domingo, 19 de julio de 2026

Plena luz

 Antes de que el sol apunte fulgurante tras el perfil violeta de la sierra; cuando vaga fresco en el aire el aroma verde del hinojo y los jilgueros te acompañan saltando de un lado a otro del camino; con el relente aún en tus brazos, en el color apagado de las piedras y del cielo, del amarillo de las avenas; con tus primeros pasos, el hermoso espectáculo: ver nacerse el día, la plena luz de julio.

Y vuelves entonces a tu niñez, a los veranos de alberca y estrellas fugaces, cuando ser feliz era sólo un día luminoso por delante y risas y juegos con los amigos. ¡Oh, amaneceres de julio! ¡Oh, noches de ventanas abiertas y diáfanos sueños!




lunes, 13 de julio de 2026

Un hilo de tinta

 


Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.

¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida cuánta tinta le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?

Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!

Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de efímera vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.

De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema «Templo de Zeus en Agrigento» del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.


lunes, 6 de julio de 2026

La ley de la selva


En el principio fue el sánscrito raj, que los romanos convirtieron en el verbo REGO (conducir, dirigir, guiar, regir): onera navium regi velis, escribe Julio César sobre los vénetos, que gobernaban sus pesados barcos con las velas1. De tal verbo derivó el nombre de ese instrumento que sirve para trazar líneas rectas o para medir la distancia entre dos puntos, la REGULA, que en latín tardío estuvo en el origen de otro verbo, REGULARE: determinar las reglas o normas de alguna actividad. Así llegó la regla a nuestra lengua, los verbos reglar o regular, el adjetivo irregular y su antónimo regular, los abstractos regularidad, irregularidad, reglamentación y regulación, el adverbio regularmente y su contrario, los comunes reglaje y reglamento… Y la regla se convirtió en norma, en lo que “ha de cumplirse por estar convenido en una colectividad”, en un canon o precepto. En ley. En el instrumento con que se organizan y gobiernan gentes y estados.

Las reglas regulan. Pero hay quien se las salta a la torera, quien las lleva a donde quiere, quien hace encaje con ellas y quien las convierte en embudo. Político por naturaleza, el ser humano es legislador por obligación. Las leyes organizan y armonizan la convivencia, garantizan derechos sociales (salud, escuela, trabajo, vivienda, identidad sexual, ideología...) y regulan el comportamiento humano en todos los aspectos de la vida. No hay sociedad sin leyes. La ausencia de leyes es el caos. Lo “social” implica lo “legal”.

Ha venido este preámbulo etimológico y normativo a cuenta del pacto entre el PP y Vox en Andalucía para la investidura presidencial de Juan Manuel Moreno, mediante el que se crea una supervicepresidencia a cargo de Vox, una hidra de cuatro cabezas o consejerías: Turismo, Administración Local, Justicia y Desregulación.

Asocié inmediatamente la palabra desregulación –desregularización– al proceso de regulación, o regularización, de personas migrantes en situación irregular, pero comprobé enseguida que el asunto no iba por ahí, al menos directamente, aunque no dudo que de llevarse a cabo la desregulación de que se habla en el acuerdo, tendrá repercusión directa en el ámbito de la inmigración en nuestro país.

Esa desregulación del acuerdo es la encaminada a reducir el papeleo mediante la simplificación de los trámites burocráticos, para que las relaciones entre ciudadanos, empresas y administración sean más fluidas y simples. El Diccionario panhispánico del español jurídico define así el concepto ‘desregulación’: «Conjunto de medidas destinadas a reducir o suprimir la intervención del Estado en la economía». Eso significa una mayor libertad operativa para las empresas, el aumento de la competencia, la reducción de gastos y la indefensión legal de los trabajadores, al no inmiscuirse el Estado en la relación entre ellos y empresa. En otras palabras, la desregulación es la motosierra del iluminado Milei, supone la desaparición del estado garantista, y que sea el propio mercado el que regule la oferta y la demanda. La economía es solo cuestión de las empresas y los trabajadores, no del Estado. Liberalismo salvaje: menos estado y más empresa. Esa es la consigna, el objetivo final de la desregulación. A eso mismo obedece el progresivo desmantelamiento de lo público: sanidad, vivienda protegida, educación, residencias de mayores, infraestructuras y transportes… Cuanta menos burocracia, menos control, menos transparencia, más oportunidades de chanchulleo y favoritismos.

Para derecha y ultraderecha de Andalucía, ese es uno de los grandes males del país: el exceso de leyes, la hiperregulación, impide el bienestar de los españoles. La abundancia de normas regularizadoras es la causante de que España pierda noventa mil millones de euros al año2, noventa mil millones, con los que Juan Manuel Moreno y Manuel Gavira construirían y equiparían más de trescientos hospitales o inundarían el mercado con ochocientas mil viviendas protegidas, ochocientas mil. Quién no va a votar a tamaños filántropos.

La desregulación pretende dejar a la ciudadanía sola frente a las empresas en que trabaja, sola frente a los bancos, sola frente a las aseguradoras, frente a las empresas energéticas y de comunicaciones, sola frente a las compañías aéreas y ferroviarias, frente a los fondos buitre… Y sin papeleo por medio. Sin normas a que atenerse. Cuanto menos rastro, mejor.

***

1 Comentarios sobre la guerra de las Galias, III, 13.

2 Datos tomados del documento «Buzón contra la hiperregulación» en la página web de Vox.

viernes, 26 de junio de 2026

Meterle chola al Zapa

Reconozco la secuencia como perteneciente al español –el infinitivo, el pronombre átono pospuesto, la contracción, la factura léxica, morfológica y sintáctica–, pero no sé lo que quiere decir, no acierto con el referente de la frase: de qué se está hablando, qué quiere significar el emisor de este mensaje. Reconozco que no domino el código utilizado, que no comprendo la totalidad de lo dicho.

Conozco dos acepciones de la palabra chola. Una se oye en el ámbito coloquial popular y significa “cabeza”: Ese tío está mal de la chola. El segundo uso, en el mismo ámbito, en plural y con cierta intención eufemística, las cholas, nombra los testículos. Ninguno de los sentidos casa con la frase que tengo delante y que da título a esta entrada.

Acudo entonces al DRAE y tecleo «chola». En primera acepción, la chola es la cabeza; en segunda, se la hace sinónima de ‘entendimiento’ o ‘juicio’. Tampoco aclara la cuestión. Sigo sin saber qué quiere decir meterle chola. Al final del artículo encuentro esta advertencia: «Otra entrada que contiene la forma ‘chola’: cholo, la». Pincho el enlace y se despliegan dos acepciones semánticamente cercanas. En Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y República Dominicana, un cholo, una chola, es una persona mestiza de sangre europea e indígena, aunque en Ecuador, México, Panamá y Perú también se predica la ‘cholez’ de la persona indígena que adopta usos europeos. Es decir, se puede ser cholo, chola, de sangre o de espíritu.

No olvidemos que en ambos usos, cholola es un adjetivo, lo que tampoco cuadra ni morfológica, ni sintáctica, ni semánticamente con la frase que nos entretiene. Meterle mestizo –¿de sangre?, ¿de espíritu?, ¿de ambos a la vez?– al Zapa. Un disparate. Un mensaje incomprensible.

