lunes, 15 de diciembre de 2025
RSF (2)
martes, 9 de diciembre de 2025
Paradojas
El silencio está lleno de vida. De ruidos.
Sólo en silencio puedes oír el susurro de los olivos mecidos por la brisa de la tarde. El repentino aleteo de un gorrión cuando abres la puerta del patio. El zumbido del insecto que ronda la flor naranja del pacífico.
Solo en el silencio oyes crepitar el espíritu del fuego, el golpeteo de la lluvia en los cristales o en la tierra empapada, el aura que precede a los pájaros y a los colores de la aurora.
Sólo en el silencio te llega la canción serena y feliz de los campos cereales en la mañana de mayo, el canto del abejaruco allá arriba o el glup de un galápago que se hunde en el río.
Los ruidos construyen el silencio.
En silencio escuchas lo que no oyes.
jueves, 4 de diciembre de 2025
RSF
miércoles, 3 de diciembre de 2025
Bonjour, tristesse
domingo, 30 de noviembre de 2025
Allá van leyes...
Hay palabras que impresionan e imponen respeto, que sugieren complejidad, desconfianza, artificiosidad y una cierta oscuridad semántica. Son palabras que designan algo corriente y moliente, aunque investidas de prestigio y solemnidad. Esta mañana he encontrado una de ellas en un aforismo de Nietzsche: «Le angustia pensar –escribía el filósofo acerca del gran peligro de los sabios– si la maestría en las cosas pequeñas no será una especie de comodidad, un subterfugio ante las voces íntimas que aconsejan dar rienda suelta a su vida». Ahí la encontré, agazapada, con su apariencia culta y su misterio, con su carga laboriosa y compleja: un subterfugio, es decir, una excusa o evasiva, una triquiñuela, una treta sutil, hija del ingenio y de lo artificioso, para solventar una situación delicada y salir más o menos airoso de ella.
domingo, 23 de noviembre de 2025
Melanina
En nuestra niñez era un acontecimiento insólito y con frecuencia quedó grabado para siempre en nuestra memoria.
No los había visto en fotografía ni en película. No teníamos aún televisor en casa. Los imaginaba como yo, como mis padres o mi hermana, como mis amigos, con la piel morena de más por el sol. Pero no era exactamente así.
Yo iba de la mano de mi madre. El autobús, el Pío, nos había dejado en la Bajada del Puente, junto al surtidor de gasolina. Cruzábamos hacia la Acera Pintada cuando pasó una doble fila de seminaristas. Una vez en semana, por la tarde, salían del seminario de San Eulogio para jugar al fútbol en el campo anexo al colegio Fray Albino. Era de ver la imagen del puente romano con las dos aceras llenas de seminaristas. Ah, cómo se perdieron las vocaciones.
Nosotros íbamos hacia la calle Altillo, a visitar a mi abuela Sebastiana. Oh, no era exactamente como nosotros. Eran los labios. Era la nariz. Era pelo. Era el negro azulado en su cara, distinto al negro mate de la sotana. Era el asombro infantil de la primera vez ante un muchacho de raza negra. La diferencia. La igualdad.
jueves, 6 de noviembre de 2025
Lo más hermoso
Primer amor
Empezábamos entonces a trazar
el mapa a escala real de nuestras vidas.
Éramos adolescentes bachilleres
recién reconciliados con nuestros cuerpos.
Fue el verano de nuestros dieciséis años.
De mañanas de bicicleta y recados,
de largos paseos al anochecer.
Una nueva emoción brincaba en mi pecho.
Tus ojos. Tu boca. Tus manos. Tu risa.
En septiembre descargaron las tormentas.
Tu no. Tu adiós.
Mis lágrimas. Mi drama.
Lo más hermoso que había vivido.
Lo más amargo que había probado.
El amor como nunca había amado.
El dolor como nunca había dolido.
No hemos vuelto a vernos desde aquellos días,
ni hemos vuelto a saber uno del otro.
Te traigo aquí esta tarde en calma de agosto
para darte las gracias por un verano
que con la luz punzante del amor
trajo a mi vida el afán por las palabras,
por el ritmo y la luz de la poesía.
martes, 4 de noviembre de 2025
Caminar
Caminar es conocer. Sentirse y sentir. Echar a andar y ver, oler, oír, notar la textura del camino, masticar una ramita de hinojo o la punta de un espárrago.
