martes, 20 de octubre de 2026

Palabras a la importancia (1)


    Leyendo estos días Trópico de Cáncer, la primera novela del estadounidense Henry Miller, he encontrado varias veces expresiones como «Tú hablas con todo el mundo, ya me he fijado. Te importa un pito» (150). «Ya sé que te importa un comino, pero eres paciente» (150). «Le importa un bledo lo que le pasa» (190). «A Swift le importaba tres cojones la Naturaleza» (238). No era, claro está, la primera vez que me encontraba tales expresiones, pero en esta ocasión, al hallarlas incluso repetidas en la misma página, me dieron que pensar. Lo primero que destaca es la ambivalencia, o la paradoja, pues vale tanto lo afirmativo como lo negativa. Quiero decir que Me importa un pimiento y No me importa un pimiento, expresan el desinterés de la persona por algo, pudiéndose establecer, como mucho, una escala en tal desinterés, siendo cero o ninguno en la negación, y poco o muy escaso en la afirmación.

     Las construcciones de este tipo, con verbos estimativos –valer, interesar, apreciar, gustar...– tienen su antigüedad en nuestra lengua. Las encontramos en el Libro de buen amor, el Libro de Alexandre, Vida de Santa María Egipciaca o la Danza general de la muerte: «non gelo preçió don Gimio quanto vale una nues», «los sus dichos no valen dos arvejas», «si vedes que vos miento no me preciedes un figo», «la mi guarda non vale una fava». Son muchas y variadas en español las oraciones y términos de polaridad negativa, pero hablaré aquí sola y brevemente de las que más me interesan en este momento: las construidas con el verbo «importar».

     De las siete acepciones que el diccionario académico recoge para ese verbo, la más importante, a mi parecer, es la que leemos en séptimo y último lugar, porque se refiere a personas, ideas, sentimientos, actitudes, hechos y emociones que nos atañen, que tienen relevancia en nuestra vida personal y en nuestra relación con los demás. Importar es convenir, interesar, afectar profundamente, ser de mucha entidad o consecuencia para cada uno de nosotros.

     En la gramática de la RAE se distingue entre “términos de polaridad negativa” propiamente dichos –nadie, nada, nunca, ninguno, a los que se añaden alguno, jamás, tampoco– y locuciones asimilables de carácter minimizador, es decir, construcciones cuyo sujeto contiene un sustantivo que hace referencia a elementos de mínimo tamaño o valor, como ocurre en Me importa un comino / pito. Esas realidades de escasa entidad pueden ser monedas de poco valor (ardite, chavo, maravedí), piezas, medidas o cantidades reducidas (puñetas, pito, jeme, comino, ápice), frutos (higo, castaña, cacahuete), verduras (arvejas, chirivías, pimiento, haba, bledo, pepino, rábano). No faltan los sustantivos considerados soeces o malsonantes: cojón, mierda, cipote, carajo. La secuencia nominal, que actúa como sujeto de importar / no importar, está sometida a los intereses y necesidades comunicativas del hablante, que para intensificar el concepto de insignificancia o desinterés recurre bien a los determinantes numerales (Me importa tres pimientos / puñetas / rábanos / pares de cojones), bien a la imaginación y creatividad: Me importa un cojón de mico / un huevo y la yema del otro / tres rábanos fritos.

     Adviértase que en estas construcciones con importar, lo mismo que en los ejemplos señalados en la novela de Henry Miller que han dado lugar a estas consideraciones, hay tendencia a la enunciación afirmativa –Me importa tres puñetas– con significación negativa, equivalente a No me importa nada / No me importa mucho. Se niega afirmando. Este fenómeno pudiera relacionarse con lo que los lingüistas denominan el «ciclo de Jespersen», referente a la evolución de la expresión de la negación en determinadas lenguas. Este proceso, observado por el lingüista sueco Östen Dahl en la lengua francesa entre otras, se desarrolla en tres frases:

        a) Un marcador preverbal: Je ne dis.
        b) Doble marcador: Je ne dis pas.
        c) Pérdida del marcador inicial: Je dis pas.

     En español, las construcciones con importar habrían evolucionado de forma parecida: El dinero no me importa > El dinero no me importa un bledo > El dinero me importa un bledo. La paradoja de la sintaxis, como decíamos antes: afirmar es negar.

jueves, 15 de octubre de 2026

Vultures


1 Historia de Bulis, Egipio, Timandra y Neofrón

Cuenta Antonino Liberal en sus Metamorfosis que el joven Egipio, hijo de Bulis y de Anteo, se enamoró de la bella Timandra, viuda y madre de Neofrón, y que enseguida se hicieron amantes. Sin embargo, y a pesar de la amistad entre ambos muchachos, no veía Neofrón con buenos ojos tales amoríos, de manera que después de mucho magín ideó un engaño que sirviera de escarmiento y pusiera fin a esos devaneos maternos.

Comenzó primero por seducir con dinero y bellos regalos a la madre de su amigo, hasta que consiguió atraerla a su casa y poseerla. Ojo por ojo, diente por diente, tú con mi madre, yo con la tuya, dijo para sí el agraviado Neofrón.

El segundo estadio de la trama, un enredo de comedia, pasaba por tres acciones síncronas, a saber: hacer salir a Timandra de su casa en las últimas horas del día y que pasara la noche en la de una amiga, a la par que Bulis entraba en la casa de Timandra creyendo tener una cita con Neofrón, y al tiempo mismo en que Egipio acudía a casa de su amigo pensando encontrarse con su amada Timandra.

La del alba sería cuando despertó Egipio y vio a su madre en el lecho donde sin saberlo habían gozado larga y plenamente uno del otro en la penumbra de la noche y cayó en la cuenta y en el horror del engaño y del incesto y lloró desgarrado y sin consuelo e invocó a los dioses y suplicó ayuda y solución. Despierta también Bulis, y horrorizada, quiso cegar con una espada a su propio hijo, cuando solícito acudió Zeus, actuó con determinación y optó por la metamorfosis, transformando en aves a los implicados en el enredo: Bulis fue de inmediato una especie de alcaraván que se alimentaría en adelante de ojos de peces, de culebras y de otras aves; Timandra se oyó de pronto entonar el canto aflautado y delicioso del herrerillo, mientras Egipio y Neofrón, metamorfoseados en buitres, volaban silenciosos en altos círculos.


2 Historia del gigante Ticio

Habiendo el mujeriego Zeus preñado a la mortal Elara, y para evitar el enojo de su esposa Hera, la escondió en las profundidades de la tierra, hasta que de ella nació el gigante Ticio que se convertiría un ser violento y arrogante, dominado por la hybris, tan salido como su padre.

Pasaron los días y la celosa Hera, con motivos de más para serlo, encontró otra rival en la diosa Lato –que dio dos hijos, Apolo y Artemisa, al omnipotente padre Zeus–, y buscó la vía vicaria para perjudicar a su oíslo infundiendo en el ánimo del descomunal Ticio la infame urgencia de violar a Lato, hecho que estuvo a punto de suceder, sino que a los gritos de la madre acudieron prestos los hijos, Apolo y Artemisa, aseateando y dando muerte al libidinoso.

Cuentan los antiguos que Ticio, caído en el suelo, ocupa la superficie equivalente a nueve yugadas o a un estadio olímpico. Atado de pies y manos sufre horrenda condena in aeternitatem: dos buitres le devoran las entrañas, que se regeneran cada ciclo lunar.


3 Aigipiós / Vultur

Dos historias con olor a libido, a celo desatado, de amores inconvenientes, adúlteros, incestuosos, de crueles venganzas y espantosos castigos. Dos historias también con buitres. La segunda nos remite a la conocida imagen de Prometeo encadenado, y nos recuerda los inútiles esfuerzos de Sísifo, de las Danaides, el atroz tormento de Tántalo o el de Ixión atado a una rueda de fuego que gira y gira por los siglos de los siglos.

