miércoles, 17 de enero de 2024

Estados belicosos


Mediados de febrero de 1956. El presidente Eisenhower llega a la antigua plantación Milestone, en el estado de Georgia, para cazar codornices. En la madrugada del 17 habla con su secretario de comunicación, James Campbell Hagerty, para que convoque una rueda de prensa en el hotel Scott de Thomasville. Los periodistas, soñolientos y algunos en pijama, toman nota y telefonean a sus redacciones: se suspende temporalmente el envío de armas al Oriente Medio. Al día siguiente, los periódicos dan la noticia en primera plana y añaden informaciones. El embajador de Arabia Saudí manifiesta el descontento de su país, exige a EEUU que cumpla su compromiso de entregarle 18 carros de combate que ya están pagados, y anuncia que el embargo creará necesariamente una impresión desagradable en el pueblo de Arabia Saudí y en el Mundo árabe. El Gobierno británico, enterado del embargo por la prensa, anuncia que seguirá vendiendo armamento a los países árabes de la zona. Esta decisión pone en aprieto al primer ministro Eden, presionado por los laboristas, que piden ayuda para Israel en compensación por el envío de tanques británicos a Egipto. Los periódicos informan igualmente de un barco atracado en un muelle de Brooklyn, listo para zarpar con un cargamento de 18 tanques modernos ‒¿los destinados a Arabia Saudí?‒, y de otro que navega ya rumbo a Libia también con carros de combate.

¿La causa de este confuso asunto? Ciertos reparos ‒o retraso‒ de EEUU ante la solicitud israelí de material bélico por valor de 50 millones de dólares. Al parecer, la decisión del embargo al Oriente Medio ha sido ¿sugerencia? del embajador israelí en Washington, para evitar que se armen los países de la Liga Árabe. Unos meses después, en octubre del 56, Israel, con la ayuda de Reino Unido y Francia, invade Egipto y ocupa el Sinaí. 67 años ‒toda mi vida‒ desde entonces e Israel continua en guerra con sus vecinos.

Alentada por las propuestas sionistas de Theodor Herlz, la primera ola de judíos de la diáspora se asienta en Palestina en 1881. En ese momento, la población judía apenas llegaba a los 24.000 habitantes, pero después de sucesivas oleadas de inmigración ‒aliá‒, la población supera los 9,5 millones de personas en un territorio ‒ocupado‒ de 22.000 km2, equivalente a la provincia de Badajoz, mientras que la población palestina no llega a los 5,5 millones, repartidos en dos áreas, franja de Gaza y Cisjordania, de 6.000 km2, superficie aproximada a la provincia de Alicante.

La historia contemporánea de Palestina es la de un genocidio prolongado en el tiempo, la de una guerra con la que el estado israelí persigue borrar del mapa a los árabes palestinos. En lugar de agradecer la acogida en una tierra que ya no les pertenecía, de respetar los derechos palestinos, o de de buscar la concordia y las relaciones de buena vecindad, el estado israelí ha ido anexionándose territorio, entablando guerra con sus vecinos, negando el pan y la sal a todo aquel que no comparte su sionismo okupa, opresor y destructivo.

Desde octubre de 2023 asistimos a un nuevo recrudecimiento de esa guerra de aniquilación de palestinos en la que vale todo: bombardeos, falta de combustible y medicamentos en hospitales y centros de acogida, de agua y comida, cierre de pasos fronterizos, desplazamiento forzado de miles de personas hacinadas en condiciones inhumanas en la devastada franja de Gaza: Medio millón de civiles se encuentran al borde de la hambruna en la Franja palestina, donde las lluvias invernales anegan refugios y campamentos, es uno de los titulares del día. Pero al estado de Israel le importan un bledo las reconvenciones de la ONU, los reproches de algunos mandatarios o de la UE, las manifestaciones en contra en numerosas ciudades del mundo, la acusación de crímenes de guerra y de lesa humanidad, con el agravante, además, de políticos como el presidente estadounidense o el canciller alemán que prontamente apoyaron la actuación genocida del gobierno israelí.

Apoyado en su potente ejército, Israel prosigue la ocupación de territorios ajenos y el exterminio de la población palestina. Cuenta, además, con el apoyo incondicional de EEUU, que ha llegado a reprocharle el bombardeo de la población civil y el incumplimiento de las normas internacionales sobre ayuda humanitaria, aunque por otro lado le sigue proporcionando material bélico: EEUU aprueba la venta de armas a Israel por valor de 147 millones de dólares sin pasar por el Congreso.