Caminar es divagar. Recordar. Soñar. Imaginarse paso a paso. Serse.
lunes, 20 de octubre de 2025
Amanecer
viernes, 17 de octubre de 2025
Como bellacos
la que suele darme
tortas con manteca,
porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.
Imagine cada cual las bellaquerías que podrían hacer dos niños de cinco o seis años detrás de una puerta, aunque al padre Juan de Pineda estos versos finales le parecieron dignos de censura por desvergonzados e infamantes. Pero no me detendré ahora en la oportunidad o no de aquella censura eclesiástica, sino en el uso de la palabra bellaquerías, hoy en desuso, y no porque hayan desaparecido los bellacos ni las bellacas.
La bellaquería es acción propia de bellaco, que en la primera edición de nuestro diccionario académico (1726) es descrito como un hombre de ruines y malos procederes, y de viles respetos, y condición perversa y dañada. Un prenda. En la naturaleza del bellaco está el hacer bellacadas, el bellaquear o el actuar bellacamente.
El origen de la palabra no está claro. La RAE esquiva la cuestión con un lacónico De or. inc., aunque en la edición ya citada de su diccionario recoge la existencia en toscano de un villaco, derivado de villa, o de villano, porque «los villanos naturalmente suelen ser de baxos y viles pensamientos». Como si entre las clases elevadas se desconocieran la ruindad y la vileza.
El maestro Covarrubias propone el hebreo belial, de donde beliaco y finalmente bellaco; luego da su equivalencia en latín –scelestus, improbus, nequam– y aporta un ejemplo: Dios me libre de bellacos en cuadrilla.
El señor Corominas, oh catalana peculiaridad, saca a relucir un término del catalán medieval, bacallar, procedente del céltico bakkallakos, que nombraba así al pastor, al campesino, y en un giro semántico ya prejuiciado y despectivo al palurdo. De nuevo el pueblo llano despreciado por nobleza y burguesía. Su colega aragonesa, María Moliner, también proponía la misma etimología celta para el hispano bellaco, que identifica con el granuja. El bellaco es mala persona. No es el matón, el bravucón, que amedrenta con su puño, con su arma. El bellaco perjudica al otro de palabra o de obra. Y miente. Es un cínico. Niega lo evidente. Lo constatado. Sin sonrojo. Se declara siempre inocente –La mentira no es ilegal. Aquel día estuve informado en tiempo real. Las chistorras son embutidos, no billetes de 500 euros. Es Hacienda quien le debe casi 600.000 euros a mi pareja. Hubo un apagón informativo de dos horas y media–. Sí, bellacas y bellacos son inocentes, como los presos de Cadena perpetua.
viernes, 10 de octubre de 2025
Square des Bénédictins
Medita et labora
El ser del árbol:
raíz y vuelo
hacia la tierra,
hasta la luz.
Las campanas llaman al ángelus.
Por el jardín en sombras y luces
baja el murmullo,
la canción fugitiva del agua.
Pasan las nubes.
Vuelan mariposas y libélulas,
cantan las tórtolas.
Caen las hojas
a la tierra
cumpliendo su ciclo:
tierra a la tierra,
vida a la vida.
***
(Lyons-la-Fôret, 10 agosto 2025)
martes, 7 de octubre de 2025
Vidas perdidas
No recordaba haberlo comprado ni recibido como regalo, pero ahí estaba, entre la inquietante El hombre que amaba a los niños, de la australiana Christina Stead y el clásico Rojo y negro de Stendhal. En la portada en blanco y negro de la editorial Nórdica, una fotografía del suizo René Barri –famoso retratista del Che Guevara sonriente, habano en la boca– en la que se ve a un adolescente sentado en un suelo cubierto de hierbas, flexionadas las piernas en uve, apoyados los codos en las rodillas, en la mano derecha lo que parece un emparedado. El muchacho viste pantalón oscuro y camisa clara, desabotonada hasta más abajo del esternón. Es de piel morena, chicano, quizá. Mira serio a la cámara. Debe lucir un sol rutilante, porque ha fruncido el ceño para protegerse de la mucha luz. En el lugar de los ojos, dos sombras negras, ovaladas, como si llevara un antifaz. Detrás de él, a la derecha, la trasera de un autobús de los años 40 o 50 –los vi de ese tipo en los primeros 60, en Esparragal, y viajé un par de veces en uno de ellos–, la trasera, digo, desenfocada por la velocidad del vehículo en el momento del clic del fotógrafo. Al fondo, detrás del muchacho, un paisaje de suaves ondulaciones con un solitario árbol allá en la lejanía.
