lunes, 15 de diciembre de 2025

RSF (2)

 


Después de más de cuarenta años he vuelto a leer El Jarama. La primera vez lo hice cuando preparaba oposiciones a profesor agregado de bachillerato; esta segunda, jubilado ya, lo he hecho por ir buscando una idea clara del contexto literario en que nací. La novela de Rafael Sánchez Ferlosio obtuvo por unanimidad el premio Nadal en 1955 y se publicó en febrero de 1956, mes y año de mi nacimiento, por lo que puedo afirmar que El Jarama y yo somos estrictamente contemporáneos, aunque creo, sin quejarme de la vida que he tenido hasta hoy, que el tiempo ha pasado mejor por el libro que por mí. La novela me sigue pareciendo una obra maestra, yo en cambio no puedo aportar maestría en nada.

Por fecha de nacimiento, mi padres pertenecen a la generación de Ferlosio, la primera generación de españoles que no habían hecho la guerra, pero sí la vivieron de niños y adolescentes, y comenzaban a construir sus vidas, sus familias, a mediados de los cincuenta. La España de mi niñez se estaba transformando entonces y modernizando –adiós definitivo al racionamiento, admisión en la ONU, ayuda estadounidense (mantas y bidones de leche en polvo), visita de Eisenhower, asesinato de J. F. Kennedy, ascenso y gloria de Manuel Benítez El Cordobés, revolución cubana, proyecto Apolo, los cohetes Soyuz y Yuri Gagarin, guerra fría y muro de Berlín, retrato de Franco y «Cara al sol» en las aulas, televisores, lavadoras eléctricas y frigoríficos, nuevos automóviles (haigas), incipiente turismo europeo… Conocí la Córdoba pobretona y gris de la clase media a finales de los cincuenta, la Córdoba de barrio –Campo de la Verdad, Cañero, el viejo Ciudad Jardín y los pinchitos de Juanito Mohamed, la Huerta de Santa Isabel y la recién levantada Residencia Noreña (mi hermana mayor conserva alguna fotografía con ese edificio de fondo, mis padres jóvenes y risueños entonces en primer plano), la matinal de los domingos en el cine Séneca, los biscúter, el coche huevo y el Gordini, el coche de las viudas. Cómo olvidar el pregón del hombre de los cucuruchos de merengue de colores bajando desde la Calahorra con su delantalito blanco y su bandeja (Al chibiricoqui, coqui, coqui…), las parejas de novios en bicicleta o en moto, sentadas ellas al bies en la barra o en el sillín de atrás, los viejos taxis negros con la franja roja en los laterales, la playa del Guadalquivir y los baños del domingo, los ahogados (yo mismo estuve a punto de ser uno de ellos), la gran fuente redonda en el cruce del Paseo de la Victoria con Ronda de los Tejares, los limpiabotas en la calle Concepción, el gran salón con cristaleras del Círculo de Labradores donde solía pasar las mañanas mi abuelo Anselmo–, y también la Córdoba rural que parecía de la inmediata posguerra: casas sin agua corriente, niños de mi edad que pasaban el día en el campo cuidando un hato de cabras, cuadrillas de segadores, el trillo rodando en las eras tirado por una mula, casas cerradas porque la familia había marchado a Barcelona, a Madrid, o al extranjero...

Lo primero que advierte el lector del Jarama es el dominio absoluto del diálogo, de la conversación entre los personajes, que son muchos, pues estamos ante una novela coral, no de masas, como afirma Valbuena Prats en su Historia de la literatura española. Un conversar intrascendente sobre esto y aquello y lo de más allá por el que se van caracterizando los personajes. La acción transcurre durante un domingo de verano en las orillas del río madrileño, y está protagonizada por un grupo de jóvenes de la capital y otro grupo de parroquianos de una taberna. Salvo el dramático final, la novela recrea la insignificancia y banalidad de los hechos y las conversaciones en tres espacios narrativos cercanos: la orilla del río, donde están los jóvenes; el interior de la taberna y el patio de la misma. Escrita según los cánones del objetivismo (behaviorismo, conductismo), que considera únicamente real aquello que puede ser percibido por un observador externo, el narrador se convierte en testigo, no organiza la estructura del relato, que sigue un orden lineal, no juzga ni opina, describe con objetividad el marco narrativos y da paso a los diálogos. Un relator de la conducta de los personajes.

La novela se convirtió enseguida en modelo del realismo social, de relato referencial con su carga ideológica y de denuncia, que no era precisamente, o únicamente, el propósito de Ferlosio: «El Jarama –escribe Jordi Gracia– puede ser la obra maestra que muchos todavía leemos, pero sin duda fue, desde el mismo momento de su aparición, espejo y metáfora del estrangulamiento vital de la España del medio siglo; también el testimonio de la pulcritud, la solvencia y la disciplina con la que un escritor es capaz de imponer a la novela una norma de escritura». Además de reflejo certero de la clase media y media baja de mediados de los 50, la novela era también un impecable ejercicio literario, una construcción estrictamente sometida a los principios del conductismo: preponderancia del diálogo, objetividad del narrador, linealidad y condensación temporal (desde la mañana hasta la noche, unas 16 horas del domingo).

Destaca en el grupo de jóvenes el tedio y la mediocridad de sus vidas. Apunta alguno de ellos cierta rebeldía que parece anunciar la nueva España de finales de los cincuenta, pero en general estamos ante un grupo de jóvenes mediocres, con trabajos mediocres –mecánico, dependiente de una zapatería, vendedora ambulante de helados, obrero en una fábrica, camarera en una cafetería, representante de botones–, y unas vidas mediocres de las que no consiguen escapar. Ni el vino que beben («la media trompa, simpatía de prestado. En cuanto baje el vino, vuelta a lo de siempre, no nos hagamos ilusiones», confiesa Lucita); ni las escapadas domingueras, un paréntesis que todos quisieran más duradero, porque el lunes significa la vuelta a un presente sin esperanza («Entre semana se me olvida; y gracias a eso tiramos», declara Mariyayo); ni siquiera la expectativa de su próximo casamiento («No me hables de bodas ahora. Hoy es fiesta», contesta Miguel a uno de la pandilla) bastan a estos jóvenes urbanos para superar sus existencias mezquinas, atrapadas en un mecanismo que ellos no manejan, que los arrastra sin posibilidad de escape, y del que no son conscientes, que es lo peor.

No sé si por edad mis padres estarían representados en los personajes de la novela, escrita entre octubre de 1954 y marzo de 1955, pero dudo que compartieran la falta de expectativas de los jóvenes de la novela, aunque tuvieran claro hasta dónde podía llegar un joven guardia civil hijo de guardia civil casado con la hija de un guardia civil. Vida de cuartel. Sueldo asegurado, sí, pero limitado horizonte profesional. Fue la vida que eligieron. No se lo reprocho. Comprendo el sacrificio y se lo agradezco. A su manera, en su medianía, fueron héroes, apostaron más que por ellos por sus hijos, por eso no los reconozco en esos personajes vacíos, nihilistas, de la novela. No creo que en mayo de 1953, cuando mis padres se casaron, o en febrero de 1956, cuando yo nací, sus vidas fuesen tan sin substancia, tan faltas de esperanza, tan tristemente desperdiciadas. Habían vivido una guerra, habían atravesado, sin ser conscientes, los años del hambre y el estraperlo, de la durísima represión franquista y de las omnipresentes sotanas, les tocaba ahora vivir su juventud, reír y divertirse con los amigos, crear una familia, encarar optimistas el futuro, entramparse para comprar la primera lavadora, el primer frigorífico, el primer televisor o la Espasa abreviada, ir de vacaciones en verano, pagarnos los estudios...

No debo confundir ficción y realidad, considerar, como don Quijote, que la literatura es real, que la vida es novela, que la novela no es invención sino verdad y testimonio. Mis padres biológicos no son personajes de libro, aunque pueda reconocerlos, como a mí mismo, en mis padres literarios, en ciertos libros de Aldecoa, Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, Carmen Laforet, Miguel Delibes, el Cela de La colmena y el Viaje a la Alcarria, el Goytisolo de Campos de Níjar, el Ferlosio de las Industrias y andanzas de Alfanhuí, porque me trasladan a mi infancia (de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta), evocan circunstancias, personajes y paisajes vividos, tamizados por la memoria, agrandados quizá, deformados por olvidos y selecciones caprichosas, pero con una indudable sensación de verismo, de realidad vivida, que no es el caso de El Jarama, con cuyos personajes, vistos a través de un frío objetivo fotográfico, ni me identifico ni me siento cercano.


martes, 9 de diciembre de 2025

Paradojas

 El silencio está lleno de vida. De ruidos.