El mismo contubernio judeo-estadounidense que en febrero de 1956. Se cierra así otro círculo viciado, el de la belicosidad del estado israelí, y el del gran negocio de la guerra en manos de unas pocas empresas estadounidenses, cuya actividad nos recuerda aquel violento manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti que proclamaba en febrero de 1909, desde las páginas de Le Figaro: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas”. Sólo que ahora no hablamos de arte, de literatura, sino del negocio más lucrativo del mundo, que consiste en legitimar la necesidad de tener un ejército bien pertrechado, provocar guerras de vez en cuando, probar nuevas armas, arrasar países y luego reconstruirlos, en un cínico ejercicio de corrupción y degradación moral que merecen nuestra repulsa más contundente.

Cuesta trabajo entender el carácter belicoso de ciertos países y la legitimidad que se arrogan para encender o alentar un conflicto armado. No es cierto que con el avance de los tiempos y el progreso tecnológico los gobiernos tiendan al pacifismo, al bienestar colectivo y prefieran que sus ciudadanos hagan el amor en lugar de la guerra. Teclee el lector en el buscador de internet la secuencia “guerras de EEUU” y se sorprenderá de la cantidad de ellas en que ha intervenido. En cuanto a Israel, ocho guerras oficiales desde su creación en 1948, más las innúmeras escaramuzas, matanzas, expediciones de castigo y operaciones encubiertas de las que apenas tenemos noticia. Ambos son estados belicosos. Estados guerreros, que además nos están acostumbrando a seguir en directo sus guerras y que nos anestesian con su información sesgada, desde su perspectiva exclusiva, que los presenta como salvadores de la democracia y paladines de la lucha contra el mal en el mundo.

Tiempos convulsos estos, como aquellos del 56 en que nací un 18 de febrero a las nueve de la mañana. Vivíamos entonces en la Huerta de Santa Isabel, con vistas al Silo y a la “Residencia Nueva”, como se la llamaba entonces, que se inauguró poco después. La casa principal era una construcción rectangular con dos plantas ‒nosotros ocupábamos la primera; la planta baja se reservaba a los señores, que nunca aparecieron por allí‒ y hacía ele con una construcción más baja donde vivían Cachero, el aparcero, y los suyos. Guardo algunas fotografías borrosas de aquellos primeros años en la huerta, con los rostros jóvenes y felices de mis padres, de mis tíos, del abuelo Anselmo conmigo en brazos, con mi hermana Ángela.

Es posible que mi padre y mi abuelo hojearan ese día un ejemplar del diario Córdoba. Fantaseo con la posibilidad de que aquel gélido 18 de febrero de 1956 ojearan los mismos titulares que yo leo 67 años después en la pantalla del ordenador. Y me pregunto qué pensarían del nuevo estado de Israel y de los árabes de Palestina. ¿Estarían ellos dos de acuerdo? ¿Lo estarían conmigo?

martes, 9 de enero de 2024

38 Acuden ya

 Acuden ya tordos y gorriones ‒canto y vuelo‒ a refugiarse de los gatos de la noche, de las heladas de diciembre.

Sobre un fondo azul marino, la torre, los cipreses, la imperfecta geometría de los tejados.

Luego, durante unos minutos, solo sucede la luz que se va, la quietud.

Y tu silencio mientras miras por la ventana ‒oh alma en anhelo‒ este claro anochecer, sosegado, puro, metafísico.




martes, 2 de enero de 2024

37 Augurios


Amanecer del nuevo año. Silencio y calles solas. Sobre los adoquines de la plaza, confeti, vasos de plástico y tiras multicolores de serpentina. No muy lejos, risas jóvenes y chunda-chunda.
    Por el Camino de las Huertas, la dehesa en niebla. Vuelos de urracas y de rabilargos. Ocultos en un árbol cuchichean unos jilgueros.
    A la vuelta, va la niebla alzando el vuelo, disolviéndose y dejando limpio el cielo.
    Buen augurio, me digo. Y entro reconfortado en casa, lírica y limpia también el alma.




