jueves, 21 de enero de 2021
Los buenos perros (L)
viernes, 15 de enero de 2021
¡Apaleemos a los pobres! (XLIX)
1 Célebres alienistas que sostenían la tesis de la locura de Sócrates.
jueves, 7 de enero de 2021
ANY WHERE OUT OF THE WORLD EN CUALQUIER PARTE FUERA DEL MUNDO (XLVIII)
miércoles, 30 de diciembre de 2020
Señorita Bisturí (XLVII )
Cuando llegaba al final del suburbio, bajo los destellos del gas, noté un brazo que se deslizaba suavemente bajo el mío, y oí una voz que me decía al oído: “¿Es usted médico, señor?”
Miré, era una muchacha alta, robusta, los ojos muy abiertos, ligeramente maquillada, con el pelo flotando al viento como las cintas de su sombrero.
—No, no soy médico. Déjeme pasar.
—¡Oh, sí! Usted es médico. Bien lo veo. Venga a mi casa. Quedará contento conmigo, vamos.
—Sin duda, iré a verla, pero más tarde, después del médico, qué diablos…
—¡Ah! ¡Ah! —dijo ella, siempre colgada de mi brazo y estallando en risa—, es usted un médico bromista, he conocido a varios así. Venga.
Me gusta apasionadamente el misterio porque tengo siempre la esperanza de esclarecerlo. Por eso me dejaba arrastrar por aquella compañera, o mejor dicho por este enigma inesperado.
Omito la descripción del miserable alojamiento; se la puede encontrar en varios viejos poetas franceses muy conocidos. Solamente, detalle no percibido por Régnier, dos o tres retratos de doctores célebres colgaban de las paredes.
¡Cómo me agasajó! Un buen fuego, vino caliente, tabaco; y mientras me ofrecía estas buenas cosas y encendía ella misma un cigarro, la bufonesca criatura me decía: “Como en su casa, amigo mío, póngase cómodo. Así recordará el hospital y los buenos tiempos de la juventud. ¡Ah, por cierto! ¿Dónde ha conseguido esas canas? Usted no era así no hace mucho tiempo, cuando era interno de L… Recuerdo que usted lo asistía en las operaciones graves. ¡Ese sí que era un hombre al que le gustaba sajar, cortar y raspar! Era usted quien le tendía los instrumentos, las hilas y las esponjas. Y cuando terminaba la operación decía, mirando orgullosamente su reloj: «¡Cinco minutos, señores!» ¡Oh, yo voy a todas partes. Conozco bien a esos Señores.”
Unos instantes después, tuteándome, retomaba su cantinela y me decía: “Tú eres médico, ¿no, gatito mío?”
Este incomprensible estribillo me hizo saltar sobre mis piernas. “¡No!”, grité furioso.
—¿Cirujano entonces?
—¡No! ¡No! A menos que lo sea para cortarte la cabeza! ¡Copón bendito de la Santa Madama!
—Espera —prosiguió ella—, vas a ver.
Y sacó de un armario un fajo de papeles, la colección de retratos de médicos ilustres de este tiempo, litografiados por Maurin, que ha podido verse expuesta durante años en el muelle Voltaire.
—¡Toma! ¿Reconoces a éste?
—Sí, es X. El nombre está debajo, por cierto, pero lo conozco personalmente.
—¡Lo sabía!¡Toma! Éste es Z, el que decía en sus clases, hablando de X: “¡Ese monstruo que lleva en su mirada la negrura de su alma!” Todo porque el otro tenía distinta opinión en cualquier asunto. ¡Cómo se reían de eso en la Escuela en aquel tiempo! ¿Te acuerdas? Toma, éste es K, el que denunciaba al gobierno a los insurgentes que cuidaba en su hospital. Era el tiempo de las revueltas. ¿Cómo es posible que un hombre tan guapo tenga tan poco corazón? Y ahora W, un famoso médico inglés, lo cacé en su viaje a París. Parece una señorita, ¿verdad?
Y cuando toqué un paquete atado que había también en la mesita: “Espera —me dijo—, ese es el de los internos, y este paquete el de los externos.”
Y desplegó en abanico un montón de fotografías que representaban fisonomías mucho más jóvenes.
—Cuando volvamos a vernos me darás tu retrato, ¿verdad, querido?
—Pero —le dije, siguiendo a mi vez, también yo, en mi idea fija—, ¿por qué me crees médico?
—¡Eres tan gentil y tan bueno con las mujeres!
—¡Singular lógica! —me dije a mí mismo.