Ninguna de esas rapaces –gran enverdadura, cabeza y cuello implumes, en el resto del cuerpo plumaje pardo oscuro– en que acaban convertidos los personajes de estas dos fábulas sugiere los rasgos negativos que hoy tiene la palabra buitre en determinados contextos y situaciones.

Los griegos antiguos tenían dos palabras de la misma raíz para nombrar a estas rapaces –γυψ (gips), αιγιπιός (aigipiós)– relacionada con Egipio, uno de los protagonistas de las historias de más arriba. Pero da más de sí esta matriz etimológica que encontramos en los nombres científicos del buitre leonado (GYPS FULVUS), del buitre negro (AEGYPIUS MONACUS), del alimoche (NEOPHRON PERNOPTERUS) y del quebrantahuesos (GYPAETUS BARBATUS).

Los romanos, en cambio, solo tenían una palabra, vultur, de cuyo acusativo singular vulturem, una vez experimentadas en su forma ciertas leyes de la gramática histórica –sistema de cinco vocales sin oposición de cantidad, pérdida de la -m final, betacismo, síncopa de la vocal postónica, vocalización de -l- en posición implosiva– procede nuestro buitre. El vultur latino designaba al ave de rapiña, pero ya se usaba en sentido figurado para señalar a un hombre rapaz o codicioso, o para apuntar al captador de herencias.

El Diccionario de la RAE define buitre como un ave rapaz [...] que se alimenta de carne muerta y vive en bandadas. En una segunda acepción es un buitre quien busca beneficio o enriquecimiento a costa de otra. También lo es, en tercera acepción, la persona que persigue a otra para mantener una relación sexual pasajera. De la raíz culta latina (VULTUR) apenas queda rastro en nuestra lengua, dos adjetivos: vultúrida y vulturín. De la evolucionada contamos con buitrear, buitrera, buitrero, buitrino, buitrón. En cuanto a los modismos y frases hechas destacamos fondo buitre, descrito como fondo de inversión de carácter especulativo que compra deuda o activos de empresas o instituciones en graves dificultades. El adjetivo especulativo apunta ya en una dirección clara: comprar barato y vender carísimo.

Creo que quienes hemos visto westerns en nuestros años mozos recordamos la escena tópica de una bandada de buitres sobrevolando a un vaquero, o a su caballo, herido y moribundo. Esa que habíamos visto tantas veces en la ficción de la pantalla se hizo real cuando en los años noventa vimos la fotografía tomada en Sudán de un niño desfallecido en el suelo al que observaba de cerca un buitre. Hoy sabemos que el niño sobrevivió a aquella horrible experiencia, pero la imagen del buitre a la espera es imborrable.

El buitre no suele atacar, no es cazador, se alimenta de animales que él no ha cazado. Los humanos, por lo general, tampoco somos predadores, nos alimentamos de carne muerta, de animales que otros han matado para nosotros. Compartimos la necrofagia con los buitres. La mayoría en el sentido literal. Otros, los menos, en el sentido moral.

La escena del buitre acechando al niño sudanés es horripilante, pero el animal obedece a sus instintos. Su conducta entra dentro del ciclo natural de la vida, forma parte de la cadena trófica y del reciclaje orgánico, no tiene conciencia de estar obrando bien ni mal. Simplemente espera que la víctima muera para empezar a desgarrar su carne y alimentarse. Es su naturaleza.

Hay, sin embargo, buitres morales, seres voraces y sin escrúpulos que visten trajes y camisas a medida, usan perfumes caros, tienen casas con piscina en urbanizaciones selectas, que establecen sus oficinas en los pisos altos de los edificios para sobrevolar las ciudades, elegir a sus víctimas y controlar el mercado de viviendas mediante el alza desmedida de los precios de compra y de alquiler con los que obtener sonrojantes beneficios (alta rentabilidad) en el menor plazo y durante el mayor tiempo posible. Son los responsables de la gentrificación en las ciudades, de que hayan desaparecido los vecinos y las tiendas de barrio, de que una persona tenga que dedicar la mitad, o más, de su salario a pagar el alquiler, de que sólo los afortunados tengan opción de comprar una vivienda, responsables de miles de deshaucios al año en un país que presume de democracia y de ser locomotora económica.

Los acaudalados seres buitre –van a medias en desorbitadas ganancias con los bancos–, han convertido en esclavos del alquiler o de la hipoteca a un inmenso número de personas, son especuladores apoyados por políticos vendidos al salvaje liberalismo capitalista, acumuladores de riqueza, dueños de un país al que hacen infeliz privándolo de un derecho constitucional.

La palabra buitre no goza de buena fama en nuestra tierra. Nos toca demasiado las entrañas. En los viejos mitos griegos se castigó la lujuria de Egipio y Neofrón convirtiéndolos en buitres. Pero eso son sólo cuentos ejemplares. Los dioses gobernaban entonces el mundo a su antojo y los buitres no vivían de la carroña humana. Eso es sólo literatura. El problema de fondo son los otros buitres.


miércoles, 7 de octubre de 2026

Marcapáginas

 



Me sucede con frecuencia abrir un libro para consultar un dato, para recordar una idea del autor o comprobar una cita y encontrarme un señalador –un billete de metro, la entrada de un concierto o de un museo, un tique de aparcamiento, un pósit con anotaciones, la cuenta de un café de París, la tarjeta de visita de un librero de Milán, una carta de la baraja española…–, y descubrir que ese billete de metro o la entrada del concierto no están donde están por simple azar, por pura casualidad, sino porque de alguna manera se relacionan con el texto de las páginas entre las que aparecen. Cuando abro, por ejemplo, el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española y encuentro una fotografía de Marcel Proust entre las dos páginas en que aparece la entrada «magdalena», sonrío al imaginar la sorpresa de quien hojee el diccionario y descubra la conexión.

Los libros también guardan memoria de sus dueños, de sus lectores. Lo hacen cuando abrimos uno leído años atrás y recordamos con viveza las circunstancias de su lectura, el lugar y los días en que lo hicimos, sin que entonces anotáramos la fecha y el lugar en que lo compramos. De alguna manera, material o inmaterial, el lector permanece en el libro. A veces basta sacarlo del estante y hojearlo para encontrarnos con nosotros mismos, con el lector –con la persona– que éramos. La biografía de un lector está en su biblioteca, en esos marcapáginas voluntarios o involuntarios, en las esquinas dobladas, en el orden de los estantes y en el trato que da a esas criaturas vivas que son los libros.

Está también en los subrayados y en las anotaciones de los márgenes. Nunca he sido partidario de subrayar ni de garabatear en los márgenes de los libros. Lo hice de joven, de estudiante, y me di cuenta enseguida de que aquello era lastrar las lecturas venideras, mías o de otro lector, porque no siempre usa uno el subrayado con el mismo fin. Ahora, como mucho, y a lápiz para poder borrar, destaco unas líneas con un punto en el margen o anoto el significado de una palabra. Tampoco abuso de los pósits de colores.

La coexistencia de subrayados y marcapáginas en un mismo libro conforma una especie de palimpsesto polimórfico que recoge sucesivas lecturas. Lo he comprobado esta misma tarde con el libro de las Odas del poeta Horacio, en el que he encontrado, además de subrayados a lápiz, una hoja seca, un marcapáginas de imprenta promocionando una obra, una pulsera de tela y una hoja impresa con publicidad de la editorial que publica el libro del poeta latino.

De los destacados a lápiz ha salido éste al azar del hojeo: la exhortación a una tal Leucónoe para que disfrute el momento y no piense cuándo la parca Átropo cortará el hilo de su existencia o la de su amigo el poeta:

No preguntes, Leucónoe, para cuándo
fijaron los dioses tu muerte o la mía,
ni atiendas a las cábalas de Oriente:
sacrilegio es saber.


