nunca había besado a una muchacha, acariciado sus hombros, su cuello, su espalda, su pecho, ni la había mirado de cerca a los ojos en la intimidad de los susurros. Nunca, tampoco, había sido amenazado con un gran cuchillo por un hombre, el padre de Cecilia, que en una turbulenta tarde de borrachera me persiguió por las dependencias del personal y hube de refugiarme en la habitación del maître hasta que bajó la marea. Ni había cruzado la frontera para ir a Perpignan, pero aquel verano lo hice dos veces en compañía del chef, que se metía en un cine para ver películas porno mientras yo lo esperaba paseando por la ciudad o tomando cerveza en una terraza. Aquel verano conocí también el peligro del juego, el del ludópata, cuando una noche el hermano de Cecilia me despertó de madrugada para pedirme dinero con que seguir jugando al póquer, donde había perdido la paga mensual que acabábamos de recibir esa misma tarde. También supe de primera mano que el jefe de barra, que dormía a mi lado, había sido mercenario en un país africano, y que escupía sangre. Y aprendí a recomendar vinos a clientes que hablaban en catalán, en francés, en italiano...

Volví a Córdoba virgen, con poco dinero, una camiseta marinera que compré en Barcelona y un brazo en cabestrillo: uno de los últimos días, agotado ya del esfuerzo acumulado en las muchas horas, ordinarias y extraordinarias, de trabajo en el restaurante, con falta de sueño y de descanso, me llamaron a deshora, las seis o las siete de la tarde, de parte del jefe supremo, que había llegado en su yate con la cantante Mari Trini y solicitaba mis servicios: me levanté como con resorte de la cama, grité como un vikingo al ataque y descargué toda mi ira con un puñetazo en la puerta del dormitorio colectivo. La atravesé. Y me rompí el escafoides.

Con el nuevo curso, Cecilia se esfumó. Alguna vez se me viene a los labios el saludo, su hermosa mirada triste, aquel Háblame en francés, estudiante

La generación de FS, nacida en 1935, era niña durante la II GM, en algún sitio he leído que la llamaban generación 83, que era el indicativo en las cartillas de racionamiento para niños y adolescentes. Por si la sociedad francesa no tuvo bastante entre 1940 y 1945, el gobierno entabla durante diez años otra guerra en Indochina y abre nuevo frente bélico en Argelia. ¿Esperaba la entrega absoluta de la población a nuevas sangrías? ¿Que las familias consintieran otro sacrificio de sus jóvenes? ¿La entrega de sus vidas por la grandeur? La derecha recalcitrante, sí, enarbolaba soberbia –interesada, mentirosa, egoísta– la bandera del nacionalismo, de la patria, de unos trasnochados valores, pero los jóvenes, y no sólo ellos, decidieron romper, olvidar las monsergas con moralina de los mayores, lanzarse a vivir, a disfrutar y prolongar la alegría, el vértigo del amor sin tapujos, buscando la intensidad y la plenitud de una existencia todo lo libre que fuesen capaces de labrarse por sí mismos. Ahí estaba el escándalo.

Ahora que han pasado cincuenta años de aquel verano en Port Salvi, y veinte más desde la publicación de la novela de FS, me doy a la fantasía y a la divagación, y me pregunto, le pregunto a ella, qué novela habría escrito de aquellos dos meses de un universitario que trabaja de somelier en un hotel de la Costa Brava y se enamora de una camarera que va a casarse con su novio de toda la vida. En mi vagabundeo por la ficción imagino que FS, igual que retrató en su novela a una juventud francesa que deja atrás valores obsoletos y disfruta de la vida, trazaría el modelo de muchos jóvenes españoles que habíamos vivido los últimos veinte años –la mitad– de la dictadura, que estrenábamos entusiasmados urnas y democracia, que buscábamos la independencia económica y dejar atrás también la losa franquista, aunque en estos tiempos regresivos compruebo que nunca desapareció, que se intenta blanquear la dictadura, que vuelve el fanatismo falangista, la derecha intolerante y retrógrada, el imperio de la posverdad (¿Recuerdan el NODO?). Justamente aquello a que aspirábamos a superar tantos jóvenes en el 75.