lunes, 6 de octubre de 2025
Catedral de Amiens (2)
II
Delicadas al fin
las manos del cantero,
conocen el secreto
del aire y de lo grave,
la sutil elocuencia
del cincel y de la maza,
y hacen de lo pesado
divina ligereza.
jueves, 2 de octubre de 2025
Pablo Guerrero. In memoriam
Tú y yo muchacha, estamos hechos de nubes. La complicidad del amor. O de la amistad. Buen comienzo. Amor. O amistad. Unas manos que enlazar. Un camino que recorrer juntos. Y nubes. La materia de los sueños. El deseo de volar alto. Lejos de la realidad. De la grisura. De la opresión. ¿Pero quién nos ata? El régimen. ¿Pero quién nos ata? El miedo. Los grises. La censura. Dame la mano y vamos a sentarnos bajo cualquier estatua. Reflexionemos. Oigamos nuestras voces. La tuya y la mía. Al aire libre tú y yo, muchacha. Bajo cualquier estatua. Sin miedo a que nos oigan. A que nos callen. Que es tiempo de vivir y de soñar y de creer. Ahora que somos jóvenes y nos tenemos y vamos de la mano. Cuándo vamos a soñar, si no. A creernos nube. A ser libres.
Tiene que llover para que florezca nueva la tierra. Tiene que llover para que vuelen las nubes. Tiene que llover para empaparnos de agua y risas. Tiene que llover para ser puros de nuevo. Para que la lluvia arrastre el pasado. A cántaros. Porque hay tanto dolor que consolar. Tanta memoria que dejar limpia.
Estamos amasados con libertad, muchacho. Cómo dudarlo. Pero por qué tanto miedo a que seamos, a que nos sintamos, libres. Somos libertad, muchacho, o no somos. ¿Pero quien nos ata? Los militares. ¿Pero quien nos ata? Las sotanas. Ten tu barro dispuesto, elegido tu sitio. Llegó el momento. Enfrentarse. Ser enemigo. Tener amigos. Ser libre es decidir. Decidir es ser libre. ¿En qué lado de la calle vas a quedarte? Preparada tu marcha. ¿En qué dirección vas a correr? Preparada tu marcha. ¿A quién quieres encontrarte? Hay que doler de la vida hasta creer. Tomar conciencia. Comprometernos contra las injusticias y las dificultades que soportan nuestros semejantes. Superar el dolor. Contribuir a la lucha.
Tiene que llover. Libertad. Tiene que llover. Democracia. Tiene que llover. Esperanza. Tiene que llover a cántaros. Que limpie los viejos cauces. Que corra un nuevo río.
Ellos seguirán dormidos. A resguardo. Como señores. Como burgueses. En sus cuentas corrientes de seguridad. En la cueva de los cuarenta ladrones. Te querrán vender la vida, la muerte y la paz. Dueños de tu vida entera. De tu más acá. De tu más allá. ¿Le pongo diez metros en cómodos plazos de felicidad? Con qué facilidad nos compran. Qué baratos nos vendemos. Pero tú y yo sabemos que hay señales que anuncian. La lluvia es esperanza. Renacer. Evolución. Progreso.
Que la siesta se acaba. Despertar a la realidad. Que la siesta se acaba. A la resistencia. Y que una lluvia fuerte, sin bioenzimas, claro, limpiará nuestra casa. Un agua pura, no contaminada. Para un hombre y una mujer nuevos. Limpiará nuestra casa. Superación de lo viejo. Del régimen. Una nueva sociedad. Nuevas metas. Igualdad. Nuevas aspiraciones. Felicidad. Nuevas sensaciones. Bienestar.
Hay que doler de la vida hasta creer.