El segundo marcador es una hoja seca preciosa, color púrpura, con las nerviaciones rosadas, de apenas cinco centímetros, acabada en finísima punta, hoja primeriza quizá, primaveral, de un ciruelo de jardín, depositada entre las páginas 34-35 para destacar un poema báquico dedicado por el poeta a su amigo Varo, instándole a que cultive un viñedo y beba moderadamente, para aliviar las penas del vivir, porque a los abstemios Baco sólo les envía disgustos y cabreos:

Un dios ha destinado a los abstemios
sólo enojos, y hay un camino sólo
para desvanecer la angustia
que nos muerde.


Entre las páginas 62-63, la editora de las odas horacianas publicita sus colecciones de clásicos: serie griega, serie latina, volúmenes aparecidos y en preparación. En la oda que me interesa, dirigida por el poeta a su amigo Delio, lo anima a no caer en el abatimiento en los momentos difíciles y a no “venirse arriba” en los de alegría, porque un mismo fin nos espera todos:

Conserva un espíritu sereno
en las dificultades, y, si la suerte te sonríe,
huye de una alegría insolente,
Delio, que has de morir,
tanto si viviste en la tristeza
como si, acostado sobre la hierba,
te hace feliz un añejo falerno
en los días de fiesta.


En la oda número 6 del Libro Segundo el poeta declara el deseo de pasar sus últimos años en la ciudad de Tívoli, al norte de Roma, y si no es posible allí, lo sea a orillas del río Galeso, en Tarento, donde en largas primaveras y suaves inviernos pacen lanudas ovejas, las abejas fabrican la miel más exquisita, los olivos el mejor aceite de Roma y las vides un vino que en nada envidia al falerno. El poema comienza con unos versos en que el poeta afirma la lealtad de su amigo Septimio, que no dudaría en acompañarlo a los más lejanos y salvajes territorios. Se nombra en ellos la ciudad de Cádiz y marca la página una cinta de tela de un centímetro de ancho, blanca por un lado, azul por otro, con los símbolos –un ancla, un atún– y el nombre de Zahara de los Atunes – blancos por un lado, azules por otro–, a orillas del atlántico océano, lugar placentero donde no estaría mal despedirse –despedirme– de este mundo:

Y si el rigor de las Parcas me prohíbe
este lugar, buscaré el agua del dulce Galeso
con sus peludas ovejas, y los campos
donde reinó el laconio Falante…


Las páginas 72-73 están señaladas por el marcapáginas de una editorial –Utopía Libros–, que promociona un nuevo libro de poesía; en la página 73 aparece la oda dirigida al amigo Licinio, exhortándole a evitar peligros innecesarios, a mantener la esperanza ante las adversidades y a no dejarse llevar por el exceso de optimismo. Los versos marcados formulan el tópico filosófico de la aurea mediocritas:

Quien elige la dorada medianía
está a salvo. Su casa no está sucia
ni se tambalea. Nadie envidia
su palacio. Cuanto más alto el pino,
más lo agitan los vientos: las torres elevadas
son las que caen con mayor estruendo.


En estos versos de las odas de Horacio no está solamente su espíritu, su actitud ante la vida y la muerte, su no dejarse avasallar por el exceso de optimismo o de pesimismo, su deseo de no destacar ni por arriba ni por abajo. A mi manera, con mis subrayados a lápiz, con mis marcadores –mis guiños a la posteridad–, también aparecen ciertos rasgos de mi carácter, de mi espíritu, bellamente expresados en una lengua que llaman muerta porque no se habla pero viva para mí, que la leo y la siento bullir en estos versos. Algún día futuro, cuando yo no esté aquí y mis hijos, mis nietas o mis sobrinos abran este libro, encontrarán a Horacio, pero también una parte de mí.

Ahí me tenéis en letra y en espíritu.



domingo, 4 de octubre de 2026

El bacilo de Koch


 (Apuntes sobre una novela)

Navacerrada, sábado 11–8–73

       Recibe, Matilde, mi saludo cariñoso desde este bonito pero aburridísimo rincón. Ya está bien de reposo, pero no sé por qué me parece que este verano no voy a poder [ilegible] a mi querida Laura. Allá veremos. Ya sé que estás muy ocupada con tu casita de S. Andrés y la otra, ¿qué has hecho con ella?
       Por aquí muy bien, pero estoy ya de verano hasta la cabeza.
      Fue una pena la pérdida de mi Pemán coruñesa. Saludos a Maruja y para ti un abrazo.
      Tu amiga Elisa

*

      Estábamos en la escuela una mañana cualquiera. Alguien avisaba y el maestro nos hacía salir en fila hacia el lugar donde nos esperaban los auxiliares. La vacuna de la tuberculosis era un pinchazo en la parte superior trasera del brazo que dejaba de por vida una cicatriz redondeada. No era raro ver en el dispensario llantos, berridos e intentos de zafarse de los brazos de los practicantes o de las madres para evitar el pinchazo. La verdad es que no dolía, pero le temíamos a las agujas. Así aprendimos nuestras primeras nociones de inmunología, supimos del señor Koch y del bacilo en forma de bastoncillo que causaba la tuberculosis, que hasta entonces no sabíamos si era la misma enfermedad que la tisis.

      La tuberculosis estaba entonces –primeros años 60– en retirada, pero seguía siendo un mal mortal. En Córdoba, en plena sierra, visible desde muchos puntos de la ciudad, se levantaba el sanatorio de Los Morales, cuyo solo nombre ya ensombrecía el ánimo de niños y mayores.

      No sé de dónde viene la imagen literaria, romántica, de la tuberculosis como un mal elegante, propio de seres espirituales con extrema palidez y estéticas chapetas, consumidos e insomnes, entregados a sus sueños y a sus amores imposibles, ni si existió en el XIX aquella moda, sustentada al parecer por el poeta Byron, de beber vinagre para lograr el aspecto frágil, demacrado y de ojos brillantes –por la fiebre– de los verdaderamente enfermos.

**

     
      De estos últimos trata precisamente Pabellón de reposo, la segunda novela de C. J. Cela. Publicada por entregas en el semanario El Español, entre el 13 marzo y el 21 de agosto de 1943, y como libro al año siguiente, la novela presenta la vida de varios enfermos de tuberculosis durante el verano en un sanatorio. Dejando a un lado la monumental montaña mágica de Thomas Mann, el referente más cercano que se me ocurre es el cuento «El dúo de la tos», de Leopoldo Alas, «Clarín», algunos de cuyos elementos asoman claramente en la novela de Cela: la manera de llamar a los personajes (por el número de la habitación que ocupan); la alternancia de voces narrativas (los personajes, el autor); el aislamiento del mundo (un hotel en la costa, un sanatorio en la sierra); el desenlace.

      La génesis de la novela parece estar en las dos estancias de Cela en sanatorios antituberculosos en la sierra de Madrid, una en 1931, a los 15 años, en Guadarrama, otra en 1942, en Hoyo de Manzanares.

      La estructura narrativa de Pabellón de reposo está bien construida: dos partes de siete capítulos cada una, más un intermedio entre la primera y la segunda parte, con un epílogo al final de ésta. Como novedad técnica aparecen siete voces narrativas (4 hombre y 3 mujeres) –un joven de 32 años, con título universitario, algo poeta, iluso y con pánico a la muerte; la señorita del 37, una mujer hermosa, romántica, que llora por las noches, optimista respecto a la enfermedad, que teme a la soledad; un propietario rural, soltero, que recuerda con nostalgia su infancia y juventud, amante de los clásicos, a quien le gusta la señorita del 40 pero ha sido rechazado por ella; la señorita del 40, recién ingresada en el sanatorio, guapa, amante de afeites y cosméticos, de aspecto angelical y voz suave pero con una tos terrible, tiene sueños extraños y pesadillas, y echa de menos el alterne, la vida nocturna de la capital; un enamorado abrumador que resulta empalagoso y cansino, parece salido de un serial radiofónica o de una novelilla amorosa; la señorita del 103, que mantuvo relación con un joven marino ya muerto; un banquero que dirige su oficina desde la habitación del sanatorio mediante cartas de negocios y personales a su hombre de confianza–, siete voces, decía, a razón de dos intervenciones, una en la primera parte, otra en la segunda, en el mismo orden. A esta multiplicidad de voces debemos añadir la del autor, que aparece en el intermedio y en el epílogo e irrumpe inesperadamente en los capítulos 4 y 6 de la segunda parte para precisar algún dato sobre un personaje o para mostrarnos, en un ejercicio de metaliteratura, su decidida voluntad de que la novela, que entonces estaba apareciendo por entregas, se publicara hasta el final.