jueves, 14 de diciembre de 2023

Primeras noticias de la Lusitania

 Con las primeras lecciones sobre la historia nacional nos llegó el nombre de Viriato, un rebelde que al maestro le llenaba el pecho de orgullo por su incordiosa guerra de guerrillas contra el poderoso ejército romano que había ocupado la península. Con el nombre del pastor y caudillo lusitano, llegaron también los nombres extraños de otros pueblos que habitaban la piel de toro (túrdulos, bastetanos, celtíberos, ilergetes, oretanos, cántabros, vascones y galaicos, a quienes habían precedido fenicios, griegos y cartagineses), el mito de la fundación de Cartago (la superficie delimitada por la piel de un buey hecha finas tiras), la vileza de los tres compañeros de Viriato que pagaron su deslealtad ‒¡Roma no paga traidores!‒ viendo sus nombres escritos con letra pequeña en los tratados de los historiadores, las proezas de Indíbil y Mandonio, los elefantes de Aníbal y el sacrificio de Sagunto (Nunca esclavo puede ser el pueblo que sabe morir, era una de las frases para copiar como ejercicio de rotulación en cursivas), la fértil tierra del río Íber, la Hispania citerior y ulterior, abundante en conejos, los sabios emperadores andaluces Adriano, Trajano y Teodosio… ¡Oh maravillosa historia verdadera! ¡Oh viejos pupitres! ¡Ay, niños del franquismo, adoctrinados, manipulados y bien peinados, con miedo al maestro, a las sotanas y a los uniformes! ¡Oh infancia feliz! ¡Oh, niñez indefensa! ¡Oh, paraíso del juego y del misterio! ¡Oh tardes de mapas calcados! ¡Oh, Portugal, siempre serás la nariz, la frente y la barbilla de nuestro ibérico rostro!

viernes, 8 de diciembre de 2023

36 Crepúsculo a crepúsculo

Bellísimo hoy el levante del sol con su intenso naranja en las nubes desplegadas en abanico hasta que ha ido bajando la niebla con su imprecisión, su borrar límites y difuminar los bultos de los árboles, las siluetas de las casas, las paredes de piedra, el camino por donde voy, mi vida misma crepúsculo a crepúsculo acercándose en calma a la claridad última.

lunes, 4 de diciembre de 2023

Círculos viciados (2)

Bastó consultar otros periódicos de aquellas fechas, unos de la llamada Prensa del Movimiento, controlados por Falange (Imperio de Zamora, Diario de Burgos, 7 Fechas, Arriba, ABC), y otros publicados por los exiliados en Toulouse, México D. F. o París (España, España Libre, España Popular, boletines de la CNT y algún ejemplar de Mundo Obrero), para tener una idea de los hechos, que resumiré enseguida.

En la década del 50 van apareciendo señales de descontento con el régimen franquista en diversos sectores sociales. Uno de ellos, el universitario, se manifestó públicamente con motivo de la muerte y entierro de José Ortega y Gasset, a quien no se había restituido en su cátedra de Metafísica en la Universidad Central tras su regreso del exilio en 1945. Algunas crónicas hablan de miles de estudiantes en la calle Montesquinza, que acompañaron al féretro hasta la Sacramental de San Isidro. En los días posteriores hubo manifestaciones contra la manipulación de la muerte del filósofo por parte de la Iglesia y del Régimen, al asegurar que in extremis se había arrepentido y había abrazado la fe católica, hecho desmentido por la familia. En el patio de la Facultad de Filosofía y Letras hubo una reunión de estudiantes en la que se leyeron fragmentos de la obra de Ortega antes de marchar con una corona de laurel a su tumba, ante la que se leyeron nuevos textos del pensador. Finalmente, el 18 de noviembre se celebra un frío homenaje oficial en la facultad de Filosofía y Letras, en el que intervienen Pedro Laín Entralgo, Emilio García Gómez y Gregorio Marañón, que arrancó encendido aplauso al reivindicar su liberalismo, y de paso el de Ortega.

Otro hecho que contribuyó al calentamiento ambiental de la Universidad fue la realización de una encuesta encargada por el CSIC, realizada por el psicólogo José Luis Pinillos, para conocer la opinión de los universitarios madrileños sobre el gobierno, los militares, el profesorado y la jerarquía eclesiástica, que arrojó unos resultados verdaderamente demoledores: una mayoría abrumadora consideraba incompetente (tramposa, improvisadora, ignorante) a la minoría gobernante, cuando no inmoral (falta de escrúpulos, falsa, con abundancia de estafadores y chupópteros). Los militares no salían mejor parados: o bien eran tachados de ignorantes y rutinarios, o bien se les consideraba inmorales por mujeriegos, brutales, o borrachos. Los universitarios madrileños denunciaban también la ausencia de maestros eminentes, la insinceridad e hipocresía de los profesores y la escasa dedicación profesional. Finalmente, consideraban inaceptable la política social de la iglesia y su olvido de la clase trabajadora. De los 400 estudiantes que realizaron la encuesta, el 80% se declaraban monárquicos o republicanos, frente a un 20 % de falangistas. Se manifestaba así, según Pinillos un descontento entre los universitarios, que no se mostraba públicamente por miedo colectivo, por las repercusiones económicas que pudiera tener una actitud protestataria, y por la falta de “ideales claros y constructivos”, quedando fácilmente expuestos al influjo de los comunistas.