martes, 7 de octubre de 2025

Vidas perdidas

 No recordaba haberlo comprado ni recibido como regalo, pero ahí estaba, entre la inquietante El hombre que amaba a los niños, de la australiana Christina Stead y el clásico Rojo y negro de Stendhal. En la portada en blanco y negro de la editorial Nórdica, una fotografía del suizo René Barri famoso retratista del Che Guevara sonriente, habano en la boca en la que se ve a un adolescente sentado en un suelo cubierto de hierbas, flexionadas las piernas en uve, apoyados los codos en las rodillas, en la mano derecha lo que parece un emparedado. El muchacho viste pantalón oscuro y camisa clara, desabotonada hasta más abajo del esternón. Es de piel morena, chicano, quizá. Mira serio a la cámara. Debe lucir un sol rutilante, porque ha fruncido el ceño para protegerse de la mucha luz. En el lugar de los ojos, dos sombras negras, ovaladas, como si llevara un antifaz. Detrás de él, a la derecha, la trasera de un autobús de los años 40 o 50 los vi de ese tipo en los primeros 60, en Esparragal, y viajé un par de veces en uno de ellos, la trasera, digo, desenfocada por la velocidad del vehículo en el momento del clic del fotógrafo. Al fondo, detrás del muchacho, un paisaje de suaves ondulaciones con un solitario árbol allá en la lejanía.

Ahora que observo la imagen de la portada del libro –John Steinbeck, El autobús perdido– me doy cuenta de lo bien elegida que está, de como anuncia en gran parte la historia que nos aguarda a bordo de ese autobús.

La novela comienza –Steinbeck sabía cómo empezar una historia: nadie que haya leído Las uvas de la ira olvidará el relato de la sequía que obliga a los Joad a abandonar su granja en Oklahoma en busca del paraíso de California– en un cruce de carreteras californiano, en Rebel Corners: gasolinera, taller mecánico, bar restaurante y, ocasionalmente, alojamiento de viajeros, regido por Juan Chicoy –madre irlandesa, padre mexicano, mecánico y chófer de autobús– y por su esposa Alice, alcohólica, ayudados por una camarera, Norma, prima fingida de Clark Gable que sueña con viajar a Hollywood y convertirse en estrella del cine, y por Pimples, un adolescente de 17 años, marcado por el acné y por la pulsión sexual como imponen las hormonas en tal edad.

Una vez reparado por Juan Chicoy el viejo autobús «Sweetheart», es hora de conocer a los viajeros, de disfrutar de la maestría de Steinbeck al trazar retratos de personajes: el señor Pritchard, próspero empresario, prototipo del self made man; su mujer, Bernice, frígida mojigata con sempiterna jaqueca, y su hija Mildred, una mosquita muerta; los tres van camino de unas vacaciones en México. El joven Ernst Horton, veterano de la II Guerra Mundial en Europa, emprendedor, solitario, optimista de más y viajante de artículos de broma. El viejo y malhumorado Van Brunt –sus razones tiene el pobre hombre– experto en objetar.

Tras un salto a la estación de autobuses de San Ysidro, donde conoceremos al ligón de Louie, un cerdo machista para quien las mujeres son unas guarras, y a una misteriosa y atractiva rubia, que adoptará el nombre de Camille, volvemos de nuevo a Rebel Corners, al autobús y tomamos rumbo a San Juan de la Cruz por una carretera abandonada.

El autobús perdido es una novela de personajes, una historia contada por un narrador superomnisciente, superobservador, capaz de deleitarnos con la descripción de un trago de whisky, de unos zapatos, o de la geografía interior de unos personajes disconformes, insatisfechos con la vulgaridad de sus vidas.

Y de sus sentimientos. Porque ninguno de ellos tiene una vida emocional plena y reconfortante. Adolecen de las mismas carencias y frustraciones: en el amor y en el sexo, en el trabajo, en sus relaciones sociales, en el lugar donde quieren vivir. No sólo comparten el mismo espacio –autobús– y el mismo destino geográfico inmediato –San Juan de la Cruz–, los aúna también idéntica certeza del fracaso, del desencanto de sí mismos, el reconocimiento de unas vidas malogradas.

Existe el mito del sueño americano. Y existe el desengaño. La vida es más Steinbeck que Rockefeller.


jueves, 2 de octubre de 2025

Pablo Guerrero. In memoriam

 A cántaros

Tú y yo muchacha, estamos hechos de nubes. La complicidad del amor. O de la amistad. Buen comienzo. Amor. O amistad. Unas manos que enlazar. Un camino que recorrer juntos. Y nubes. La materia de los sueños. El deseo de volar alto. Lejos de la realidad. De la grisura. De la opresión. ¿Pero quién nos ata? El régimen. ¿Pero quién nos ata? El miedo. Los grises. La censura. Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua. Reflexionemos. Oigamos nuestras voces. La tuya y la mía. Al aire libre tú y yo, muchacha. Bajo cualquier estatua. Sin miedo a que nos oigan. A que nos callen. Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer. Ahora que somos jóvenes y nos tenemos y vamos de la mano. Cuándo vamos a soñar, si no. A creernos nube. A ser libres.