      Tal riqueza de perspectivas se completa con la variedad de discursos, con la multiplicidad de tipos textuales: cartas, diarios, recuerdos de infancia y juventud, monólogos, consideraciones sobre la enfermedad y sobre la muerte, observaciones sobre la vida del sanatorio, sobre el paisaje, presentes de principio a fin de la novela. No obstante estas posibilidades técnicas –narración coral, multiplicidad de voces, variedad de géneros géneros textuales– y en una primera lectura, no acierta Cela a distinguir estilísticamente con nitidez la singularidad de cada una de estas voces, creando en ocasiones dudas en el lector sobre qué voz estamos escuchando en cada momento.

      Desde el momento en que el enfermo ingresa, el sanatorio se convierte en una especie de presidio, de establecimiento carcelario, de campo de prisioneros, donde los enfermos son despojados inmediatamente de su identidad en el mundo de fuera: pierden su nombre (el pobre muchacho del 14; la pobre 37, ¡con lo mona que es!; el pobre 52 es hermoso, como una hortensia moribunda) su historia personal (Mi juventud quedó en aquel salón, afirma la señorita del 40 al recordar su primer vómito de sangre en una sala de baile), su condición, su papel en la sociedad, y se igualan por la la enfermedad y el aislamiento del resto de la sociedad.

      Afirma Raquel Velázquez1 que en Pabellón de reposo Cela «opta por una representación tamizada de la realidad» en un intento, creo, de suavizar el gusto del autor por el tremendismo (exageración de los aspectos más crudos de la realidad) como se comprueba en La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Pero sin que haya regodeo en lo desagradable, no dejan de aparecer en la novela detalles sobre los daños y estragos físicos de la enfermedad: hemoptisis, escupitajos sanguinolentos, pulmones encharcados, toses terribles, drenajes, plastias, fiebres, pérdida alarmante de peso, palidez extrema y chapetas, disneas, punciones, insomnios, pulsaciones, velocidad de sedimentación...

      La historia de estos siete enfermos puede quedarse ahí, entendiendo Pabellón de reposo como un ejemplo más de literatura sanatorial, de escritura patográfica, de novela que cuenta cómo la enfermedad asedia a los personajes. O podemos ir más allá del ejemplo de novela testimonial y considerar que la enfermedad presente en el libro es un símbolo, la imagen del mundo hostil y despiadado al que hemos de enfrentarnos evitando sus múltiples asechanzas. Otra posibilidad interpretativa, aunque Cela en estos años era hombre del régimen, es la de identificar el mal con la terrible España franquista nacida de la guerra civil, una España prisión para muchos, o durísimo campo de trabajo, un país aislado del resto del mundo donde se contaban por miles los españoles y españolas perseguidos, represaliados y condenados.

      Pabellón de reposo es una novela sentimental, un relato amoroso, bien por las relaciones afectivas que se establecen entre los enfermos, bien porque esas relaciones sentimentales existían fuera, antes de contraer la enfermedad y se han visto interrumpidas por ella. Cada narrador lleva consigo una historia de amor o desamor: el que tiene una querida, el rechazado, la señorita que tiene novio pero ama a otro, el amador empalagoso, el marinero enamorado…

      La muerte, presente en el pensamiento de todos los enfermos, es la gran protagonista de la obra. No queda otra que aceptar ese hecho con serena resignación, pues que así lo ha dispuesto Dios –“Existe Dios, amada mía, pero no está de nuestra parte”–, lo que no impide que se rebelen ante su fatal destino –“Esto es desesperante, Dios mío, ¿por qué no os dignáis darme un ápice de lo que a manos llenas derramáis sobre la Humanidad?–, y suplique por la liberación de los padecimientos de la enfermedad.

***

      El ejemplar de Pabellón de reposo que acabo de leer lleva pegado en la página de cortesía el resguardo matriz de la librería papelería Arenas, de La Coruña, sita entonces en Cantón Grande, 21. Entre las páginas del libro, comprado en El Rastro madrileño, venía una tarjeta postal con una vista general de Navacerrada que calculo de los sesenta. La imagen, tomada en un día luminoso de sol y nubes blancas, con nieve en las alturas, deja ver un pequeño caserío que ahora supongo mucho más abigarrado de chalets, hoteles, residencias y hospitales. Antes de mirar el reverso de la postal, fantaseé la posibilidad de que apareciera una relación directa con el libro de Cela: un paciente tuberculoso que pasa el verano en este pueblo serrano de aire puro, fresco y sanador; o una mujer gallega que regresa al sanatorio, ahora hotel, en que se recuperó de la enfermedad. En fin, imaginaciones y también algunas preguntas.

      Cómo ha llegado este ejemplar a mis manos es ocasión de curiosidad. Este volumen pertenece a la quinta edición, aparecida en noviembre de 1971. Presumo que la propietaria, o al menos la última lectora, es la destinataria de la postal, Matilde Debén, vecina de La Coruña, pero tengo dudas sobre las fechas en que leyó la novela de Cela y el momento en que depositó en el interior del libro la tarjeta que su amiga Elisa le envió desde Navacerrada el 11 de agosto de 1973. ¿Qué ocurrió después? ¿Qué camino siguió el libro hasta el domingo en que lo encontré en El Rastro? ¿Quién y dónde y por qué lo vendió a un rastrero? ¿Por qué viajó el libro desde La Coruña a Madrid? ¿Por qué esa tarjeta postal en ese libro precisamente? ¿Por qué Navacerrada, en la sierra madrileña, donde había más de un sanatorio para enfermos de tuberculosis? ¿Por qué la remitente habla de «reposo» en una postal guardada entre las páginas de un libro que se titula Pabellón de reposo y trata sobre enfermos tuberculosos? ¿Quién era la remitente? ¿Y Maruja? ¿Quién se esconde bajo el apelativo de la “Pemán coruñesa”?

      Sobre una Matilde Debén Galán he podido averiguar que nació en La Coruña en 1943 y murió con 72 años, el 12 de noviembre de 2015. Si es la misma persona, en 1973, cuando recibió la postal de su amiga Elisa, tenía 30 años.

      Podría haber aquí una novela que respondiera a todas esas preguntas, que nos contara la historia de estas mujeres y nos aclarara las causas de ese “reposo” veraniego en Navacerrada, cuarenta años después del verano en que transcurre la obra de Cela. Una novela sentimental femenina de intriga, con venganza y asesinato, y un detective psicológicamente...


__________

1  Raquel Vázquez Vázquez, «Pabellón de reposo, de C. J. Cela, a la luz de las reflexiones sobre el papel de las narrativas patográficas en la curación del enfermo de tuberculosis», RILCE 34.2 (2018): 846-67.

martes, 22 de septiembre de 2026

Presencia

    En el inmenso abismo azul donde caen las tardes del verano y los recuerdos de la niñez.

En el vuelo extático de satélites y planetas.

En las brumas, en las rosas del alba, en las malvas y violetas del ocaso.

En la alta danza del álamo en la ribera, en el roce de la brisa entre sus hojas.

Ahí está tu huella.