Prueba de que la caldera universitaria de Madrid estaba bien caldeada son los llamados «sucesos de febrero del 56», una serie de acontecimientos que acabó con la destitución del ministro de Educación y la del decano de Derecho, y con algún relevo en Falange. Uno de esos acontecimientos, instigado desde la clandestinidad del Partido Comunista y distribuido por las diferentes Facultades, es la aparición de un manifiesto dirigido al Ministerio de Educación Nacional en el que se pide la celebración, con todas las garantías, de un congreso nacional de estudiantes para abordar asuntos como la escasez y carestía de las residencias de estudiantes y colegios mayores, que abocaban a muchos estudiantes a pensiones con precios crecientes y ambiente nada propicio al estudio; la continua subida en la matrícula y seguros, en los deficientes libros de texto; la mediocridad del profesorado o la destitución de prestigiosos catedráticos por motivos ideológicos; la escasez de especialidades y salidas laborales; el hoy llamado “pensamiento único” o monopolio de las ideas; el profundo divorcio, en fin, entre la Universidad ideal y la real.

Añádase la suspensión de las elecciones en el SEU al comprobarse el empuje creciente de las candidaturas de izquierda, y la consiguiente marcha de protesta hacia el Ministerio de Educación Nacional. La ocupación violenta, al día siguiente, de la Facultad de Derecho, con destrozos y ataques a estudiantes por un grupo de falangistas. Finalmente, el enfrentamiento, el día 9 de febrero, entre estudiantes falangistas que acababan de participar en un homenaje al «estudiante caído», camarada Matías Montero, y estudiantes de tendencias progresistas que se manifestaban contra la ocupación de la Universidad el día anterior. En medio de la trifulca suenan unos disparos y resultan varios heridos. Uno de ellos, un falangista de 19 años, camarada Miguel Álvarez, con un balazo en la cabeza, fue inmediatamente convertido por el régimen en el nuevo «estudiante caído», y su sangre derramada serviría “para redoblar la fe y tensar los arcos de la acción revolucionaria del Movimiento por caminos claros y concretos”1.

Los sucesos del 56 acabaron como era de esperar: varios estudiantes destacados de izquierdas detenidos, interrupción de las clases y suspensión por tres meses de los artículos 14 y 18 del Fuero de los Españoles, relativos a la movilidad por el territorio nacional y a la detención y puesta a disposición judicial de los detenidos.

Entre los estudiantes que esos días acabaron en la Dirección General de Seguridad encontramos a Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio, filósofo y matemático, hijo de Rafael Sánchez Mazas, miembro fundador de Falange; Dionisio Ridruejo, poeta, camisa vieja, defensor del fascismo y soldado en la División Azul, que viró ideológicamente a posturas críticas con la dictadura franquista; Ramón Tamames, comunista en su juventud y paladín de la ultraderecha en su vejez; Enrique Mújica, que llegaría a ser diputado en el parlamento nacional, Ministro de Justicia y Defensor del Pueblo; Javier Pradera, fundador de El País, miembro del Consejo de Alianza Editorial y creador de la colección «Alianza de bolsillo»; Gabriel Elorriaga, diputado ya en democracia, senador y gobernador civil en Santa Cruz de Tenerife; y José María Ruiz Gallardón, diputado también en 1982.

La detención de estos jóvenes universitarios me recordó la reflexión del policía secreta de Martínez de Pisón, pues bien pudo tenerla realmente alguno de los policías que detuvo a estos estudiantes izquierdistas que se enfrentaron a los de Falange.

1934‒1956. Se cierra así el primer círculo viciado de esta historia, que es el de la pervivencia, 22 años después, del camarada caído, de la sangre derramada por la patria, de un falangismo totalitario, militarista, que persigue la disidencia y gusta de exhibir músculo en las calles, que busca la instauración de un partido único, de un pensamiento único, de un caudillo al que se deben lealtad y obediencia hasta la muerte. Un falangismo que en esa década empieza a perder fuelle en el poder, con una base social cada vez más reducida que podemos ver hoy, qué cinismo, cuánta desfachatez, manifestándose en las calles de muchas ciudades del país a favor de la libertad y contra la dictadura de la democracia parlamentaria.