Tiene que llover para que florezca nueva la tierra. Tiene que llover para que vuelen las nubes. Tiene que llover para empaparnos de agua y risas. Tiene que llover para ser puros de nuevo. Para que la lluvia arrastre el pasado. A cántaros. Porque hay tanto dolor que consolar. Tanta memoria que dejar limpia.

Estamos amasados con libertad, muchacho. Cómo dudarlo. Pero por qué tanto miedo a que seamos, a que nos sintamos, libres. Somos libertad, muchacho, o no somos. ¿Pero quien nos ata? Los militares. ¿Pero quien nos ata? Las sotanas. Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio. Llegó el momento. Enfrentarse. Ser enemigo. Tener amigos. Ser libre es decidir. Decidir es ser libre. ¿En qué lado de la calle vas a quedarte? Preparada tu marcha. ¿En qué dirección vas a correr? Preparada tu marcha. ¿A quién quieres encontrarte? Hay que doler de la vida hasta creer. Tomar conciencia. Comprometernos contra las injusticias y las dificultades que soportan nuestros semejantes. Superar el dolor. Contribuir a la lucha.

Tiene que llover. Libertad. Tiene que llover. Democracia. Tiene que llover. Esperanza. Tiene que llover a cántaros. Que limpie los viejos cauces. Que corra un nuevo río.

Ellos seguirán dormidos. A resguardo. Como señores. Como burgueses. En sus cuentas corrientes de seguridad. En la cueva de los cuarenta ladrones. Te querrán vender la vida, la muerte y la paz. Dueños de tu vida entera. De tu más acá. De tu más allá. ¿Le pongo diez metros en cómodos plazos de felicidad? Con qué facilidad nos compran. Qué baratos nos vendemos. Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian. La lluvia es esperanza. Renacer. Evolución. Progreso.

Que la siesta se acaba. Despertar a la realidad. Que la siesta se acaba. A la resistencia. Y que una lluvia fuerte, sin bioenzimas, claro, limpiará nuestra casa. Un agua pura, no contaminada. Para un hombre y una mujer nuevos. Limpiará nuestra casa. Superación de lo viejo. Del régimen. Una nueva sociedad. Nuevas metas. Igualdad. Nuevas aspiraciones. Felicidad. Nuevas sensaciones. Bienestar.

Hay que doler de la vida hasta creer.

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover a cántaros

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover a cántaros

***

A cántaros

    Esta cacnión de Pablo Guerrero era una de las pocas que cantaba acompañándome de la guitarra.

jueves, 18 de septiembre de 2025

Mitología y totalitarismo


Cuando Agamenón, uno de los protagonistas de La Ilíada, regresa a Micenas tras la toma y destrucción de Troya, no podía imaginar el destino que los dioses le habían trazado. Su esposa, Clitemnestra, se la tenía jurada ya de antiguo, desde que éste ofreciera en sacrificio a Ifigenia, para que le llegaran vientos favorables que lo llevaran pronto a Troya. Mientras él permanece diez años en el cerco de Troya, ella se abarragana con Egisto, un rufián hijo del incesto y un aprovechado proclive a la melancolía. Cuando los dos amantes supieron del regreso del héroe, prepararon un gran banquete en el transcurso del cual Agamenón fue asesinado. Unos dicen que a manos de ella, otros que de ambos; aquellos afirman que sola Clitemnestra fue la asesina y que tendió una red sobre su marido para que éste no pudiera defenderse; estos que no fue una red la que inutilizó al atrida sino unas ropas con las mangas cosidas. Fuere como fuere, Agamenón, rey de reyes, comandante en jefe de las fuerzas griegas contra Troya, murió de mala muerte.

Quedaban dos hijos del matrimonio, Electra, muchacha ya, y Orestes, un niño de apenas dos años, que corrieron distinta suerte. A Electra la convirtieron en esclava lavandera de la casa real, y al niño lo pusieron a buen recaudo; en unos libros leemos que con ayuda de su hermana lo trasladaron a casa de un conocido de confianza que lo crió y educó junto a su hijo; en otros que lo entregaron a unos guardias para que lo mataran, pero que los guardas se apiadaron de la criatura... Los hermanos no se verían en quince años. Alcanzada la edad viril, Orestes vuelve a Micenas y se da a conocer a Electra, que le calienta la sangre hasta que el joven acaba matando a Egisto y luego a Clitemnestra, su madre.

