Ahí estaba.
¿Un jazmín despistado? le pregunté sorprendido.
Cuatro hojas poco más grandes que un grano de arroz, rosadas en el envés -sin la abierta tersura ni plenitud de las tardes de verano-, envuelven una quinta hoja enrrollada sobre sí misma.
Suave el tacto y perfume apenas.
Luciendo en el extremo de una rama que entibia el sol de mediodía.
En pleno enero de cierzos y heladas.