Recuerdo haber visto la película en su momento, pero hasta ahora no había leído esta novela de Miguel Delibes, que cuenta el viaje, en vísperas de las primeras elecciones generales en nuestro país tras la guerra civil, de tres militantes del Partido, uno de ellos candidato al Congreso, a un pueblo castellano en ruinas, donde viven tres personas, el señor Cayo Fernández, su mujer, que es muda, y un vecino con el que no se tratan.
Cada uno de los militantes –Víctor, el candidato; Laly, comprometida sobre todo con la lucha feminista; y Rafa, un militante de base– tiene una manera de asumir el presente y encarar el futuro, una diferencia de criterios y de objetivos, con los que el novelista refleja la disparidad ideológica, la falta de unidad dentro de la izquierda, la multiplicidad de soluciones ante el encuentro, el conflicto, entre individuo y comunidad.
La intención de Delibes con esta novela publicada en 1978 fue contraponer dos visiones, dos maneras de estar en el mundo: la vida en estrecho contacto con la naturaleza, autosuficiente, con todo lo que conlleva de aislamiento y dependencia de los elementos, y la vida urbana, desnaturalizada, deshumanizada, dominada por el vértigo de la prisa y la acumulación. Por eso están fuera de lugar, resultan ridículos, los argumentos de los miembros del Partido para que el señor Cayo vote en las inminentes elecciones. A sus 83 años, el señor Cayo labra su huerto, cuida los manzanos y los cerezos, prepara leña para el invierno, conoce las propiedades de las plantas y el comportamiento de las abejas, cuece el pan que comen y va sorprendiendo a los militantes con sus respuestas sobre Franco, sobre las cooperativas, sobre la guerra civil, sobre los hijos, sobre su trabajo y su vida cotidiana, sobre la edad de jubilación de un hombre. El señor Cayo sabe hacer cosas, sabe explicar fenómenos naturales, el comportamiento de los animales, sabe aprovechar los recursos de la tierra y guarda memoria de la vida del pueblo.
Como terminan reconociendo los tres militantes, de nada valen sus discursos. Aunque anclado en el primitivismo, el señor Cayo y su mujer poco más de lo que tienen necesitan, se bastan a sí mismos, trabajan para ellos, no tienen jefe a quien obedecer ni para el que trabajar, son dueños de sus vidas. Son los últimos habitantes de la España vacía, mantenedores de una antiquísima cultura íntimamente vinculada a la tierra, y no resultan tan paletos como los tres políticos creen antes de pasar unas horas con ellos.
Los militantes acaban asumiendo la inutilidad de sus argumentos, admitendo, desengañados, que pretendían redimir a quien los ha redimido a ellos, a quien les ha abierto los ojos: frente a la teoría política, la praxis de la vida que les ha mostrado el señor Cayo. Ahora son conscientes, en palabras del candidato, de estar dejando morir una cultura sin mover un dedo, de vivir en un mundo, la ciudad, que da la espalda a la naturaleza.
Ese contraste urbe/aldea se refleja también en el lenguaje de los personajes, estereotipado y con abundantes clichés lingüísticos y muletillas el urbano, especialmente en los dos más jóvenes, Laly y Rafa –tío, macho, demasié, joder, me mola, rollo, enrollarse, comer el coco...–, más concreto y pleno de términos propios del ámbito rural que desaparece, desusados, desconocidos, en el urbano: humeón, el borde del almorrón, corría el río en ejarbe, salguera, escañiles…, puestos sobre todo en boca del narrador.
Con la victoria moral del señor Cayo se confirma la tesis de la novela: la bondad del mundo rural frente al urbano, del hombre-individuo urbano frente al hombre-masa. Esa es la inesperada lección que el candidato y sus dos compañeros han aprendido en aquel remoto pueblo en ruinas.