En apretada síntesis, ése es el mito, que ponía en juego el tema del adulterio, la muerte ridícula, antiheroica, del héroe, el derecho a la justa venganza, o la tortura que roe la conciencia del homicida a través de las temibles Erinias, capaces de llevar a un hombre a la locura. Con diferentes matices y variantes no esenciales trataron el mito los tres grandes dramaturgos de la Grecia antigua: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Veinticinco siglos después Jean-Paul Sartre volvió sobre el tema con Las moscas, una pieza dramática estrenada en el Théâtre de la Cité de París el 2 de junio de 1943, dirigida por Charles Dullin.


La acción de Las moscas transcurre en Argos, durante la fiesta de los muertos, 15 años después del asesinato de Agamenón a manos de Clitemnestra y Egisto, coronado rey desde entonces. Los hechos son en esencia los que ya conocemos –regreso de Orestes y reconocimiento de los hermanos, muerte de Clitemnestra y Egisto, problemas de conciencia del homicida...–, pero la perspectiva y la interpretación del filósofo existencialista enriquecen notablemente el mito refiriéndolo además al mundo contemporáneo. La acción sucede en un espacio dramático hostil: sol rutilante, calor, aire espeso con miles de gruesas moscas que zumban todo el rato, casas cerradas, calles en silencio. Las moscas simbolizan los remordimientos de los habitantes de la ciudad, el sufrimiento moral por su pasividad ante la muerte de Agamenón, son la pútrida emanación de las conciencias, la prueba de la cobardía y de la aceptación del usurpador por parte de los argivos.

Ese pesar, ese continuo padecimiento del pueblo, que vive infeliz, encerrado en sus casas, que rehúye el contacto con los extranjeros, es consecuencia de la tiranía establecida por el poder político (Egisto, Clitemnestra) y por el poder religioso (Júpiter, el Gran Sacerdote), una tiranía sostenida por el engaño y por el miedo. La religión es una trola, una mentira descarada que se mantiene para que el pueblo no piense en sí mismo ni sea consciente del tinglado: «Hace mil años –confiesa Júpiter, dios de las moscas y de la muerte– que danzo ante los hombres. Una danza lenta y sombría. Es preciso que me miren: mientras tienen los ojos clavados en mí, olvidan mirar en sí mismos. Si yo me olvidara un solo instante, si los dejara apartar la mirada...»

El Gran Sacerdote, en connivencia con el Rey, predica la resignación de los ciudadanos, la aceptación de una culpa, de un pecado original inexistente –la culpabilidad por el silencio ante el asesinato de Agamenón–, que ha convertido sus vidas en un profundo pesar, en un continuo remordimiento que los tiene subyugados, dóciles al rey y al Gran Sacerdote.

La disyuntiva que Orestes plantea a los ciudadanos es seguir viviendo en la culpa y continuar en el redil, es decir, atemorizados, encerrados en sí mismos, como llevan quince años, o actuar, derrocar al tirano, deshacerse del gran sacerdote, liberarse de los remordimientos y emprender una nueva existencia.

Cuando a Orestes le vienen los problemas de conciencia tras la muerte de Egisto y Clitemnestra, es presionado por Júpiter para que vuelva al rebaño. «Vuelve –le insiste el dios–: soy el olvido, el reposo». Pero el joven héroe ha tomado ya su decisión: «no volveré a tu naturaleza; en ella hay mil caminos que conducen a ti, pero sólo puedo seguir mi camino. Porque soy un hombre, Júpiter, y cada hombre debe inventar su camino. La naturaleza tiene horror al hombre, y tú, soberano de los dioses, también tienes horror a los hombres».

Estamos en el centro de la filosofía sartriana: el individuo, el ejercicio de la libertad, la construcción de la existencia. El camino emprendido por Orestes puede ser seguido por todos los argivos, como temen Júpiter y Egisto: «Una vez que ha estallado la libertad en el alma de un hombre –afirma Júpiter–, los dioses ya no pueden nada contra ese hombre. Pues es un asunto de hombres, y a los otros hombres –sólo a ellos– les corresponde dejarlo correr o estrangularlo». El ejercicio de esa libertad puede ser contagioso –«Un hombre libre en una ciudad es como una oveja sarnosa en un rebaño. Contaminará todo mi reino y arruinará mi obra. Dios todopoderoso, ¿qué esperas para fulminarlo?», le apura Egisto a Júpiter, sabiendo ambos ya que el héroe ha cortado amarras con dioses y reyes: «¿Qué me importa Júpiter? –se pregunta Orestes. La justicia es un asunto de hombres y no necesito que un dios me la enseñe. Es justo aplastarte, [Egisto], canalla inmundo, y arruinar tu imperio sobre las gentes de Argos; es justo restituirles el sentimiento de su dignidad».