Sólo en silencio puedes oír el susurro de los olivos mecidos por la brisa de la tarde. El repentino aleteo de un gorrión cuando abres la puerta del patio. El zumbido del insecto que ronda la flor naranja del pacífico.

Solo en el silencio oyes crepitar el espíritu del fuego, el golpeteo de la lluvia en los cristales o en la tierra empapada, el aura que precede a los pájaros y a los colores de la aurora.

Sólo en el silencio te llega la canción serena y feliz de los campos cereales en la mañana de mayo, el canto del abejaruco allá arriba o el glup de un galápago que se hunde en el río.

Los ruidos construyen el silencio.

En silencio escuchas lo que no oyes.


jueves, 4 de diciembre de 2025

RSF

 


Hombre en un sillón. Podría ser el evidente pie de foto, pero prefiero esperar, mirar detenidamente, adivinar quizá, suponer, lo que no aparece, demorarme en lo que veo pero no identifico, o en lo que no admite duda: las líneas y los cuadritos oscuros de la tela tapicera, la silla de palos torneados, la mesa de madera, las carpetas de gomilla apiladas en una estantería alta y estrecha, el aparador de la izquierda, el juego de la solería, los libros, las cajas, los recortes de periódico colgados en una de las paredes, el cable que serpentea y se pierde tras el sillón, ese cajón con ruedas, las zapatillas de estar por casa, el pantalón de género –¿gris?–, la corbata negra que se adivina bajo el jersey –¿gris oscuro?–, la camisa blanca, las manos, el pelo negro, las entradas, el arco de las cejas.

No estamos ante un hombre atribulado, hundido en el sillón, al contrario, observando su tronco enhiesto, las líneas simétricas de los brazos, apoyados los codos en los reposabrazos, las manos cerradas, pero no crispadas, signo tal vez de incomodidad por ser el objetivo del fotógrafo, la cabeza erguida, más sereno que serio el viso, podríamos pensar en un monarca en su trono.

¿Qué oficio tiene este hombre? ¿En qué se afana? La imagen nada nos aclara al respecto, pero se intuye que no es hombre del común. Quién –qué hombre, qué mujer– se deja retratar en zapatillas de pañete con tal dignidad, con esa seriedad que no es pose, con ese saber sentarse en su sillón preferido. Él mismo responde usando la tercera persona: «Habiéndolo emprendido todo por su sola afición, libre interés o propia y espontánea curiosidad, se tiene a sí mismo por profesional de nada».

*
Nota bene: Rafael Sánchez Ferlosio nació en Roma el día 4 de diciembre de 1927.


miércoles, 3 de diciembre de 2025

Bonjour, tristesse


En cuatro semanas del verano de 1953, Françoise Quoirez, una adolescente de 17 años, escribió una novela, dejó una copia a nombre de Françoise Sagan en el buzón de dos editoriales y esperó. Juillard fue la primera en aceptarla y publicarla.

Bonjour, tristesse fue un best seller. Llegó a las librerías en marzo de 1954, y en tres meses se vendieron 200.000 ejemplares, cifra que fue creciendo y multiplicándose con las reediciones, traducciones, derechos teatrales y cinematográficos. La consagración literaria le llegó con el Premio de los Críticos franceses a finales de mayo. La novela desató pasiones y lenguas: por la edad de la autora, por el tema tratado y la actitud de los personajes, por reflejar el sentir de miles de jóvenes europeos.

En pocos meses, aquella escritora novel había publicado en una editorial de prestigio, obtenido un importante galardón literario, vendido cientos de miles de ejemplares y obtenido miles de francos que gastaba en restaurantes y cafés con sus amigos, en ropas, en un Jaguar XK140 y en los casinos. FS era la imagen del éxito. La imagen también de una juventud diferente, rebelde.

Con la súbita fama madrugaron también los detractores. El más notable, y el que abrió la veda, fue el crítico de Le Figaro, el católico François Mauriac, que alentó la confusión entre la autora y el personaje de ficción, llamándola “encantador monstruo de dieciocho años” o “terrible muchachita” –deliberada confusión que llega a otros periódicos: perversa y encantadora, cínica muchacha de vida desordenada, una mala estudiante, una cría que ha perdido la cabeza...–, en la que reconoce talento literario, pero a la que considera carente de valores patrios y falta de compromiso ideológico en el combate espiritual que Francia tiene entablado en ese momento histórico, una adolescente atenta solo a sus problemas personales, como el yonqui al que sólo le interesa su próximo pico. El combate, las graves heridas que en ese momento sufre la nación francesa no son otras que las derivadas de la inminente guerra de Argelia y de los últimos disparos en la guerra de Indochina, que acabó con más de noventa mil soldados franceses muertos y la derrota a manos de Vietnam. De eso tendría que hablar una obra galardonada por la crítica, insiste Mauriac, del heroísmo de sus compatriotas en aquellas guerras coloniales. Espíritu. Patria. Cristianismo. Ninguno de esos altos conceptos aparecía en la novela de aquella descarada adolescente.

Novela de amor. O mejor, de amores. Novela sentimental, sí. Novela testimonio. Novela manifiesto. Novela rebelde. No procaz ni desvergonzada. Ni escabrosa. Ni pornográfica, por supuesto, como la presentó más de una firma en los periódicos. En Bonjour, tristesse destaca la claridad argumental, la sencillez con que aborda las situaciones, la naturalidad de su estilo, de su lenguaje, la capacidad de describir el alma de los personajes, incluso del paisaje, y del verano, mediterráneo. FS escribió su libro en estado de gracia.

El título de esta novela siempre me llevará al verano del 75, a la cala de Port Salvi, en Sant Feliu de Guíxols: tenía 19 años, había aprobado todas las asignaturas de segundo curso en la Facultad y un anochecer de primeros de julio me embarqué en el catalán –el tren de la emigración de miles de andaluces en los 60– para probar fortuna en los hoteles de la Costa Brava y sacar dinero con que pagar al menos la matrícula del curso siguiente.

Recuerdo apenas el viaje en un tren atestado, la llegada a Barcelona, la agencia de trabajo, el trayecto en autobús hasta Sant Feliu. Tras una breve entrevista con el maître y porque hablaba algo el francés, me asignaron el puesto de sommelier en el restaurante del hotel.

Por la tarde, antes de empezar mi primer turno, bajé a un comercio del pueblo concertado con la empresa y compré a débito dos juegos de ropa de trabajo: pantalón, zapatos, calcetines y corbata negros, camisa y chaqueta blanca. Todavía conservo alguna foto. En mi vida había descorchado una botella de vino, pero enseguida acudió en mi ayuda una camarera y me enseñó a manejar el sacacorchos.

Así –Bonjour, tristesse–, la saludaba todas las mañanas con mi mejor sonrisa cuando nos encontrábamos en los pasillos antes del desayuno. Ella me la devolvía en sus ojos color caramelo. Cecilia se llamaba, de un pueblo de Jaén. En el hotel trabajaban también su padre –viudo, friegaplatos– y un hermano en la lavandería.

–Háblame en francés, estudiante, y yo la galanteaba con canciones de Brel y de Moustaki, de Brassens; le enseñaba cómo se decía mar, playa, cielo, nubes, árboles, frases cortas para saludar y despedirse. Había también besos y abrazos, manos entrelazadas, caricias, susurros. No íbamos más allá. Luego nos separábamos, cada uno a sus ocupaciones.

Ella tenía en su pueblo novio de casarse, así que lo nuestro, en secreto. Le temía a su padre, que se ponía violento cuando se emborrachaba. Quizá hubiera pasado eso la primera vez que la vi. Quizá su padre la hubiera liado la tarde anterior y hasta la hubiera golpeado. Reconocí la tristeza en la apariencia de su cuerpo, recogido sobre sí mismo, en su andar silencioso, leve. En sus ojos.

Bonjour, tristesse –y apareció la sonrisa, tintada por la pena, pero sonrisa.

No era entre ellos, padre e hija, la misma relación que en el libro de Françoise Sagan. La cómplice vitalidad, el desenfado y el optimismo entre los personajes de la ficción se transformaba en miedo, en dolor, en aquella muchacha que veía a diario y que tenía diecinueve años, como yo, como la autora de Bonjour, tristesse.

Tres vidas, tres jóvenes de la misma edad. Ahí acababan los parecidos.

La realidad de Port Salvi, salvo el paisaje mediterráneo, era muy distinta a la de la villa en la Costa Azul donde transcurría la acción de la novela. Nada que ver la exclusividad y el discreto aislamiento de la villa alquilada por el padre de la protagonista con la masa de turistas que ocupaba hoteles y campings, playas, paseos marítimos, discotecas, restaurantes y espectáculos nocturnos. Nuestros 19 años no se parecían a los de Françoise Sagan, que para entonces ya disfrutaba del éxito y del dinero, ni a los de la protagonista de su novela. Cecilia trabajaba desde los quince años durante la temporada completa, primavera y verano, en los hoteles de la Costa Brava y volvía a su pueblo en otoño, ahorraba para cuando llegara el momento de ayudar en la compra de una casa, amueblarla completa y casarse con su novio; yo era un discreto universitario que vivía en casa de sus padres, que iba descubriendo su amor por los libros, por el estudio y por la lectura, que escribía en secreto sus primeros versos y cuyo único horizonte inmediato era acabar los estudios y dejar la casa de los padres.

