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jueves, 21 de enero de 2021

Los buenos perros (L)


     Nunca me he avergonzado, ni siquiera ante los jóvenes escritores de mi siglo, de mi admiración por Buffon; pero hoy no es el alma de este pintor de la naturaleza pomposa la que llamaré en mi ayuda. No. 
     Mucho más gustoso me dirigiría a Sterne y le diría: “¡Baja del cielo, o sube hacia mí desde los Campos Elíseos para inspirarme en favor de los buenos perros, de los pobres perros, un canto digno de ti, sentimental farsante, incomparable farsante! ¡Vuelve a horcajadas sobre ese famoso asno que te acompaña siempre en la memoria de la posteridad, y sobre todo que el asno no olvide llevar, delicadamente colgado del hocico, su inmortal galleta de almendras. 
     ¡Atrás la musa académica! Nada quiero nada con esa viaje mojigata. Invoco a la musa familiar, ciudadana, viva, para que me ayude a cantar a los buenos perros, los pobres perros, los perros llenos de barro, a los que todo el mundo aparta por apestados y llenos de pulgas, menos el pobre con el que se han asociado, y el poeta que los mira con ojos fraternales. 
     ¡Maldito el perro bonito, ese vanidoso cuadrúpedo, danés, king-charles, carlino o faldero, tan encantado de sí mismo que se lanza indiscretamente a las piernas o a las rodillas del visitante, como si estuviera seguro de resultar agradable, inquieto como un niño, tonto como una chica fácil, arisco a veces e insolente como un criado! ¡Malditas sobre todo esas culebras de cuatro patas, temblorosas y holgazanas llamadas lebreles, que ni siquiera albergan en su hocico puntiagudo suficiente olfato para seguir la pista de un amigo, ni en su cabeza aplastada inteligencia bastante para jugar al dominó! 
     ¡A la perrera todos esos fastidiosos parásitos! 
     ¡Que vuelvan a su perrera sedosa y acolchada! ¡Yo canto al perro enlodado, al perro pobre, al perro sin domicilio, al perro vagabundo, al perro saltimbanqui, al perro cuyo instinto, como el del pobre, el del gitano y el del actor, está maravillosamente aguijoneado por la necesidad, esa tan buena madre, esa verdadera patrona de las inteligencias! 
     Canto a los perros calamitosos, sean errantes, solitarios, por los sinuosos barrancos de las inmensas ciudades, o sean los que le han dicho al hombre abandonado, con ojos parpadeantes y espirituales: “¡Llévame contigo, y de nuestras dos miserias quizá hagamos una especie de felicidad!” 
     ¿A dónde van los perros? decía en otro tiempo Nestor Roqueplan en un inmortal artículo que sin duda ha olvidado, y que solamente yo, y quizá Saint-Beuve, recordamos todavía. 
     ¿A dónde van los perros, decís vosotros, hombres desatentos? Van a sus asuntos. 
     Citas de negocios, citas de amor. En medio de la niebla, sobre la nieve, entre la basura, bajo la mordiente canícula, cuando diluvia, van, vienen, trotan, pasan bajo los coches, excitados por las pulgas, la pasión, la necesidad o el deber. Igual que nosotros, ellos se levantan temprano y se buscan la vida o corren en busca de sus placeres. 
     Los hay que duermen en unas ruinas de las afueras y vienen, cada día a la misma hora, a reclamar su ración a la puerta de una cocina del Palacio Real; otros recorren en tropel más de veinte kilómetros para compartir la comida que les ha preparado la caridad de ciertas vírgenes sexagenarias cuyo corazón vacío se ha entregado a los animales, en vista de que los hombres imbéciles no lo quieren. 
     Otros que, como negros fugitivos, frenéticos de amor, abandonan ciertos días su casa para venir a la ciudad y divertirse un rato alrededor de una bella hembra poco aseada, pero orgullosa y agradecida. 
     Y todos son exactos, puntuales, sin cuadernos, sin notas ni carteras. 
     ¿Conoces la perezosa Bélgica y has admirado, como yo, a todos esos perros vigorosos enganchados al carro del carnicero, de la lechera o del panadero, y que dan testimonio, por sus ladridos triunfantes, del placer orgulloso que sienten al rivalizar con los caballos? 
     Aquí tienes a dos que pertenecen a un orden más civilizado todavía. Permíteme introducirte en la habitación del saltimbanqui ausente. Una cama de madera pintada, sin cortinas, mantas que arrastran y llenas de pulgas, dos sillas de paja, una estufa de hierro, uno o dos instrumentos de música estropeados. ¡Oh, qué triste mobiliario! Pero mira, te lo ruego, a esos dos personajes inteligentes, con ropas a la vez desgastadas y suntuosas, con gorras como trovadores o militares, que vigilan con atención de brujos la obra sin nombre que cuece sobre la estufa encendida, y en el centro de la cual se yergue un cucharón, plantado como uno de esos mástiles con que los albañiles anuncian la culminación de un edificio. 
     ¿No es justo que tan celosos comediantes se pongan en marcha después de llenar su estómago con una sopa potente y solida? ¿Y no vas a perdonar un poco de sensualidad a estos pobres diablos que tienen que afrontar durante todo el día la indiferencia del público y las injusticias de un director que se lleva la mayor parte y se come la sopa de cuatro comediantes? 
     ¡Cuántas veces he contemplado, sonriente y conmovido, a todo estos filósofos de cuatro patas, esclavos complacientes, sumisos o devotos, que el diccionario republicano podría calificar como oficiosos, si la república, demasiado ocupada por la felicidad de los hombres, tuviera tiempo de encargarse del honor de los perros! 
     ¡Y cuántas veces he pensado que quizá hubiera un lugar (quién sabe, después de todo) para recompensar tanto valor, tanta paciencia y trabajo, un paraíso especial para los buenos perros, los pobres perros, los perros sucios y desolados! ¡Swedenborg afirma que hay uno para los turcos y otro para los holandeses! 
     Los pastores de Virgilio y de Teócrito esperaban como premio a sus cantos alternos un buen queso, una flauta del mejor artífice o una cabra con las ubres hinchadas. El poeta que ha cantado a los pobres perros ha recibido como recompensa un bonito chaleco de color desvaído y rico a un tiempo, que hace pensar en los soles de otoño, en la belleza de las mujeres maduras y en los veranos de San Martín. 
     Ninguno de los presentes en la taberna de la calle Villa Hermosa olvidará con qué brío el pintor se despojó de su chaleco en favor del poeta, pues bien había comprendido que era bueno y honesto cantar a los pobres perros. 
     Así ofrecía un magnífico tirano italiano de los buenos tiempos al divino Aretino una daga rica en pedrería o un manto de corte, a cambio de un hermoso soneto o de un curioso poema satírico. 
     Y cada vez que el poeta se pone el chaleco del pintor, se ve obligado a pensar en los buenos perros, en los perros filósofos, en los veranos de San Martín y en la belleza de las mujeres muy maduras.



viernes, 15 de enero de 2021

¡Apaleemos a los pobres! (XLIX)


Durante quince días estuve confinado en mi habitación, rodeado de libros de moda entonces (hace dieciséis o diecisiete años); quiero hablar de los libros que trataban sobre el arte de hacer felices a los pueblos, sabios y ricos en veinticuatro horas. Así pues, había digerido —engullido, quiero decir— todas las elucubraciones de todos esos empresarios de la felicidad pública, de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos, y de aquellos que los convencen de que son reyes destronados. No sorprenderá que yo estuviera entonces en un estado de espíritu cercano al vértigo o a la estupidez. 

Solamente me había parecido sentir, confinado en el fondo de mi intelecto, el germen oscuro de una idea superior a todas las fórmulas de la buena esposa, cuyo diccionario había examinado recientemente. Pero solo era la idea de una idea, algo infinitamente vago. 