Como por las solas palabras no estaba llegando a una comprensión aceptable del mensaje, decidí ampliar el objetivo, tecleé, entrecomillado, “meter chola”, pulsé intro y vino la luz, y lo oscuro devino inteligible. El wikidiccionario explica que, en Venezuela, en la lengua coloquial, dar chola significa «darse prisa, acelerar la ejecución de algo, poner rapidez», y es sinónima de «apresurarse» y de «apurarse». La «chola», además de otros significados –sandalia, chancleta, suela del zapato, mujer del servicio doméstico, novia o amante, prostituta de clase baja, pene, casa modesta y pequeña–, es variante popular de «acelerador». Dar chola es acelerar: Dale chola, pana, que no tengo toda la noche. No era exactamente la misma construcción meter chola / dar chola, pero di ambas expresiones por equivalentes.

La situación extralingüística del modismo coloquial venezolano es una conversación escrita entre dos directivos de la compañía aérea Plus Ultra, que se frotan las manos ante la posibilidad de recibir una multimillonaria ayuda estatal. Uno de ellos (Rodolfo Reyes, emisor A) pregunta «¿Próximos pasos?» y el otro (Roberto Roselli, emisor B) contesta: «Pues ahora es meterle chola al Zapa». Entendido el significado de «meter chola» y visto su contexto lingüístico inmediato –pregunta de Reyes, respuesta de Roselli–, todo parece coherente. Quedan, sin embargo, algunos flecos que comentar de estas diez palabras. Vaya por delante la concisión, la elisión de elementos prescindibles, apreciable primero en la pregunta (*¿Cuáles serán los próximos pasos? y luego en la respuesta (*Pues ahora el próximo paso es meterle chola al Zapa), donde se ha elidido el sujeto de la oración.

Resulta evidente, por otra parte, que entre la pregunta y la respuesta se produce una cierta incongruencia, un leve rompimiento del régimen sintáctico, llamémosle anacoluto, pues en la pregunta se utiliza un plural (próximos pasos) y en la respuesta se utiliza el verbo en singular (es), lo que nos hace pensar que el emisor B ha pensado, no en los varios pasos que serán necesarios, sino en el inmediato.

Este hablante B comienza su repuesta con una conjunción –pues– desprovista de su carácter causal, que se utiliza solamente como marcador discursivo de inicio de conversación, seguida de un adverbio de tiempo en función propia de CCT. Encontramos luego el verbo en tercera singular de indicativo (es) con sujeto elidido, supuesto, presunto –nosotros, los que meteremos chola al Zapa–, y una construcción de infinitivo que actúa como atributo del sujeto elíptico, tanto en la pregunta de A como en la respuesta de B: *el próximo paso es meterle chola al Zapa. El atributo oracional cuenta con un pleonasmo enfático, es decir, con la repetición innecesaria de un elemento, el pronombre personal átono le (CI), que anticipa en anáfora el sintagma al Zapa (el mismo CI).

Y acabemos este breve comentario lingüístico con una observación respecto al nivel sociocultural de los hablantes del texto. Desde que tengo uso de razón gramatical, a los estudiantes españoles se nos ha reprobado, por propio de personas incultas, vulgares y mal habladas, el uso del artículo determinado ante los nombres propios y apellidos –el Francisco, la Antonia, el Muñoz–, aunque se admitía sólo para ciertas, no todas, mujeres notorias: la Avellaneda, la Pardo Bazán. Nunca para hombres: el Cervantes, el Unamuno. No sé cuál será la norma actual en Venezuela. En el español de España sigue considerándose un vulgarismo.

Supongo que estos dos elementos, estos dos pollos hablantes, han sido universitarios y cuentan en sus currículums con títulos en másteres exclusivos, que dominan dos o tres idiomas, que cambian con facilidad de registro lingüístico y que entre su círculo más cercano se sirven de claves, de cifras y de encriptaciones varias, amén de reticencias, sobrentendidos, nombre en clave, sugerencias y metáforas que sólo ellos entienden. Saben hablar en clave, como gente del hampa, pero no en los barrios bajos, ni en las tabernas. Ellos lo hacen desde sus despachos en los rascacielos, desde sus mansiones en paraísos fiscales, desde sus apartamentos de lujo en París, en Londres o en Ginebra.

En cuanto al «Zapa» a quien hay que meterle chola, no aparece contexto para identificarlo. ¿Qué o quién es Zapa? ¿Un nombre? ¿Un apellido? ¿Un acrónimo? ¿La masculinización genérica del femenino «zapa»? Es decir, ¿alguien a quien por sus cualidades –arrojo, sangre fría, preparación técnica– se identifica con una zapa, con esa pala herrada de la mitad abajo, con un corte acerado, que usa la vanguardia de un ejército para avanzar y asegurar posiciones? ¿La zapa de los zapadores? ¿Estamos ante alguien apellidado Zapa? ¿Ante un acortamiento? ¿Un miembro del ejército zapatista de liberación que se levantó contra el gobierno mexicano el 1 de enero 1994? ¿Un fabricante de zapatos, o de zapatillas? ¿Un zapatero remendón? El Zapa, ¿un compinche? Chi lo sa

Aunque da la impresión de que estamos ante un cabildero, ante un conseguidor que tiene contactos: ¿el expresidente del gobierno español? ¿Ese es el Zapa? ¿Así, con ese artículo vulgarizador? ¿José Luis Rodríguez Zapatero en negocios turbios? No se fía uno ya. Hace unos años, ni jueces, ni fiscales, ni defensas judiciales, ni compañeros de partido fueron capaces de identificar el M. Rajoy en los papeles de Bárcenas, con Mariano Rajoy. Hoy, jueces, fiscales, acusadores particulares y voces autorizadas del PP, no dudan que Zapa sea José Luis Rodríguez Zapatero. É un mondo difficile.

No he leído últimamente literatura venezolana, ni estoy al tanto de su argot o de su lengua coloquial. Si la frase Pues ahora es meterle chola al Zapa la entienden todos los hablantes del país y entra en los cauces de lo común y coloquial, solo puedo confesar mi ignorancia en esa variante del español americano.

Meterle chola al Zapa suena a jerigonza, a lenguaje cifrado, a encriptación y clave que sólo unos pocos manejan: la elipsis, los modismos jergales y el lenguaje especializado, los apodos. Hay que estar en el ajo. Ese es uno de los principios del lenguaje de la germanía, del hablar de ladrones y rufianes. Tal es la sensación que deja la frase, la de una conversación entre compinches en la que se menciona a un cómplice –el comisionado, el comisionista– necesario en el amaño.

Pero lo preocupante no es que estos tipos hablen así, sino que sean auténticos delincuentes, gente enchaquetada aunque de baja estofa que sabe cómo robar sin que lo parezca.

 

martes, 23 de junio de 2026

Huesos, surcos y conciencia

 Primero fue el nacer personas con las piernas arqueadas y los pies juntos, o con las rodillas juntas y los pies hacia afuera, a causa de una mala alineación entre fémur y tibia, y el constatar la dificultad y la irregularidad en los andares.

Luego, los romanos acabaron llamando VARICUS (que anda torcido, que tuerce las piernas al andar) a quien nacía con esa configuración de las piernas en forma de equis o de paréntesis. Utilizaban además el verbo VARICO para indicar que alguien apartaba mucho las piernas, las abría, al andar, que caminaba de forma irregular...

Debió ser también un romano observador y ocurrente quien añadiera al verbo el prefijo preposicional intensivo PRAE (delante) para crear dos derivados muy cercanos. El primero, el verbo deponente conjugado en voz pasiva pero con significado activo PRAEVARICOR indicaba que un labrador, un esclavo, se había apartado de la línea recta al abrir los surcos, que se desviaba y los trazaba torcidos. Por su parte, con PRAEVARICO se aludía al concepto de transgredir, de violar, desobedecer, infringir, que está muy cerca de la prevaricación tal como ya se entendió en el derecho romano y ha llegado hasta nuestros días: esa decisión a sabiendas injusta tomada por un juez, un funcionario o una autoridad.