La luz de tus abrazos.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Tus pasos

    La tierra del camino cruje a tus pasos. Contrapuntea sostenido el bastón en la mano derecha, a tramos en la izquierda. Marchas andante, resuelto, alegre el ánimo.

Ilusiona ver hacerse el día, desaparecer paso a paso la oscuridad de la madrugada, sentir el fresco mientras apunta el alba sus claridades, sus delicadas rosas, sus tenues malvas, fugaces, cambiantes.

Anádele en unos pasos nubes grises, franjas amarillas, anaranjadas y rayos de luz blanca por el este. El verde seco de la retama. El de las viejas encinas entre los campos dorados de mies segada y de barchechos. El de un tupido cañaveral, como un oasis, en primer término. El aroma del hinojo en las cunetas.

Paso a paso discurre el caminar, que es el vivir. Que es el soñar.

No conozco otra forma de la esperanza, de seguir en la briega. En la lucha.

Un hombre camina en busca del sol. 


lunes, 14 de septiembre de 2026

Música de órgano


 Iglesia de San Maclou (Ruan)


Es la complicidad de la cruz

La sutil firmeza de los nervios

de la piedra,

de la ciencia,

de la fe.


Son las bóvedas y crucerías,

almos espacios de mansedumbre

donde anida la divinidad,

donde las notas crean un mar,

alto y denso mar que nos anega,

y nos colma,

nos da calma

plenitud.


Es el aire haciéndose música,

la piedra proclamando la fe,

la música haciéndose oración.


martes, 1 de septiembre de 2026

Cementerio de Varengeville-sur-Mer

 (Tumba de Georges Braque)


El mar es plata hirviendo
al sol de mediodía.

Materia en movimiento,
vida que arde
y nunca se consume.

Por eso los dioses aman el mar.

Aquí en las alturas
el astro ilumina el interior de las tumbas
y hace llevadera
esa eterna quietud vuestra.

Altura y luz.
Y el mar batiendo a vuestros pies.


Fotografía: Luis Pozo


martes, 28 de julio de 2026

Bufón مُهَرِّج

 La historia de un país está escrita en su lengua. El ser, el carácter de un pueblo, asoma y va fraguando en su manera propia de hablar, de crear palabras nuevas o de tomarlas de otra lengua, modulando sus sonidos tanto como sus diferentes significados.

Los árabes omeyas que establecieron su califato en Córdoba, traían en su séquito, como toda corte oriental u occidental que se preciara, su entretenedor privado, su hombre polivalente –acróbata, malabar, bromista– su hombre ocurrente y de afilada lengua, procaz y satírica, al que llamaban muharriǧ o muharraǧ. En su paso a la lengua de los cristianos no se tradujo el término, no se buscó el concepto, ni se recurrió al griego o al latín, al hipocrités, al histrión, al mimo o al comediante, sino que se procuró la trasliteración, la mímesis fonética, lo cual supuso al final del proceso una notable transformación del original árabe, que acabó en el mamarracho o mamarracha con que hoy se denigra a una persona estrafalaria o ridícula.

Los cristianos en contacto con los musulmanes imitaron con bastante fidelidad los sonidos de la palabra árabe y decían moharracho y moharrache. Esa cuarta sílaba -cho/-che surge porque el castellano desconoce el sonido -ch- en final de palabra –la palatal africada sorda castellana [ch] recogía la prepalatal africada sonora [ǧ]–, y le añade una vocal. Una castellanización en lugar de moharrach/moharrich.

Con ese aspecto y esa sonoridad tan medieval y arabesca, moharracho y moharrache llevan siglos en nuestra lengua, en nuestros diccionarios. Ya en 1495, Elio Antonio de Nebrija recoge en su Vocabulario español latino la palabra moharrache, y la variante homarrache, como “personatus”, es decir, como alguien con máscara, como un actor. Ambos términos, moharracho y moharrache, se mantienen hoy en nuestro diccionario académico como sinónimos, y mantienen parte de su significado originario: “Persona que se disfraza ridículamente en una función para alegrar o entretener a los demás, haciendo gestos y ademanes ridículos”. El bufón cortesano, recordemos, el que entretiene, el showman que hacer reír y también pensar, el que nos hace reflexionar sobre la fragilidad de nuestra condición, sobre la voluble fortuna, sobre la necesidad de la risa y la diversión. Un personaje positivo, beneficioso, útil a los demás.

El reducido grupo léxico integrado por moharrache, moharracho, homarrache, momarrache, moharache, documentadas desde 1450, se ha mantenido fiel a sus orígenes, como una familia de artistas de circo que sigue la tradición familiar: vestirse con llamativas prendas y divertir con sus palabras, sus muecas y sus habilidades corporales. El tiempo añadió más rasgos definitorios: figura mal hecha o mal pintada, adorno ridículo y estrafalario, adefesio… Pero, por continuar con la metáfora, sin abandonar nunca la identidad familiar, la pista del circo, la escena, el espectáculo ante el público. Moharrachos de toda la vida, cómicos de vieja tradición y condición, como los que se encuentra don Quijote en Las Cortes de la Muerte: «el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó es esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles». No está documentado el paso de moharracho a mamarracho, con esa reduplicación de la consonante y ese cambio vocálico, que Alex Grijelmo achaca a una supuesta preferencia de los hispanohablantes por la reduplicación consonántica y vocálica en los insultos, según leemos en su reciente artículo «La palabra ‘mamarracho’ como distracción»1, donde aporta algunos ejemplos: cantamañanas, ganapán, pelele, papanatas, tiquismiquis, tarambana, zorrocotroco...

La palabra mamarracho, en cambio, está registrada mucho más tarde que sus parientas. La encontramos –“A scurvy ugly Figure; a base piece of Painting; a Maulkin; jack-puddin” (una figura fea y despreciable; una mala obra de pintura; un espantapájaros, un payaso)– en un repertorio léxico obra del inglés John Stevens, autor de A new Spanish and English dictionary, publicado en Londres en 1706. Nuestro diccionario académico recogerá la palabra un siglo más tarde, en su edición de 1803, definiéndola como “figura defectuosa y ridícula, o adorno mal hecho o mal pintado”. Nada que ver con el origen y función social del término: ha desaparecido toda referencia al papel de un actor que divierte al público y mete pullas, chocarrero y filósofo a un tiempo.

Si atendemos al vigente diccionario de la RAE, el mamarracho o la mamarracha de nuestros días están desnaturalizados, han olvidado su noble y benéfico origen –mover a risa, divertir–, y se definen simplemente como personas estrafalarias o ridículas, desvinculadas de toda comicidad activa, o bien como algo muy mal hecho y ridículo.

No deja de ser curioso cómo el significado de la palabra ha ido en una determinada dirección, dejando atrás todo rastro de teatralidad, de pertenencia a la farándula, a los cómicos que con sus vestimentas estrafalarias entreveran risas y pullazos al poder, a la religión, a los usos y modas, a los vicios y defectos sociales. Curioso también que los hablantes hayan ido olvidando aquellas viejas palabras arabíes que sí conservaban memoria del bufón. Y curiosa finalmente la escasa cantidad de arabismos vivos en castellano después ochocientos años de presencia de árabes en nuestra península.

Un idioma no deja de ser un campo de juego, un terreno de lucha, en el que se enfrentan fuerzas –lenguas– invasoras y lenguas que se protegen. En esa circunstancia de lenguas en convivencia, puede haber una dominante y prestigiada, y otra relegada al ámbito privado y familiar (diglosia) o, en el mejor de los casos, una situación de bilingüismo, o multilingüismo, que pudo ser el caso de muchos hablantes cristianos, musulmanes y hebreos en la España medieval. Desde principios del siglo VIII hasta finales del XV y algo más allá, convivieron múltiples lenguas en la península y hubo ósmosis entre ellas, se tomaban palabras y se prestaban palabras, se adaptaban a los hábitos fonéticos y ortográficos de unas y otras, se modificaban significados, como vemos que ocurrió con mamarracho, una palabra árabe castellanizada, que ni en su cuna árabe ni en su paso a territorio castellano llevaba trazas de ser lanzada contra alguien como agravio, sino que definía una profesión, la ocupación de los cómicos, de los bufones.