El verano del 75 en Port Salvi fue rico en experiencias. Nunca había besado a una muchacha, acariciado sus hombros, su cuello, su espalda, su pecho, ni la había mirado de cerca a los ojos en la intimidad de los susurros. Nunca, tampoco, había sido amenazado con un gran cuchillo por un hombre, el padre de Cecilia, que en una turbulenta tarde de borrachera me persiguió por las dependencias del personal y hube de refugiarme en la habitación del maître hasta que bajó la marea. Ni había cruzado la frontera para ir a Perpignan, pero aquel verano lo hice dos veces en compañía del chef, que se metía en un cine para ver películas porno mientras yo lo esperaba paseando por la ciudad o tomando cerveza en una terraza. Aquel verano conocí también el peligro del juego, el del ludópata, cuando una noche el hermano de Cecilia me despertó de madrugada para pedirme dinero con que seguir jugando al póquer, donde había perdido la paga mensual que acabábamos de recibir esa misma tarde. También supe de primera mano que el jefe de barra, que dormía a mi lado, había sido mercenario en un país africano, y que escupía sangre. Y aprendí a recomendar vinos a clientes que hablaban en catalán, en francés, en italiano...

Volví a Córdoba virgen, con poco dinero, una camiseta marinera que compré en Barcelona y un brazo en cabestrillo: uno de los últimos días, agotado ya del esfuerzo acumulado en las muchas horas, ordinarias y extraordinarias, de trabajo en el restaurante, con falta de sueño y de descanso, me llamaron a deshora, las seis o las siete de la tarde, de parte del jefe supremo, que había llegado en su yate con la cantante Mari Trini y solicitaba mis servicios: me levanté como con resorte de la cama, grité como un vikingo al ataque y descargué toda mi ira con un puñetazo en la puerta del dormitorio colectivo. La atravesé. Y me rompí el escafoides.

Con el nuevo curso, Cecilia se esfumó. Alguna vez se me viene a los labios el saludo, su hermosa mirada triste, aquel Háblame en francés, estudiante

La generación de FS, nacida en 1935, era niña durante la II GM, en algún sitio he leído que la llamaban generación 83, que era el indicativo en las cartillas de racionamiento para niños y adolescentes. Por si la sociedad francesa no tuvo bastante entre 1940 y 1945, el gobierno entabla durante diez años otra guerra en Indochina y abre nuevo frente bélico en Argelia. ¿Esperaba la entrega absoluta de la población a nuevas sangrías? ¿Que las familias consintieran otro sacrificio de sus jóvenes? ¿La entrega de sus vidas por la grandeur? La derecha recalcitrante, sí, enarbolaba soberbia –interesada, mentirosa, egoísta– la bandera del nacionalismo, de la patria, de unos trasnochados valores, pero los jóvenes, y no sólo ellos, decidieron romper, olvidar las monsergas con moralina de los mayores, lanzarse a vivir, a disfrutar y prolongar la alegría, el vértigo del amor sin tapujos, buscando la intensidad y la plenitud de una existencia todo lo libre que fuesen capaces de labrarse por sí mismos. Ahí estaba el escándalo.

Ahora que han pasado cincuenta años de aquel verano en Port Salvi, y veinte más desde la publicación de la novela de FS, me doy a la fantasía y a la divagación, y me pregunto, le pregunto a ella, qué novela habría escrito de aquellos dos meses de un universitario que trabaja de somelier en un hotel de la Costa Brava y se enamora de una camarera que va a casarse con su novio de toda la vida. En mi vagabundeo por la ficción imagino que FS, igual que retrató en su novela a una juventud francesa que deja atrás valores obsoletos y disfruta de la vida, trazaría el modelo de muchos jóvenes españoles que habíamos vivido los últimos veinte años –la mitad– de la dictadura, que estrenábamos entusiasmados urnas y democracia, que buscábamos la independencia económica y dejar atrás también la losa franquista, aunque en estos tiempos regresivos compruebo que nunca desapareció, que se intenta blanquear la dictadura, que vuelve el fanatismo falangista, la derecha intolerante y retrógrada, el imperio de la posverdad (¿Recuerdan el NODO?). Justamente aquello a que aspirábamos a superar tantos jóvenes en el 75.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Allá van leyes...

 Hay palabras que impresionan e imponen respeto, que sugieren complejidad, desconfianza, artificiosidad y una cierta oscuridad semántica. Son palabras que designan algo corriente y moliente, aunque investidas de prestigio y solemnidad. Esta mañana he encontrado una de ellas en un aforismo de Nietzsche: «Le angustia pensar escribía el filósofo acerca del gran peligro de los sabios si la maestría en las cosas pequeñas no será una especie de comodidad, un subterfugio ante las voces íntimas que aconsejan dar rienda suelta a su vida». Ahí la encontré, agazapada, con su apariencia culta y su misterio, con su carga laboriosa y compleja: un subterfugio, es decir, una excusa o evasiva, una triquiñuela, una treta sutil, hija del ingenio y de lo artificioso, para solventar una situación delicada y salir más o menos airoso de ella.

Pero si seria, por culta, nos parece «subterfugio», qué pensaremos de «efugio», que es el primer significado que le asigna el diccionario de la RAE. Un subterfugio es un efugio. Efectivamente nos da la impresión de estar ante un juez o ante un abogado listo, que habla en jerga para llevarse el gato al agua sin que los no iniciados comprendamos el porqué.

La señora Moliner, más explícita en su diccionario, aclara que un subterfugio es el «medio hábil y engañoso con que alguien evita hacer una cosa, excusa el no haberla hecho, escapa de cierto sitio o elude un compromiso». Por si no quedaba claro el concepto, añade un ejemplo: Acudió a un subterfugio para no estar allí cuando llegó el inspector.

La madre de esta palabra es medieval –subterfugium–, pero procede de un clásico, el verbo fugere, de ancestros griegos: pheúgo (φεύγω), cuya primera acepción es huir, darse a la fuga, emprender la huida, pero que también alude al hecho de ser expulsado o salir desterrado de la patria y, en sentido figurado, caerse, incluso rechazar o negarse a algo. Para los romanos, fugere era huir, como lo hizo Eneas de Troya, y en sentido figurado: desvanecerse, rehuir, procurar que no, librarse de algo…

El diccionario de la RAE no explica el significado de la palabra subterfugio, simplemente recurre a la sinonimia –subterfugio significa efugio, escapatoria, excusa artificiosa–, obligándonos a buscar nuevamente en el diccionario para distinguir los matices entre los tres sinónimos. Sí, un camino en parte “subterfúgico” que el lector puede recorrer si es gustoso.

No he encontrado estos días la palabra subterfugio en la prensa, pero está revoloteando por ahí. A pesar de la falta de pruebas fehacientes e irrefutables de que el Fiscal General fuese el autor de una filtración, cinco miembros del Tribunal Supremo han fallado y lo han condenado, sin haber comunicado aún el cuerpo argumentativo de la sentencia, es decir, han condenado, pero no sabemos porqué. Podrá ser legal la cosa, pero dada la trascendencia del caso, no parece oportuna, ni ética, la decisión de los magistrados. Es posible, piensan algunos jueces y profesores de Derecho, que los magistrados del Supremo recurran al concepto de “unidad de acto”: la filtración del documento en cuestión, que no ha podido ser probada, y la redacción de una nota para desmentir una versión falsa de los hechos, reconocida por el autor de la misma, son el mismo acto…

¿Sortearán los miembros del Supremo la dificultad recurriendo al subterfugio?

domingo, 23 de noviembre de 2025

Melanina

 En nuestra niñez era un acontecimiento insólito y con frecuencia quedó grabado para siempre en nuestra memoria.

No los había visto en fotografía ni en película. No teníamos aún televisor en casa. Los imaginaba como yo, como mis padres o mi hermana, como mis amigos, con la piel morena de más por el sol. Pero no era exactamente así.

Yo iba de la mano de mi madre. El autobús, el Pío, nos había dejado en la Bajada del Puente, junto al surtidor de gasolina. Cruzábamos hacia la Acera Pintada cuando pasó una doble fila de seminaristas. Una vez en semana, por la tarde, salían del seminario de San Eulogio para jugar al fútbol en el campo anexo al colegio Fray Albino. Era de ver la imagen del puente romano con las dos aceras llenas de seminaristas. Ah, cómo se perdieron las vocaciones.