Tiene que llover
Tiene que llover
Tiene que llover
Tiene que llover a cántaros
Tiene que llover
Tiene que llover
Tiene que llover
Tiene que llover a cántaros
***
Esta cacnión de Pablo Guerrero era una de las pocas que cantaba acompañándome de la guitarra.
miércoles, 1 de octubre de 2025
Catedral de Amiens
I
Entre los relucientes
edificios de acero y de cristal,
sobre las pizarras y chimeneas,
sobre las copas de sauces y álamos,
más alta aún que el vuelo
de herrerillos, garzas y golondrinas,
que el alegre bullir mañanero,
al otro lado del Somme y la tarde,
oh tan frágil belleza de las rosas,
remonta el azul la flecha de Dios,
la columna sagrada
de la simetría y la perfección,
donde habita la luz
que todo lo penetra
y sobrevive al tiempo
más allá de la piedra.
lunes, 22 de septiembre de 2025
Gravitación universal
La manzana de Newton
Pesa el mundo.
Caen las hojas.
Caen las manzanas.
Caen horas y días.
Cae lo grave a la tierra.
Nueve coma ocho por segundo.
***
14 agosto, Square des Bénédictins (Lyons-la-Forêt)
jueves, 18 de septiembre de 2025
Mitología y totalitarismo
miércoles, 23 de julio de 2025
sábado, 19 de julio de 2025
Ideologías y diccionarios
Me recomendaba ayer ME con entusiasmo el libro que va leyendo estos días, Hasta que empieza a brillar (2025), de Andrés Neuman, una biografía novelada de María Moliner, autora del magistral Diccionario de uso del español. Por mi parte, le conté cómo en la edición que tengo de ese diccionario, la reimpresión de 1983, la entrada “falange” aparece tachada con una equis, porque la primera vez que la consulté me pareció necesitada de revisión y nueva redacción.
En efecto, además de referirse a la formación en filas compactas de los soldados de infantería en la antigua Grecia; a una agrupación de personas, armadas o no, que se reúnen con determinados fines, y a los huesos de manos y pies (falange, falangina, falangeta), María Moliner dedicó unas líneas a la retahíla Falange Española Tradicionalista y de las JONS, destacada en versalitas, incurriendo en lo que hoy nos parece uso injustificado de la palabra criptograma (texto escrito en clave), en lugar de sigla o acrónimo; aclara también entre paréntesis que la lectura de JONS es “Juventudes Obreras Nacional-Sindicalistas”, comprobándose aquí una lectura inusual, cuando la más comúnmente admitida es “Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista”, organización política fascista, creada por Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma, fusionada con Falange Española Tradicionalista en febrero de 1934. Suponemos que en esa lectura de “Juventudes Obreras” en lugar de “Juntas de Ofensiva” pudo influir el modismo “Frente de Juventudes”, más que usado y requeteusado para nombrar la sección juvenil de Falange en los años 40, encargada de reclutar y adoctrinar a margaritas, flechas y pelayos en los principios del Movimiento Nacional.
Pero no es la precisión léxica –criptograma por sigla, juventudes obreras por juntas de ofensiva, o la abreviación de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista en un simple “la Falange” o “Falange Española”– la que más nos interesa ahora, sino la ideológica. Durante cinco líneas, el diccionario de uso se convierte en diccionario enciclopédico y la autora sintetiza la historia del partido único: «Agrupación fundada por José Antonio Primo de Rivera con un ideario basado en el del fascismo italiano, la cual dio el tono político al levantamiento militar con que se inició la última guerra civil española y sigue siendo el soporte del actual régimen español».
Cuando taché la entrada con aquella equis a bolígrafo corrían como mínimo los años 1983, 1984. Para entonces, el PSOE se había impuesto en las elecciones autonómicas andaluzas de mayo y en las generales de octubre de 1982. Tras la Operación Galaxia y la intentona del 23 de febrero, seguía oyéndose ruido de sables en los cuarteles y menudeaban las provocaciones de la extrema derecha (organizaciones de excombatientes, falangistas, militares recalcitrantes). Debió de ser en un momento de euforia y esperanza democrática, con 26 o 27 años, ya profesor, con mucho camino por delante, con la arrogancia y el optimismo de la juventud: lo mismo que había comenzado para mí una nueva etapa vital –trabajo, independencia económica, amores, viajes, amistades–, el país se había adentrado en una nueva etapa histórica, en un proceso político que pasaba por defender la democracia, deshacerse del lastre franquista, ofrecer esperanza y perspectivas de bienestar y felicidad a los españoles. El país tenía nueva Constitución. Era el momento. Por eso tracé la equis. Ya estaba bien de franquismo, de camisas azules y de principios del Movimiento, de contubernios judeo-masónicos y de hordas marxistas vendidas al oro de Moscú. Que me perdone doña María, pero me salió del alma cruzar aquellas dos líneas.