Pero donde unos vemos una hermosa y aleccionadora muestra de convivencia lingüística, una fusión de recursos y por tanto un enriquecimiento mutuo; donde unos consideramos lo positivo de la diversidad y de la mezcolanza, de la amalgama, otros, ignorantes de la historia de su país y de su lengua, utilizan la palabra mamarracho/mamarracha como insulto, como improperio descalificante, no para el diálogo, no para la integración de perspectivas, ni para la construcción, sino para el enfrentamiento y la ofensa tabernaria.

                          ***

1 El País, 26 julio 2026.

miércoles, 22 de julio de 2026

Mala gente

Por ESTHER CORTÉS BUENO 


Hay un tipo de gente que se asienta sobre su propia contradicción, consciente y creadora de su propia incoherencia. Me refiero, por ejemplo, a esos extremistas conservadores que querrían expulsar del país a todo aquel que no sea “de toda la vida”, cuando buena parte de ellos, al ser de ascendencia extranjera, no cumplen con su propia premisa. Son gente que, sin pudor, se alzan desde un púlpito, predicando sin dar ejemplo, con el objetivo de expandir su palabra hasta convertirla en verdad y ley suprema. Y de tanto repicar, el ruido queda, como decía en “El origen azaroso de vox”.

Otro claro ejemplo es el del movimiento tradwife. Esposas que deciden vivir en y para el matrimonio. Ocupan sus veinticuatro horas —dicen las creadoras de contenido cavernario— cuidando de su marido-insignia, transformando la casa en oasis donde el suertudo será agasajado y escuchado una vez acabe su jornada laboral. En la vida social, se apartarán a un segundo plano discreto y apoyarán la carrera profesional del esposo-abastecedor. Tanto es su afán de sumisión, que este grupo de esposas tradicionales propone renunciar a su derecho al voto. El esposo-pensante es quien entiende el mundo que hay más allá del hogar, por tanto, en él delegan esa responsabilidad ciudadana. No solo es una decisión personal, sino que proponen extenderla a cualquier país democrático. Consistiría en convertir lo que hoy por hoy es el voto personal e intransferible en un voto familiar: una familia, un voto. Ellos son voz y voto; ellas, orgullosas esposas, confiadas en esos esposos-proveedores que saldrán por la mañana a la selva y volverán cuando se ponga el sol con todo lo que una buena familia, a poder ser cristiana y blanca —convalidable por familia adinerada— necesita para su sostén. Pero estas entregadas esposas son esas mismas mujeres que no predican con el ejemplo, que facturan por sustanciosos programas exhibicionistas y exhibidos en redes sociales en los que explican o presumen de cuanto hacen para convertirse en las perfectas casadas. No son esposas discretas y anónimas, como deberían ser según sus propios principios. Luego, esa falta de pudor convierte su entrega (o heroicidad de esposa tradicional) en prostitución: vender su sagrado matrimonio con el que contribuyen, mediante pingües beneficios, a la economía familiar.

No son hogares, sino escaparates de ideas retrógradas con apariencia de inocente negocio de un producto de consumo retro más. Incluso aunque fuera un negocio inocuo, es incoherente. Su actividad remunerada en redes deja en entredicho esos ideales tradicionales: ellas suplantan al marido-proveedor. Mujeres vestidas con almidonados delantales dando su opinión personal en público, pero ¿dónde está la discreción y el retirarse a un segundo plano? ¿Qué será lo próximo que pidan? ¿Votar? Mujeres que hablan de sus maridos-cabeza de familia, ausentes en la pantalla, no sabemos si porque no existen o si porque son como los chulos de putas, solo aparecen para recoger la recaudación. No lo sabemos. Ellas no nos aclaran dónde acaban las ganancias de su actividad económica.

No se trata de un grupo extravagante y vacío de contenido, sino de un movimiento que pretende idealizar un pasado mejor que justificaría recuperarlo para solucionar este presente en el que todo —según su visión sesgada— son problemas, estrés y rupturas matrimoniales. Las tradwives recrean un pasado que, como suele ocurrir cuando el locutor es un farsante, han inventado y transformado en un cuento de hadas de esos de había una vez en un reino muy lejano esposas felices esperando la llegada de su esposo-salvador. De ese pasado que nunca ocurrió en el que la perfecta casada veneraba a su hombre y su hombre era un personaje plano, como quieren que seamos nosotras y ellos.

Mujeres y hombres planos, hechos en serie. En serie para trabajar, votar y obedecer. Y si con estas patrañas de hadas no es suficiente para inocularnos su veneno, nos hipnotizan con historias para no dormir. Para muestra, un botón. En este caso, un botón brillante: ¿qué le puede pasar a una esposa ambiciosa e independiente cuando tiene todo lo que una mujer-de-verdad debe desear? Pues miren el caso de Begoña Gómez. De haber sido una esposa tradicional, mejor una Tradwife, que es más in y su significado queda oculto tras el sueño americano, nadie la habría acosado, ni juez por oposición, ni juez por la gracia de dios, ni prensa ni nada, ya habrían arremetido sólo contra el marido, que para eso es ella una mujer casada.


domingo, 19 de julio de 2026

Plena luz

 Antes de que el sol apunte fulgurante tras el perfil violeta de la sierra; cuando vaga fresco en el aire el aroma verde del hinojo y los jilgueros te acompañan saltando de un lado a otro del camino; con el relente aún en tus brazos, en el color apagado de las piedras y del cielo, del amarillo de las avenas; con tus primeros pasos, el hermoso espectáculo: ver nacerse el día, la plena luz de julio.

Y vuelves entonces a tu niñez, a los veranos de alberca y estrellas fugaces, cuando ser feliz era sólo un día luminoso por delante y risas y juegos con los amigos. ¡Oh, amaneceres de julio! ¡Oh, noches de ventanas abiertas y diáfanos sueños!




lunes, 13 de julio de 2026

Un hilo de tinta

 


Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.

¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida –cuánta tinta– le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?

Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!

Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de efímera vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.

De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema –«Templo de Zeus en Agrigento»– del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.


lunes, 6 de julio de 2026

La ley de la selva


En el principio fue el sánscrito raj, que los romanos convirtieron en el verbo REGO (conducir, dirigir, guiar, regir): onera navium regi velis, escribe Julio César sobre los vénetos, que gobernaban sus pesados barcos con las velas1. De tal verbo derivó el nombre de ese instrumento que sirve para trazar líneas rectas o para medir la distancia entre dos puntos, la REGULA, que en latín tardío estuvo en el origen de otro verbo, REGULARE: determinar las reglas o normas de alguna actividad. Así llegó la regla a nuestra lengua, los verbos reglar o regular, el adjetivo irregular y su antónimo regular, los abstractos regularidad, irregularidad, reglamentación y regulación, el adverbio regularmente y su contrario, los comunes reglaje y reglamento… Y la regla se convirtió en norma, en lo que “ha de cumplirse por estar convenido en una colectividad”, en un canon o precepto. En ley. En el instrumento con que se organizan y gobiernan gentes y estados.

Las reglas regulan. Pero hay quien se las salta a la torera, quien las lleva a donde quiere, quien hace encaje con ellas y quien las convierte en embudo. Político por naturaleza, el ser humano es legislador por obligación. Las leyes organizan y armonizan la convivencia, garantizan derechos sociales (salud, escuela, trabajo, vivienda, identidad sexual, ideología...) y regulan el comportamiento humano en todos los aspectos de la vida. No hay sociedad sin leyes. La ausencia de leyes es el caos. Lo “social” implica lo “legal”.