Nosotros íbamos hacia la calle Altillo, a visitar a mi abuela Sebastiana. Oh, no era exactamente como nosotros. Eran los labios. Era la nariz. Era pelo. Era el negro azulado en su cara, distinto al negro mate de la sotana. Era el asombro infantil de la primera vez ante un muchacho de raza negra. La diferencia. La igualdad.


jueves, 6 de noviembre de 2025

Lo más hermoso

 

Primer amor


Empezábamos entonces a trazar

el mapa a escala real de nuestras vidas.

Éramos adolescentes bachilleres

recién reconciliados con nuestros cuerpos.


Fue el verano de nuestros dieciséis años.

De mañanas de bicicleta y recados,

de largos paseos al anochecer.


Una nueva emoción brincaba en mi pecho.

Tus ojos. Tu boca. Tus manos. Tu risa.


En septiembre descargaron las tormentas.

Tu no. Tu adiós.

Mis lágrimas. Mi drama.


Lo más hermoso que había vivido.

Lo más amargo que había probado.

El amor como nunca había amado.

El dolor como nunca había dolido.


No hemos vuelto a vernos desde aquellos días,

ni hemos vuelto a saber uno del otro.

Te traigo aquí esta tarde en calma de agosto

para darte las gracias por un verano

que con la luz punzante del amor

trajo a mi vida el afán por las palabras,

por el ritmo y la luz de la poesía.



martes, 4 de noviembre de 2025

Caminar

Caminar es conocer. Sentirse y sentir. Echar a andar y ver, oler, oír, notar la textura del camino, masticar una ramita de hinojo o la punta de un espárrago.

Caminar es divagar. Recordar. Soñar. Imaginarse paso a paso. Serse. 


lunes, 20 de octubre de 2025

Amanecer


Se deja caer el frío en tus hombros. En tus manos. En tu rostro. En el perfil difuminado de las retamas. 

Quizá en el violeta recortado de las sierras. O en el nítido azul de un cielo que se va colmando de luz paso a paso.

Vuela ya el día en alas de la alondra. En el pecho y en el canto de la tarabilla.Cuando se deshace la leve niebla de la laguna y el agua espeja el disco naranja, cegador, que sube y comienza a sembrar sombras de jóvenes encinas sobre la tierra amarilla y seca.


viernes, 17 de octubre de 2025

Como bellacos


En uno de los romances más conocidos de Luis de Góngora, «Hermana Marica», la voz del niño protagonista canta a su amiga Barbola,


la hija de la panadera,
la que suele darme
tortas con manteca,
porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.

Imagine cada cual las bellaquerías que podrían hacer dos niños de cinco o seis años detrás de una puerta, aunque al padre Juan de Pineda estos versos finales le parecieron dignos de censura por desvergonzados e infamantes. Pero no me detendré ahora en la oportunidad o no de aquella censura eclesiástica, sino en el uso de la palabra bellaquerías, hoy en desuso, y no porque hayan desaparecido los bellacos ni las bellacas.

La bellaquería es acción propia de bellaco, que en la primera edición de nuestro diccionario académico (1726) es descrito como un hombre de ruines y malos procederes, y de viles respetos, y condición perversa y dañada. Un prenda. En la naturaleza del bellaco está el hacer bellacadas, el bellaquear o el actuar bellacamente.

El origen de la palabra no está claro. La RAE esquiva la cuestión con un lacónico De or. inc., aunque en la edición ya citada de su diccionario recoge la existencia en toscano de un villaco, derivado de villa, o de villano, porque «los villanos naturalmente suelen ser de baxos y viles pensamientos». Como si entre las clases elevadas se desconocieran la ruindad y la vileza.

El maestro Covarrubias propone el hebreo belial, de donde beliaco y finalmente bellaco; luego da su equivalencia en latín scelestus, improbus, nequam y aporta un ejemplo: Dios me libre de bellacos en cuadrilla.

El señor Corominas, oh catalana peculiaridad, saca a relucir un término del catalán medieval, bacallar, procedente del céltico bakkallakos, que nombraba así al pastor, al campesino, y en un giro semántico ya prejuiciado y despectivo al palurdo. De nuevo el pueblo llano despreciado por nobleza y burguesía. Su colega aragonesa, María Moliner, también proponía la misma etimología celta para el hispano bellaco, que identifica con el granuja. El bellaco es mala persona. No es el matón, el bravucón, que amedrenta con su puño, con su arma. El bellaco perjudica al otro de palabra o de obra. Y miente. Es un cínico. Niega lo evidente. Lo constatado. Sin sonrojo. Se declara siempre inocente La mentira no es ilegal. Aquel día estuve informado en tiempo real. Las chistorras son embutidos, no billetes de 500 euros. Es Hacienda quien le debe casi 600.000 euros a mi pareja. Hubo un apagón informativo de dos horas y media–. Sí, bellacas y bellacos son inocentes, como los presos de Cadena perpetua.


Últimamente, cada vez que oigo a uno de ellos o de ellas con ese descaro en el mentir –mienten en sus currículums, mienten en sus discursos, mienten en sus explicaciones de los hechos, mienten en sede judicial, mienten en sus trabajos, en sus programas–, me quedo perplejo, se me viene esa expresión, mentir como bellacos, y pienso en todos los términos que el diccionario considera equivalentes de bellaco: ruin, vil, perverso, despreciable, bajo, bribón, canalla, rufián, malvado, maligno, malo, desleal, traidor... Y compruebo que no piden disculpas, que no se les cae la cara ni les crece la nariz, y que continúan sus vidas, sus mentiras, como si nada. Incluso hay quienes aplauden y jalean estas conductas. Quienes les permiten y les premian actuar con irresponsabilidad, buscar el medro particular e ignorar el bien común. Quienes votan a granujas y sinvergüenzas.

viernes, 10 de octubre de 2025

Square des Bénédictins

 

Medita et labora


El ser del árbol:

raíz y vuelo

hacia la tierra,

hasta la luz.


Las campanas llaman al ángelus.

Por el jardín en sombras y luces

baja el murmullo,

la canción fugitiva del agua.


Pasan las nubes.

Vuelan mariposas y libélulas,

cantan las tórtolas.


Caen las hojas

a la tierra

                   cumpliendo su ciclo:

tierra a la tierra,

vida a la vida.


***

(Lyons-la-Fôret, 10 agosto 2025)


martes, 7 de octubre de 2025

Vidas perdidas

 No recordaba haberlo comprado ni recibido como regalo, pero ahí estaba, entre la inquietante El hombre que amaba a los niños, de la australiana Christina Stead y el clásico Rojo y negro de Stendhal. En la portada en blanco y negro de la editorial Nórdica, una fotografía del suizo René Barri famoso retratista del Che Guevara sonriente, habano en la boca en la que se ve a un adolescente sentado en un suelo cubierto de hierbas, flexionadas las piernas en uve, apoyados los codos en las rodillas, en la mano derecha lo que parece un emparedado. El muchacho viste pantalón oscuro y camisa clara, desabotonada hasta más abajo del esternón. Es de piel morena, chicano, quizá. Mira serio a la cámara. Debe lucir un sol rutilante, porque ha fruncido el ceño para protegerse de la mucha luz. En el lugar de los ojos, dos sombras negras, ovaladas, como si llevara un antifaz. Detrás de él, a la derecha, la trasera de un autobús de los años 40 o 50 los vi de ese tipo en los primeros 60, en Esparragal, y viajé un par de veces en uno de ellos, la trasera, digo, desenfocada por la velocidad del vehículo en el momento del clic del fotógrafo. Al fondo, detrás del muchacho, un paisaje de suaves ondulaciones con un solitario árbol allá en la lejanía.

Ahora que observo la imagen de la portada del libro –John Steinbeck, El autobús perdido– me doy cuenta de lo bien elegida que está, de como anuncia en gran parte la historia que nos aguarda a bordo de ese autobús.

La novela comienza –Steinbeck sabía cómo empezar una historia: nadie que haya leído Las uvas de la ira olvidará el relato de la sequía que obliga a los Joad a abandonar su granja en Oklahoma en busca del paraíso de California– en un cruce de carreteras californiano, en Rebel Corners: gasolinera, taller mecánico, bar restaurante y, ocasionalmente, alojamiento de viajeros, regido por Juan Chicoy –madre irlandesa, padre mexicano, mecánico y chófer de autobús– y por su esposa Alice, alcohólica, ayudados por una camarera, Norma, prima fingida de Clark Gable que sueña con viajar a Hollywood y convertirse en estrella del cine, y por Pimples, un adolescente de 17 años, marcado por el acné y por la pulsión sexual como imponen las hormonas en tal edad.