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1 "Sangre falangista”, en 7 Fechas, 14 febrero 1956, p. 1.

martes, 28 de noviembre de 2023

Círculos viciados (1)


Los preliminares de esta historia llegaron a mí, con siete u ocho años, cuando el maestro nos recitó sin convencimiento la biografía ejemplar del «estudiante caído» y luego hubimos de copiar en nuestro cuaderno el texto y la viñeta de la enciclopedia Álvarez en el apartado «Formación política (niños)»: “pudo elegir el camino de la comodidad, pero era falangista, sabía que España estaba en peligro y, renunciando a todo, eligió el camino del sacrificio para salvarla […] regresaba a casa tranquilo, pero, traidoramente, las pistolas del enemigo segaron su vida en la calle de Mendizábal […] Honremos su memoria y procuremos que su sacrificio no haya sido estéril”. Este caído por la patria, Matías Montero, que se nos presentaba a los niños y niñas como héroe y protomártir del falangismo, miembro activo del sindicato universitario de Falange Española, el SEU, fue asesinado el nueve de febrero de 1934. En su entierro, José Antonio Primo de Rivera pronunció una célebre optación —“¡Hermano y camarada Matías Montero y Rodríguez de Trujillo! Gracias por tu ejemplo. Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos lo niegue hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte”— recogida más tarde por Franco en el entierro del fundador de Falange.

El adoctrinamiento sin ambages, el lenguaje figurado y la moralina, resultaban inadecuados para el niño que uno era en aquellos primeros años sesenta, pues no se le había planteado aún la disyuntiva entre el camino de la comodidad y el camino del sacrificio por la patria, ni mucho menos identificaba los peligros o amenazas marxistas a que se veía expuesta España. Mucho pedir era también que un niño de siete años criado en una aldea de Priego explicara qué era el falangismo, el movimiento, o por qué llamaban caudillo y camarada a los hombres de los retratos en la pared.

De aquella escuela franquista y caralsoleada, esta historia da un salto a la España de nuestros días, al invierno de 2023, cuando subrayo unas palabras de Ignacio Martínez de Pisón en su novela El día de mañana, donde Mateo Moreno, inspector de la policía política en la Barcelona de 1975, meses antes de la muerte de Franco, expresa su temor a que se dé la vuelta a la tortilla en el país: “¿Quién te asegura —se pregunta el secreta— que los mismos tipos a los que enviamos a incomunicados no fueran a ser nombrados el día de mañana directores generales o ministros? […] Luego, tras la muerte de Franco, parecía que todo el mundo era demócrata de toda la vida […] Si en ese momento me llegan a decir que tengo a Felipe González tomando café en el bar de abajo de mi casa, a lo mejor hago como que no lo he oído. ¿A quién le apetece pasar a la historia como el tipo que detuvo a un futuro presidente del gobierno?” (273-275)1.

Esa reflexión del policía secreta me llevó de nuevo atrás en el tiempo, al invierno de 1956, un invierno crudo, con una ola de frío siberiano que afectó a toda Europa. Los periódicos difundían fotos de barcos daneses inmovilizados en el hielo, ríos desbordados y carreteras cortadas, informaban de la penuria de víveres en Bélgica, en Italia y Yugoslavia, de desprendimientos mortales de témpanos de hielo, de centenares de víctimas en Inglaterra y en Francia, de personas congeladas en Austria y de los 20 grados bajo cero alcanzados en Turín. En nuestro país, el temporal causó corrimientos de tierra en Gran Canaria, vientos devastadores en Navarra y nevadas históricas en Asturias y las Vascongadas.

El domingo 19 de febrero, en primera plana del Córdoba, «Diario de Falange Española Tradicionalista y de las JONS», junto al yugo y las flechas, en el rincón superior izquierdo de la página, aparecía inserto un breve que anunciaba la reanudación de las clases en la Universidad de Madrid, excepto las que se daban en el edificio de la calle de San Bernardo, que lo harían cuando se ultimasen las obras de acondicionamiento. Firmaba el comunicado el vicerrector, Manuel Lora Tamayo, en Madrid, el 18 de enero (el subrayado es nuestro: ¿error de copia o retraso considerable en la publicación?). El afán de contextualizar adecuadamente los años de mi nacimiento y primera infancia me llevó a una breve incursión en busca de las causas de aquella interrupción y continuación de las clases universitarias. Enseguida estuve en el buen camino.

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1 Ignacio Martínez de Pisón, El día de mañana. Seix Barral, Barcelona, 2011.