Podríamos profundizar en la veta filosófica de la obra, matizar conceptos –individuo, existencia, libertad, ateísmo, angustia, fenomenología, náusea, ateísmo, responsabilidad, agnosticismo...–, citar autores y obras, argumentar, teorizar e instalarnos en el mundo de las ideas, llegar a la metafísica incluso, o podríamos quedarnos más acá, en este mundo nuestro y tratar de precisar lo que pudo significar en su tiempo la obra de Sartre.

Las moscas se estrenó en plena ocupación nazi de Francia. Para esa fecha, Sartre había vuelto a París después de nueve meses en el Stalag D 12, cercano a la ciudad alemana de Tréveris, no sabemos si fugado o liberado por las autoridades del campo.

Aplicando estas coordenadas históricas, no parece muy descabellado identificar ciertos elementos del mito clásico con las circunstancias reales en que se escribió y representó este drama sartriano. El pueblo argivo, que malvive sumido en la pesadumbre y en la soledad, aterrorizado por los discursos del gran sacerdote y del rey usurpador, con el reconcomio de su pasividad e incapaz de rebelarse, es la Francia ocupada por los nazis y la Francia colaboracionista de Vichy, donde abundan los llamados, precisamente, mouches (moscas), delatores de judíos, izquierdistas y miembros de la Resistencia, y las cartas anónimas de denuncia enviadas por los corbeaux (cuervos) a los despachos de la Gestapo. Una Francia que se sabe culpable de pasividad, de escurrir el bulto de la responsabilidad, de no hacer frente al nazismo ni al vergonzante armisticio de Pétain. No olvidemos, finalmente, la connivencia –su no condenar ni denunciar, su mirar hacia otro lado– de la Iglesia católica con el totalitarismo.

Triple lección la que nos ofrece Sarte en Las moscas. La pervivencia –la pertinencia– de los mitos antiguos, la mostración plástica, dramática, de principios y conceptos claves del existencialismo, y la conversión de un discurso teatral en una forma activa de resistencia, en una crítica a la tiranía y a la inacción de buena parte de la sociedad francesa ante la ocupación nazi.

sábado, 31 de mayo de 2025

Sublime sin interrupción

 

A Joaquín Arenas

De los amigos, Joaquín era el más disfrutón con la lectura. Solía descubrirnos libros y autores: sagas nórdicas, novelas del ciclo artúrico, Álvaro Cunqueiro, las Cartas desde mi molino, de Alphonse Daudet… Uno de ellos fue Las ninfas, de Francisco Umbral. Lo leí en la colección Áncora y Delfín de la editorial Destino. Un ejemplar en esa misma colección es el que buscaba el fin de semana pasado en el Rastro madrileño. No fue fácil encontrarlo. Se ve que Umbral no es autor revisitado por los lectores ni revisado por la crítica.

El ejemplar que compré por 1,95 euros tenía amarillento lo blanco de la cubierta y algo estropeados los bordes superiores; le faltaba un trocito en el lomo, justo donde iba impreso el dibujo del ancla y el delfín, y presentaba un doblez de por vida en una de las primeras hojas. Por lo demás, el libro tiene buen aspecto a sus 49 años, aseado, compacto, sin más heridas. Fue el único Umbral que vi en los puestos callejeros.

En febrero de 1976, cuando aparecieron las dos primeras ediciones de la novela, yo cumplía 20 años. Vivíamos aún en la calle Altillo, en el Campo de la Verdad. Llevaba el pelo largo, gafas de lágrima, pantalones vaqueros y camisas de cuadros. Así aparezco en algunas fotos borrosas de aquel cumpleaños junto a mis hermanas y Joaquín.

Todavía de luto el país, con Franco recién muerto. Gestándose ya la Transición. ETA. Los GRAPO. El Frente Polisario y la Marcha Verde. El Concorde. Pinochet en Chile. Los montoneros en Argentina. Bobby Fisher y Anatoli Karpov. Las canciones de Bob Dylan. El Born to run de Bruce Springsteen que me regaló Fátima. Las primeras películas de Woody Allen. El patio de Triana. Tiburón… Haciéndose uno. Adentrándose en su juventud. Aplicándome en los estudios de Filología. Enamorado y virgen. Escribiendo en secreto mis primeros poemas.