Ahora que han pasado más de cuarenta años entiendo de otra manera aquel breve explayarse, aquel decir sintético, valiente y certero, que declaraba la naturaleza totalitaria y violenta del falangismo (la dialéctica de las pistolas) que sustentó ideológicamente el golpe militar del 18 de julio, que provocó la guerra civil –oh, el dramatismo de ese adjetivo, “la última guerra civil”, como si el destino de los españoles fuesen las banderías antagónicas, el enfrentarse a muerte, el cainismo, la lucha a garrotazos–, la muerte de miles y miles de compatriotas y la instauración de una dictadura represiva, encabezada por un caudillo cuya autoridad emanaba de Dios.
Mucho decía María Moliner en aquellas cinco líneas, pero bastante más sugería. La entrada sobre FET y de las JONS aparecida en la primera edición de su diccionario de uso, publicado entre 1966 y 1967, adelantaba limpiamente por la izquierda la tardía acepción de «falange» dictada por los señores académicos, que a fuer de objetividad y para no meterse en camisa de once varas, cayeron en la parquedad más evidente: «Movimiento político y social iniciado por José Antonio Primo de Rivera en 1933». Esto podía leerse en las tres ediciones del diccionario de la RAE (1970, 1984 y 1989), no ya en la de 1992, en la que desaparece toda referencia al partido político fascista.
Algo parecido ocurre con otra palabra clave en la historia de nuestro país. En el DRAE de 1914, y hasta la edición de 1927, el término «república», entre otras acepciones, se define como «Estado político que se gobierna sin monarca». No anduvieron finos los académicos de la lengua: ¿Estado político? ¿Es que hay estados que no son políticos? La definición de república parece hecha mirando más a la monarquía que a la república. Si no gobierna un monarca, ¿quién lo hará? ¿Un tirano? ¿Un déspota? ¿Un dictador? ¿Un sátrapa? ¿Un consejo de sabios? ¿Designados por quién?
Para dejar claros algunos aspectos, el DRAE de 1936, imbuido de modernidad y revolución política, establece que una república es una «Forma de gobierno representativo en que el poder reside en el pueblo, personificado éste por un jefe supremo llamado presidente». Ya hemos avanzado bastante –en lugar de un monarca cuyo poder es heredado de sus mayores con la aquiescencia del mismísimo Dios, y que gobierna vitaliciamente sobre vasallos o súbditos– encontramos ahora un pueblo soberano que con su voto elige a su presidente, la máxima autoridad temporal del Estado. Esta acepción del vocablo «república» se mantiene en los diccionarios académicos hasta 1992.
Acabada la guerra, María Moliner fue depurada junto a su marido por su compromiso con la República, por su colaboración en las Misiones Pedagógicas y por la puesta en marcha del Plan Nacional de Bibliotecas Rurales. En su definición de «república», coincide básicamente con los diccionarios académicos: «Forma de gobierno en que el poder supremo (la lexicógrafa parece estar pensando en una república presidencialista) es ejercido por un magistrado (no un togado o juez, sino un representante político), llamado presidente de la república, elegido por los ciudadanos». Insisto en la fecha, 1966, al dictador, caudillo por la gracia de Dios, le quedan años de mandato. María Moliner recurre al nominalismo, presidente de la república –muy lejos de caudillo y de generalísimo–, y en la naturaleza democrática de su autoridad. Franco no entraba en esa definición. De nuevo se sugiere mucho más de lo que se dice. A mediados de los sesenta, y a pesar de la supervivencia de un amplio estrato falangista y de extrema derecha en las instituciones del país, muchos españoles tienen todavía en mente el concepto y el recuerdo republicano. La palabra «república» estaba proscrita en el lenguaje del Régimen, pero sobrevivió en el diccionario...
lunes, 14 de julio de 2025
Tres sellos austriacos
*
«El hombre moderno nace en la clínica y muere en el hospital: ¿debe vivir también como en una clínica?» (I, 22).