Ha venido este preámbulo etimológico y normativo a cuenta del pacto entre el PP y Vox en Andalucía para la investidura presidencial de Juan Manuel Moreno, mediante el que se crea una supervicepresidencia a cargo de Vox, una hidra de cuatro cabezas o consejerías: Turismo, Administración Local, Justicia y Desregulación.

Asocié inmediatamente la palabra desregulación –desregularización– al proceso de regulación, o regularización, de personas migrantes en situación irregular, pero comprobé enseguida que el asunto no iba por ahí, al menos directamente, aunque no dudo que de llevarse a cabo la desregulación de que se habla en el acuerdo, tendrá repercusión directa en el ámbito de la inmigración en nuestro país.

Esa desregulación del acuerdo es la encaminada a reducir el papeleo mediante la simplificación de los trámites burocráticos, para que las relaciones entre ciudadanos, empresas y administración sean más fluidas y simples. El Diccionario panhispánico del español jurídico define así el concepto ‘desregulación’: «Conjunto de medidas destinadas a reducir o suprimir la intervención del Estado en la economía». Eso significa una mayor libertad operativa para las empresas, el aumento de la competencia, la reducción de gastos y la indefensión legal de los trabajadores, al no inmiscuirse el Estado en la relación entre ellos y empresa. En otras palabras, la desregulación es la motosierra del iluminado Milei, supone la desaparición del estado garantista, y que sea el propio mercado el que regule la oferta y la demanda. La economía es solo cuestión de las empresas y los trabajadores, no del Estado. Liberalismo salvaje: menos estado y más empresa. Esa es la consigna, el objetivo final de la desregulación. A eso mismo obedece el progresivo desmantelamiento de lo público: sanidad, vivienda protegida, educación, residencias de mayores, infraestructuras y transportes… Cuanta menos burocracia, menos control, menos transparencia, más oportunidades de chanchulleo y favoritismos.

Para derecha y ultraderecha de Andalucía, ese es uno de los grandes males del país: el exceso de leyes, la hiperregulación, impide el bienestar de los españoles. La abundancia de normas regularizadoras es la causante de que España pierda noventa mil millones de euros al año2, noventa mil millones, con los que Juan Manuel Moreno y Manuel Gavira construirían y equiparían más de trescientos hospitales o inundarían el mercado con ochocientas mil viviendas protegidas, ochocientas mil. Quién no va a votar a tamaños filántropos.

La desregulación pretende dejar a la ciudadanía sola frente a las empresas en que trabaja, sola frente a los bancos, sola frente a las aseguradoras, frente a las empresas energéticas y de comunicaciones, sola frente a las compañías aéreas y ferroviarias, frente a los fondos buitre… Y sin papeleo por medio. Sin normas a que atenerse. Cuanto menos rastro, mejor.

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1 Comentarios sobre la guerra de las Galias, III, 13.

2 Datos tomados del documento «Buzón contra la hiperregulación» en la página web de Vox.

viernes, 26 de junio de 2026

Meterle chola al Zapa

Reconozco la secuencia como perteneciente al español –el infinitivo, el pronombre átono pospuesto, la contracción, la factura léxica, morfológica y sintáctica–, pero no sé lo que quiere decir, no acierto con el referente de la frase: de qué se está hablando, qué quiere significar el emisor de este mensaje. Reconozco que no domino el código utilizado, que no comprendo la totalidad de lo dicho.

Conozco dos acepciones de la palabra chola. Una se oye en el ámbito coloquial popular y significa “cabeza”: Ese tío está mal de la chola. El segundo uso, en el mismo ámbito, en plural y con cierta intención eufemística, las cholas, nombra los testículos. Ninguno de los sentidos casa con la frase que tengo delante y que da título a esta entrada.

Acudo entonces al DRAE y tecleo «chola». En primera acepción, la chola es la cabeza; en segunda, se la hace sinónima de ‘entendimiento’ o ‘juicio’. Tampoco aclara la cuestión. Sigo sin saber qué quiere decir meterle chola. Al final del artículo encuentro esta advertencia: «Otra entrada que contiene la forma ‘chola’: cholo, la». Pincho el enlace y se despliegan dos acepciones semánticamente cercanas. En Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y República Dominicana, un cholo, una chola, es una persona mestiza de sangre europea e indígena, aunque en Ecuador, México, Panamá y Perú también se predica la ‘cholez’ de la persona indígena que adopta usos europeos. Es decir, se puede ser cholo, chola, de sangre o de espíritu.

No olvidemos que en ambos usos, cholo, la es un adjetivo, lo que tampoco cuadra ni morfológica, ni sintáctica, ni semánticamente con la frase que nos entretiene. Meterle mestizo –¿de sangre?, ¿de espíritu?, ¿de ambos a la vez?– al Zapa. Un disparate. Un mensaje incomprensible.

Como por las solas palabras no estaba llegando a una comprensión aceptable del mensaje, decidí ampliar el objetivo, tecleé, entrecomillado, “meter chola”, pulsé intro y vino la luz, y lo oscuro devino inteligible. El wikidiccionario explica que, en Venezuela, en la lengua coloquial, dar chola significa «darse prisa, acelerar la ejecución de algo, poner rapidez», y es sinónima de «apresurarse» y de «apurarse». La «chola», además de otros significados –sandalia, chancleta, suela del zapato, mujer del servicio doméstico, novia o amante, prostituta de clase baja, pene, casa modesta y pequeña–, es variante popular de «acelerador». Dar chola es acelerar: Dale chola, pana, que no tengo toda la noche. No era exactamente la misma construcción meter chola / dar chola, pero di ambas expresiones por equivalentes.

La situación extralingüística del modismo coloquial venezolano es una conversación escrita entre dos directivos de la compañía aérea Plus Ultra, que se frotan las manos ante la posibilidad de recibir una multimillonaria ayuda estatal. Uno de ellos (Rodolfo Reyes, emisor A) pregunta «¿Próximos pasos?» y el otro (Roberto Roselli, emisor B) contesta: «Pues ahora es meterle chola al Zapa». Entendido el significado de «meter chola» y visto su contexto lingüístico inmediato –pregunta de Reyes, respuesta de Roselli–, todo parece coherente. Quedan, sin embargo, algunos flecos que comentar de estas diez palabras. Vaya por delante la concisión, la elisión de elementos prescindibles, apreciable primero en la pregunta (*¿Cuáles serán los próximos pasos? y luego en la respuesta (*Pues ahora el próximo paso es meterle chola al Zapa), donde se ha elidido el sujeto de la oración.

Resulta evidente, por otra parte, que entre la pregunta y la respuesta se produce una cierta incongruencia, un leve rompimiento del régimen sintáctico, llamémosle anacoluto, pues en la pregunta se utiliza un plural (próximos pasos) y en la respuesta se utiliza el verbo en singular (es), lo que nos hace pensar que el emisor B ha pensado, no en los varios pasos que serán necesarios, sino en el inmediato.

Este hablante B comienza su repuesta con una conjunción –pues– desprovista de su carácter causal, que se utiliza solamente como marcador discursivo de inicio de conversación, seguida de un adverbio de tiempo en función propia de CCT. Encontramos luego el verbo en tercera singular de indicativo (es) con sujeto elidido, supuesto, presunto –nosotros, los que meteremos chola al Zapa–, y una construcción de infinitivo que actúa como atributo del sujeto elíptico, tanto en la pregunta de A como en la respuesta de B: *el próximo paso es meterle chola al Zapa. El atributo oracional cuenta con un pleonasmo enfático, es decir, con la repetición innecesaria de un elemento, el pronombre personal átono le (CI), que anticipa en anáfora el sintagma al Zapa (el mismo CI).