Fantástico el camino recorrido por esta palabra, que comienza con una malformación ósea, pasa luego al mundo de la agricultura para indicar que los surcos están mal trazados, que son irregulares y curvos, y del mundo rural salta a la sociedad civil para indicar que se han traspasado los límites de la normalidad, de lo establecido, de la moralidad, y en un último giro se establece en el mundo del derecho, aún vigente, para condensar esa corrupción del alma, ese delito de dictar una resolución manifiestamente contra toda justicia.

Desde los pies de una persona hasta el alma y la conciencia humanas. La palabra se eleva y se hace vuelo, ilumina en la búsqueda de la verdad, de la descripción de la conducta humana. De constatar una tacha ósea a identificarla con una falla moral y posteriormente con un delito. Es lo que admira uno del lenguaje, su capacidad para trascender lo concreto, para convertir un hecho real, una anomalía fisiológica, en una actitud moral y en un concepto jurídico plenamente comprobable después de siglos.


jueves, 18 de junio de 2026

Nuestro pana Zapatero

 Enseguida me interesó la palabra. Me pareció del argot choricil, que no llama a las cosas (los billetes de 500 euros son chistorras, y lechugas los de cien), ni a las personas por su nombre (El Todopoderoso: Javier Aureliano García, presidente de la Diputación de Almería; Goblins: José Luis Ábalos). Como no acertaba a explicarme el significado de esa palabra en esa expresión, en ese contexto, acudí a mis mejores fuentes de conocimiento lingüístico, los diccionarios.

En el de la RAE encontramos dos entradas distintas, numeradas, lo que indica que con pana estamos ante un caso, no de polisemia, sino de homonimia, es decir, de palabras que se pronuncian y escriben igual o de forma parecida, pero que tienen orígenes muy distintos, como ocurre con los clásicos aya / haya / halla, lo cual no impide que cada una de las palabras homófonas u homógrafas pueda ser polisémica.

La pana, como todo el mundo sabe es una «tela gruesa semejante al terciopelo, que puede ser lisa o con hendiduras generalmente verticales». En el mundo marinero, una pana es una «tabla levadiza que forma el suelo de una embarcación menor». El término «pana» es por tanto polisémico, pero ninguna de sus dos acepciones encaja en la expresión «Nuestro pana Zapatero».

La morfología también nos da una pista: el sustantivo «pana», referido al tejido o a la tabla que se puede levantar y luego volver a su sitio, es de género femenino, mientras que en la expresión que analizamos el sustantivo es masculino, como indica el determinante posesivo: nuestro pana.

La docta institución académica propone como origen de esta pana textil y marinera la palabra francesa panne, que a su vez es polisémica, pues significa, al menos:

1. Avería

2. Pieza de madera o metal que, colocada horizontalmente sobre las vigas de un tejado, sostiene las vigas transversales.

3. Tejado encajable en el que uno de los lados se levanta para formar un reborde.

4. En un puerto, embarcadero ligero que sirve como línea de amarre o fondeadero para embarcaciones de pequeño tonelaje.

En la etimología de esta palabra francesa encontramos discrepancias. Joan Corominas y María Moliner, en sus respectivos diccionarios, nos remiten a un panne procedente del latín pinna, con el que los romanos se referían a la piel de un animal y también al plumaje de las aves. Pero el Dictionnaire etymologique de la langue française se remonta a un pannum latino, de donde pan trozo de tela y por extensión, trozo de muro, de madera, etc., cuya forma femenina, panne, designaba la vela de un barco en una posición tal que el barco no se mueve.

Nos vamos perdiendo, ¿verdad? Seguir el hilo de una palabra, a veces, es tan complejo y laberíntico como seguir las cuentas de una mercantil offshore o la comisión recibida en una cuenta caimán por intermediación en un negocio. Es cierto que la chaqueta de pana fue en unos años distintivo de izquierdas, y que los políticos socialistas pronto descubrieron los trajes de Armani, pero no creo que vaya por ahí lo de «nuestro pana». Zapatero no es de chaqueta de pana. Vayamos entonces, al homónimo pana 2.

Es un americanismo. Según el Diccionario de americanismos editado por la Asociación de Academias de la Lengua Española, en países como México, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico o Ecuador, un pana es un amigo íntimo, un compañero inseparable. Inquirir el origen de este vocablo es, cuando menos, entretenido, intrigante. Hay quien lo reconoce en las lenguas indígenas americanas, en el quechua, como hijo de la palabra panaca, con la que se designaba a la familia, siendo un pana un miembro de la familia. Hay también quien lo hace descender fonéticamente del inglés partner (socio). Y quien sitúa el nacimiento del término en la Caracas de mediados de los sesenta, en las reuniones de jóvenes en las panaderías, sí, en las panaderías, que además de pan y leche, ofrecían café, refrescos, dulces y comidas ligeras, de manera que los panas, además de ejemplo de acortamiento lingüístico y de tropo (¿sinécdoque? ¿metonimia?) eran amigos, colegas, camaradas con los que se pasaba el rato en la panadería de la calle o del barrio. Después, desde Caracas, la palabra pasó a otros países. A España, si no me equivoco, ha llegado hace unas semanas, cuando uno de los dueños accionistas de la empresa aviadora Plus Ultra afirmó «nuestro pana Zapatero está detrás».

Este homónimo pana, según el diccionario de la RAE, es también polisémico, pues designa, primero, el fruto (en femenino) del árbol del pan, en segundo lugar, y en países como Ecuador, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela, señala al amigo, al camarada, al compinche. En Chile, la pana es el hígado y también la avería en una máquina o instalación. Cuando el directivo de la aerolínea habla del pana Zapatero, en qué sentido está usando el sustantivo común: ¿considerándolo amigo, es decir, alguien por quien se siente afecto personal, puro y desinteresado?, ¿considerándolo un buen camarada compañero de fatigas, correligionario, con quien se tiene cordial relación?, ¿o considerándolo un compinche, un compañero habitual en francachelas y diversiones o en asuntos poco lícitos?

En vista de lo conocido hasta ahora, y presumiendo la inocencia del investigado, sólo el tiempo aclarará, eso esperamos, si nuestro pana Zapatero es expresión lingüística de un sincero y puro y desinteresado afecto; muestra de la cordialidad que rige entre personas que comen y viven juntas, o si más que de limpia y generosa y altruista amistad, más que de franca y afectuosa camaradería, se trata simplemente de compinches que van a forrarse. Veritas filia temporis.


lunes, 15 de junio de 2026

Homenaje a JRJ

                                        

                                        Yo no seré yo, muerte,
                                         hasta que tú te unas con mi vida
                                        y me completes así todo…

                                                                                  JRJ

La muerte nos completa.

Ella culmina el ciclo.

De la sombra a la sombra.

De la nada a la nada.

Del silencio al silencio.

Del vivir al olvido.

Pero en medio la luz.