**
«La humanidad produce biblias y armas, tuberculosis y tuberculina. Es democrática con reyes y nobleza; construye iglesias y contra ellas nuevas universidades; transforma los conventos en cuarteles, pero los dota de capellanes castrenses… Ésta es la conocida cuestión de las contradicciones, inconsecuencias e imperfección de la vida» (I, 29).
***
«Hemos conquistado la realidad y perdido el sueño» (I, 42).
Robert Musil, El hombre sin atributos. Seix Barral - Austral, 2021.
viernes, 11 de julio de 2025
Nuevo día
Vuela el alba en silencio sobre los campos de julio.
A las afueras del pueblo poco a poco se despliegan los colores y van ocupando su lugar. Como todos los días. Con sus matices. Oro en los pastos secos, en la mies segada, en el grano de las espigas inclinadas a la tierra.
Los azules vuelan arriba, muy arriba, donde merodea el milano y planean las cigüeñas, y a lo lejos, hacia donde los montes se perfilan en sierra.
Qué hermosura. Qué magnífica vista.
No faltan las pinceladas en primer plano, en las cunetas, de las flores amarillas del gordolobo. Ni los verdes secos de la retama y los chaparros solitarios en medio de barbechos y eriales.
En mi caminata matutina descubro perspectivas desde las que no se ve más que campo. Panoramas que podrían verse doscientos o trescientos años atrás. Esto es lo que verían unos ojos del XVIII, me digo. O cervantinos, si me apuráis.
La mirada crea el paisaje. No hay paisaje sin emoción. Sin memoria.
Huele a hinojo. A huerta recién regada. A verano de la infancia.
Siento la respiración serena del nuevo día.
Y colmado de luz vuelvo a casa.
viernes, 4 de julio de 2025
Tolerada menores
A Andrés Carpio y Pablo Pozo Novoa
No sé si en otras ciudades podían comprar los niños en los quioscos aquellos visores de plástico en forma de pirámide truncada de base rectangular, en los que se metía en la ranura de la parte más ancha un fotograma que aumentaba apenas de tamaño cuando lo mirabas por la abertura circular de la parte más estrecha y lo enfocabas a la luz. Un aparato óptico primitivo, una ingenua cámara oscura que sólo permitía ver imágenes fijas, pariente pobre de aquellos proyectores de juguete, fabricados en latón pintado de verde, con sus rollos de película y su manivela para hacer avanzar manualmente la película.
En Córdoba no los vendían en todos los quioscos. Yo los compraba en el que había junto a la iglesia del Campo de la Verdad. ¡Oh, aquellos quioscos de madera y cristal! ¡Aquellos posteriores de chapa pintada de gris! Pequeños reductos donde apenas veías el busto del hombre, paraísos de las chucherías –chicles bazooka, mistos, cangrejos de río, paloduz, cordoncillo plástico de colores para trenzar, pipas y salaíllos, anises, chupachups, monedas de chocolate en vueltas en papel de oro y papel de plata, garbanzos tostados, algarrobas, cucuruchos de trufas...–, diminutos alcázares de las delicias infantiles, admirables bazares donde comprar de todo: cigarrillos sueltos, tabaco de contrabando, piedras de mechero, cerillas, caramelos, silbatos, lupas de plástico, gafas de juguete...
Y visores de fotogramas. No recuerdo cómo los llamábamos –¿filminas?–, ni cuánto costaban. Si tenías el visor, podías comprarlos sueltos. Lo normal eran fotogramas de películas desconocidas, aunque de vez en cuando, sospechosamente, eran recortes de películas que habíamos visto en los cines del barrio (Cine Séneca en invierno; Campo de Deportes en verano). Con aquellos aparatos improvisábamos diálogos, inventábamos escenas y hasta simulábamos la música con tachanes y tarareos. Bastaba enfocar el visor a la luz y empezar a contar lo que veías y lo que imaginabas.