Y salí con una gran sed. Pues el gusto apasionado de las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y bebidas refrescantes. 

Al entrar en una taberna, un mendigo me tendió su sombrero con una de esas miradas inolvidables que harían caer tronos, si es que el espíritu mueve la materia, y si la mirada de un magnetizador hiciera madurar las uvas. 

Al mismo tiempo oí una voz que susurraba al oído, una voz que reconocí muy bien; la de un buen Ángel, o de un buen Demonio, que me acompaña a todas partes. Si Sócrates tenía su buen Demonio, ¿por qué no iba a tener yo mi buen Ángel, y por qué no el honor, como Sócrates, de obtener mi diploma de locura, firmado por el sutil Lélut y por el muy avisado Baillarger?1

La única diferencia entre el Demonio de Sócrates y el mío es que el de Sócrates solo se le manifestaba para prohibir, advertir, obstaculizar. El pobre Sócrates tenía un Demonio prohibidor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción, un Demonio de combate. 

Su voz, pues, me susurraba esto: “Sólo es igual a otro aquel que lo demuestra; y solo es digno de la libertad aquel que sabe conquistarla.” 

Salté inmediatamente sobre el mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que en un segundo se puso como una pelota. Me rompí una uña al partirle dos dientes, y como no me sentía bastante fuerte, por mi natural delicado y por no haber practicado el boxeo, para acabar rápidamente con aquel viejo, lo agarré con una mano por el cuello de su ropa, con la otra por la garganta y me puse a sacudirle fuertemente la cabeza contra la pared. Debo reconocer que previamente había echado un vistazo a los alrededores y había comprobado que en aquel barrio desierto me encontraba por un buen rato fuera del alcance de cualquier agente de policía. 

Luego, de una patada en la espalda, lo bastante enérgica para partirle los omóplatos, tumbé en el suelo al débil sexagenario, agarré una gruesa rama que arrastraba por el suelo y lo golpeé con la energía obstinada de los cocineros que quieren ablandar un bistec. 

De pronto —¡Oh, milagro! ¡Oh, gozo del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi que aquella vieja carcasa se daba la vuelta, se levantaba con una energía que no habría sospechado en una máquina tan singularmente estropeada y, con una mirada de odio que me pareció de buen augurio, el decrépito malandrín se lanzó sobre mí, me hinchó los ojos, me rompió cuatro dientes, y con la misma rama del árbol me golpeó con fuerza. Con mi enérgica medicación, le había devuelto el orgullo y la vida. 

Entonces le hice señas para hacerle comprender que daba la discusión por acabada, y levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico le dije: “Tío, ¡tú eres mi igual!, hazme el honor de compartir conmigo mi cartera; y recuerda, si realmente eres un filántropo, que hay que aplicar a todos tus colegas, cuando te pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de probar en tu espalda”. 

Me juró que había comprendido mi teoría y que seguiría mis consejos.

1 Célebres  alienistas que sostenían la tesis de la locura de Sócrates.

jueves, 7 de enero de 2021

ANY WHERE OUT OF THE WORLD EN CUALQUIER PARTE FUERA DEL MUNDO (XLVIII)

    
Esta vida es un hospital en el que cada enfermo está poseído por el el derecho a cambiar de cama. Este querría sufrir frente a la estufa y aquel cree que sanaría junto a la ventana. 

Me parece que yo estaría siempre bien allá donde no estoy, y sobre esta cuestión de la mudanza discuto continuamente con mi alma. 

Dime, alma mía, pobre alma helada, ¿qué pensarías si viviéramos en Lisboa? Allí debe de hacer calor, y te reanimarías como un lagarto al sol. Esa ciudad está a la orilla del agua; dicen que está construida en mármol y que la gente odia de tal manera lo vegetal que arranca todos los árboles. ¡Ahí tienes un paisaje a tu gusto, un paisaje hecho con la luz y el mineral, y el líquido para reflejarlos! 

Mi alma no responde. 

Ya que tanto te gusta el reposo, con el espectáculo del movimiento, ¿quieres irte a vivir a Holanda, esa tierra beatífica? Quizá te divirtieras en ese país cuya imagen has admirado a menudo en los museos. ¿Qué pensarías de Rotterdam, tú, que amas los bosques de mástiles y los navíos amarrados a las puertas de las casas? 

Mi alma permanece muda. 

¿Quizá te agradaría más Batavia? Allí encontraríamos sin duda el espíritu de Europa unido a la belleza tropical. 

Ni una palabra. ¿Estará muerta mi alma? 

¿Es que has llegado a ese punto de entumecimiento en que solo te complaces en tu propio mal? Si es así, huyamos hacia los países que son las analogías de la Muerte. 

Yo me encargo del asunto, ¡pobre alma! Haremos las maletas para Tornio. Vámonos más lejos aún, al último extremo del Báltico; más lejos todavía de la vida, si es posible; instalémonos en el polo. Allí el sol solo roza oblicuamente la tierra, y las lentas alternativas de la luz y de la noche eliminan la variedad y aumentan la monotonía, esa mitad de la nada. Allí podremos tomar largos baños de tinieblas, mientras que, para divertirnos, las auroras boreales nos enviarán de vez en cuando sus haces de luz rosada como reflejos de unos fuegos artificiales del Infierno. 

Por fin, mi alma explota y sabiamente me grita: ¡No importa dónde! ¡En cualquier lugar! ¡Siempre que sea fuera de este mundo!

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Señorita Bisturí (XLVII )

 Cuando llegaba al final del suburbio, bajo los destellos del gas, noté un brazo que se deslizaba suavemente bajo el mío, y oí una voz que me decía al oído: “¿Es usted médico, señor?”

Miré, era una muchacha alta, robusta, los ojos muy abiertos, ligeramente maquillada, con el pelo flotando al viento como las cintas de su sombrero.

—No, no soy médico. Déjeme pasar.

—¡Oh, sí! Usted es médico. Bien lo veo. Venga a mi casa. Quedará contento conmigo, vamos.

—Sin duda, iré a verla, pero más tarde, después del médico, qué diablos…

—¡Ah! ¡Ah! —dijo ella, siempre colgada de mi brazo y estallando en risa—, es usted un médico bromista, he conocido a varios así. Venga.

Me gusta apasionadamente el misterio porque tengo siempre la esperanza de esclarecerlo. Por eso me dejaba arrastrar por aquella compañera, o mejor dicho por este enigma inesperado.

Omito la descripción del miserable alojamiento; se la puede encontrar en varios viejos poetas franceses muy conocidos. Solamente, detalle no percibido por Régnier, dos o tres retratos de doctores célebres colgaban de las paredes.

¡Cómo me agasajó! Un buen fuego, vino caliente, tabaco; y mientras me ofrecía estas buenas cosas y encendía ella misma un cigarro, la bufonesca criatura me decía: “Como en su casa, amigo mío, póngase cómodo. Así recordará el hospital y los buenos tiempos de la juventud. ¡Ah, por cierto! ¿Dónde ha conseguido esas canas? Usted no era así no hace mucho tiempo, cuando era interno de L… Recuerdo que usted lo asistía en las operaciones graves. ¡Ese sí que era un hombre al que le gustaba sajar, cortar y raspar! Era usted quien le tendía los instrumentos, las hilas y las esponjas. Y cuando terminaba la operación decía, mirando orgullosamente su reloj: «¡Cinco minutos, señores!» ¡Oh, yo voy a todas partes. Conozco bien a esos Señores.”

Unos instantes después, tuteándome, retomaba su cantinela y me decía: “Tú eres médico, ¿no, gatito mío?”

Este incomprensible estribillo me hizo saltar sobre mis piernas. “¡No!”, grité furioso.

—¿Cirujano entonces?