Las ninfas fue lo primero que leí de Umbral. Luego vendrían sus columnas periodísticas –Iba yo a comprar el pan, Spleen de Madrid, Los placeres y los días–, donde descubrí el adjetivo “convulso” y me lo apropié, porque así me sentía yo por aquellos días.

La novela cuenta en primera persona la adolescencia del protagonista en una pequeña ciudad castellana. Es un Bildungsroman, una novela de iniciación y aprendizaje en la que el narrador, Francisco, acaba comprobando que el conocimiento de la realidad conduce a la decepción, que las ilusiones suelen ser pompas de jabón. Umbral acaba ofreciéndonos también el retrato de una sociedad provinciana, regida por el aparentar, por una moralina estricta, clasista y cruel, reprimida y represiva, dominada a su vez por un clero obsesionado con el temor al pecado: “La religión –escribe el narrador– era eso: un quitarle el peligro a la vida pretendiendo quitarle el pecado. Un quitar la vida, en realidad. La religión presentaba siempre el peligro como pecado y el pecado como peligro» (57).

Podría ahora tender la novela en la mesa de disección, abrirla en canal, analizar el paso del tiempo –la adolescencia del protagonista–, encomiar la valía del autor en el retrato de personajes y en la descripción de ambientes, sistematizar los núcleos temáticos de la novela –familia, sexo, religión, bohemia, la ciudad, el oficio literario–; reflexionar sobre ciertas claves simbólicas del libro, como los trenes que pasan de largo o la habitación azul donde fraguan las ensoñaciones del protagonista; divagar sobre el dandismo –la sublimidad– de Baudelaire y del narrador, con sus guantes amarillos; extenderme en la larga noche de la posguerra del país o pormenorizar el lirismo del lenguaje, apuntar la eficacia de los adjetivos y la oportunidad de las comparaciones, pero se lo evitaré al lector. Lo invito simplemente a que busque esta novela y la lea.

Prefiero contestarme a la pregunta que yo mismo hace unos días me hice –¿por qué me gustó aquella novela de Umbral?–, y que me acabo de hacer después de releerla. Razones estrictamente literarias aparte, no negaré que envidiaba las experiencias eróticas del protagonista, pero sobre todo su valentía al romper con la familia, con la ciudad, con su novia, con sus amigos; su visión crítica de los curas y frailes que aparecían en la novela, su desdén por la sociedad “bienpensante”, el desapego por aquella ciudad que se convertiría en cárcel de seguir en ella. Y más aún, admiraba su determinación de consagrarse al oficio literario.

Sí, compartía rasgos con el narrador, como el amor por la poesía –leía a Walt Whitman y Baudelaire, a la Generación del 98 y a Juan Ramón Jiménez, a los modernistas y a los poetas del 27, a los anónimos autores de las canciones y los romances medievales...–; compartía también el asistir a lecturas, presentaciones y conferencias de escritores locales, y fue así como acabé leyendo a Ricardo Molina, conociendo a Juan Bernier, o coleccionando varios números de la revista Kábila, y alguno de Zubia, a cuyos miembros fundadores y colaboradores conocía de vista, de cruzármelos en la calle o de encontrarlos en alguna taberna, en algún pub, en un evento literario, en un concierto al aire libre o en alguna plazoleta de la Judería. Eran para mí días extraños, convulsos –gracias Umbral–, porque para entonces, en tercero de carrera, tenía clara mi verdadera querencia: leer, escribir sobre lo que había leído y, de vez en cuando, un poema, clásico y moderno a un tiempo, vanguardista y antiguo, novedoso y tópico. En fin, un afán, la persecución de un sueño en el que ando todavía, aunque debo reconocer que en 1976 era un iluso inmaduro al que le faltaban las palabras porque le faltaban experiencias, viajes, amores, atrevimiento y seguridad en sí mismo.


miércoles, 14 de mayo de 2025

Relecturas


Los lectores tenemos a veces el capricho, la manía, o la necesidad, de releer un libro en la misma edición en que lo leímos por primera vez. En mi caso, fue así, por ejemplo, con un ensayo de Unamuno, lectura obligatoria en la asignatura de Lengua en el COU, una recopilación de artículos periodísticos titulada Contra esto y aquello –el carácter polémico del escritor bilbaíno se refleja hasta en sus títulos–, que había aparecido en la serie verde de la Colección Austral, de Espasa-Calpe. Hace unos años conseguí un ejemplar de la misma quinta edición que yo debí de leer durante aquel curso preuniversitario en la Córdoba de 1972. Ese mismo capricho –manía o necesidad– me llevó a buscar las obras de Bécquer y de Góngora en Aguilar, o la edición del Epistolario español de Rilke que se me había desestructurado y descuajaringado del mucho uso.