Una vez reparado por Juan Chicoy el viejo autobús «Sweetheart», es hora de conocer a los viajeros, de disfrutar de la maestría de Steinbeck al trazar retratos de personajes: el señor Pritchard, próspero empresario, prototipo del self made man; su mujer, Bernice, frígida mojigata con sempiterna jaqueca, y su hija Mildred, una mosquita muerta; los tres van camino de unas vacaciones en México. El joven Ernst Horton, veterano de la II Guerra Mundial en Europa, emprendedor, solitario, optimista de más y viajante de artículos de broma. El viejo y malhumorado Van Brunt –sus razones tiene el pobre hombre– experto en objetar.

Tras un salto a la estación de autobuses de San Ysidro, donde conoceremos al ligón de Louie, un cerdo machista para quien las mujeres son unas guarras, y a una misteriosa y atractiva rubia, que adoptará el nombre de Camille, volvemos de nuevo a Rebel Corners, al autobús y tomamos rumbo a San Juan de la Cruz por una carretera abandonada.

El autobús perdido es una novela de personajes, una historia contada por un narrador superomnisciente, superobservador, capaz de deleitarnos con la descripción de un trago de whisky, de unos zapatos, o de la geografía interior de unos personajes disconformes, insatisfechos con la vulgaridad de sus vidas.

Y de sus sentimientos. Porque ninguno de ellos tiene una vida emocional plena y reconfortante. Adolecen de las mismas carencias y frustraciones: en el amor y en el sexo, en el trabajo, en sus relaciones sociales, en el lugar donde quieren vivir. No sólo comparten el mismo espacio –autobús– y el mismo destino geográfico inmediato –San Juan de la Cruz–, los aúna también idéntica certeza del fracaso, del desencanto de sí mismos, el reconocimiento de unas vidas malogradas.

Existe el mito del sueño americano. Y existe el desengaño. La vida es más Steinbeck que Rockefeller.


lunes, 6 de octubre de 2025

Catedral de Amiens (2)


 II


Delicadas al fin

las manos del cantero,

conocen el secreto

del aire y de lo grave,

la sutil elocuencia

del cincel y de la maza,

y hacen de lo pesado

divina ligereza.


jueves, 2 de octubre de 2025

Pablo Guerrero. In memoriam

 A cántaros

Tú y yo muchacha, estamos hechos de nubes. La complicidad del amor. O de la amistad. Buen comienzo. Amor. O amistad. Unas manos que enlazar. Un camino que recorrer juntos. Y nubes. La materia de los sueños. El deseo de volar alto. Lejos de la realidad. De la grisura. De la opresión. ¿Pero quién nos ata? El régimen. ¿Pero quién nos ata? El miedo. Los grises. La censura. Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua. Reflexionemos. Oigamos nuestras voces. La tuya y la mía. Al aire libre tú y yo, muchacha. Bajo cualquier estatua. Sin miedo a que nos oigan. A que nos callen. Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer. Ahora que somos jóvenes y nos tenemos y vamos de la mano. Cuándo vamos a soñar, si no. A creernos nube. A ser libres.

Tiene que llover para que florezca nueva la tierra. Tiene que llover para que vuelen las nubes. Tiene que llover para empaparnos de agua y risas. Tiene que llover para ser puros de nuevo. Para que la lluvia arrastre el pasado. A cántaros. Porque hay tanto dolor que consolar. Tanta memoria que dejar limpia.

Estamos amasados con libertad, muchacho. Cómo dudarlo. Pero por qué tanto miedo a que seamos, a que nos sintamos, libres. Somos libertad, muchacho, o no somos. ¿Pero quien nos ata? Los militares. ¿Pero quien nos ata? Las sotanas. Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio. Llegó el momento. Enfrentarse. Ser enemigo. Tener amigos. Ser libre es decidir. Decidir es ser libre. ¿En qué lado de la calle vas a quedarte? Preparada tu marcha. ¿En qué dirección vas a correr? Preparada tu marcha. ¿A quién quieres encontrarte? Hay que doler de la vida hasta creer. Tomar conciencia. Comprometernos contra las injusticias y las dificultades que soportan nuestros semejantes. Superar el dolor. Contribuir a la lucha.

Tiene que llover. Libertad. Tiene que llover. Democracia. Tiene que llover. Esperanza. Tiene que llover a cántaros. Que limpie los viejos cauces. Que corra un nuevo río.

Ellos seguirán dormidos. A resguardo. Como señores. Como burgueses. En sus cuentas corrientes de seguridad. En la cueva de los cuarenta ladrones. Te querrán vender la vida, la muerte y la paz. Dueños de tu vida entera. De tu más acá. De tu más allá. ¿Le pongo diez metros en cómodos plazos de felicidad? Con qué facilidad nos compran. Qué baratos nos vendemos. Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian. La lluvia es esperanza. Renacer. Evolución. Progreso.

Que la siesta se acaba. Despertar a la realidad. Que la siesta se acaba. A la resistencia. Y que una lluvia fuerte, sin bioenzimas, claro, limpiará nuestra casa. Un agua pura, no contaminada. Para un hombre y una mujer nuevos. Limpiará nuestra casa. Superación de lo viejo. Del régimen. Una nueva sociedad. Nuevas metas. Igualdad. Nuevas aspiraciones. Felicidad. Nuevas sensaciones. Bienestar.

Hay que doler de la vida hasta creer.

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover a cántaros

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover

Tiene que llover a cántaros

***

A cántaros

    Esta cacnión de Pablo Guerrero era una de las pocas que cantaba acompañándome de la guitarra.

miércoles, 1 de octubre de 2025

Catedral de Amiens

I


Entre los relucientes

edificios de acero y de cristal,

sobre las pizarras y chimeneas,

sobre las copas de sauces y álamos,

más alta aún que el vuelo

de herrerillos, garzas y golondrinas,

que el alegre bullir mañanero,

al otro lado del Somme y la tarde,

oh tan frágil belleza de las rosas,

remonta el azul la flecha de Dios,

la columna sagrada

de la simetría y la perfección,

donde habita la luz

que todo lo penetra

y sobrevive al tiempo

más allá de la piedra.


lunes, 22 de septiembre de 2025

Gravitación universal


La manzana de Newton


Pesa el mundo.

Caen las hojas.

Caen las manzanas.

Caen horas y días.

Cae lo grave a la tierra.

Nueve coma ocho por segundo. 

***

14 agosto, Square des Bénédictins (Lyons-la-Forêt)


jueves, 18 de septiembre de 2025

Mitología y totalitarismo


Cuando Agamenón, uno de los protagonistas de La Ilíada, regresa a Micenas tras la toma y destrucción de Troya, no podía imaginar el destino que los dioses le habían trazado. Su esposa, Clitemnestra, se la tenía jurada ya de antiguo, desde que éste ofreciera en sacrificio a Ifigenia, para que le llegaran vientos favorables que lo llevaran pronto a Troya. Mientras él permanece diez años en el cerco de Troya, ella se abarragana con Egisto, un rufián hijo del incesto y un aprovechado proclive a la melancolía. Cuando los dos amantes supieron del regreso del héroe, prepararon un gran banquete en el transcurso del cual Agamenón fue asesinado. Unos dicen que a manos de ella, otros que de ambos; aquellos afirman que sola Clitemnestra fue la asesina y que tendió una red sobre su marido para que éste no pudiera defenderse; estos que no fue una red la que inutilizó al atrida sino unas ropas con las mangas cosidas. Fuere como fuere, Agamenón, rey de reyes, comandante en jefe de las fuerzas griegas contra Troya, murió de mala muerte.

Quedaban dos hijos del matrimonio, Electra, muchacha ya, y Orestes, un niño de apenas dos años, que corrieron distinta suerte. A Electra la convirtieron en esclava lavandera de la casa real, y al niño lo pusieron a buen recaudo; en unos libros leemos que con ayuda de su hermana lo trasladaron a casa de un conocido de confianza que lo crió y educó junto a su hijo; en otros que lo entregaron a unos guardias para que lo mataran, pero que los guardas se apiadaron de la criatura... Los hermanos no se verían en quince años. Alcanzada la edad viril, Orestes vuelve a Micenas y se da a conocer a Electra, que le calienta la sangre hasta que el joven acaba matando a Egisto y luego a Clitemnestra, su madre.

En apretada síntesis, ése es el mito, que ponía en juego el tema del adulterio, la muerte ridícula, antiheroica, del héroe, el derecho a la justa venganza, o la tortura que roe la conciencia del homicida a través de las temibles Erinias, capaces de llevar a un hombre a la locura. Con diferentes matices y variantes no esenciales trataron el mito los tres grandes dramaturgos de la Grecia antigua: Esquilo, Sófocles y Eurípides. Veinticinco siglos después Jean-Paul Sartre volvió sobre el tema con Las moscas, una pieza dramática estrenada en el Théâtre de la Cité de París el 2 de junio de 1943, dirigida por Charles Dullin.


