jueves, 5 de febrero de 2026

Oiga, ¿es la guerra?


Escribía días atrás la periodista Ana Iris Simón una columna1 sobre la negativa de David Uclés a participar en unas jornadas (Letras en Sevilla) sobre la guerra civil –«La guerra que todos perdimos», así, en enunciación afirmativa, no interrogativa, como apareció luego, achacándose un error de imprenta–, porque en esas jornadas participaban también José María Aznar y Iván Espinosa de los Monteros.

Para la autora de Feria, el gesto de Uclés convierte al adversario en enemigo, “disfraza de virtud la censura al otro, su simplificación o la ausencia de voluntad de diálogo”. Para demostrar la razón que la asiste, Simón recurre a una escena de una serie televisiva de ficción en la que Federico García Lorca asiste a una actuación de Camarón de la Isla, y afirma parafraseando al poeta: “la guerra la ganaron aquellos a quienes recordamos con orgullo. La ganaron perdiendo, porque vencer es convencer, como decía aquel. La ganaron con dolor, tras décadas de hambre, de exilio, de muerte, de injusticia. Pero la ganaron”. Se entiende el sentimiento de fraternidad y de compasión por los vencidos, se comprende el orgullo por la lucha de los republicanos, y nos produce dolor su sacrificio, igual que ocurre hoy con el pueblo palestino, pero los hechos fueron los que fueron. Que los recordemos con amor, que nos produzcan pesar, que sintamos respeto y admiración por los hombres y mujeres que avivaron y defendieron la República. Se comprende la frase de Ana Iris Simón, bisnieta de un comunista que murió en el exilio, pero la realidad no puede borrarse ni ser rectificada: la guerra la ganó Franco y la perdió Azaña.

No la ganó García Lorca, a quien cuatro fascistas fusilaron de mala manera en un barranco cualquiera. No la ganaron los que pasaron por las playas del sur de Francia. Ni los que murieron gaseados y hechos cenizas en los campos de exterminio. No la ganaron los prisioneros de los campos de concentración franquistas. Ni las rapadas. Ni las torturadas y obligadas al ricino. Ni las paseadas a las tapias de los cementerios. Reivindicamos hoy su memoria, rescatamos sus vidas en libros, en películas, en cómics, en tesis doctorales, en blogs, en canciones y en jornadas culturales. Afirmaba Andrés Trapiello que los escritores republicanos perdieron la guerra pero ganaron la literatura. Hoy, a la vista del imperante revisionismo de derechas, ya no está uno seguro. ¿Quién ganó la maldita guerra civil? ¿Los fascistas o los republicanos?

Han pasado noventa años y todavía se debate el asunto. En este país nada puede entenderse como fue, sino como a la derecha le interesa que fuera: nosotros también perdimos la guerra, sostienen. Ganaron la guerra una vez y la quieren ganar de nuevo. Aunque ahora la quieren ganar perdiéndola, para obtener el todo, el ganar y el perder, la victoria y la derrota.

Vencer es convencer, afirma la escritora manchega, aludiendo, supongo, a la famosa frase de Miguel de Unamuno en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, ante el mutilado general Millán Astray, que había lanzado dos estúpidas proclamas –¡Muerte a los intelectuales! ¡Viva la muerte!–, a las que el magnífico rector contestó con Venceréis, pero no convencereis. O con «Vencer no es convencer». La razón de las armas no es la razón de la inteligencia, venía a defender Unamuno, pero lo de «Vencer es convencer» no sabe uno exactamente por dónde va. Vencer es convencer de qué: de que tú estabas equivocado y yo tenía la razón, o de que yo estaba equivocado y la razón era tuya.

Vivimos en un país proclive a la paradoja y al oxímoron –vivo sin vivir en mí; muero porque no muero, ganar es perder–, un país de especialistas en el trile dialéctico, donde el que gana pierde y el que pierde gana, un país de chaqueteo –hoy falangista, mañana demócrata como el que más–, de probada experiencia en el tergiverseo y en el donde dije digo. Incluso en el inventarse a un tal Diego.

Nada más cínico a estas alturas que afirmar que la guerra la perdieron todos los españoles. Que no pedir perdón.
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1« El fascismo de los antifascistas», El País, 31 enero 2026.

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