Hace unos días, para descansar de un tocho de setecientas páginas sobre la historia del IRA en los años 70, busqué en mi biblioteca algo de menos páginas y de autor español. No recuerdo el cómo ni el porqué me encontré ante la letra ele en las estanterías y busqué Laforet, la autora de Nada. Pero nada, Nada no aparecía por ninguna parte y hube de desistir. La historia de Andrea en la Barcelona de la inmediata posguerra había desaparecido. Las mudanzas. Un préstamo a un amigo. Una ausencia inexplicable. Una amiga me prestó un ejemplar, pero no podía leer en él: ni me gustaba el tamaño, ni el peso, ni el papel, así que dejé la lectura en las primeras páginas, le devolví gentilmente el libro y esperé a que me llegara el ejemplar de la edición que recordaba haber leído, en la Colección Áncora y Delfín, de la editorial Destino.

La querencia por recuperar la misma edición de un libro perdido de nuestra biblioteca no equivale exactamente a la relectura de un libro que lleva con nosotros mucho tiempo. En el primer caso, el libro en cuestión o se ha perdido o lo tenemos en una edición que incluso puede ser mejor en lo material o en el contenido, una edición crítica, por ejemplo, pero que no tiene para nosotros el enganche sentimental, íntimo, que supone recordar cuándo o en qué circunstancias de nuestra vida lo leímos, dónde lo compramos o quién nos lo regaló, eso que no tiene valor económico pero que para nosotros tiene un precio incalculable.

El segundo caso, volver a un libro que nos acompaña desde años ha, nos proporciona también la experiencia de reencontrarnos con un fantasma del pasado, con un yo con el que nos seguimos identificando o con un yo que no reconocemos ahora, que nos sonroja por su atrevimiento juvenil, porque hemos cambiado de ideas o porque el autor ha acabado por aburrirnos y desinteresarnos, sólo que ha estado ahí siempre, como un amigo de la infancia al que nunca renunciamos.

Con Nada estamos ante el libro que se vuelve a comprar en el mismo formato, en idéntica edición a la que teníamos. Es un rescate por el que incluso se pagan unos euros más. No se recupera nuestro original, pero al menos se restituye una copia fiel a los estantes y ya procurará uno que no se repita la desaparición.

Supongo que leí por primera vez la novela de Carmen Laforet en los últimos años de facultad o en los primeros de vida profesional y preparación de oposiciones. El otro día, cuando buscaba el libro en las estanterías, no recordaba con precisión la trama pero sí el estado emocional que dejaba la novela: aquel verano barcelonés, aquel piso de la calle Aribau poco a poco desmantelado para procurarse el sustento escaso de unas sopas de verduras, aquella familia de vencidos por la guerra civil, aquel clima opresivo, aquel niño de incierto futuro, aquel mundo aparte donde imperaban la violencia, el odio, los gritos, el maltrato y la resignación.

Tremendista en ciertos pasajes la novela, lírica y existencial, Carmen Laforet acertó a retratarnos la Barcelona partida aún por la reciente guerra, la Barcelona del hambre, la Barcelona de los derrotados, de los moralmente hundidos, de los silenciados y olvidados, y la Barcelona de los amigos de la protagonista, estudiantes universitarios, de la burguesía que apenas sintió el desastre y pronto se recuperó. Quien dice Barcelona, dice España, porque Nada es un retrato del país.

Una vez leída la novela, es difícil olvidar la sordidez en que se desenvuelve la familia de la protagonista, la frustración, el dolor, la desnudez material y afectiva que gobierna sus vidas, o ese acierto de la autora para identificar las descripciones de la ciudad y de la meteorología urbana con los estados de ánimo de la protagonista: Andrea, no deja de ser una víctima en aquella casa desangelada de la calle Aribau, donde la única escapatoria es la buhardilla en que se refugia el desgraciado tío Román.