La acción de Las moscas transcurre en Argos, durante la fiesta de los muertos, 15 años después del asesinato de Agamenón a manos de Clitemnestra y Egisto, coronado rey desde entonces. Los hechos son en esencia los que ya conocemos –regreso de Orestes y reconocimiento de los hermanos, muerte de Clitemnestra y Egisto, problemas de conciencia del homicida...–, pero la perspectiva y la interpretación del filósofo existencialista enriquecen notablemente el mito refiriéndolo además al mundo contemporáneo. La acción sucede en un espacio dramático hostil: sol rutilante, calor, aire espeso con miles de gruesas moscas que zumban todo el rato, casas cerradas, calles en silencio. Las moscas simbolizan los remordimientos de los habitantes de la ciudad, el sufrimiento moral por su pasividad ante la muerte de Agamenón, son la pútrida emanación de las conciencias, la prueba de la cobardía y de la aceptación del usurpador por parte de los argivos.

Ese pesar, ese continuo padecimiento del pueblo, que vive infeliz, encerrado en sus casas, que rehúye el contacto con los extranjeros, es consecuencia de la tiranía establecida por el poder político (Egisto, Clitemnestra) y por el poder religioso (Júpiter, el Gran Sacerdote), una tiranía sostenida por el engaño y por el miedo. La religión es una trola, una mentira descarada que se mantiene para que el pueblo no piense en sí mismo ni sea consciente del tinglado: «Hace mil años –confiesa Júpiter, dios de las moscas y de la muerte– que danzo ante los hombres. Una danza lenta y sombría. Es preciso que me miren: mientras tienen los ojos clavados en mí, olvidan mirar en sí mismos. Si yo me olvidara un solo instante, si los dejara apartar la mirada...»

El Gran Sacerdote, en connivencia con el Rey, predica la resignación de los ciudadanos, la aceptación de una culpa, de un pecado original inexistente –la culpabilidad por el silencio ante el asesinato de Agamenón–, que ha convertido sus vidas en un profundo pesar, en un continuo remordimiento que los tiene subyugados, dóciles al rey y al Gran Sacerdote.

La disyuntiva que Orestes plantea a los ciudadanos es seguir viviendo en la culpa y continuar en el redil, es decir, atemorizados, encerrados en sí mismos, como llevan quince años, o actuar, derrocar al tirano, deshacerse del gran sacerdote, liberarse de los remordimientos y emprender una nueva existencia.

Cuando a Orestes le vienen los problemas de conciencia tras la muerte de Egisto y Clitemnestra, es presionado por Júpiter para que vuelva al rebaño. «Vuelve –le insiste el dios–: soy el olvido, el reposo». Pero el joven héroe ha tomado ya su decisión: «no volveré a tu naturaleza; en ella hay mil caminos que conducen a ti, pero sólo puedo seguir mi camino. Porque soy un hombre, Júpiter, y cada hombre debe inventar su camino. La naturaleza tiene horror al hombre, y tú, soberano de los dioses, también tienes horror a los hombres».

Estamos en el centro de la filosofía sartriana: el individuo, el ejercicio de la libertad, la construcción de la existencia. El camino emprendido por Orestes puede ser seguido por todos los argivos, como temen Júpiter y Egisto: «Una vez que ha estallado la libertad en el alma de un hombre –afirma Júpiter–, los dioses ya no pueden nada contra ese hombre. Pues es un asunto de hombres, y a los otros hombres –sólo a ellos– les corresponde dejarlo correr o estrangularlo». El ejercicio de esa libertad puede ser contagioso –«Un hombre libre en una ciudad es como una oveja sarnosa en un rebaño. Contaminará todo mi reino y arruinará mi obra. Dios todopoderoso, ¿qué esperas para fulminarlo?», le apura Egisto a Júpiter, sabiendo ambos ya que el héroe ha cortado amarras con dioses y reyes: «¿Qué me importa Júpiter? –se pregunta Orestes. La justicia es un asunto de hombres y no necesito que un dios me la enseñe. Es justo aplastarte, [Egisto], canalla inmundo, y arruinar tu imperio sobre las gentes de Argos; es justo restituirles el sentimiento de su dignidad».

Podríamos profundizar en la veta filosófica de la obra, matizar conceptos –individuo, existencia, libertad, ateísmo, angustia, fenomenología, náusea, ateísmo, responsabilidad, agnosticismo...–, citar autores y obras, argumentar, teorizar e instalarnos en el mundo de las ideas, llegar a la metafísica incluso, o podríamos quedarnos más acá, en este mundo nuestro y tratar de precisar lo que pudo significar en su tiempo la obra de Sartre.

Las moscas se estrenó en plena ocupación nazi de Francia. Para esa fecha, Sartre había vuelto a París después de nueve meses en el Stalag D 12, cercano a la ciudad alemana de Tréveris, no sabemos si fugado o liberado por las autoridades del campo.

Aplicando estas coordenadas históricas, no parece muy descabellado identificar ciertos elementos del mito clásico con las circunstancias reales en que se escribió y representó este drama sartriano. El pueblo argivo, que malvive sumido en la pesadumbre y en la soledad, aterrorizado por los discursos del gran sacerdote y del rey usurpador, con el reconcomio de su pasividad e incapaz de rebelarse, es la Francia ocupada por los nazis y la Francia colaboracionista de Vichy, donde abundan los llamados, precisamente, mouches (moscas), delatores de judíos, izquierdistas y miembros de la Resistencia, y las cartas anónimas de denuncia enviadas por los corbeaux (cuervos) a los despachos de la Gestapo. Una Francia que se sabe culpable de pasividad, de escurrir el bulto de la responsabilidad, de no hacer frente al nazismo ni al vergonzante armisticio de Pétain. No olvidemos, finalmente, la connivencia –su no condenar ni denunciar, su mirar hacia otro lado– de la Iglesia católica con el totalitarismo.

Triple lección la que nos ofrece Sarte en Las moscas. La pervivencia –la pertinencia– de los mitos antiguos, la mostración plástica, dramática, de principios y conceptos claves del existencialismo, y la conversión de un discurso teatral en una forma activa de resistencia, en una crítica a la tiranía y a la inacción de buena parte de la sociedad francesa ante la ocupación nazi.

miércoles, 23 de julio de 2025

sábado, 19 de julio de 2025

Ideologías y diccionarios

Me recomendaba ayer ME con entusiasmo el libro que va leyendo estos días, Hasta que empieza a brillar (2025), de Andrés Neuman, una biografía novelada de María Moliner, autora del magistral Diccionario de uso del español. Por mi parte, le conté cómo en la edición que tengo de ese diccionario, la reimpresión de 1983, la entrada “falange” aparece tachada con una equis, porque la primera vez que la consulté me pareció necesitada de revisión y nueva redacción.

En efecto, además de referirse a la formación en filas compactas de los soldados de infantería en la antigua Grecia; a una agrupación de personas, armadas o no, que se reúnen con determinados fines, y a los huesos de manos y pies (falange, falangina, falangeta), María Moliner dedicó unas líneas a la retahíla Falange Española Tradicionalista y de las JONS, destacada en versalitas, incurriendo en lo que hoy nos parece uso injustificado de la palabra criptograma (texto escrito en clave), en lugar de sigla o acrónimo; aclara también entre paréntesis que la lectura de JONS es “Juventudes Obreras Nacional-Sindicalistas”, comprobándose aquí una lectura inusual, cuando la más comúnmente admitida es “Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista”, organización política fascista, creada por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma, fusionada con Falange Española Tradicionalista en febrero de 1934. Suponemos que en esa lectura de “Juventudes Obreras” en lugar de “Juntas de Ofensiva” pudo influir el modismo “Frente de Juventudes”, más que usado y requeteusado para nombrar la sección juvenil de Falange en los años 40, encargada de reclutar y adoctrinar a margaritas, flechas y pelayos en los principios del Movimiento Nacional.

Pero no es la precisión léxica –criptograma por sigla, juventudes obreras por juntas de ofensiva, o la abreviación de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista en un simple “la Falange” o “Falange Española”– la que más nos interesa ahora, sino la ideológica. Durante cinco líneas, el diccionario de uso se convierte en diccionario enciclopédico y la autora sintetiza la historia del partido único: «Agrupación fundada por José Antonio Primo de Rivera con un ideario basado en el del fascismo italiano, la cual dio el tono político al levantamiento militar con que se inició la última guerra civil española y sigue siendo el soporte del actual régimen español».