Y las rosas.


viernes, 12 de junio de 2026

Transformación (2)

 2

Al estrés psíquico propio de los cambios hormonales se añade el académico. En los cuatro años que van de junio de 1966 a junio de 1970, de los diez a los catorce, pasé por seis centros escolares –escuela parroquial y academia particular en Gibraleón (Huelva), colegio salesiano de Pozoblanco, Sección Delegada Mixta Elemental de Pozoblanco, instituto «Séneca» de Córdoba y sección delegada del instituto «Séneca» en el instituto «Góngora»– con el consiguiente quebranto de la continuidad en materias, conocimientos y profesores. Mis padres achacaban mis regulares rendimientos –aunque solamente tuve tres suspensos en estos cuatro años– a la falta de atención, de concentración, y con la aquiescencia de los médicos me hacían tomar pastillas de fósforo «Guerrero», que mejorarían mi ánimo y reforzarían mi memoria, ignorantes de que el problema no era cuestión de química, sino emocional.

Vivíamos entonces en Gibraleón. Un día de finales de junio me despertó mi madre temprano. Yo había tardado en dormirme la noche anterior, inquieto, tratando de imaginar lo que me esperaba a la mañana siguiente. Años después descubriría, recordaría, aquel desasosiego nocturno en una novela de Miguel Delibes, El camino, donde su protagonista, Daniel el Mochuelo, pasa la última noche en su casa del pueblo antes de partir a un internado de la ciudad para estudiar el bachillerato. Aquella mañana de junio había llegado el día del examen de ingreso. Para tranquilizarme, mi madre me preparó una taza de tila bien tilada. Para evitar el mareo y la vomitera en el autobús, no quiso que desayunara.

–Ya comerás a la vuelta.

Ninguno de los dos me acompañaría. Huelva estaba cerca.

–Te vas con el guardia Fulano, que va de papeleo a la comandancia. Él te recogerá en el instituto.

El primer instituto de mi vida. Un edificio bonito, rodeado por una verja de hierro, de varias plantas, de ladrillo con tejas vidriadas en las nervaduras de los tejados, cúpulas y grandes ventanas rectangulares o de doble arco. Una cancela daba acceso a la entrada principal, con su jardín arbolado y su escalinata hasta la planta baja. El guardia no pasó la cancela. Me recogería allí a tal hora y se fue a sus asuntos.

Con la cartera escolar, donde llevaba el resguardo y el plumier con los lápices y la goma de borrar, hube de sopreponerme y encarar la situación, la soledad, subir los escalones, echar una ojeada, dirigirme a un conserje que me señaló una mesa larga donde había cuatro o cinco hombres sentados, a los que presenté el resguardo y me indicaron un pupitre donde sentarme y esperar. En el amplio espacio del recibidor había tres grupos de pupitres ordenadamente dispuestos, como en un aula, donde nos fuimos colocando los examinandos.

La primera prueba fue un dictado del comienzo de Platero y yo. En el papel que nos dieron para el dictado, venían también ejercicios de aritmética, de gramática y un par de preguntas de catecismo, una de las cuales –¿Cuáles son las virtudes cardinales?– no supe contestar.

Para el examen oral, un miembro del tribunal leía tu nombre en voz alta y te indicaba dónde colocarte de pie. Recuerdo que los examinadores se mostraban sonrientes y trataban de ser cercanos para que el trance no fuese angustioso. Es posible que la supertila preparada por mi madre hiciera su efecto y estuviese ante el tribunal más relajado y destensionado de lo requerido. Puede que, al contrario, el estado de nervios me obnubilara. O que el ayuno me tuviese medio desfallecido. Cabe, finalmente, la posibilidad de que no estuviera preparado para el examen. No recuerdo qué preguntas me hicieron, pero mis respuestas no debieron ser las adecuadas, puesto que recibí un No apto, aunque pude superarlo con creces en la convocatoria de septiembre.

No era uno entonces consciente de la importancia de superar aquella prueba y enrolarse en el bachillerato. La vida de un hijo de guardia civil, aun teniendo los mismos límites que la del hijo de cualquier vecino, añadía el componente de la itinerancia, de la falta de raigambre necesaria para aprender un oficio, que era la alternativa a los estudios. Otro hándicap guardiacivilero era que raramente podías aprender un oficio –herrero, carpintero, agricultor, fotógrafo, albañil, comerciante– de tu padre, porque tu padre raramente había aprendido un oficio antes de ser guardia civil, y raramente ejercía en el Cuerpo un oficio especializado –archivero, radiotelegrafista, mecánico, armero– que pudiera enseñar a su hijo. Un guardia civil era guardia civil. No era obrero, menestral. Así que estudiar o ingresar en el Cuerpo.

Agradezco a mis padres que eligieran para mis hermanas y para mí el camino del estudio. Se esforzaron, renunciaron a deseos y a sueños (viajar, comprar una casa en un pueblo) y economizaron para pagarnos matrículas y libros de texto. Los hijos estábamos en la obligación de estudiar, de no suspender, con el añadido ya mencionado de la falta de continuidad en el mismo lugar y de las conmociones emocionales derivadas de los continuos adioses a amigos y compañeros.

No sé cómo se afrontaría hoy que a los diez años se decidiera en buena parte el futuro de las niñas y niños de un país mediante una prueba académica formalmente revestida de los atributos de un juicio sumarísimo que condicionaría de por vida al examinando. Una experiencia inolvidable. Un trance académico desasosegante e inadecuado en un momento biológico tan complejo para los aspirantes a bachilleres. Una crueldad.

miércoles, 10 de junio de 2026

Transformación



La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.

Se le han arqueado las cejas, y espesado y ennegrecido, al niño de la primera foto. Y se le ha alargado la cara. Sigue teniendo los ojos grandes, almendrados, con una particularidad difícil de explicar. Quizá la inclinación del izquierdo. Quizá el párpado del derecho. Marcan los labios cerrados leve sonrisa en la primera fotografía. Entreabiertos en la segunda, parece más pequeña la boca, y asoman las dos paletas. Así lo llamaba entonces su padre, «Paletas».

Es y no es él mismo: adiós a la niñez, bienvenido a la pubertad. Sólo cuatro años y la criatura parece, es, otra: la mirada, la sonrisa, el bocado de Adán, las erecciones. Cómo reconocerse. Cómo aceptarse en ese muchacho cuyo cuerpo se ha transformado. Que ha cambiado la voz. Que descubre vello en su pubis. En su cara. En sus piernas. Que experimenta sensaciones inexplicables en su cuerpo.

Cuatro años y el niño desapareció. Para sí primero. Para sus padres luego y para sus hermanas. Es él, pero no es el mismo. No es ya que haya crecido, que sí lo ha hecho. Pero algo se ha perdido en la metamorfosis. Y sufre sin saber por qué.

El capullo, la envolvente protección familiar, se rompe y al púber le nacen alas, quiere volar fuera, autónomo, experimentar la sensación de la libertad con los amigos, que también han cambiado, de descubrir las calles, los barrios, los cines, los juegos que ya no pueden vigilar los mayores.

Las dos fotografías respondían a momentos clave en el historial académico. Tenían también su repercusión sociológica: ni todos los alumnos de 10 años seguían estudiando, ni todos los que querían seguir estudiando pasaban la prueba –el examen de ingreso– para acceder al bachillerato elemental.

En la España franquista en que creció, el uso de razón se alcanzaba a los siete años, la edad con que se hacía la primera comunión. Era frecuente que en tal ocasión a los niños les regalaran un reloj de pulsera y una cruz de oro con su cadenita para llevar al cuello. Proclamaban así su fe católica y ser responsables del tiempo que latía en sus muñecas.

El siguiente paso iniciático era la decisión de estudiar o no. Unos comenzaban a ayudar a sus padres en el campo, en el taller de coches, en la herrería, en la tienda, o entraban como aprendices en un comercio de telas, de recaderos en un ultramarino, en el bar, en la carnicería, en una funeraria o en la farmacia del barrio. Los había también que desaparecían de un día para otro porque se iban a Madrid, a Barcelona, o a Suiza y Alemania, según.