Y acabemos este breve comentario lingüístico con una observación respecto al nivel sociocultural de los hablantes del texto. Desde que tengo uso de razón gramatical, a los estudiantes españoles se nos ha reprobado, por propio de personas incultas, vulgares y mal habladas, el uso del artículo determinado ante los nombres propios y apellidos –el Francisco, la Antonia, el Muñoz–, aunque se admitía sólo para ciertas, no todas, mujeres notorias: la Avellaneda, la Pardo Bazán. Nunca para hombres: el Cervantes, el Unamuno. No sé cuál será la norma actual en Venezuela. En el español de España sigue considerándose un vulgarismo.

Supongo que estos dos elementos, estos dos pollos hablantes, han sido universitarios y cuentan en sus currículums con títulos en másteres exclusivos, que dominan dos o tres idiomas, que cambian con facilidad de registro lingüístico y que entre su círculo más cercano se sirven de claves, de cifras y de encriptaciones varias, amén de reticencias, sobrentendidos, nombre en clave, sugerencias y metáforas que sólo ellos entienden. Saben hablar en clave, como gente del hampa, pero no en los barrios bajos, ni en las tabernas. Ellos lo hacen desde sus despachos en los rascacielos, desde sus mansiones en paraísos fiscales, desde sus apartamentos de lujo en París, en Londres o en Ginebra.

En cuanto al «Zapa» a quien hay que meterle chola, no aparece contexto para identificarlo. ¿Qué o quién es Zapa? ¿Un nombre? ¿Un apellido? ¿Un acrónimo? ¿La masculinización genérica del femenino «zapa»? Es decir, ¿alguien a quien por sus cualidades –arrojo, sangre fría, preparación técnica– se identifica con una zapa, con esa pala herrada de la mitad abajo, con un corte acerado, que usa la vanguardia de un ejército para avanzar y asegurar posiciones? ¿La zapa de los zapadores? ¿Estamos ante alguien apellidado Zapa? ¿Ante un acortamiento? ¿Un miembro del ejército zapatista de liberación que se levantó contra el gobierno mexicano el 1 de enero 1994? ¿Un fabricante de zapatos, o de zapatillas? ¿Un zapatero remendón? El Zapa, ¿un compinche? Chi lo sa…

Aunque da la impresión de que estamos ante un cabildero, ante un conseguidor que tiene contactos: ¿el expresidente del gobierno español? ¿Ese es el Zapa? ¿Así, con ese artículo vulgarizador? ¿José Luis Rodríguez Zapatero en negocios turbios? No se fía uno ya. Hace unos años, ni jueces, ni fiscales, ni defensas judiciales, ni compañeros de partido fueron capaces de identificar el M. Rajoy en los papeles de Bárcenas, con Mariano Rajoy. Hoy, jueces, fiscales, acusadores particulares y voces autorizadas del PP, no dudan que Zapa sea José Luis Rodríguez Zapatero. É un mondo difficile.

No he leído últimamente literatura venezolana, ni estoy al tanto de su argot o de su lengua coloquial. Si la frase Pues ahora es meterle chola al Zapa la entienden todos los hablantes del país y entra en los cauces de lo común y coloquial, solo puedo confesar mi ignorancia en esa variante del español americano.

Meterle chola al Zapa suena a jerigonza, a lenguaje cifrado, a encriptación y clave que sólo unos pocos manejan: la elipsis, los modismos jergales y el lenguaje especializado, los apodos. Hay que estar en el ajo. Ese es uno de los principios del lenguaje de la germanía, del hablar de ladrones y rufianes. Tal es la sensación que deja la frase, la de una conversación entre compinches en la que se menciona a un cómplice –el comisionado, el comisionista– necesario en el amaño.

Pero lo preocupante no es que estos tipos hablen así, sino que sean auténticos delincuentes, gente enchaquetada aunque de baja estofa que sabe cómo robar sin que lo parezca.

 

martes, 23 de junio de 2026

Huesos, surcos y conciencia

 Primero fue el nacer personas con las piernas arqueadas y los pies juntos, o con las rodillas juntas y los pies hacia afuera, a causa de una mala alineación entre fémur y tibia, y el constatar la dificultad y la irregularidad en los andares.

Luego, los romanos acabaron llamando VARICUS (que anda torcido, que tuerce las piernas al andar) a quien nacía con esa configuración de las piernas en forma de equis o de paréntesis. Utilizaban además el verbo VARICO para indicar que alguien apartaba mucho las piernas, las abría, al andar, que caminaba de forma irregular...

Debió ser también un romano observador y ocurrente quien añadiera al verbo el prefijo preposicional intensivo PRAE (delante) para crear dos derivados muy cercanos. El primero, el verbo deponente –conjugado en voz pasiva pero con significado activo– PRAEVARICOR indicaba que un labrador, un esclavo, se había apartado de la línea recta al abrir los surcos, que se desviaba y los trazaba torcidos. Por su parte, con PRAEVARICO se aludía al concepto de transgredir, de violar, desobedecer, infringir, que está muy cerca de la prevaricación tal como ya se entendió en el derecho romano y ha llegado hasta nuestros días: esa decisión a sabiendas injusta tomada por un juez, un funcionario o una autoridad.

Fantástico el camino recorrido por esta palabra, que comienza con una malformación ósea, pasa luego al mundo de la agricultura para indicar que los surcos están mal trazados, que son irregulares y curvos, y del mundo rural salta a la sociedad civil para indicar que se han traspasado los límites de la normalidad, de lo establecido, de la moralidad, y en un último giro se establece en el mundo del derecho, aún vigente, para condensar esa corrupción del alma, ese delito de dictar una resolución manifiestamente contra toda justicia.

Desde los pies de una persona hasta el alma y la conciencia humanas. La palabra se eleva y se hace vuelo, ilumina en la búsqueda de la verdad, de la descripción de la conducta humana. De constatar una tacha ósea a identificarla con una falla moral y posteriormente con un delito. Es lo que admira uno del lenguaje, su capacidad para trascender lo concreto, para convertir un hecho real, una anomalía fisiológica, en una actitud moral y en un concepto jurídico plenamente comprobable después de siglos.


jueves, 18 de junio de 2026

Nuestro pana Zapatero

 Enseguida me interesó la palabra. Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los billetes de 500 euros son chistorras, y lechugas los de cien), ni a las personas por su nombre (El Todopoderoso: Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería; Goblins: José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.

En el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que indica que con pana estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir, de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida, pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos aya / haya / halla, lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u homógrafas pueda ser polisémica.

La pana, como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo, que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la expresión «Nuestro pana Zapatero».

La morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana», referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante posesivo: nuestro pana.

La docta institución académica propone como origen de esta pana textil y marinera la palabra francesa panne, que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:

1. Avería

2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.

3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para formar un reborde.

4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.

En la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias. Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos remiten a un panne procedente del latín pinna, con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire etymologique de la langue française se remonta a un pannum latino, de donde pan –trozo de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc.–, cuya forma femenina, panne, designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se mueve.

Nos vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil offshore o la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos entonces, al homónimo pana 2.

Es un americanismo. Según el Diccionario de americanismos editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o Ecuador, un pana es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como hijo de la palabra panaca, con la que se designaba a la familia, siendo un pana un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender fonéticamente del inglés partner (socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche, ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que los panas, además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo (¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio. Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España, si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó «nuestro pana Zapatero está detrás».

Este homónimo pana, según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche. En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana Zapatero, en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada –compañero de fatigas, correligionario–, con quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche, un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos poco lícitos?

En vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro pana Zapatero es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad, más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de compinches que van a forrarse. Veritas filia temporis.


lunes, 15 de junio de 2026

Homenaje a JRJ

                                        

                                        Yo no seré yo, muerte,
                                         hasta que tú te unas con mi vida
                                        y me completes así todo…

                                                                                  JRJ

La muerte nos completa.

Ella culmina el ciclo.

De la sombra a la sombra.

De la nada a la nada.

Del silencio al silencio.

Del vivir al olvido.

Pero en medio la luz.

Y las rosas.