Cuando taché la entrada con aquella equis a bolígrafo corrían como mínimo los años 1983, 1984. Para entonces, el PSOE se había impuesto en las elecciones autonómicas andaluzas de mayo y en las generales de octubre de 1982. Tras la Operación Galaxia y la intentona del 23 de febrero, seguía oyéndose ruido de sables en los cuarteles y menudeaban las provocaciones de la extrema derecha (organizaciones de excombatientes, falangistas, militares recalcitrantes). Debió de ser en un momento de euforia y esperanza democrática, con 26 o 27 años, ya profesor, con mucho camino por delante, con la arrogancia y el optimismo de la juventud: lo mismo que había comenzado para mí una nueva etapa vital –trabajo, independencia económica, amores, viajes, amistades–, el país se había adentrado en una nueva etapa histórica, en un proceso político que pasaba por defender la democracia, deshacerse del lastre franquista, ofrecer esperanza y perspectivas de bienestar y felicidad a los españoles. El país tenía nueva Constitución. Era el momento. Por eso tracé la equis. Ya estaba bien de franquismo, de camisas azules y de principios del Movimiento, de contubernios judeo-masónicos y de hordas marxistas vendidas al oro de Moscú. Que me perdone doña María, pero me salió del alma cruzar aquellas dos líneas.

Ahora que han pasado más de cuarenta años entiendo de otra manera aquel breve explayarse, aquel decir sintético, valiente y certero, que declaraba la naturaleza totalitaria y violenta del falangismo (la dialéctica de las pistolas) que sustentó ideológicamente el golpe militar del 18 de julio, que provocó la guerra civil –oh, el dramatismo de ese adjetivo, “la última guerra civil”, como si el destino de los españoles fuesen las banderías antagónicas, el enfrentarse a muerte, el cainismo, la lucha a garrotazos–, la muerte de miles y miles de compatriotas y la instauración de una dictadura represiva, encabezada por un caudillo cuya autoridad emanaba de Dios.

Mucho decía María Moliner en aquellas cinco líneas, pero bastante más sugería. La entrada sobre FET y de las JONS aparecida en la primera edición de su diccionario de uso, publicado entre 1966 y 1967, adelantaba limpiamente por la izquierda la tardía acepción de «falange» dictada por los señores académicos, que a fuer de objetividad y para no meterse en camisa de once varas, cayeron en la parquedad más evidente: «Movimiento político y social iniciado por José Antonio Primo de Rivera en 1933». Esto podía leerse en las tres ediciones del diccionario de la RAE (1970, 1984 y 1989), no ya en la de 1992, en la que desaparece toda referencia al partido político fascista.



Algo parecido ocurre con otra palabra clave en la historia de nuestro país. En el DRAE de 1914, y hasta la edición de 1927, el término «república», entre otras acepciones, se define como «Estado político que se gobierna sin monarca». No anduvieron finos los académicos de la lengua: ¿Estado político? ¿Es que hay estados que no son políticos? La definición de república parece hecha mirando más a la monarquía que a la república. Si no gobierna un monarca, ¿quién lo hará? ¿Un tirano? ¿Un déspota? ¿Un dictador? ¿Un sátrapa? ¿Un consejo de sabios? ¿Designados por quién?

Para dejar claros algunos aspectos, el DRAE de 1936, imbuido de modernidad y revolución política, establece que una república es una «Forma de gobierno representativo en que el poder reside en el pueblo, personificado éste por un jefe supremo llamado presidente». Ya hemos avanzado bastante –en lugar de un monarca cuyo poder es heredado de sus mayores con la aquiescencia del mismísimo Dios, y que gobierna vitaliciamente sobre vasallos o súbditos– encontramos ahora un pueblo soberano que con su voto elige a su presidente, la máxima autoridad temporal del Estado. Esta acepción del vocablo «república» se mantiene en los diccionarios académicos hasta 1992.

Acabada la guerra, María Moliner fue depurada junto a su marido por su compromiso con la República, por su colaboración en las Misiones Pedagógicas y por la puesta en marcha del Plan Nacional de Bibliotecas Rurales. En su definición de «república», coincide básicamente con los diccionarios académicos: «Forma de gobierno en que el poder supremo (la lexicógrafa parece estar pensando en una república presidencialista) es ejercido por un magistrado (no un togado o juez, sino un representante político), llamado presidente de la república, elegido por los ciudadanos». Insisto en la fecha, 1966, al dictador, caudillo por la gracia de Dios, le quedan años de mandato. María Moliner recurre al nominalismo, presidente de la república –muy lejos de caudillo y de generalísimo, y en la naturaleza democrática de su autoridad. Franco no entraba en esa definición. De nuevo se sugiere mucho más de lo que se dice. A mediados de los sesenta, y a pesar de la supervivencia de un amplio estrato falangista y de extrema derecha en las instituciones del país, muchos españoles tienen todavía en mente el concepto y el recuerdo republicano. La palabra «república» estaba proscrita en el lenguaje del Régimen, pero sobrevivió en el diccionario...


lunes, 14 de julio de 2025

Tres sellos austriacos

 *

«El hombre moderno nace en la clínica y muere en el hospital: ¿debe vivir también como en una clínica?» (I, 22).

**

«La humanidad produce biblias y armas, tuberculosis y tuberculina. Es democrática con reyes y nobleza; construye iglesias y contra ellas nuevas universidades; transforma los conventos en cuarteles, pero los dota de capellanes castrenses… Ésta es la conocida cuestión de las contradicciones, inconsecuencias e imperfección de la vida» (I, 29).

***

«Hemos conquistado la realidad y perdido el sueño» (I, 42).


Robert Musil, El hombre sin atributos. Seix Barral - Austral, 2021.

viernes, 11 de julio de 2025

Nuevo día

Vuela el alba en silencio sobre los campos de julio.

A las afueras del pueblo poco a poco se despliegan los colores y van ocupando su lugar. Como todos los días. Con sus matices. Oro en los pastos secos, en la mies segada, en el grano de las espigas inclinadas a la tierra.

Los azules vuelan arriba, muy arriba, donde merodea el milano y planean las cigüeñas, y a lo lejos, hacia donde los montes se perfilan en sierra. 

Qué hermosura. Qué magnífica vista.

No faltan las pinceladas en primer plano, en las cunetas, de las flores amarillas del gordolobo. Ni los verdes secos de la retama y los chaparros solitarios en medio de barbechos y eriales.

En mi caminata matutina descubro perspectivas desde las que no se ve más que campo. Panoramas que podrían verse doscientos o trescientos años atrás. Esto es lo que verían unos ojos del XVIII, me digo. O cervantinos, si me apuráis.

La mirada crea el paisaje. No hay paisaje sin emoción. Sin memoria.

Huele a hinojo. A huerta recién regada. A verano de la infancia.

Siento la respiración serena del nuevo día.

Y colmado de luz vuelvo a casa.


viernes, 4 de julio de 2025

Tolerada menores

 A Andrés Carpio y Pablo Pozo Novoa

No sé si en otras ciudades podían comprar los niños en los quioscos aquellos visores de plástico en forma de pirámide truncada de base rectangular, en los que se metía en la ranura de la parte más ancha un fotograma que aumentaba apenas de tamaño cuando lo mirabas por la abertura circular de la parte más estrecha y lo enfocabas a la luz. Un aparato óptico primitivo, una ingenua cámara oscura que sólo permitía ver imágenes fijas, pariente pobre de aquellos proyectores de juguete, fabricados en latón pintado de verde, con sus rollos de película y su manivela para hacer avanzar manualmente la película.

En Córdoba no los vendían en todos los quioscos. Yo los compraba en el que había junto a la iglesia del Campo de la Verdad. ¡Oh, aquellos quioscos de madera y cristal! ¡Aquellos posteriores de chapa pintada de gris! Pequeños reductos donde apenas veías el busto del hombre, paraísos de las chucherías –chicles bazooka, mistos, cangrejos de río, paloduz, cordoncillo plástico de colores para trenzar, pipas y salaíllos, anises, chupachups, monedas de chocolate en vueltas en papel de oro y papel de plata, garbanzos tostados, algarrobas, cucuruchos de trufas...–, diminutos alcázares de las delicias infantiles, admirables bazares donde comprar de todo: cigarrillos sueltos, tabaco de contrabando, piedras de mechero, cerillas, caramelos, silbatos, lupas de plástico, gafas de juguete...

Y visores de fotogramas. No recuerdo cómo los llamábamos –¿filminas?–, ni cuánto costaban. Si tenías el visor, podías comprarlos sueltos. Lo normal eran fotogramas de películas desconocidas, aunque de vez en cuando, sospechosamente, eran recortes de películas que habíamos visto en los cines del barrio (Cine Séneca en invierno; Campo de Deportes en verano). Con aquellos aparatos improvisábamos diálogos, inventábamos escenas y hasta simulábamos la música con tachanes y tarareos. Bastaba enfocar el visor a la luz y empezar a contar lo que veías y lo que imaginabas.