—¡No! ¡No! A menos que lo sea para cortarte la cabeza! ¡Copón bendito de la Santa Madama!

—Espera —prosiguió ella—, vas a ver.

Y sacó de un armario un fajo de papeles, la colección de retratos de médicos ilustres de este tiempo, litografiados por Maurin, que ha podido verse expuesta durante años en el muelle Voltaire.

—¡Toma! ¿Reconoces a éste?

—Sí, es X. El nombre está debajo, por cierto, pero lo conozco personalmente.

—¡Lo sabía!¡Toma! Éste es Z, el que decía en sus clases, hablando de X: “¡Ese monstruo que lleva en su mirada la negrura de su alma!” Todo porque el otro tenía distinta opinión en cualquier asunto. ¡Cómo se reían de eso en la Escuela en aquel tiempo! ¿Te acuerdas? Toma, éste es K, el que denunciaba al gobierno a los insurgentes que cuidaba en su hospital. Era el tiempo de las revueltas. ¿Cómo es posible que un hombre tan guapo tenga tan poco corazón? Y ahora W, un famoso médico inglés, lo cacé en su viaje a París. Parece una señorita, ¿verdad?

Y cuando toqué un paquete atado que había también en la mesita: “Espera —me dijo—, ese es el de los internos, y este paquete el de los externos.”

Y desplegó en abanico un montón de fotografías que representaban fisonomías mucho más jóvenes.

—Cuando volvamos a vernos me darás tu retrato, ¿verdad, querido?

—Pero —le dije, siguiendo a mi vez, también yo, en mi idea fija—, ¿por qué me crees médico?

—¡Eres tan gentil y tan bueno con las mujeres!

—¡Singular lógica! —me dije a mí mismo.

—¡Oh! Casi nunca me equivoco, he conocido a muchos. Me gustan tanto esos señores que, aunque no esté enferma, voy a veces a verlos, solo por verlos. Algunos me dicen fríamente: “¡Usted no está enferma en absoluto!” Pero hay otros que me comprenden, porque les pongo caritas.

—¿Y cuando no te comprenden…?

—¡A ver!, como los he molestado inútilmente les dejo diez francos sobre la chimenea. ¡Son tan buenos y tan agradables esos hombres! He descubierto en la Piedad a un joven interno, lindo como un ángel, ¡y tan educado!, ¡y tan trabajador el pobre muchacho! Sus compañeros me han dicho que no tenía un céntimo, porque sus padres son pobres y no pueden enviarle nada. Eso me dio confianza. Después de todo, soy una mujer bastante guapa, aunque no demasiado joven. Le dije: “Ven a verme, ven a verme a menudo. Y conmigo, sin problemas; no necesito dinero”. Comprenderás que se lo di a entender de muchas maneras, no se lo dije crudamente, ¡tenía tanto miedo de humillar al pobre muchacho! ¿Y podrás creer que tengo un deseo loco que no me atrevo a decirle? Quisiera que viniera a verme con su maletín y su bata, ¡y hasta con un poco de sangre por encima!

Dijo esto con un aire muy cándido, como un hombre sensible diría a una actriz que ama: “Quiero verte vestida con el mismo traje que llevaba aquel famoso personaje que tú interpretabas.”

Yo, obstinándome, continué: “¿Puedes acordarte de la época y la ocasión en que nació en ti esta pasión tan particular?”

Resultó difícil hacerme comprender, pero al fin lo conseguí. Entonces ella me respondió muy triste y, si recuerdo bien, desviando la mirada: “No sé… No me acuerdo.”

¡Qué rarezas nos encontramos en una gran ciudad, cuando sabemos pasear y mirar! La vida está llena de monstruos inocentes. ¡Señor, Dios mío, tú, el Creador, tú, el Maestro; tú que haces la Ley y la Libertad; tú, el soberano que deja hacer, tú, el juez que perdona; tú, que estás lleno de motivos y de causas, y que quizá, para convertir mi corazón, has puesto en mi espíritu el gusto por el horror, como la curación en la punta de una espada; ¡Señor, ten piedad, ten piedad de los locos y de las locas! ¡Oh, Creador! ¿Pueden existir monstruos ante los ojos de Aquel, el único que sabe por qué existen, cómo se han creado y cómo habrían podido no hacerse


miércoles, 23 de diciembre de 2020

Pérdida de aureola (XLVI)

       —¡Eh! ¿Cómo? ¿Tú aquí, mi querido amigo? ¡Tú en un mal lugar! ¡Tú, el bebedor de quintaesencias! ¡Tú, el comedor de ambrosía! La verdad es que me sorprende.

      —Amigo, conoces mi terror por los caballos y los coches. Hace un momento, cuando atravesaba el bulevar con mucha prisa, saltando en el barro, a través de ese caos móvil en que la muerte llega al galope desde todos los lados a la vez, mi aureola, en un movimiento brusco, ha resbalado desde mi cabeza al fango del suelo. No he tenido valor de recogerla. He considerado menos desagradable perder mis insignias que romperme los huesos. Y luego me he dicho, no hay mal que por bien no venga. Ahora puedo pasearme de incógnito, hacer cosas malas y entregarme a la crápula, como los simples mortales. ¡Y aquí me tienes, en todo semejante a ti, como ves!

      —Al menos deberías denunciar la pérdida de esa aureola, o reclamarla en comisaría.

      ¡Por Dios, no! Me encuentro bien aquí. Solo tú me has reconocido. Además, la dignidad me aburre. Y también pienso con alegría que algún mal poeta la recogerá y la ceñirá impúdicamente. ¡Qué gozada hacer feliz a alguien!¡Y sobre todo un alguien feliz que me hará reír! ¡Piensa en X, o en Z! ¿Eh? ¡Va ser divertido eso! 

martes, 10 de noviembre de 2020

El campo de tiro y el cementerio (XLV)


A la vista del cementerio, Café. «¡Singular cartel —se dice nuestro paseante—, pero bien puesto para dar sed! Seguramente, el dueño de esta taberna sabe apreciar a Horacio y a los poetas discípulos de Epicuro. Puede incluso que conozca el refinamiento profundo de los antiguos egipcios, para quienes no había buen festín sin esqueleto, o sin un emblema cualquiera de la brevedad de la vida.»

            Y entró, bebió un vaso de cerveza frente a las tumbas y se fumó lentamente un cigarro. Luego le pudo la fantasía de bajar al cementerio —la hierba tan alta, tan invitadora—, en el que reinaba un muy rico sol.

            En efecto, la luz y el calor daban fuerte, y parecía que el sol ebrio se dejaba caer a todo lo largo sobre una alfombra de flores magníficas fertilizadas por la destrucción. Un inmenso rumor de vida llenaba el aire —la vida de los infinitamente pequeños— cortado a intervalos regulares por el crepitar de los disparos de un campo de tiro vecino, que estallaban como la explosión de los tapones del champán en el zumbido de una sinfonía en sordina.

            Entonces, bajo el sol que le calentaba la cabeza y en la atmósfera de los ardientes perfumes de la Muerte, oyó una voz que cuchicheaba bajo la tumba en que se había sentado. Y aquella voz decía: “¡Malditos sean vuestros blancos y vuestras escopetas, turbulentos vivos, que tan poco os preocupáis de los difuntos y de su divino reposo! ¡Malditas sean vuestras ambiciones, malditos sean vuestros cálculos, mortales impacientes, que venís a estudiar el arte de matar junto al santuario de la Muerte! ¡Si supierais qué fácil es ganar el premio, lo fácil que es alcanzar la meta, y cómo todo es nada, excepto la Muerte, no os fatigaríais tanto, laboriosos vivientes, y no turbaríais tan a menudo el sueño de los que desde hace mucho tiempo han dado en el Blanco, en el único verdadero blanco de la detestable vida!”


martes, 3 de noviembre de 2020

La sopa y las nubes (XLIV)

Mi querida locuela me servía la cena y por la ventana abierta del comedor yo contemplaba las móviles arquitecturas que Dios hace con los vapores, las maravillosas construcciones de lo impalpable. Y me decía a través de mi contemplación: “Todas estas fantasmagorías son casi tan hermosas como los ojos de mi bella amada, la locuela monstruosa de los ojos verdes.”