En unos meses, la infancia empezaba a sentirse ya como paraíso perdido. Ahora tocaba ser hombrecitos serios y responsables, no torcerse, estudiar, convertirse en jóvenes de provecho, elegir bien a los amigos, ennoviarse con una buena muchacha, encontrar trabajo, ahorrar, dar la entrada para un piso… O ingresar en la guardia civil.

La transformación física iba acompañada de la emocional, de inseguridades y timideces, de súbitos cambios de ánimo, de humor, de sentimientos contradictorios (el sufrimiento más tremendo y el más gozoso deleite, el amor más sublime y las masturbaciones), de desarreglos sentimentales provocados por el desarraigo, por el súbito adiós a los amigos, al pueblo y al paisaje, a la casa, al acento y la manera de hablar...


jueves, 14 de mayo de 2026

Aldea/Urbe


 Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.

Cada uno de los militantes Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.

La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.

Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.

Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.

Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco..., más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.

Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.

sábado, 4 de abril de 2026

Cisnes en el Sena (Homenaje a fray Luis de León)

 Port Ilon, 3 abril


Vivir es navegar. Como en un sueño.

Tarde tras tarde,

sobre la misma hora,

acudo a la cita

y miro caer el día. Como siento

caer mi vida.

Duele y es hermoso.

Porque es fin y porque es belleza.


En tu forma llevas, cisne,

la pregunta y la respuesta.

Vivir. Navegar. Disolverse.

Sereno el irse. Aunque duela

dejar atrás los pájaros, los besos,

esta primavera en el bosque,

este esplendor de abril.

Este callar de día que se apaga,

este suave navegar

en un mar de dulzura.

Este temblor que sacude los álamos.

Esta brisa que leve sopla hacia el ocaso.


jueves, 26 de marzo de 2026

Deudas lectoras



Conocía su nombre de verlo en los índices de los libros más antiguos de la colección Austral –con cuadernillos cosidos– de Espasa Calpe: Bayo, Ciro 544 - Lazarillo español. Marcado con asterisco, que indicaba un volumen extra. Así iba un estudiante en los setenta con escaso dinero formando e ideando su biblioteca. Con más libros marcados en los índices y catálogos de las editoriales que volúmenes presentes en las baldas.

Luego me lo encontré en las memorias de Pío Baroja, Desde la última velta del camino, que dedicaba unas páginas a su amigo andarín, a quien Azorín llamaba escritor andante y que Valle-Inclán retrató en Luces de Bohemia como el pedante don Peregrino Gay, cliente de la librería de Zaratustra, culto, viajado y crítico del fanatismo español.

Después de muchos años, encontré su nombre en un papel del Rastro. Estaba en un tenderete de donde había sacado y pagado ya un par de libros. Era la portada de uno de los libros de temática americana de Ciro Bayo, Bolívar y sus tenientes. San Martín y sus aliados (1929). Sola la deteriorada portada en papel verjurado a dos tintas, verde y negra, con una tipografía llamativa y una viñeta en verde. La saqué de la montonera de libros y le pregunté al librero si me la regalaba, aunque estaba dispuesto a dar algún euro por ella. El hombre, extrañado, sin tira ni afloja, me la regaló. Ahora luce, plastificada, en uno de los estantes de mi biblioteca.

Hace unas semanas, camino del Rastro, en los tabancos que se alinean en la Ronda de Toledo, hice el gran descubrimiento, vi por primera vez una obra de Ciro Bayo, el volumen extra 544, precioso con la sobrecubierta en rojos, negros y blancos, en bastante buen estado. Una tercera edición, de noviembre de 1965, con 61 años a cuestas. Estaba de oferta: dos libros por tres euros. Elegí otro de la misma colección, de la serie amarilla –libros políticosy documentos de la época–, de Wenceslao Fernández Flórez: una recopilación de sus crónicas parlamentarias, cuya lectura recomiendo vivamente al lector en general y a todos y cada uno de los miembros del Congreso en particular. A pesar de la fecha, 1914-1919 es asombrosa su actualidad.

El Lazarillo español es una invitación a la aventura, a soltar amarras y largar velas –un viaje a pie desde Madrid a Andalucía y Barcelona, con la mínima impedimenta material y monetaria–, un libro romántico y costumbrista, más del siglo diecinueve que del veinte, con giros y vocablos populares, sin florituras estilísticas pero con eficacia comunicativa, a pesar de los latines y la erudición del narrador andante. El cuento resulta entretenido y tiene hoy un interés extra para quienes conozcan los lugares por los que transita el protagonista, porque apreciará la transformación de los paisajes rurales y urbanos descritos en la novela: el ayer y el hoy de la España peregrina y caminera, de las ventas y posadas de antaño, de los mendigos, de los trabajadores temporeros, de los pobres que viven de la caridad y de la sopa de convento, de una España invertebrada.

El protagonista guarda estrecha relación con Lázaro Gonzalez Pérez, y no porque recorra su camino a pie, sino porque su principal cometido es no llegar a la noche con el estómago vacío y dormir a cubierto. Para ello se vale de mil recursos, ninguno de ellos fuera de la ley, aunque sí en el filo de la navaja, continuando así la línea del pícaro hambriento, no delincuente, trazada por su primer antecesor en el siglo XVI. Tampoco es un moralista que sermonea a cada paso, ni un hombre que reprueba sus orígenes o su vida pasada, o que se demora en digresiones morales surgidas del pesimismo y la desconfianza en el ser humano. Este Lazarillo español es un hombre optimista, un aventurero nato que confía en sus habilidades para sobrevivir, en la bondad de sus semejantes y en la buena suerte.

Cosa –lectura– de agradecer en estos tiempos menguados.


martes, 24 de marzo de 2026

Don Quijote en el diccionario, 2

Podría afirmarse que es una afección del alma, o de la voluntad, un afán, una necesidad, innata o sobrevenida por muy diversas causas, un empeño por comprometerse en nobles causas. Hay personas que padecen quijotismo y se ven impelidas a procurar el bien de los demás, como las hay que sufren de matonismo e imponen su voluntad mediante la amenaza, la extorsión y el terror.

La RAE no va por ahí. Para ella el quijotismo es... Atención… Redoble para un Más difícil todavía…, el quijotismo es… ¡una exageración de los sentimientos caballerescos! Los signos de exclamación son nuestros. Y el redoble y los puntos suspensivos. ¿Sentimientos caballerescos? ¿En el siglo XXI? ¿Existen caballeros en nuestros días? ¿Hay quijotes por ahí enderezando tuertos, socorriendo viudas, deshaciendo agravios, enmendando sinrazones, derribando gigantes y corrigiendo abusos?

Acudir a la entrada «caballeresco» no nos ayuda mucho. En su primera acepción lo caballeresco es lo propio de caballeros, o sea, lo que hacen los hombres educados, corteses, refinados, galantes y cumplidos. Así pues, mostrarse exageradamente cortés, galante y demás es signo inequívoco de quijotismo, dolencia que, en principio, puede afectar por igual a hombre y mujeres, aunque no está muy claro que de una mujer se pueda decir que es caballerosa, porque la RAE establece que caballeroso sólo se predica del hombre. En fin, en otra ocasión plantearemos el asunto nominativo quijotil referido a las mujeres, o sea, qué términos han de usarse para las mujeres que exageran sus sentimientos caballerescos, y si a aquellas hemos de llamarlas quijotas, mujeres quijote, o simplemente unas quijotes, con su plural y su singular: Elvira fue toda su vida una quijote.