—¡Oh! Casi nunca me equivoco, he conocido a muchos. Me gustan tanto esos señores que, aunque no esté enferma, voy a veces a verlos, solo por verlos. Algunos me dicen fríamente: “¡Usted no está enferma en absoluto!” Pero hay otros que me comprenden, porque les pongo caritas.
—¿Y cuando no te comprenden…?
—¡A ver!, como los he molestado inútilmente les dejo diez francos sobre la chimenea. ¡Son tan buenos y tan agradables esos hombres! He descubierto en la Piedad a un joven interno, lindo como un ángel, ¡y tan educado!, ¡y tan trabajador el pobre muchacho! Sus compañeros me han dicho que no tenía un céntimo, porque sus padres son pobres y no pueden enviarle nada. Eso me dio confianza. Después de todo, soy una mujer bastante guapa, aunque no demasiado joven. Le dije: “Ven a verme, ven a verme a menudo. Y conmigo, sin problemas; no necesito dinero”. Comprenderás que se lo di a entender de muchas maneras, no se lo dije crudamente, ¡tenía tanto miedo de humillar al pobre muchacho! ¿Y podrás creer que tengo un deseo loco que no me atrevo a decirle? Quisiera que viniera a verme con su maletín y su bata, ¡y hasta con un poco de sangre por encima!
Dijo esto con un aire muy cándido, como un hombre sensible diría a una actriz que ama: “Quiero verte vestida con el mismo traje que llevaba aquel famoso personaje que tú interpretabas.”
Yo, obstinándome, continué: “¿Puedes acordarte de la época y la ocasión en que nació en ti esta pasión tan particular?”
Resultó difícil hacerme comprender, pero al fin lo conseguí. Entonces ella me respondió muy triste y, si recuerdo bien, desviando la mirada: “No sé… No me acuerdo.”
¡Qué rarezas nos encontramos en una gran ciudad, cuando sabemos pasear y mirar! La vida está llena de monstruos inocentes. ¡Señor, Dios mío, tú, el Creador, tú, el Maestro; tú que haces la Ley y la Libertad; tú, el soberano que deja hacer, tú, el juez que perdona; tú, que estás lleno de motivos y de causas, y que quizá, para convertir mi corazón, has puesto en mi espíritu el gusto por el horror, como la curación en la punta de una espada; ¡Señor, ten piedad, ten piedad de los locos y de las locas! ¡Oh, Creador! ¿Pueden existir monstruos ante los ojos de Aquel, el único que sabe por qué existen, cómo se han creado y cómo habrían podido no hacerse?
miércoles, 23 de diciembre de 2020
Pérdida de aureola (XLVI)
—¡Eh! ¿Cómo? ¿Tú aquí, mi querido amigo? ¡Tú en un mal lugar! ¡Tú, el bebedor de quintaesencias! ¡Tú, el comedor de ambrosía! La verdad es que me sorprende.
—Amigo, conoces mi terror por los caballos y los coches. Hace un momento, cuando atravesaba el bulevar con mucha prisa, saltando en el barro, a través de ese caos móvil en que la muerte llega al galope desde todos los lados a la vez, mi aureola, en un movimiento brusco, ha resbalado desde mi cabeza al fango del suelo. No he tenido valor de recogerla. He considerado menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos. Y luego me he dicho, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo pasearme de incógnito, hacer cosas malas y entregarme a la crápula, como los simples mortales. ¡Y aquí me tienes, en todo semejante a ti, como ves!
—Al menos deberías denunciar la pérdida de esa aureola, o reclamarla en comisaría.
¡Por Dios, no! Me encuentro bien aquí. Solo tú me has reconocido. Además, la dignidad me aburre. Y también pienso con alegría que algún mal poeta la recogerá y la ceñirá impúdicamente. ¡Qué gozada hacer feliz a alguien!¡Y sobre todo un alguien feliz que me hará reír! ¡Piensa en X, o en Z! ¿Eh? ¡Va ser divertido eso!
martes, 10 de noviembre de 2020
El campo de tiro y el cementerio (XLV)
Y entró, bebió un vaso
de cerveza frente a las tumbas y se fumó lentamente un cigarro. Luego le pudo
la fantasía de bajar al cementerio —la hierba tan alta, tan invitadora—, en el
que reinaba un muy rico sol.
En efecto, la luz y el
calor daban fuerte, y parecía que el sol ebrio se dejaba caer a todo lo largo
sobre una alfombra de flores magníficas fertilizadas por la destrucción. Un
inmenso rumor de vida llenaba el aire —la vida de los infinitamente pequeños— cortado
a intervalos regulares por el crepitar de los disparos de un campo de tiro
vecino, que estallaban como la explosión de los tapones del champán en el
zumbido de una sinfonía en sordina.