            Y de repente recibí un violento puñetazo en la espalda, y escuché una voz ronca y encantadora, una voz histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi queridita bien amada, que decía: ¿Te vas a comer pronto la sopa, maldito h… de p… comerciante de nubes?


domingo, 25 de octubre de 2020

El galante tirador (XLIII)

          Cuando el coche atravesaba el bosque, lo hizo parar junto a un campo de tiro diciendo que le gustaría disparar algunas balas para matar el Tiempo. Matar a ese monstruo ¿no es la ocupación más normal y legítima de cada uno? Y le ofreció galantemente la mano a su querida, deliciosa y execrable mujer, aquella misteriosa mujer a la que debe tantos placeres, tantos dolores, y acaso una parte de su genio.

     Varias balas dieron lejos del blanco propuesto; una de ellas se hundió en el techo; y como la encantadora criatura se reía como una loca de la torpeza de su marido, éste se volvió con brusquedad hacia ella y le dijo: "Mira aquella figura de allí abajo, a la derecha, con la nariz respingona y la cara tan orgullosa. Pues bien, querido ángel, me imagino que eres tú." Y cerró los ojos y lanzó la descarga. La figura fue limpiamente decapitada.

      Entonces, inclinándose hacia su querida, su deliciosa, su detestable mujer, su inevitable y despiadada Musa, y besándole respetuosamente la mano, añadió: "¡Ah, mi querido ángel, cómo te agradezco mi puntería!"


jueves, 15 de octubre de 2020

Retratos de amantes (XLII)

En un salón de hombres, es decir, en una sala de fumar contigua a un elegante garito, cuatro hombres fumaban y bebían. No eran precisamente ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos; pero viejos o jóvenes, tenían esa distinción reconocible en los veteranos de la alegría, ese indescriptible no sé qué, esa tristeza fría y burlona que dice claramente: “Hemos vivido intensamente, y buscamos algo que podamos amar y valorar”.

Uno de ellos sacó conversación sobre las mujeres. Hubiese parecido mejor filósofo si no hubiera hablado, pero hay gentes con carácter que después de beber no desdeñan las conversaciones banales. Se las escucha entonces como quien oye música de baile.

“Todos los hombres, decía, han tenido la edad del Querubín: es la época en que, a falta de dríades, abrazamos sin ascos el tronco de una encina. Es el primer grado del amor. En el segundo grado empezamos a elegir. Poder deliberar es ya una decadencia. Es entonces cuando buscamos decididamente la belleza. Yo, señores, estoy orgulloso de haber llegado hace tiempo a la edad climatérica del tercer grado, donde la belleza misma no basta si no está sazonada por el perfume, las ropas, etcétera. Confesaría incluso que a veces aspiro, como a una felicidad desconocida, a un cierto cuarto grado que debe marcar la calma absoluta. Pero, durante toda mi vida, excepto en la edad del Querubín, he sido más sensible que nadie a la enervante tontería, a la irritante mediocridad de las mujeres. Lo que me gusta sobre todo de los animales es su candor. Juzgad, pues, lo que he debido de sufrir con mi última amante.

Era la bastarda de un príncipe. Bella, por supuesto; si no, ¿por qué la iba a tomar? Pero estropeaba esta gran cualidad con una ambición malsana y deforme. Era una mujer que siempre quería ser el hombre. “¡Tú no eres un hombre!” ¡Ah, si yo fuera un hombre! ¡De nosotros dos, yo soy el hombre!” Tales eran los insoportables estribillos que salían de aquella boca de la que yo solo hubiera querido ver volar canciones. A apropósito de un libro, de un poema, de una ópera por la que yo mostraba mi admiración: “¿Tú crees que es bueno?, decía ella inmediatamente, ¿qué sabrás tú qué es lo bueno?, argumentaba.

Un buen día se interesó por la química; de manera que entre mi boca y la suya encontré en adelante una máscara de cristal. A pesar de todo, era muy mojigata. Si alguna vez me acercaba a ella con un gesto demasiado amoroso, convulsionaba como una sensible violada…

—¿Cómo acabó aquello?, preguntó uno de los otros tres. No te hacía tan paciente.

—Dios, le contestó, encontró el remedio al mal. Un día encontré a aquella Minerva, hambrienta de fuerza ideal, a solas con mi criado, y en una situación que me obligó a retirarme discretamente para no hacerlos enrojecer. Por la noche los despedí a los dos, pagándoles lo que les debía.

—En cuanto a mí, continuó el que había interrumpido, solo puedo quejarme de mí mismo. La felicidad vino a vivir en mi casa y yo no la reconocí. Últimamente, el destino me había concedido la alegría de la mujer más dulce, más sumisa y la más devota de las criaturas, ¡y siempre dispuesta! ¡y sin entusiasmo! “Claro que quiero, si a ti te agrada”. Era su respuesta habitual. Si le dieras bastonazos a esa pared o a este sillón, sacarías de ellos más suspiros que del pecho de mi amante los arrebatos del amor más frenético. Tras un año de vida en común, me confesó que nunca había conocido el placer. Me disgustaba ese duelo desigual, y aquella muchacha incomparable se casó. Tuve más tarde la fantasía de volver a verla y ella me dijo, mostrándome seis hermosos niños: “Y bien, mi querido amigo, la esposa es aún tan virgen como lo era vuestra amante”. Nada había cambiado en aquella persona. Algunas veces la echo de menos, me tendría que haber casado con ella.

Los otros se echaron a reír, y un tercero dijo a su vez:

—Señores, yo he conocido alegrías que quizá tengáis olvidadas. Os hablaré de lo cómico en el amor, y de una comicidad que no excluye la admiración. Yo admiré a mi última amante más de lo que vosotros, creo, habéis podido odiar o amar a las vuestras. Y todo el mundo la admiraba tanto como yo. Cuando entrábamos en un restaurante, al cabo de unos minutos la gente se olvidaba de comer por contemplarla. Los mismos camareros y la señora del mostrador compartían ese éxtasis contagioso hasta el punto de olvidar sus quehaceres. Resumiendo, he convivido un tiempo con un fenómeno viviente. Ella comía, masticaba, trituraba, devoraba, tragaba, pero del modo más ligero y despreocupado del mundo. Me tuvo así largo tiempo extasiado. Tenía una forma dulce, soñadora, inglesa y novelesca de decir: “¡Tengo hambre!” Y repetía estas palabras mañana y noche mostrando los más bonitos dientes del mundo, que os habrían enternecido y divertido a la vez. Habría podido hacer mi fortuna enseñándola en las ferias como monstruo polífago. La alimentaba bien, y sin embargo me abandonó…

—¿Por un abastecedor de víveres, sin duda?

—Algo parecido, una especie de empleado de intendencia, que con un toque de su varita solo por él conocido, lograba para esta pobre muchacha la ración de varios soldados. Al menos, es lo que yo he supuesto.

—Yo, dijo el cuarto—, he soportado sufrimientos atroces por lo contrario de lo que se le reprocha en general a la egoísta hembra. ¡Creo que no habéis venido, muy afortunados mortales, a quejaros por las imperfecciones de vuestras amantes!

Esto fue dicho en un tono muy serio, por un hombre con aspecto dulce y relajado, con una fisonomía casi clerical, desgraciadamente iluminada por dos ojos de un gris claro, de esos ojos cuya mirada dice: “¡Quiero!” o “¡Es necesario!”, o bien “¡Jamás perdono!”