Y volvamos ya al quijotismo, que en su segunda acepción se hace sinónimo de orgullo y de engreimiento. Vale que don Quijote sintiera orgullo, satisfacción, dicha, por su ejercicio de la andante caballería, por las batallas emprendidas contra descomunales ejércitos y gigantes, por la liberación de los galeotes, por su descenso a la cueva de Montesinos, o por ser preso de amor de la sin par emperatriz de La Mancha, pero no me parece un personaje engreído, soberbio o vanidoso, aunque peca de atrevida desfachatez y chulería cuando responde a su vecino Pedro Alonso, que lo lleva maltrecho y delirante a su aldea, tras la primera salida en busca de aventuras: «Yo sé quién soy respondió don Quijote, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías».

¿Padecen todos los quijotes de quijotismo? No nos atreveríamos al sí tajante y absoluto, porque no parece principio general que quien se entrega solidariamente a luchar por una causa justa haya de ser persona pulida, galante y cortés, ni sea un engreído o vanidoso.

Adolezcan o no de quijotismo, propio de un quijote es lo «quijotesco», o la «quijotada», sinónimos de «heroicidad», de «quijotería», y hasta de «patriada» al otro lado del Atlántico, en Argentina y Uruguay.

El quijotismo es consecuencia de un proceso de quijotización, es decir, el resultado de ser quijotizado, si recurrimos a la voz pasiva, o de quijotizarse, si atendemos a la activa, a lo cuasi reflexivo. Quijotizarse, o ser quijotizado, o experimentar quijotización, supone un cambio, una transformación anímica, una evolución del carácter en sentido inverso al mostrado habitualmente ante los demás. Cuando alguien se quijotiza los demás lo notamos. Es un concepto, un hecho, que sólo entienden y comprueban quienes leen la novela de Cervantes, quienes acompañan a don Quijote y a Sancho en sus inverosímiles aventuras y asisten a sus peregrinas conversaciones.

Hay quijotes de nativitate y quijotes sobrevenidos o que han sufrido la caída del caballo, como Pablo de Tarso camino de Damasco. El personaje cervantino es de la segunda especie. Verdad es que algo había en su naturaleza que lo iclinaba a hacer el bien, y por buen hombre lo tenían sus convecinos, como también es cierto que la lectura compulsiva de novelas de caballerías le secó el cerebro y así vino a perder el juicio. Don Alonso Quijano se quijotizó. La quijotización es una epífanía, una revelación. El descubrimiento de un yo nuevo, pleno, que procura el bien a su alrededor y compromete lo más valioso de sí, el nombre, la amada, los nobles principios de la andante caballería por instaurar en este mundo los valores de la feliz edad de oro.

Ser un quijote es ser un soñador. A lo romántico. Creer en la justicia. En la posibilidad de la paz. De la erradicación del hambre. De la igualdad hombre mujer. Pero nos provoca hilaridad que alguien abogue por estos valores. El cinismo nos domina. Y la sabiondez.

Don Quijote es un personaje universal que encarna la lucha por el ideal. Sabemos que acaba como acaba ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de «bueno», dijo en su lecho de muerte, pero su legado fue maravilloso: creed en la utopía y aventuraos en su nombre.

¿Qué bando tomaría hoy nuestro héroe? ¿El del diálogo o el de los tomahawks?

Antes de redactar esta entrada para El pisapapeles de Karlsbad he tecleado en el buscador, así en minúscula, «don quijote, pedro sánchez», y lo primero que encuentro es un artículo en La Vanguardia, titulado «Quijote, traidor, precursor»; otro en Diario Público, «El quijotismo de Pedro Sánchez». No los he leído para no contaminarme. Pero sí he visto un vídeo en el que aparece nuestro presidente regalando al gobernador de California, destacado miembro de la oposición a Donald Trump, un ejemplar de la obra de Miguel de Cervantes, el de la mano tullida (shaibedraa), el que perdió el uso del brazo izquierdo en «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros».

Orgulloso de luchar contra el infiel. Hasta Cervantes creía en la guerra. Así no hay manera. 


martes, 17 de marzo de 2026

Siglas (En recuerdo de un poemilla de Dámaso Alonso)


En mis caminatas tempraneras por los alrededores y cercanías del pueblo, hay días en que escucho música y días en que escucho informativos y tertulias, según tenga el ánimo sin/con ganas de polarizarme ante las barbaridades que la clase política –municipal, regional, nacional o internacional– arroja delante de un micrófono.

No es raro que en los noticiarios y tertulias matutinas aparezca alguna palabra que me llame la atención –jeribeque, carajal–, por lo peregrino de su sonido o de su significado, porque sea una palabra vieja, un modismo local, o porque se trate de un tecnicismo nuevo y semánticamente opaco para mí, como es el caso de la palabra cazada esta mañana: «Más tarde –adelantaba la presentadora– hablaremos de las personas «fomo». ¿Personas fomo? Ni idea, indagaría cuando llegara a casa.

Como suponía que estaba ante un neologismo de última hora, tecleé las cuatro letras en el buscador, y en vista creada con IA leí que «El fomo, o fear of missing out ("miedo a perderse algo"), es un fenómeno psicológico y una forma de ansiedad social caracterizada por el temor constante a que otros estén viviendo experiencias gratificantes mientras uno no participa». Una mezcla de envidia –la persona afectada siente pesar al ver que otros están disfrutando de lo que ella se está perdiendo–, de resentimiento o enojo por verse excluído, y de imposible afán de omnipresencia, que impele a consultar compulsivamente el móvil y a no disfrutar de lo que nos rodea. Lo fomo supone un desdoblamiento, el plano del aquí en el que se está, y el plano del allí en el que se quiere estar pero no se está, lo que conduce a la falta de estima propia, al estrés, a la angustia. En fin, una enfermedad, una adicción: el mal de las redes. Una pena.

El ser humano es toxicómano por naturaleza, tanto de sustancias químicas como de instancias mentales. Lo prueba el uso abusivo que se hace del enganche o del estar enganchado al póquer, a los videojuegos, al fútbol, al cine gore, a las novelas históricas, al bingo, a una película, a una saga, a la práctica de algún deporte, al baile de salón o a los juegos de rol y a mil cosas más que crean dependencia y provocan desajustes físicos y emocionales.

La sigla fomo añade una moderna dolencia, una patología más de las innumerables a que estamos expuestos: por mucha tecnología de que nos valgamos, somos seres limitados, jamás poseeremos el don de la ubicuidad.

Otra palabra que ha llamado mi atención esta semana guarda su relación con la anterior. Es una extraña formación acrónima: HODIO, sí, con hache, aunque no es falta ortográfica, sino desafortunada creación vocabular del equipo de gobierno de la Moncloa. Amparado en un lema de onda hippieHablemos más de amor y menos de odio–, el presidente Sánchez presentó en sociedad un nuevo proyecto para el seguimiento y erradicación de los discursos de odio y polarización en las principales redes sociales utilizadas en nuestro país. La razón de este programa espía está en el uso que la ultraderecha neonazi hace de las nuevas tecnologías para difundir sus comentarios racistas, para agredir verbalmente y amenazar a quienes no somos de su cuerda.