Entonces, bajo el sol que
le calentaba la cabeza y en la atmósfera de los ardientes perfumes de la
Muerte, oyó una voz que cuchicheaba bajo la tumba en que se había sentado. Y
aquella voz decía: “¡Malditos sean vuestros blancos y vuestras escopetas,
turbulentos vivos, que tan poco os preocupáis de los difuntos y de su divino
reposo! ¡Malditas sean vuestras ambiciones, malditos sean vuestros cálculos,
mortales impacientes, que venís a estudiar el arte de matar junto al santuario
de la Muerte! ¡Si supierais qué fácil es ganar el premio, lo fácil que es
alcanzar la meta, y cómo todo es nada, excepto la Muerte, no os fatigaríais
tanto, laboriosos vivientes, y no turbaríais tan a menudo el sueño de los que
desde hace mucho tiempo han dado en el Blanco, en el único verdadero blanco de la
detestable vida!”
martes, 3 de noviembre de 2020
La sopa y las nubes (XLIV)
Mi querida locuela me servía la cena y por la ventana
abierta del comedor yo contemplaba las móviles arquitecturas que Dios hace con
los vapores, las maravillosas construcciones de lo impalpable. Y me decía a
través de mi contemplación: “Todas estas fantasmagorías son casi tan hermosas
como los ojos de mi bella amada, la locuela monstruosa de los ojos verdes.”
Y de repente recibí un violento puñetazo en la espalda, y escuché una voz ronca y encantadora, una voz histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi queridita bien amada, que decía: ¿Te vas a comer pronto la sopa, maldito h… de p… comerciante de nubes?
domingo, 25 de octubre de 2020
El galante tirador (XLIII)
Cuando el coche atravesaba el bosque, lo hizo parar junto a un campo de tiro diciendo que le gustaría disparar algunas balas para matar el Tiempo. Matar a ese monstruo ¿no es la ocupación más normal y legítima de cada uno? Y le ofreció galantemente la mano a su querida, deliciosa y execrable mujer, aquella misteriosa mujer a la que debe tantos placeres, tantos dolores, y acaso una parte de su genio.
Varias balas dieron lejos del blanco propuesto; una de ellas se hundió en el techo; y como la encantadora criatura se reía como una loca de la torpeza de su marido, éste se volvió con brusquedad hacia ella y le dijo: "Mira aquella figura de allí abajo, a la derecha, con la nariz respingona y la cara tan orgullosa. Pues bien, querido ángel, me imagino que eres tú." Y cerró los ojos y lanzó la descarga. La figura fue limpiamente decapitada.
Entonces, inclinándose hacia su querida, su deliciosa, su detestable mujer, su inevitable y despiadada Musa, y besándole respetuosamente la mano, añadió: "¡Ah, mi querido ángel, cómo te agradezco mi puntería!"
jueves, 15 de octubre de 2020
Retratos de amantes (XLII)
En un salón de hombres, es decir, en una sala de fumar
contigua a un elegante garito, cuatro hombres fumaban y bebían. No eran
precisamente ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos; pero viejos o jóvenes,
tenían esa distinción reconocible en los veteranos de la alegría, ese
indescriptible no sé qué, esa tristeza fría y burlona que dice claramente:
“Hemos vivido intensamente, y buscamos algo que podamos amar y valorar”.
Uno de ellos sacó conversación sobre las mujeres.
Hubiese parecido mejor filósofo si no hubiera hablado, pero hay gentes con
carácter que después de beber no desdeñan las conversaciones banales. Se las
escucha entonces como quien oye música de baile.
“Todos los hombres, decía, han tenido la edad del
Querubín: es la época en que, a falta de dríades, abrazamos sin ascos el tronco
de una encina. Es el primer grado del amor. En el segundo grado empezamos a
elegir. Poder deliberar es ya una decadencia. Es entonces cuando buscamos
decididamente la belleza. Yo, señores, estoy orgulloso de haber llegado hace
tiempo a la edad climatérica del tercer grado, donde la belleza misma no basta
si no está sazonada por el perfume, las ropas, etcétera. Confesaría incluso que
a veces aspiro, como a una felicidad desconocida, a un cierto cuarto grado que
debe marcar la calma absoluta. Pero, durante toda mi vida, excepto en la edad del
Querubín, he sido más sensible que nadie a la enervante tontería, a la
irritante mediocridad de las mujeres. Lo que me gusta sobre todo de los
animales es su candor. Juzgad, pues, lo que he debido de sufrir con mi última
amante.