Si, nervioso como te conozco, G..., cobardes y superficiales como sois, vosotros dos, K. y J., os hubieseis emparejado con cierta mujer de mi conocimiento, habríais huido, o estaríais muertos. Yo he sobrevivido, como veis.  Imaginaos una persona incapaz de cometer un error de sentimiento o de cálculo; imaginaos una desoladora serenidad de carácter; una devoción sin comedia y sin énfasis; una dulzura sin debilidad; una energía sin violencia. La historia de mi amor se parece a un interminable viaje sobre una superficie pura y pulida como un espejo, vertiginosamente monótono, que reflejase todos mis sentimientos y mis gestos con la exactitud irónica de mi propia conciencia, de suerte que no pudiera permitirme un gesto o un sentimiento irracional sin percibir inmediatamente el reproche mudo de mi inseparable espectro. El amor se me representaba como una tutela. ¡Cuántas tonterías me ha impedido cometer, que ahora echo de menos no haber cometido!¡Cuántas deudas pagadas a mi pesar! Ella me privaba de todos los beneficios que habría podido sacar de mi locura personal. Con una fría e infranqueable regla, impedía todos mis caprichos. Para colmo de horrores, no exigía reconocimiento, una vez pasado el peligro. Cuántas veces me he contenido para no saltarle al cuello gritándole: “¡Sé imperfecta, miserable, para que pueda amarte sin malestar y sin cólera!” Durante varios años la he admirado con el corazón lleno de odio. Finalmente, no soy yo quien está muerto.

—¡Ah!, dijeron los otros, ¿entonces ella está muerta?

—¡Sí!, aquello no podía continuar así. El amor se me había convertido en una pesadilla agobiante. ¡Vencer o morir, como dice la Política, tal era la alternativa que me imponía el destino! Una noche, en un bosque… a orillas de una laguna…, tras un melancólico paseo en que sus ojos, los de ella, reflejaban la dulzura del cielo, y donde mi corazón, el mío, estaba crispado como el infierno…

—¡Qué!

—¡Cómo!

—¡Qué quieres decir?

—Era inevitable. Tengo demasiado sentimiento de la justicia para golpear, ultrajar o despedir a un servidor irreprochable. Pero hacía falta conjugar este sentimiento con el horror que este ser me inspiraba; desembarazarme de él sin faltarle el respeto. ¿Qué queríais que hiciese con ella, si era tan perfecta?

Los otros tres compañeros lo miraron vaga y ligeramente aturdidos, como si no lo comprendieran y como dando a entender que ellos no se sentían capaces de una acción tan rigurosa, aunque suficientemente justificada por otra parte.

Luego hicieron traer nuevas botellas, para matar el Tiempo que tiene la vida tan dura, y acelerar la Vida que pasa tan lentamente.




sábado, 1 de agosto de 2020

El puerto (XLI)

Un puerto es un sitio ideal para un alma fatigada por las luchas de la vida. La amplitud del cielo, la arquitectura móvil de las nubes, los colores cambiantes del mar, el centelleo de los faros, son un prisma maravillosamente adecuado para distraer los ojos sin cansarlos nunca. Las formas estilizadas de los barcos, de complicado aparejo, a los que la marejada imprime oscilaciones armoniosas, sirven para mantener en el alma el gusto por el ritmo y la belleza. Y además, sobre todo, hay una especie de placer misterioso y aristocrático, en aquel que ya no tiene curiosidad ni ambición, cuando contempla, recostado en el mirador o acodado en el muelle, todos los movimientos de quienes se van o de quienes regresan, de los que aún tienen fuerza para querer, deseo de viajar o de enriquecerse.


Vista del puerto de Honfleur

lunes, 27 de julio de 2020

El espejo (XL)


          
René Magritte, Retrato de míster James (1937)
     
      Un hombre espantoso entra y se mira en el espejo.
            —¿Por qué se mira usted al espejo, si solo puede hacerlo con disgusto?
            El hombre espantoso me responde:
            —Señor, según los inmortales principios del 89, todos los hombres son iguales en derechos; por tanto, tengo derecho a mirarme; si con placer o con disgusto, eso solo le atañe a mi conciencia.
            En nombre del sentido común, yo tenía razón sin duda; pero desde el punto de vista de la ley, él no estaba equivocado.

viernes, 17 de julio de 2020

Un caballo de raza (XXXIX)

       
                Es muy fea. ¡Pero es deliciosa!
            El Tiempo y el Amor la han marcado con sus garras y le han enseñado cruelmente lo que cada minuto y cada beso se llevan de juventud y de frescura.
            Es verdaderamente fea. Es hormiga, araña, hasta esqueleto, si lo prefieres; ¡pero es también brebaje, magisterio, brujería! En suma, es exquisita.
            El Tiempo no ha podido romper la armonía chispeante de sus andares, ni la elegancia indestructible de su cuerpo. El Amor no ha alterado la suavidad de su aliento infantil; ni el Tiempo  le ha arrancado nada a su abundante melena, que exhala en salvajes perfumes toda la vitalidad endiablada del Mediodía francés: Nîmes, Aix, Arles, Avignon, Narbonne, Toulouse, ¡ciudades benditas por el sol, enamoradas y encantadoras!
            El Tiempo y el Amor la han mordido en vano con sus buenos dientes; en nada han disminuido el encanto vago, pero eterno, de su pecho adolescente.
            Ajada quizá, pero no fatigada, y siempre heroica, hace pensar en esos caballos pura sangre que el ojo del auténtico aficionado reconoce, aunque vayan enganchados a un coche de alquiler o a un pesado carromato.
            Y además, ¡es tan dulce y tan ferviente! Ama como se ama en otoño; se diría que la proximidad del invierno enciende en su corazón un fuego nuevo, y que el servilismo de su ternura nunca es fatigoso.

martes, 7 de julio de 2020

¿Cuál es la verdadera? (XXXVIII)


Conocí a una tal Benedicta, que llenaba la atmósfera de ideal, y cuyos ojos esparcían el deseo de grandeza, de belleza, de gloria y de todo lo que hace creer en la inmortalidad.
            Pero esta joven milagrosa era demasiado hermosa para vivir mucho tiempo, y murió unos días después de haberla conocido, y fui yo mismo quien la enterró un día en que la primavera agitaba su incensario hasta en los cementerios. Fui yo quien la enterró bien cerrada en una caja de madera perfumada e incorruptible como los cofres de la India.
            Y como mis ojos se quedaron clavados en el lugar donde había escondido mi tesoro, de pronto vi a una criaturilla singularmente parecida a la difunta, que pataleaba sobre la tierra fresca con una violencia histérica y extraña, y decía estallando en risas: ¡Yo soy la verdadera Benedicta! ¡Yo soy la famosa canalla! ¡Y como castigo por tu locura y tu ceguera, me amarás tal como soy!
Pero yo, furioso, le respondí: ¡No! ¡No! ¡No! Y para acentuar más mi rechazo, golpeé con tanta fuerza la tierra con el pie que se me hundió hasta la rodilla en la sepultura reciente, y, como un lobo pillado en la trampa, aquí sigo clavado, quizá para siempre, a la fosa del ideal.