La palabreja en cuestión visibiliza el concepto, quién lo duda –HODIO–, pero puede inducir al equívoco, a la duda, incluso a la incitación, en personas no duchas ortográfica e ideológicamente. Si esto ocurre en el contexto de la escritura, no dudo que sería mucho más contraproducente en el ámbito oral, con nuestra hache muda. ¿Cómo iba a entenderse la frase el gobierno ha puesto en marcha el programa odio? Es el mismo equívoco que cuando alguien anima a celebrar el «día de la violencia contra las mujeres».

Una precipitada parida, una chapuza, un neologismo desafortunado y malamente construido desde el punto de vista léxico, que deja fuera, además, una parte de la secuencia lingüística que genera el acrónimo. Según el ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la herramienta HODIO nace del sintagma «Huella del Odio y la Polarización». ¿Por qué no aparece representado el término «polarización»?

Me acuerdo de la canción de Aute, clarividente como siempre:

Retales, chapuza y pastiche.
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.


miércoles, 11 de marzo de 2026

Don Quijote en el diccionario, 1

En el capítulo I de la novela cervantina publicada en 1605, asistimos al nacimiento, no del hidalgo, del que no sabemos exactamente cuándo nació, sino del caballero, del ingenioso caballero don Quijote de La Mancha. La palabra «quijote» existía ya en nuestra lengua antes que el personaje: los quijotes eran las piezas de la armadura que protegían los muslos del caballero. Pero también designaba la parte de los cuartos traseros de las caballerías comprendida entre el cuadril y el corvejón.

El origen inmediato de la palabra está en el término catalán cuixot (cadera), como leemos en el diccionario etimológico del señor Corominas, que nos presenta tres momentos léxicos del vocablo: cuixa (muslo) > cuixot (1280) > cuxot (1350). En el catalán de nuestros días, una cuixa es un muslo, humano o de pollo, de animal, y con cuixal se designa tanto la pernera del pantalón, como el protector de los muslos en el conjunto del arnés, y como el cojal, la piel que los cardadores se ponían sobre el muslo para cardar. Entre muslos, pues, anda el vocablo, el quijote.

Los etimologistas románicos la derivan del latino coxa (cadera), aunque Aulo Cornelio Celso, prestigioso médico de tiempos de Tiberio (s. I d. C.), se refería con ella tanto al muslo como al hueso del muslo, el fémur. En griego no parece documentada esta raíz, si bien hay quien supone un kóchone y un kóchona, que designaban la zona del isquión, la cadera, y que está en el origen de palabras, como coxis o cojo y sus derivados.

¿Conocía Cervantes la palabra quijote o estamos ante un feliz hallazgo, una creación suya? Como soldado que fue, no ha de extrañar que conociera los distintos componentes de una armadura. Y si no era por la milicia, bien podría ser por esa zona del cuarto trasero de las caballerías. De cualquier manera, hay que alabar el acierto de utilizar parte de la raíz del apellido del hidalgo, añadiéndole el sufijo ote con su tinte aumentativo y su matiz burlón. Y su consonancia con el morisco Ricote o con el magnífico y admirado Lanzarote del Lago.

En el diccionario de la RAE aparecen dos artículos para la palabra quijote. El primero, para referirse a la pieza del arnés y a la zona del cuarto trasero de las caballerías. El segundo artículo considera el término «por alusión» al personaje literario, y nos ofrece dos acepciones:

1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. Sinónimos: héroe, idealista, altruista, abnegado, desinteresado.

2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino.

La definición y sinónimos de la primera acepción nos presenta el hecho de ser quijote desde el punto de vista espiritual, ético, como algo positivo, solidario, digno de elogio y admiración, incluso de emulación. La segunda, señala el parecido puramente físico con el personaje de la novela.

En el Diccionario del español actual1 se define quijote como «hombre idealista que actúa desinteresadamente en defensa de causas que considera justas. Frecuentemente también con intención despectiva». Se introduce aquí un matiz significativo importante que no aparece en el diccionario académico: lo peyorativo o despreciativo, lo desfavorable. En ese menosprecio insiste también María Moliner, cuya definición se acerca también a la intromisión, a la injerencia, cuando escribe que el término quijote «se aplica como nombre calificativo a la persona que está siempre dispuesta a intervenir en asuntos que no le atañen, en defensa de la justicia. Generalmente no se emplea con sentido admirativo y puede tenerlo despectivo».

Una observación antes de continuar. Según la RAE y Seco-Andrés-Ramos, el nombre calificativo quijote sólo se aplica a hombres. No hay, vista su definición del término, espacio para las mujeres que anteponen sus ideales en favor de nobles causas, idealistas, que luchan contra la injusticia. Únicamente María Moliner evita la mirada machista y habla de «persona», no de «hombre». Instamos, pues, desde este Pisapapeles a la docta academia para que revise la formulación exclusiva del término quijote e incluya la posibilidad de que una mujer también pueda ser considerada quijotesca, en el buen sentido de la palabra.

***

1 Manuel SECO, Olimpia ANDRÉS y Gabino RAMOS, Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999.

lunes, 9 de marzo de 2026

Learning American English

Era uno de los lemas de mis años mozos, cuando fui tomando conciencia, no del idioma inglés, sino de la cultura de la paz, de la protesta contra el intervencionismo, contra el militarismo Make love, not war, contra el imperialismo de Estados Unidos. Yankee go home. Yanqui, vete a casa. Deja de injerirte, de bloquear, de bombardear. De amenazar. De ocupar. Eran los sesenta hippies y mayistas, cuando supimos de los manejos de la cía y de las banana republics, del summer of love, de la marihuana, del hachís y de los trips, de las canciones de Donovan Universal soldier, de Bob Dylan Masters of war–, o de Leonard Cohen: The partisan.

Con el tiempo y la influencia de los mass media, aunque EEUU siguió entrometiéndose y luchando en diferentes guerras, la frase entró en el túnel del desuso y se fue considerando casi un arcaísmo, un slogan trasnochado, una expresión ideológica extemporánea, anacrónica, propia de puretas. No recuerdo que en los movidos ochenta –Quién en esta década, con una generación arrasada por la heroína, iba a gritar el Yankee go home en un concierto o en un garito de la movida–; ni en los noventa, cuando España entró plenamente en la modernidad –Quién en los fastos de la Expo 92 o en el estadio olímpico de Barcelona iba a enarbolar una pancarta con el Yanqui, vete a casa; ni siquiera en la primera década de este siglo, cuando las manifestaciones masivas contra la guerra en Irak, se veía esta vieja consigna.

Pero los tiempos cambian y no cambian. O cambian para no cambiar, porque por enésima vez, un presidente estadounidense con probadas hechuras de matón, amenaza, secuestra, bombardea y comete crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y de nuevo, desde que volvió a la Casa Blanca, ondean al aire pancartas con el Yankee go home. Lema reivindicativo por nacionalista, imperativo por derecho a la propia soberanía, por respeto a los tratados y leyes internacionales. La guerra, no olvidemos a Gandhi, es el lenguaje de las bestias. De los déspotas. De las malas personas. De los asesinos.

Creo que con el tiempo y el trabajo de zapa de los grandes medios de comunicación, la barbarie irá pasando a un segundo o tercer o quinto plano, como ha pasado con Gaza, hasta que nos olvidemos de ella, engatusados por minúsculos asuntos magnificados.

EEUU siempre hace películas sobre sus guerras. Fuimos a verlas antes y las aplaudimos –Qué buenos ellos, los yanquis, haciendo cine. Oh, apocalipsis, oh, Johnny, oh, chaqueta metálica, oh, negro halcón, oh Platoon, oh Ryan, oh delgada línea… Supongo que en breve veremos el golpe de Caracas, el genocidio de Gaza, los bombardeos en Irán, el minuto a minuto en la Casa Blanca… y la agonía de Cuba.