Aquellos trocitos de acetato, aunque mal simulacro de cine, nos consolaban especialmente en verano, cuando no teníamos una moneda de diez reales –¡Oh, tempora, contábamos en reales!– para una entrada de gradas en el Campo de Deportes. Eran una manera de seguir con las aventuras de Maciste, con los ataques sioux a las caravanas de colonos, con los desastres del Gordo y el Flaco, con el endiablado hablar de Cantinflas, con las lianas y los gritos de Tarzán, con el florete justiciero y la marca del Zorro, con la armadura y los mandobles del caballero Ivanhoe. Imitábamos los andares de Chaplin, la voz gutural del pato Donald, toda clase de impactos y efectos sonoros, nos batíamos en duelo con espadas imaginarias, lloriqueábamos mientras nos rascábamos la cabeza como Stan Laurel y andábamos a zancadas como Groucho Marx.
Ni electrodos, ni arco voltaico, ni lentes que proyectaran la imagen en pantalla. La sola y única chispa de aquellos visores de plástico era nuestra imaginación, nuestra capacidad para seguir disfrutando con el cine, con el juego, para instalarnos con una sola imagen en un mundo fantástico y aventurero donde nosotros éramos los héroes.
Cheyennes, sioux, seminolas, apaches, pies negros, mohicanos, cherokees, navajos, comanches… Una película de Burt Lancaster sobre el comercio de coco (la copra) en las islas de los Mares del Sur. Todas las películas de Tarzán-Weissmüller. La conquista del Oeste, los miles de chinos que trabajaron en la construcción del ferrocarril en Estados Unidos. La invasión de los bárbaros del Norte, la decadencia del Imperio Romano, las Cruzadas a Tierra Santa. Los desiertos con espejismos, las selvas, la sabana, las costas caribeñas, los fondos submarinos. Enterrar y desenterrar el hacha de guerra, el soplo de Manitú, la pipa de la paz (calumet) en la tienda (tipi) con los viejos de la tribu, los zapatos kiowas. Piratas y corsarios. El Sí, bwana en las películas de safaris a la caza del gran simba. Los cuatreros por los que se ofrece recompensa (reward). La amura de babor, el trinquete, la cangreja, barlovento. El SPQR en los estandartes de las legiones romanas y el Ave, Caesar, morituri te salutant en la arena de los circos. El Jao, gran jefe blanco de los nativos norteamericanos. El tener algo más trampas que una película de Fu Manchú… El cine era una segunda escuela, un espacio de aprendizaje, un libro vivo en el que aprendíamos palabras y expresiones en otras lenguas, y con el que nos iban embutiendo unas visiones maniqueas y falseadoras de la realidad, de la historia de Estados Unidos, de Europa y de las potencias coloniales en América, África y Asia, una interpretación espuria sobre los orígenes de las guerras civiles y las guerras de religión, sobre los grandes procesos migratorios, el esclavismo y las injusticias sociales, sobre el saqueo de los recursos naturales, la inmoralidad de los poderosos, la persecución y el genocidio, el recurso acostumbrado a la violencia.
Fotograma a fotograma Hollywood iba contando su historia, su versión adulterada e interesada, su obsesión capitalista y supremacista. Exactamente como Donald Trump en este día de exaltación patriótica de 2025.
lunes, 30 de junio de 2025
Nómadas
Desde los siete a los dieciséis, no viví más de dos años seguidos en el mismo lugar. Once traslados, según consta en el expediente de mi padre, que solicitaba el regreso a la capital el mismo día que llegaba a un nuevo destino, en la provincia o fuera de ella. Entre pueblo y pueblo, unos meses, nunca más de año y medio, en Córdoba, en la calle Altillo.
Así me crié. Entre mudanza y mudanza. Así tuve que aprender a despedirme de mis amigos. A tragarme las lágrimas. A soportar la incertidumbre, el salto al vacío de ser el nuevo en el cuartel, en la escuela, en tu propia casa, a la que llamábamos pabellón. Yo era un muchacho de los pabellones. Hijo de guardia civil. Alguien sin raíces.
Ese trajín e inestabilidad repercutía en mi forma de hablar, en mi vocabulario, o en sus carencias, cuando llegaba a un lugar nuevo, incluso cuando regresaba a Córdoba después de un tiempo fuera, de manera que de una aldea seseante y con fuertes aspiraciones de origen arábigo (Fuentejama por Fuente Alhama, garbansos), pasaba a la Córdoba con un sesear distinto y de abierto vocalismo (¿Vamos al sinε –muy cerca de sina– esta noche?, decía mi vecino Antoñín), para llegar al ceceo de Huelva (zartén) o a Los Pedroches, donde se distinguía entre casa y caza, todo lo cual se traducía en titubeos sonrojantes a veces como censiyez, paciensia, ceresa, nesecidad o zusezo… A esta inseguridad articulatoria había que añadir la variación léxica, las distintas o nuevas palabras para llamar a las cosas (pleita, jáquima, alcancía), a las comidas (mojete, mostachos, turrolate, allozas), a los juegos (tala, zumillo, látigo, Sevilla eléctrica), a las chucherías (sara, trasto, regaliz) en un sitio u otro.