lunes, 15 de junio de 2020

Los beneficios de la luna


        
    La Luna, que es el capricho mismo, miró por la ventana mientras dormías en tu cuna, y se dijo: “Esta niña me gusta”.
            Y bajó suavemente su escalera de nubes y atravesó sin ruido los cristales. Luego se tendió sobre ti con la dulce ternura de una madre, y dejó sus colores en tu rostro. Tus pupilas siguieron verdes, y tus mejillas extraordinariamente pálidas. Al contemplar a aquella visitante, tus ojos se abrieron de extraña manera; y ella te apretó con tanta ternura la garganta que desde entonces has tenido ganas de llorar.
            Sin embargo, en la expansión de su alegría, la Luna ocupó toda la habitación como una atmosfera fosfórica, como un veneno luminoso; y toda aquella luz viva pensaba y decía: “Sufrirás por siempre la influencia de mi beso. Serás bella a mi manera. Amarás lo que yo amo y lo que me ama: el agua, las nubes, el silencio y la noche; el mar inmenso y verde, el agua informe y multiforme, el lugar donde no estarás, el amante que no conocerás, las flores monstruosas, los perfumes que hacen delirar, los gatos que se pasman sobre los pianos y que gimen como las mujeres, con una voz ronca y suave.
            Y serás amada por mis amantes, cortejada por mis cortesanos. Serás la reina de los hombres de los ojos verdes a quienes también he apretado la garganta en mis caricias nocturnas; de aquellos que aman el mar, la mar inmensa, tumultuosa y verde, el agua informe y multiforme, el lugar donde ellos no están, la mujer que no conocen, las flores siniestras que parecen incensarios de una religión desconocida, los perfumes que trastornan la voluntad, y los animales salvajes y voluptuosos que son los emblemas de su locura.
            Y por eso, maldita querida niña mimada, estoy ahora tendida a tus pies, buscando en toda tu persona el reflejo de la temida Divinidad, de la fatídica madrina, de la nodriza envenenadora de todos los lunáticos.

viernes, 13 de marzo de 2020

Las ventanas (XXXV)

       
V. Van Gogh, Vista de los tejados de París
  Quien mira hacia fuera a través de una ventana abierta, nunca ve tanto como quien mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por una vela. Lo que se ve a pleno sol es siempre menos interesante que lo que ocurre detrás de un cristal. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida.
         Más allá del oleaje de los tejados, veo a una mujer madura, arrugada ya, pobre, inclinada siempre sobre algo, que nunca sale. Con su rostro, con sus ropas, con su gesto, con casi nada, he reconstruido la historia de esta mujer, o más bien su leyenda, y a veces, llorando, me la cuento a mí mismo.
         Si hubiese sido un pobre viejo, la habría reconstruido con idéntica facilidad.
         Y me acuesto, orgulloso de haber vivido y sufrido en otros lo que en mí mismo.
     Quizá me preguntes: «¿Estás seguro de que esta leyenda es la verdadera?» ¿Qué importa lo que sea la realidad fuera de mí, si ella me ha ayudado a vivir, a sentir que soy y lo que soy?

lunes, 9 de marzo de 2020

¡Ya! (XXXIV)


        Cien veces ya había salido el sol, radiante o entristecido, de esta cuba inmensa del mar cuyos bordes apenas se dejan ver; cien veces se había vuelto a hundir, brillante o sombrío, en su inmenso baño de la tarde. Desde muchos días antes podíamos contemplar el otro lado del firmamento  y descifrar el alfabeto celeste de las antípodas. Y cada uno de los pasajeros se lamentaba y gruñía. Como si la cercanía de la tierra exasperara su sufrimiento. ¿Entonces —decían—, cuándo dejaremos de dormir un sueño agitado por el oleaje, turbado por un viento que ronca más fuerte que nosotros? ¿Cuándo podremos comer carne que no esté salada, como el elemento que nos lleva? ¿Cuándo podremos pasar la sobremesa en un sillón inmóvil?
         Había quienes pensaban en su hogar, quienes echaban de menos a sus mujeres infieles y desagradables, y a su prole chillona. Estaban todos tan afligidos por la imagen de la tierra ausente que habrían —creo yo— comido hierba con más entusiasmo que los animales.
         Finalmente avistamos la costa, vimos, al acercarnos, que era una tierra magnífica, deslumbrante. Parecía que las músicas de la vida se desprendían de ella en un vago murmullo y que aquellas costas, ricas en vegetación de todas clases, exhalaban, hasta varias leguas, un delicioso olor a flores y a frutas.
         De pronto, todo el mundo estaba contento, cada cual abdicó de su mal humor. ¡Todas las querellas fueron olvidadas; todas las ofensas mutuas perdonadas; los duelos concertados se borraron de la memoria, y los rencores se disiparon como el humo!
         Únicamente yo estaba triste, inconcebiblemente triste. Como un sacerdote  a quien le arrebataran a su dios, no podía, sin una desgarradora amargura, separarme de este mar tan monstruosamente seductor, de este mar tan infinitamente variado en su aterradora simplicidad, y que parece contener en sí y representar con sus juegos, con su apariencia, con sus cóleras y sus sonrisas, los humores, las agonías y los éxtasis de todas las almas que han vivido, que viven y que vivirán.
         Al despedirme de esta incomparable belleza, me sentía abatido hasta la muerte, y por eso cuando cada uno de mis compañeros dijo «¡Por fin!», yo solo pude gritar «¡Ya!».
         Sin embargo, era la tierra, la tierra con sus ruidos, sus pasiones, sus comodidades, sus fiestas; era una tierra rica y magnífica, llena de promesas, que nos enviaba un misterioso perfume de rosas y de almizcle, y de donde las músicas de la vida nos llegaban en un amoroso murmullo.





miércoles, 22 de enero de 2020

Emborráchate (XXXIII)



Hay que estar siempre borracho. Ahí está la clave: es la única cuestión. Para no sentir la horrible carga del Tiempo que rompe tus espaldas y te encorva hacia el suelo, tienes que emborracharte sin tregua.
         Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como gustes. Pero emborráchate.
         Y si alguna vez, en la escalinata de un palacio, en la hierba verde de una zanja, en la soledad triste de tu habitación, te despiertas, disminuida o desaparecida ya la borrachera, pregúntale al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que da vueltas, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntale qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, te responderán. «¡Es hora de emborracharse! ¡Para no ser esclavo martirizado del Tiempo, emborráchate; emborráchate sin cesar! De vino, de poesía o de virtud, como gustes.

viernes, 17 de enero de 2020

El tirso (XXXII)


A Franz Liszt

         ¿Qué es un tirso? Según el sentido moral y poético, es un emblema ritual en la mano de los sacerdotes o de las sacerdotisas que celebran a la divinidad de la que son los intérpretes y servidores. Pero físicamente es un palo, un simple palo, vara de lúpulo, tutor de la vid, seco, duro y recto. Alrededor de esa vara, en meandros caprichosos, juegan y se divierten tallos y flores, sinuosos unos y fugitivas las otras, colgadas como campanas o como copas al revés. Y una asombrosa gloria nace de esta complejidad de líneas y de colores, tiernos o resplandecientes. ¿No es como si la línea curva y la espiral le hicieran la corte a la línea recta y bailaran a su alrededor con muda adoración? ¿Como si todas esas corolas delicadas, todos esos cálices, explosiones de olores y de colores, ejecutaran una mística danza alrededor de la hierática vara? Y quién será, sin embargo, el imprudente mortal que se atreva a decidir si las flores y los pámpanos han sido hechos por la vara, o si la vara solo es el pretexto para mostrar la belleza de los pámpanos y de las flores. El tirso es la representación de tu sorprendente dualidad, maestro poderoso y venerado, querido Bacante de la Belleza misteriosa y apasionada. Jamás ninfa alguna, exasperada por el invencible Baco, sacudió el tirso sobre las cabezas de sus enloquecidas compañeras con tanta energía y capricho como tú agitas tu genio sobre los corazones de tus hermanos.
         La vara es tu voluntad, recta, firme e inquebrantable; las flores, el paseo de tu fantasía alrededor de tu voluntad; el elemento femenino que ejecuta alrededor del macho sus prestigiosas piruetas. Línea recta y arabesco, intención y expresión, rigidez de la voluntad, sinuosidad del verbo, unidad de propósito, variedad de medios, amalgama todopoderosa e indivisible del genio, ¿qué analista tendrá el detestable valor de dividirte y de separarte?
         Querido Liszt, a través de las brumas, más allá de los ríos, por encima de las ciudades donde los pianos cantan tu gloria, donde las imprentas traducen tu sabiduría, en cualquier lugar en que estés, en los esplendores de la ciudad eterna o en las brumas de países soñadores a los que Gambrinus[1] consuela improvisando cantos de placer o de inefable dolor, o confiando al papel tus complejas meditaciones, cantor de la Voluptuosidad y de la Angustia eternas, filósofo, poeta y artista, ¡yo te saludo en la inmortalidad!