Es la pedagogía de Donald Trump. Su apología del insulto. De la violencia. De la patada en la cabeza. Del disparo en el corazón. De la bomba. Ese es su idioma. No el inglés.


miércoles, 4 de marzo de 2026

Aquel 10 de octubre del 44

 «Se crea un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, bajo la dependencia del Ministerio de la Gobernación de la Península, y con la denominación de Guardias civiles». Así reza el artículo 1 del Real Decreto por el que se crea la Guardia Civil, publicado en la Gaceta de Madrid el domingo 31 de marzo de 1844, firmado por Luis González Bravo, Presidente del Consejo de Ministros; Luis Mayans, ministro de Gracia y Justicia; Manuel de Mazarredo, ministro de la Guerra; Filiberto Portillo, titular de Marina, Comercio y Ultramar; Juan José García Carrasco, encargado de Hacienda, y el marqués de Peñaflorida, responsable de Gobernación.

El nuevo cuerpo armado se acoge a la disciplina y a la justicia militar, y cumplirá un servicio público que ni el ejército ni la Milicia Nacional podían garantizar en ese momento, como era la «protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones», en una nación necesitada de orden y seguridad «por efecto de sus guerras y disturbios civiles».

El encargado de organizar la nueva institución armada es un pamplonés de 41 años, don Francisco Javier Girón de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, con pedigrí nobiliario y militar por los cuatro costados, que había ingresado en el ejército a los 12 años. Defensor de la monarquía absolutista, luchó a las órdenes del general Narváez en la primera guerra carlista, tras la que alcanza el rango de mariscal de campo. En abril de 1844, González Bravo le asigna la tarea de crear y formar el nuevo cuerpo armado para la seguridad pública. 

En sucesivos decretos y ordenanzas salidas con celeridad del despacho del duque, se establece la organización de la benemérita institución, su distribución geográfica, los uniformes, los haberes, el código disciplinario, la vivienda, los requisitos para el ingreso y el espíritu del Cuerpo. Para la instrucción de la tropa se habilitaron instalaciones del ejército en Leganés, para la infantería, y en Vicálvaro para la caballería. Sólo cuatro meses, de abril a julio, bastaron para tener a punto el primer grupo de guardias civiles, que formó ante el duque más allá de la Puerta de Atocha, el 4 de agosto. Para esas fechas, don francisco Javier Girón había sido nombrado Director General del Cuerpo, integrado entonces por 688 hombres de infantería, 320 de caballería y 40 oficiales y suboficiales. A primeros de octubre, el número había aumentado considerablemente: 1795 hombres de a pie, 406 a caballo, 78 mandos.

La primera aparición pública de los guardias civiles tuvo lugar en Madrid el 10 de octubre de 1844, fecha en que se celebraba el 14 cumpleaños de la reina Isabel II y la solemne apertura de las Cortes. Aquel día, memorable en la historia del Cuerpo, desfiló por las calles de la capital el primer Tercio, el de Madrid y provincia, integrado por 5 compañías de infantería (693 hombres), 2 escuadrones de caballería (236 hombres a caballo), más oficiales y suboficiales, que llamaron la atención “por su marcialidad, escogido personal, buena instrucción y vistoso uniforme” (Quevedo, Sidro, 577). En su tesis doctoral (Eduardo Martínez Viqueira, La definición de un modelo de liderazgo en la etapa fundacional de la Guardia Civil. Trabajo defendido en 2019 en la Universidad Complutense), Eduardo Martínez Viqueira aporta otro testimonio sobre aquel lucido desfile: «El tostado rostro de aquellos veteranos, recién salidos de la guerra civil [la primera guerra carlista], su guerrero continente y gallarda estatura, eran objeto de las miradas del público, lo mismo que la alzada y anchura de los soberbios caballos. Este conjunto agradable influyó mucho en el ánimo del público para borrar la desfavorable impresión que el primer decreto había causado».

Qué subidón imaginar un Zarco en aquella memorable fecha, en tamaña exhibición de gallardía y de espíritu marcial, entre el ruido acompasado de los cascos de las caballerías, las músicas militares y lo vistoso de los uniformes, de los tricornios, el brillo de los sables, el cornetín de órdenes. Más la carroza real y los alabarderos que la acompañan, los diputados –la sede provisional del Congreso era entonces el salón de baile del Teatro Real–, haciendo el recibimiento, el gentío madrileño dando vivas a la reina y a la flamante guardia civil, en un ambiente solemne y festivo, que hace pensar en la famosa «Marcha triunfal» de Rubén Darío: 

«¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines».

Imagino la emoción de un Zarco alfa, el primero de la familia en llevar el benemérito uniforme, un Zarco que nació con Napoleón vivo en Santa Elena, y con el felón y feroz represor de la libertad, el excusable Fernando VII; que quizá viera, o entreviera al paso marcial, aquella mañana del 10 de octubre de 1844, desde la bajura de un guardia civil de infantería, o desde la altura de su caballería, a la reina adolescente de la nación –oh país del absurdo– manipulada por unos y por otros, obligada poco después a casarse con un hombre gay. Qué orgullo de prosapia. La de los Zarcos, digo. 

Fantasear con un Zarco en aquella jornada histórica hace nacer en mí, más que orgullo, que podría serlo, pero sin ínfulas ni petulancias –cinco generaciones de Zarcos al servicio de la patria– un alegre bullir en la sangre, una cierta fascinación por esa línea ininterrumpida de 11 varones de la familia consagrados al orden y a la seguridad de las personas y los bienes, que hicieron del sacrificio y del honor la principal divisa de su vida.


jueves, 26 de febrero de 2026

Mi primer verso es para ti

          Mi primer verso de hoy es para ti.

Por la mañana azul y por el cielo limpio hasta lo infinito. 

Por el verdor en la tierra, por las escorrentías y por las represas en los caminos, por las gavias, por los arroyos, casi olvidados ya de las aguas que se precipitan en busca del mar.

Por la cresta y por el canto de las alondras, por los jóvenes jilgueros en bandada, por la percusión del pájaro carpintero.

Por la tarde apacible y por los versos del poeta. 

Por los niños que juegan en el parque. 

Por el jolgorio de los gorriones en los naranjos. 

Por la serenidad y por la sobriedad –sin los fuegos de luces del otoño– con que te despides de nosotros, ¡oh, dulce sol amarillo de febrero!

***

Título tomado de Rafael Alberti, Versos sueltos de cada día.

lunes, 23 de febrero de 2026

Homenaje a Leonard Bloomfield

¡Vamos, los libros, con sus letras, con sus puntos, con sus comas!, pregonaba la mujer en su puesto de libros del Rastro. Qué es un libro sino letras, comas y puntos. Se suman las letras para formar palabras, se unen y separan las palabras con puntos, con comas, para crear un libro. 

La mujer cantaba su pregón con voz cristalina y mirada risueña, conocedora de su efecto en quienes esculcábamos en el tenderete. 

El alma de un libro: comas, puntos, letras. Todo lo escrito y todo lo por escribir es eso, combinación de letras, de puntos, de comas. El genoma de la literatura. 

El lenguaje es combinatoria. La adecuada conjunción de esos elementos para que resulte el Quijote o una miniatura de Emily Dickinson, una página de Proust o los hexámetros de Homero. 

Teoría y praxis del distribucionalismo: letras, comas, puntos... 

        Más el misterio de la creación de un mundo.

        Más la belleza. 

        Más el goce de la lectura.