Era la bastarda de un príncipe. Bella, por supuesto;
si no, ¿por qué la iba a tomar? Pero estropeaba esta gran cualidad con una
ambición malsana y deforme. Era una mujer que siempre quería ser el hombre.
“¡Tú no eres un hombre!” ¡Ah, si yo fuera un hombre! ¡De nosotros dos, yo soy
el hombre!” Tales eran los insoportables estribillos que salían de aquella boca
de la que yo solo hubiera querido ver volar canciones. A apropósito de un
libro, de un poema, de una ópera por la que yo mostraba mi admiración: “¿Tú
crees que es bueno?, decía ella inmediatamente, ¿qué sabrás tú qué es lo bueno?,
argumentaba.
Un buen día se interesó por la química; de manera que
entre mi boca y la suya encontré en adelante una máscara de cristal. A pesar de
todo, era muy mojigata. Si alguna vez me acercaba a ella con un gesto demasiado
amoroso, convulsionaba como una sensible violada…
—¿Cómo acabó aquello?, preguntó uno de los otros tres.
No te hacía tan paciente.
—Dios, le contestó, encontró el remedio al mal. Un día
encontré a aquella Minerva, hambrienta de fuerza ideal, a solas con mi criado,
y en una situación que me obligó a retirarme discretamente para no hacerlos
enrojecer. Por la noche los despedí a los dos, pagándoles lo que les debía.
—En cuanto a mí, continuó el que había interrumpido,
solo puedo quejarme de mí mismo. La felicidad vino a vivir en mi casa y yo no
la reconocí. Últimamente, el destino me había concedido la alegría de la mujer
más dulce, más sumisa y la más devota de las criaturas, ¡y siempre dispuesta!
¡y sin entusiasmo! “Claro que quiero, si a ti te agrada”. Era su respuesta
habitual. Si le dieras bastonazos a esa pared o a este sillón, sacarías de
ellos más suspiros que del pecho de mi amante los arrebatos del amor más
frenético. Tras un año de vida en común, me confesó que nunca había conocido el
placer. Me disgustaba ese duelo desigual, y aquella muchacha incomparable se
casó. Tuve más tarde la fantasía de volver a verla y ella me dijo, mostrándome
seis hermosos niños: “Y bien, mi querido amigo, la esposa es aún tan virgen como
lo era vuestra amante”. Nada había cambiado en aquella persona. Algunas veces
la echo de menos, me tendría que haber casado con ella.
Los otros se echaron a reír, y un tercero dijo a su
vez:
—Señores, yo he conocido alegrías que quizá tengáis
olvidadas. Os hablaré de lo cómico en el amor, y de una comicidad que no
excluye la admiración. Yo admiré a mi última amante más de lo que vosotros,
creo, habéis podido odiar o amar a las vuestras. Y todo el mundo la admiraba
tanto como yo. Cuando entrábamos en un restaurante, al cabo de unos minutos la
gente se olvidaba de comer por contemplarla. Los mismos camareros y la señora
del mostrador compartían ese éxtasis contagioso hasta el punto de olvidar sus
quehaceres. Resumiendo, he convivido un tiempo con un fenómeno viviente.
Ella comía, masticaba, trituraba, devoraba, tragaba, pero del modo más ligero y
despreocupado del mundo. Me tuvo así largo tiempo extasiado. Tenía una forma
dulce, soñadora, inglesa y novelesca de decir: “¡Tengo hambre!” Y repetía estas
palabras mañana y noche mostrando los más bonitos dientes del mundo, que os
habrían enternecido y divertido a la vez. Habría podido hacer mi fortuna
enseñándola en las ferias como monstruo polífago. La alimentaba bien, y
sin embargo me abandonó…
—¿Por un abastecedor de víveres, sin duda?
—Algo parecido, una especie de empleado de
intendencia, que con un toque de su varita solo por él conocido, lograba para
esta pobre muchacha la ración de varios soldados. Al menos, es lo que yo he
supuesto.
—Yo, dijo el cuarto—, he soportado sufrimientos
atroces por lo contrario de lo que se le reprocha en general a la egoísta
hembra. ¡Creo que no habéis venido, muy afortunados mortales, a quejaros por
las imperfecciones de vuestras amantes!
Esto fue dicho en un tono muy serio, por un hombre con
aspecto dulce y relajado, con una fisonomía casi clerical, desgraciadamente
iluminada por dos ojos de un gris claro, de esos ojos cuya mirada dice:
“¡Quiero!” o “¡Es necesario!”, o bien “¡Jamás perdono!”