[1] Gambrinus es un héroe de las leyendas europeas y un icono de la cerveza y de su fabricación, así como de la jovialidad. Canciones, poemas e historias lo describen como un rey, duque o conde de Flandes y Brabante.​ Generalmente lo representan  como un personaje orondo y barbudo, que sostiene una jarra de cerveza o una taza y, algunas veces, con un barril de cerveza cerca.

domingo, 5 de enero de 2020

Las vocaciones (XXXI)


Marc Chagall, "El violinista verde", 1924

En un hermoso jardín en el que los rayos de un sol otoñal parecían demorarse a placer, bajo un cielo ya verdoso en que las nubes de oro flotaban como continentes viajeros, cuatro hermosos chiquillos, cuatro muchachos, cansados sin duda de jugar, charlaban entre ellos.
         Uno decía: «Ayer me llevaron al teatro. En palacios grandes y tristes, al fondo de los cuales se veían el mar y el cielo, hombres y mujeres serios y tristes, pero más guapos y mejor vestidos que los que vemos por ahí, hablan con voz cantarina. Se amenazan, suplican, se afligen, y apoyan a menudo su mano en un puñal enfundado en su cinto. ¡Ah, qué hermoso! Las mujeres son más guapas y más altas que las que vienen a vernos a casa, y aunque con sus grandes ojos hundidos y sus mejillas inflamadas tenían un aspecto terrible, no puede uno evitar amarlas. Dan miedo, dan ganas de llorar y, sin embargo, está uno contento… Y luego, lo que es más singular aún, dan ganas de ir vestido de la misma manera, de decir y hacer las mismas cosas, y de hablar con la misma voz…»
         Uno de los cuatro niños, que hacía unos segundos no escuchaba el discurso de su compañero, y que observaba con una fijeza extraña no sé qué punto del cielo, dijo de pronto: «¡Mirad, mirad allí! ¿Lo veis? Está sentado en aquella nubecita solitaria que avanza suavemente. Parece que él también nos mira.»
         —¿Pero quién? —preguntaron los otros.
         —¡Dios! —respondió con un acento perfecto de convicción. ¡Ah, ya está muy lejos, ya no podréis verlo. Sin duda que viaje para visitar todos los países. Mirad, va a pasar detrás de aquella hilera de árboles que está casi en el horizonte… y ahora baja por detrás del campanario… ¡Ah, ya no se ve! Y el chaval se quedó un rato vuelto hacia el mismo lado, mirando la línea que separa la tierra del cielo con unos ojos en los que brillaba una inefable expresión de éxtasis y de nostalgia.
         —¡Este está tonto con ese Dios que solo él puede ver! —dijo entonces el tercero, cuya personilla se distinguía por una viveza y una vitalidad peculiares. «Os voy a contar cómo me ocurrió algo que nunca os ha ocurrido a vosotros, y que es un poco más interesante que tu teatro y que tus nubes. Hace unos días, mis padres me llevaron de viaje con ellos, y como en el albergue en que paramos no había camas suficientes para todos, decidieron que yo durmiera en la misma cama que la criada.» Atrajo hacia sí a sus compañeros y les habló en voz más baja. «Es curioso el efecto de no acostarse solo y estar en la cama con la criada en la oscuridad. Como no me podía dormir, me divertía, mientras ella dormía, en pasarle la mano por sus brazos, por su cuello y por sus hombros. Tiene los brazos y el cuello más gruesos que las otras mujeres, y la piel es tan suave, tan suave, que se diría de papel de carta o de papel de seda. Disfrutaba tanto que habría continuado más tiempo si no hubiese tenido miedo, miedo de despertarla, primero, y luego miedo de no sé qué. Después metí la cabeza entre su pelo, que le llegaba a la espalda, espeso como una crin, olía tan bien, os lo aseguro, como las flores del jardín a esta hora. ¡Probad, cuando podáis, a hacerlo igual que yo, y veréis!
         El joven autor de esta prodigiosa revelación tenía, mientras contaba su historia, los ojos desorbitados de estupefacción por lo que aún sentía, y los rayos del ocaso, deslizándose por los bucles rojizos de su pelo revuelto, encendían a su alrededor como una aureola sulfurosa de pasión. Fácilmente se adivinaba que este muchacho no perdería su vida buscando la Divinidad en las nubes, y que la encontraría con frecuencia en otra parte.
         Por último, el cuarto dijo: «Ya sabéis que yo apenas me divierto en casa; nunca me llevan a ningún espectáculo; mi tutor es demasiado avaro; Dios no se ocupa de mí ni de mi aburrimiento, y no tengo una hermosa criada que mimar. A menudo me ha parecido que mi placer sería ir siempre derecho delante de mí, sin saber adónde, sin que nadie se preocupe, y ver siempre nuevos países. Nunca estoy bien en ninguna parte, y creo que será mejor cualquier sitio que este en el que estoy. ¡Pues bien! En la última feria del pueblo de al lado vi a tres hombres que viven como yo quisiera vivir. Vosotros no os fijasteis en ellos. Eran altos, casi negros, y muy orgullosos, aunque con andrajos, y con aspecto de no necesitar a nadie. Sus grandes ojos sombríos se volvieron completamente brillantes mientras hacían música, una música tan sorprendente que daban ganas bien de bailar, bien de llorar, o de las dos cosas a la vez, y que volvería loco a cualquiera que la escuchase mucho tiempo. Uno, arrastrando el arco sobre el violín, parecía contar una pena, y el otro, haciendo saltar un martillito sobre las cuerdas de un pequeño piano colgado de su cuello por una correa, parecía burlarse de la queja de su vecino, mientras el tercero chocaba de vez en cuando los platillos con una violencia extraordinaria. Estaban tan contentos de sí mismos que siguieron con su música de salvajes incluso después de que la gente se dispersara. Luego recogieron la calderilla, cargaron a su espalda el equipaje y se marcharon. Yo, como quería saber dónde vivían, los seguí de lejos hasta la orilla del bosque, y solamente allí comprendí que aquellos hombres no vivían en ninguna parte.
         Entonces uno dijo: «¿Tenemos que levantar la tienda?»
         —¡No! —respondió otro. Hace muy buena noche.
         El tercero decía, mientras contaba las monedas: «Esa gente no siente la música, y sus mujeres bailan como osos. Menos mal que antes de un mes estaremos en Austria, donde encontraremos un pueblo más amable.
         —Quizá haríamos mejor en irnos a España, porque la temporada avanza; huyamos antes de las lluvias y mojemos solo nuestro gaznate —dijo uno de los otros.
         «Como veis, lo recuerdo todo. Después cada uno se bebió una taza de aguardiente y se durmieron de cara a las estrellas. Me habían entrado ganas, primero, de pedirles que me llevaran con ellos y me enseñaran a tocar sus instrumentos, pero no me atreví, sin duda porque es siempre muy difícil decidirse por algo, y también porque tenía miedo de ser apresado antes de salir de Francia.»
         El aspecto poco interesado de los otros tres compañeros me hizo pensar que este muchacho ya era un incomprendido. Lo miraba con atención; tenía en sus ojos y en la frente ese algo precozmente fatal que generalmente aleja cualquier simpatía y que no sé por qué, excitaba la mía, hasta el punto de que por momentos tuve la extraña  idea de que podía tener un hermano que yo mismo desconocía.
         El sol se había puesto. La noche solemne había ocupado su lugar. Los muchachos se separaron, yéndose cada uno, sin saberlo,  según sus circunstancias y sus azares, a madurar su destino, a escandalizar a sus prójimos y a gravitar hacia la gloria o hacia el deshonor.