Aquellos trocitos de acetato, aunque mal simulacro de cine, nos consolaban especialmente en verano, cuando no teníamos una moneda de diez reales –¡Oh, tempora, contábamos en reales!– para una entrada de gradas en el Campo de Deportes. Eran una manera de seguir con las aventuras de Maciste, con los ataques sioux a las caravanas de colonos, con los desastres del Gordo y el Flaco, con el endiablado hablar de Cantinflas, con las lianas y los gritos de Tarzán, con el florete justiciero y la marca del Zorro, con la armadura y los mandobles del caballero Ivanhoe. Imitábamos los andares de Chaplin, la voz gutural del pato Donald, toda clase de impactos y efectos sonoros, nos batíamos en duelo con espadas imaginarias, lloriqueábamos mientras nos rascábamos la cabeza como Stan Laurel y andábamos a zancadas como Groucho Marx.

Ni electrodos, ni arco voltaico, ni lentes que proyectaran la imagen en pantalla. La sola y única chispa de aquellos visores de plástico era nuestra imaginación, nuestra capacidad para seguir disfrutando con el cine, con el juego, para instalarnos con una sola imagen en un mundo fantástico y aventurero donde nosotros éramos los héroes.

Cheyennes, sioux, seminolas, apaches, pies negros, mohicanos, cherokees, navajos, comanchesUna película de Burt Lancaster sobre el comercio de coco (la copra) en las islas de los Mares del Sur. Todas las películas de Tarzán-Weissmüller. La conquista del Oeste, los miles de chinos que trabajaron en la construcción del ferrocarril en Estados Unidos. La invasión de los bárbaros del Norte, la decadencia del Imperio Romano, las Cruzadas a Tierra Santa. Los desiertos con espejismos, las selvas, la sabana, las costas caribeñas, los fondos submarinos. Enterrar y desenterrar el hacha de guerra, el soplo de Manitú, la pipa de la paz (calumet) en la tienda (tipi) con los viejos de la tribu, los zapatos kiowas. Piratas y corsarios. El Sí, bwana en las películas de safaris a la caza del gran simba. Los cuatreros por los que se ofrece recompensa (reward). La amura de babor, el trinquete, la cangreja, barlovento. El SPQR en los estandartes de las legiones romanas y el Ave, Caesar, morituri te salutant en la arena de los circos. El Jao, gran jefe blanco de los nativos norteamericanos. El tener algo más trampas que una película de Fu Manchú… El cine era una segunda escuela, un espacio de aprendizaje, un libro vivo en el que aprendíamos palabras y expresiones en otras lenguas, y con el que nos iban embutiendo unas visiones maniqueas y falseadoras de la realidad, de la historia de Estados Unidos, de Europa y de las potencias coloniales en América, África y Asia, una interpretación espuria sobre los orígenes de las guerras civiles y las guerras de religión, sobre los grandes procesos migratorios, el esclavismo y las injusticias sociales, sobre el saqueo de los recursos naturales, la inmoralidad de los poderosos, la persecución y el genocidio, el recurso acostumbrado a la violencia.

Fotograma a fotograma Hollywood iba contando su historia, su versión adulterada e interesada, su obsesión capitalista y supremacista. Exactamente como Donald Trump en este día de exaltación patriótica de 2025.


lunes, 30 de junio de 2025

Nómadas

 Desde los siete a los dieciséis, no viví más de dos años seguidos en el mismo lugar. Once traslados, según consta en el expediente de mi padre, que solicitaba el regreso a la capital el mismo día que llegaba a un nuevo destino, en la provincia o fuera de ella. Entre pueblo y pueblo, unos meses, nunca más de año y medio, en Córdoba, en la calle Altillo.

Así me crié. Entre mudanza y mudanza. Así tuve que aprender a despedirme de mis amigos. A tragarme las lágrimas. A soportar la incertidumbre, el salto al vacío de ser el nuevo en el cuartel, en la escuela, en tu propia casa, a la que llamábamos pabellón. Yo era un muchacho de los pabellones. Hijo de guardia civil. Alguien sin raíces.

Ese trajín e inestabilidad repercutía en mi forma de hablar, en mi vocabulario, o en sus carencias, cuando llegaba a un lugar nuevo, incluso cuando regresaba a Córdoba después de un tiempo fuera, de manera que de una aldea seseante y con fuertes aspiraciones de origen arábigo (Fuentejama por Fuente Alhama, garbansos), pasaba a la Córdoba con un sesear distinto y de abierto vocalismo (¿Vamos al sinε muy cerca de sina esta noche?, decía mi vecino Antoñín), para llegar al ceceo de Huelva (zartén) o a Los Pedroches, donde se distinguía entre casa y caza, todo lo cual se traducía en titubeos sonrojantes a veces como censiyez, paciensia, ceresa, nesecidad o zusezo… A esta inseguridad articulatoria había que añadir la variación léxica, las distintas o nuevas palabras para llamar a las cosas (pleita, jáquima, alcancía), a las comidas (mojete, mostachos, turrolate, allozas), a los juegos (tala, zumillo, látigo, Sevilla eléctrica), a las chucherías (sara, trasto, regaliz) en un sitio u otro.

Iba también de añadidura al lingüístico el desarraigo paisajístico. Según cumplía años de errancia civilera iba sintiendo que no tenía un paisaje que pudiera llamar mío –La Sierra del Alcaide, con sus víboras y sus cuevas para las brujas, con sus almendros en flor y sus olivares en pendiente, con el frío y los sabañones. El corazón salvaje de Sierra Morena en el poblado de la presa del Bembézar. Los bosques de eucaliptos a orillas del Odiel. La dehesa extrema de Los Pedroches. La vista de la sierra de Córdoba desde el pabellón de la calle Altillo–; iba comprobando que no había un único paisaje que pudiera identificar con mi infancia, con mi adolescencia. Y fabulaba que de mayor no tendría un sitio al que volver, un sitio donde ser enterrado junto a los míos. Porque los míos andaban ya desperdigados, lejos de sus raíces –Cuenca, Murcia, La Mancha, Córdoba–, vagando de puesto en puesto, guardia civil caminera, con la familia a cuestas.

No veía el niño o el adolescente que eras entonces ventaja alguna en aquella alternancia y diversidad, en aquella continua provisionalidad, en aquel nomadismo funcionarial de tu padre, en aquel andar de continuo preparando embalajes, viendo las sucesivas casas –pabellones– manteladas y desmanteladas, armando y desarmando camas, mesas, armarios, grapando cables de la luz, montando y desmontando portalámparas, taladrando tabiques, adjudicando habitaciones, colgando y descolgando el crucifijo, las repisas de cristal y el espejo del aseo, enroscando y desenroscando cáncamos para los visillos de las ventanas, seleccionando ropas y zapatos, juguetes, que no subirían al camión de la mudanza, las mantas envolviendo el espejo de la coqueta, protegiendo de roces el tablero de la mesa del comedor o las puertas acristaladas del aparador, el camión en la puerta o en el patio del cuartel, con un coro de niños y mayores curiosos, como si llegara el circo o los feriantes, y tú entrando y saliendo, llevando bultos, cansado, con hambre, con vergüenza delante de todos aquellos desconocidos.

La mudanza era un trastorno completo para la familia. Desde que mi padre anunciaba su nuevo destino hasta que salíamos del lugar en el camión o en un taxi, todos entrábamos en un periodo de excitación, mezcla de incertidumbre y de nostalgia por lo que íbamos a dejar atrás. Yo acompañaba a mi padre a las carpinterías y almacenes en busca de tablas y listones para los embalajes y le ayudaba a desclavar las cajas de tabaco que nos daban en los estancos, que entonces eran de madera y muy pesadas. También me encargaba de recoger las herramientas y alargárselas a mi padre cuando estaba subido a una escalera o de rodillas en el suelo desmontando un enchufe. Mi madre y mi hermana comenzaban primero con la vajilla del aparador, que no se usaba a diario, luego con la ropa y con el menaje de la cocina. Los días previos a la mudanza la casa era un laberinto de cajas, maletas, muebles desmontados cubiertos con mantas y colchas, atados con cuerdas, cajones vacíos, paquetes y bultos de ropa. La noche anterior al traslado, recogidos ya todos los enseres, excepto cuatro platos y una sartén donde mi madre freía unos huevos y unas tajadas de carne o de chorizo, la última cena a la luz pelada de una bombilla y dormir sobre los colchones en el suelo.

Al principio, cuando más pequeños, a mi hermana y a mí nos divertía aquel trajinar, aquel dédalo de bultos y de muebles, aquella curiosidad que despertaba en los demás la llegada o la partida del camión de la mudanza, pero según íbamos cumpliendo años y disfrutando el tener amigos de los que nos teníamos que separar, las mudanzas nos ensombrecían el ánimo.