A pesar del existencialismo de la novela, de la truculencia de algunas escenas, del engarce artificioso de alguna historia, Nada retrata con fidelidad un periodo terrible de nuestro pasado y es un ejemplo de cómo la literatura es capaz de mostrar a lo vivo la realidad, de cómo en la buena literatura, verdad y ficción no están reñidas. Pero la novelista va más allá del retrato, propone también, o así me lo parece, una nueva ética, individual y colectiva, una nueva manera de relacionarse que no conduzca al extremismo y la polarización, al odio ni a la barbarie de una guerra: «Es difícil entenderse con las gentes de otra generación, aun cuando no quieran imponernos su modo de ver las cosas. Y en estos casos en que quieren hacernos ver con sus ojos, para que resulte medianamente bien el experimento se necesita gran tacto y sensibilidad en los mayores y admiración en los jóvenes».

Gratificante relectura de Nada.

miércoles, 15 de enero de 2025

Fábulas de la modernidad y el clasicismo

En La metamorfosis, lo de menos, lo no novedoso, es la transformación en un monstruoso insecto del viajante de comercio Gregor Samsa, que es una fábula simple y antigua. Lo importante es que la mutación supone el desmantelamiento despiadado de su identidad, su anulación como ser humano. 

    La desposesión del individuo es total, radical, extrema: se le despoja de su trabajo, de su familia, de su lengua, de sí mismo.

    Esa transformación o conversión es resultado de la sentencia, la condena, dictada por un tribunal innominado, pero obrante y omnisciente: la anulación de Gregor Samsa como individuo.

    El "mensaje" kafkiano, lanzado en 1912, mantiene su vigencia más de un siglo después. Esa es la modernidad de Kafka. Y su clasicismo.


martes, 16 de julio de 2024

Lecturas para el verano


Sí, otro libro sobre la guerra civil, y vengan muchos más como éste, que afronten con honestidad el desastre humano y material de aquellos tres años, y nos permitan ir poniendo en claro, sin revanchismos ni mentiras, qué hizo que los españoles comenzaran a matarse entre ellos. Publicado en marzo de 2024, La península de las casas vacías, de David Uclés, es ya otro libro imprescindible sobre la guerra civil, sea lector o escritor quien se acerque a él.

Hacía años que no leía realismo mágico, muchos años, por lo que me sorprendió encontrármelo en las primeras páginas, pero lo maravilloso, aun siendo importante en las vidas de los personajes, se acepta enseguida. No afecta, además, a la otra y principal intención del libro: contar la repercusión de la guerra en una familia de un pueblo llamado Jándula en un país llamado Iberia. Digamos que se acepta enseguida lo mágico, como también lo dramático, lo doloroso y devastador de aquella guerra, cuyos episodios principales —asedio de Madrid, matanza de Badajoz, Paracuellos, destrucción de Guernica, batalla del Ebro...— rememora un narrador desde la doble perspectiva de los hunos y de los hotros, un contador de historias que anticipa, rectifica, dosifica, hace y deshace con desparpajo y sinceridad, omnisciente en todo momento, y que hace desfilar ante el lector a figuras como Franco, Queipo de Llano, Mola, el general Vicente Rojo, Antonio Machado, Alberti, Miguel Hernández, y Josefina Manresa… o el pintor Rafael Zabaleta, autor del cuadro reproducido en la portada del libro.

Un intento, logrado, sin duda, de ofrecer una visión total de la guerra.


domingo, 14 de abril de 2024

Para saber de nosotros

 

Nada más fascinante que encontrarnos reflejados y reconocernos en la escena de una novela, en los diálogos de una obra teatral, en las líneas de un ensayo, de una biografía o de un diario, en los versos de un poema, cuyos autores, vivos unos, desaparecidos otros, ni por asomo han tenido contacto con nosotros, ni remoto conocimiento de nuestra existencia. Sin embargo, hay pasajes de Lorca que nos retratan, situaciones kafkianas que hemos vivido, ideas cervantinas que nos definen, personajes que son un espejo de nuestro ser más íntimo. Ese es el don de la literatura: la capacidad de reflejar nuestras múltiples maneras de ser: la palabra convertida en vida, la vida convertida en palabra.

Un libro sobre los libros y la vida. O sobre la vida en los libros. Sobre la íntima conexión entre lector y escritura. Sobre la búsqueda de la propia vida la familia, los amigos, el trabajo, la infancia y la juventud, los afanes, los dolores y los amores en la escritura de los otros.

De esos encuentros y reencuentros con nosotros mismos en las páginas de un libro trata Sigo sin saber de ti, del estadounidense Peter Orner.