Si, nervioso como te conozco, G..., cobardes y
superficiales como sois, vosotros dos, K. y J., os hubieseis emparejado con
cierta mujer de mi conocimiento, habríais huido, o estaríais muertos. Yo he
sobrevivido, como veis. Imaginaos una
persona incapaz de cometer un error de sentimiento o de cálculo; imaginaos una
desoladora serenidad de carácter; una devoción sin comedia y sin énfasis; una
dulzura sin debilidad; una energía sin violencia. La historia de mi amor se
parece a un interminable viaje sobre una superficie pura y pulida como un espejo,
vertiginosamente monótono, que reflejase todos mis sentimientos y mis gestos
con la exactitud irónica de mi propia conciencia, de suerte que no pudiera
permitirme un gesto o un sentimiento irracional sin percibir inmediatamente el
reproche mudo de mi inseparable espectro. El amor se me representaba como una
tutela. ¡Cuántas tonterías me ha impedido cometer, que ahora echo de menos no
haber cometido!¡Cuántas deudas pagadas a mi pesar! Ella me privaba de todos los
beneficios que habría podido sacar de mi locura personal. Con una fría e
infranqueable regla, impedía todos mis caprichos. Para colmo de horrores, no
exigía reconocimiento, una vez pasado el peligro. Cuántas veces me he contenido
para no saltarle al cuello gritándole: “¡Sé imperfecta, miserable, para que
pueda amarte sin malestar y sin cólera!” Durante varios años la he admirado con
el corazón lleno de odio. Finalmente, no soy yo quien está muerto.
—¡Ah!, dijeron los otros, ¿entonces ella está muerta?
—¡Sí!, aquello no podía continuar así. El amor se me había
convertido en una pesadilla agobiante. ¡Vencer o morir, como dice la Política,
tal era la alternativa que me imponía el destino! Una noche, en un bosque… a
orillas de una laguna…, tras un melancólico paseo en que sus ojos, los de ella,
reflejaban la dulzura del cielo, y donde mi corazón, el mío, estaba crispado
como el infierno…
—¡Qué!
—¡Cómo!
—¡Qué quieres decir?
—Era inevitable. Tengo demasiado sentimiento de la justicia
para golpear, ultrajar o despedir a un servidor irreprochable. Pero hacía falta
conjugar este sentimiento con el horror que este ser me inspiraba;
desembarazarme de él sin faltarle el respeto. ¿Qué queríais que hiciese con
ella, si era tan perfecta?
Los otros tres compañeros lo miraron vaga y
ligeramente aturdidos, como si no lo comprendieran y como dando a entender que
ellos no se sentían capaces de una acción tan rigurosa, aunque suficientemente
justificada por otra parte.
Luego hicieron traer nuevas botellas, para matar el
Tiempo que tiene la vida tan dura, y acelerar la Vida que pasa tan lentamente.
sábado, 1 de agosto de 2020
El puerto (XLI)
Un puerto es un sitio ideal para un alma fatigada por las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, los colores cambiantes del mar, el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente adecuado para distraer los ojos sin cansarlos nunca. Las formas estilizadas de los barcos, de complicado aparejo, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el alma el gusto por el ritmo y la belleza. Y además, sobre todo, hay una especie de placer misterioso y aristocrático, en aquel que ya no tiene curiosidad ni ambición, cuando contempla, recostado en el mirador o acodado en el muelle, todos los movimientos de quienes se van o de quienes regresan, de los que aún tienen fuerza para querer, deseo de viajar o de enriquecerse.
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| Vista del puerto de Honfleur |
lunes, 27 de julio de 2020
El espejo (XL)
viernes, 17 de julio de 2020
Un caballo de raza (XXXIX)
Es muy fea. ¡Pero es deliciosa!
martes, 7 de julio de 2020
¿Cuál es la verdadera? (XXXVIII)
lunes, 15 de junio de 2020
Los beneficios de la luna
viernes, 13 de marzo de 2020
Las ventanas (XXXV)
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| V. Van Gogh, Vista de los tejados de París |
lunes, 9 de marzo de 2020
¡Ya! (XXXIV)
miércoles, 22 de enero de 2020
Emborráchate (XXXIII)
viernes, 17 de enero de 2020
El tirso (XXXII)
domingo, 5 de enero de 2020
Las vocaciones (XXXI)
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| Marc Chagall, "El violinista verde", 1924 |
martes, 10 de diciembre de 2019
La cuerda (XXX)
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| Édouard Manet, Chico haciendo pompas de jabón (1867) |









