jueves, 12 de febrero de 2026

My Generation


Semanas atrás hice una incursión en el concepto “generación”. No recuerdo exactamente el recorrido. Andaba esos días indagando en mis raíces –Córdoba, Cartagena, Miguelturra, Doña Mencía–, constatando los lazos de mi familia con el benemérito cuerpo de la Guardia Civil, subrayando hechos notables de mi niñez –la llegada de la televisión a España, la revolución cubana–, cuando me vi tomando notas sobre los rasgos compartidos por las 1.402 personas que en España vinieron a la luz en la misma fecha que yo, más los muchos miles que lo hicieron en el resto del mundo.

–Hola, nací en 1956 y soy un boomer.

Entre esas notas sobre mi generación biológica, nada que no supiera o intuyera. Soy un explosionado (el hijo de una explosión), no un explotado. En la mili, oficiales y suboficiales insistían, en las teóricas, en la diferencia entre explotar y explosionar: explosiona (es detonada) una bomba, explota (revienta) un globo. Nos enseñaban también el himno de la infantería, nos instruían en el montaje y desmontaje del cetme, el nombre de sus piezas, después de los bocadillos de mortadela y salchichón, de las cervezas y los porros bajo la sombra de los chaparros a los cuarenta grados de agosto. Glorioso ejército español. Sí, nos tuvimos que chupar 14 meses de patriótico servicio militar.

Los estadounidenses designan a sus generaciones con metáfora: la generación perdida (1883-1900) se bautizó militarmente en Europa con la I GM y volvió desorientada, psicológicamente herida. En literatura dio frutos innegables: Hemingway, Scott Fitzgerald, Steinbeck, Faulkner. Benditos sean porque no se perdieron y escribieron lo que escribieron.

Luego vinieron los felices veinte y la Gran Depresión, la desesperación, los suicidios, la pobreza, la inmigración, la fiebre californiana. Generación grandiosa la llamaron (1901-1927), la que luchó en la II GM, incluidos los españoles republicanos que avivaron la resistencia francesa y también alimentaron por desgracia los hornos crematorios. Y como silenciosa caracterizaron a la siguiente, la de la guerra de Corea y la lucha por los derechos civiles (1928-1945).

Después, mi generación, quienes nacimos entre 1946 y 1964, según la nomenclatura estadounidense, los boomers, los hijos del bum, de la explosión demográfica que siguió a la sangría de la II GM. Los sociólogos distinguen en ella dos subgeneraciones o cohortes: la avanzada o vanguardia, llamada también Leading-Edge Baby Boomers (1946-1955), que alcanza su mayoría de edad durante la guerra del Vietnam, y la rezagada, denominada Trailing-Edge Boomers (1956-1964), que se crio en tiempos de guerra fría y carrera espacial.

En España –Spain is different–, se nos llama baby boomers a los nacidos entre 1946-1964. Compartimos el haber nacido en un país estabilizado tras la guerra civil y la inmediata y dura posguerra, con una Europa también recuperada de la catástrofe (el milagro alemán, el plan Marshall). Cuando llegamos a la luz, la dictadura –no le quedaba más remedio–, comenzaba a abrirse al resto del mundo, diciéndole adiós a la autarquía, lo que ayudó a la recuperación económica, pero no a la apertura política, hasta llegar al bum –otra explosión– del desarrollismo y del turismo con los tecnócratas del Opus. Desde niños vimos cómo se destruía el litoral para construir hoteles y apartamentos, en el NO-Do y luego en la televisión veíamos las campañas del turista 1 millón, 2, 3… el turista 10 millones; de jóvenes seguimos parte a parte la agonía de Franco y votamos en las primeras elecciones democráticas desde 1939, comenzamos a trabajar en los setenta, sorteamos la oleada mortal de la heroína, nos entregamos a la movida de los ochenta y nos jubilamos después de 35 años de trabajo. Dicen los expertos que somos gente idealista, con ética profesional y sentido del deber. Creemos en lo público, en la igualdad de género, en el pacifismo y en la ecología, y nos hemos subido al tren digital, aunque para las relaciones sociales preferimos el cara a cara y las risas en bares y terrazas.

En mi búsqueda generacional por la red, di con un ensayo, La vida cañón, en que la autora, Analía Plaza, nos achaca a los boomers el ser muchos, el haber podido comprar una vivienda, el cobrar buenas pensiones, el pegarnos una vida cañón, el viajar, el gozar de una salud aceptable y además tener halagüeñas expectativas de vida…

He comprado el libro y leído las primeras páginas. Ya diré. O no.


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