Iba también de añadidura al lingüístico el desarraigo paisajístico. Según cumplía años de errancia civilera iba sintiendo que no tenía un paisaje que pudiera llamar mío –La Sierra del Alcaide, con sus víboras y sus cuevas para las brujas, con sus almendros en flor y sus olivares en pendiente, con el frío y los sabañones. El corazón salvaje de Sierra Morena en el poblado de la presa del Bembézar. Los bosques de eucaliptos a orillas del Odiel. La dehesa extrema de Los Pedroches. La vista de la sierra de Córdoba desde el pabellón de la calle Altillo–; iba comprobando que no había un único paisaje que pudiera identificar con mi infancia, con mi adolescencia. Y fabulaba que de mayor no tendría un sitio al que volver, un sitio donde ser enterrado junto a los míos. Porque los míos andaban ya desperdigados, lejos de sus raíces –Cuenca, Murcia, La Mancha, Córdoba–, vagando de puesto en puesto, guardia civil caminera, con la familia a cuestas.
No veía el niño o el adolescente que eras entonces ventaja alguna en aquella alternancia y diversidad, en aquella continua provisionalidad, en aquel nomadismo funcionarial de tu padre, en aquel andar de continuo preparando embalajes, viendo las sucesivas casas –pabellones– manteladas y desmanteladas, armando y desarmando camas, mesas, armarios, grapando cables de la luz, montando y desmontando portalámparas, taladrando tabiques, adjudicando habitaciones, colgando y descolgando el crucifijo, las repisas de cristal y el espejo del aseo, enroscando y desenroscando cáncamos para los visillos de las ventanas, seleccionando ropas y zapatos, juguetes, que no subirían al camión de la mudanza, las mantas envolviendo el espejo de la coqueta, protegiendo de roces el tablero de la mesa del comedor o las puertas acristaladas del aparador, el camión en la puerta o en el patio del cuartel, con un coro de niños y mayores curiosos, como si llegara el circo o los feriantes, y tú entrando y saliendo, llevando bultos, cansado, con hambre, con vergüenza delante de todos aquellos desconocidos.
La mudanza era un trastorno completo para la familia. Desde que mi padre anunciaba su nuevo destino hasta que salíamos del lugar en el camión o en un taxi, todos entrábamos en un periodo de excitación, mezcla de incertidumbre y de nostalgia por lo que íbamos a dejar atrás. Yo acompañaba a mi padre a las carpinterías y almacenes en busca de tablas y listones para los embalajes y le ayudaba a desclavar las cajas de tabaco que nos daban en los estancos, que entonces eran de madera y muy pesadas. También me encargaba de recoger las herramientas y alargárselas a mi padre cuando estaba subido a una escalera o de rodillas en el suelo desmontando un enchufe. Mi madre y mi hermana comenzaban primero con la vajilla del aparador, que no se usaba a diario, luego con la ropa y con el menaje de la cocina. Los días previos a la mudanza la casa era un laberinto de cajas, maletas, muebles desmontados cubiertos con mantas y colchas, atados con cuerdas, cajones vacíos, paquetes y bultos de ropa. La noche anterior al traslado, recogidos ya todos los enseres, excepto cuatro platos y una sartén donde mi madre freía unos huevos y unas tajadas de carne o de chorizo, la última cena a la luz pelada de una bombilla y dormir sobre los colchones en el suelo.
Al principio, cuando más pequeños, a mi hermana y a mí nos divertía aquel trajinar, aquel dédalo de bultos y de muebles, aquella curiosidad que despertaba en los demás la llegada o la partida del camión de la mudanza, pero según íbamos cumpliendo años y disfrutando el tener amigos de los que nos teníamos que separar, las mudanzas nos ensombrecían el ánimo.