martes, 10 de diciembre de 2019

La cuerda (XXX)


A Edouard Manet
         Las ilusiones —me decía mi amigo— son quizá tan numerosas como las relaciones de los hombres entre sí, o de los hombres con las cosas.  Y cuando la ilusión desaparece, es decir, cuando vemos el ser o el hecho tal como existen fuera de nosotros, experimentamos un raro sentimiento, complicado, mitad pesar por el fantasma desaparecido, mitad sorpresa agradable ante la novedad, ante el hecho real. Si existe un fenómeno evidente, trivial, siempre parecido, y de tal naturaleza que sea imposible equivocarse, ese es el amor maternal. Es tan difícil suponer una madre sin amor materno como una luz sin calor; ¿no es, pues, perfectamente legítimo atribuir al amor maternal todas las acciones y palabras de una madre relativas a su hijo? Pues, sin embargo, escuchad esta breve historia en la que yo mismo he sido confundido por la ilusión más natural.
         Mi profesión de pintor me empuja a mirar atentamente las caras, las fisonomías, que se me ofrecen en el camino, y tú sabes cuánto goce sacamos de esta facultad que vuelve a nuestros ojos la vida más viva y más significativa que para el resto de los hombres. En el barrio apartado en que vivo, y donde grandes espacios de hierba separan unos edificios de otros, había observado a menudo a un niño cuya fisonomía ardiente y pícara, más que las otras, me sedujo enseguida. Posó más de una vez para mí, y lo transformé en gitanillo, luego en ángel, luego en Amor mitológico. Lo hice llevar un violín de vagabundo, la Corona de Espinas y los Clavos de la Pasión, y la Antorcha de Eros. Disfruté un placer tan vivo ante la gracia de aquel chico, que un día le pedí a sus padres, gente pobre, que lo dejaran conmigo, prometiéndoles vestirlo bien, darle algún dinero y no imponerle más obligaciones que limpiar mis pinceles y hacerme los recados. El niño, una vez lavado, era encantador, y la vida que llevaba en mi casa era un paraíso comparada con la que habría sufrido en el cuchitril de sus padres. Solamente debo decir que este hombrecito me sorprendió algunas veces con singulares crisis de tristeza precoz, y que manifestó muy pronto un gusto inmoderado por el azúcar y por los licores, de manera que un día en que constaté que había cometido una nueva trastada de ese tipo, lo amenacé con enviarlo de nuevo a casa de sus padres. Luego salí y mis asuntos me retuvieron largo tiempo fuera de casa.
         ¡Cuáles no serían mi horror y mi asombro cuando, al entrar a mi casa, lo primero que golpeó mis ojos fue mi pequeñín, el travieso compañero de mi vida, colgado del travesaño de ese armario! Sus pies casi tocaban el suelo; una silla, golpeada sin duda con el pie, estaba caída a su lado; su cabeza se inclinaba convulsa sobre un hombro; su rostro, hinchado, y sus ojos desmesuradamente abiertos con una fijeza aterradora, me produjeron primero la ilusión de la vida. Descolgarlo no era tan fácil como puedas creer. Estaba ya muy rígido y sentía un repugnancia inexplicable a hacerlo caer bruscamente sobre el suelo. Había que sostenerlo con un brazo y con la mano del otro cortar la cuerda. Pero ahí no se acababa todo; el pequeño monstruo había usado un cordel muy fino que había entrado profundamente en la carne y era preciso, con unas pequeñas tijeras, buscar la cuerda entre los rebordes de la hinchazón para liberar el cuello.
         He olvidado decirte que había gritado pidiendo socorro, pero todos mis vecinos habían rehusado venir en mi ayuda, fieles en eso a las costumbres del hombre civilizado, que no quiere nunca, no sé por qué, verse mezclado en asunto de ahorcados. Al fin vino un médico que declaró que el niño llevaba muerto varias horas. Más tarde, cuando fuimos a desvestirlo para el entierro, la rigidez cadavérica era tal que, desistiendo de flexionar los miembros, tuvimos que rasgar y cortar las ropas para quitárselas.
         El comisario, a quien lógicamente hube de declarar el accidente, me miró de reojo y me dijo: ¡Esto es muy sospechoso!, movido sin duda por un deseo inveterado, por una costumbre profesional de infundir miedo, por si acaso, tanto a los inocentes como a los culpables.
         Una tarea suprema quedaba por hacer, y solo pensar en ella me provocaba una angustia terrible: había que avisar a los padres. Mis pies se negaban a llevarme. Al fin reuní el valor. Pero, para gran extrañeza mía, la madre se mostró impasible, ni una lágrima salió de sus ojos. Atribuí tal extrañeza al horror que ella debía sentir, y me acordé de la conocida sentencia: “Los dolores más terribles son los dolores mudos”. En cuanto al padre, se limitó a decir con aire medio idiota, medio soñador: “Después de todo, quizá sea lo mejor; de todas formas, habría acabado mal”.
         Mientras tanto, el cuerpo estaba tendido en mi sofá, y ayudado por una criada me ocupaba de los últimos preparativos cuando la madre entró en mi estudio. Quería, me dijo, ver el cadáver de su hijo. Yo no podía en verdad impedirle que se embriagara en su dolor ni negarle este supremo y sombrío consuelo. Enseguida me pidió que le mostrara el lugar en que su pequeño se había ahorcado. “¡Oh, no, señora, —le respondí— eso le hará a usted daño!” Y como involuntariamente mis ojos se volvieron hacia el fúnebre armario, vi, con un disgusto mezclado de horror y de cólera, que el clavo permanecía en el travesaño del armario, con un largo trozo de cuerda colgando. Me lancé vivamente para arrancar estos últimos vestigios de la desgracia, y como iba a tirarlos por la ventana abierta, la pobre mujer agarró mi brazo y me dijo con una voz irresistible: “¡Oh, señor, déjemelo! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico!” Su desesperación la había, sin duda, eso me pareció, trastornado de tal modo que se llenaba de ternura ahora por lo que había servido de instrumento para la muerte de su hijo, y quería guardarlo como una horrible y querida reliquia. Y se apoderó del clavo y de la cuerda.
         Por fin, por fin pasó todo. Solo me quedaba volver al trabajo, con más intensidad aún que de costumbre, para que desapareciera poco a poco aquel pequeño cadáver que rondaba los pliegues de mi cerebro, y cuyo fantasma me fatigaba con sus grandes ojos fijos. Pero al día siguiente recibí un montón de cartas: unas, de inquilinos de mi edificio; otras, de las casas vecinas; una del primer piso, otra del segundo, otra del tercero, y así sucesivamente, unas en tono medio chistoso, como intentando disimular con una aparente broma la sinceridad de la demanda; otras, muy descaradas y con mala ortografía, pero todas con el mismo fin, es decir, obtener de mí un trozo de la funesta y beatífica cuerda. Entre los firmantes había —tengo que decirlo— más mujeres que hombres; pero no todos, créeme, pertenecían a la clase ínfima y vulgar. He guardado esas cartas.
         Y entonces, de pronto, una luz se hizo en mi cerebro, y comprendí por qué la madre tanto insistía en quitarme la cuerda y con qué comercio se proponía ella consolarse.

Édouard ManetChico haciendo pompas de jabón (1867)