sábado, 31 de enero de 2026

Ganar / Perder


Anteayer envié a un grupo de amigos el enlace a un artículo de Noelia Adánez (doctora en Ciencias Políticas, escritora y coordinadora de opinión del diario Público), titulado «Siempre en el equipo de David Uclés», en el que hacía una argumentada defensa de la negativa del novelista jienense a participar en un evento llamado Letras en Sevilla. Tras una positiva valoración literaria de Uclés –su compromiso con la verdad histórica en estos tiempos de «confusión y banalidad», su rigor documental, lo bello y luminoso de su obra–, y su conversión en personaje público tras el éxito de su primera novela y la obtención del premio Nadal con su segunda, Adánez explica la decisión del novelista de no aparecer por Sevilla para que su nombre no figure junto a otros como José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros o Alberto Ruiz Gallardón; por añadidura, denuncia el antifeminismo de la organización por la reducida presencia de mujeres: 6 contra 27.

Si habláramos en términos taurinos, y no es por humorismo, podríamos decir que David Uclés se niega, no ya a compartir cartel en la Maestranza, es decir, a torear la misma tarde junto a los diestros citados, sino a hacerlo en el conjunto de toda la feria taurina de abril. Sería como no alojarse en el hotel Alfonso XIII, porque también lo harán las otras figuras. Los organizadores han tenido mal acuse de recibo: imperdonable descortesía, incumplimiento de compromiso, sectarismo de izquierdas, ignorancia de la realidad histórica, creación de trincheras de odio y desprecio...

El motivo temático de la cosa –«1936: la guerra que todos perdimos»– no es acertado, porque contribuye al blanqueamiento de la derecha, a la disolución de responsabilidades y a la confusión o distorsión de hechos incuestionables: en julio de 1936, militares de derechas dieron un golpe de estado, provocaron una guerra civil, la ganaron y sustentaron durante cuarenta años una dictadura de partido único. Tras la guerra civil hubo triunfadores y derrotados, y no llevaron la misma vida unos que otros. La guerra la sufrieron todos y la perdieron los que la perdieron, no los que la ganaron. No mezclemos y no confundamos al golpista con el defensor de la legalidad republicana, al vencedor con el exiliado, con el encarcelado, con el fusilado. No, no todos perdieron la guerra.

A la mañana siguiente, una de las amigas del grupo me envió un artículo publicado en La Voz del Sur –«Escritores que no son de palabra»–, en que el periodista y escritor sevillano Álvaro Romero Bernal defiende la vía del diálogo y la valentía de enfrentarse dialécticamente a los energúmenos recalcitrantes de la ultraderecha. Tiene razón, le concedo, siempre la vía de la palabra, la búsqueda común de la verdad, enfrentarse dialécticamente al toro del neofascismo, pero en este caso no se trataba de un mano a mano entre figuras, ni de faenas al alimón, sino de torear en carteles distintos, en tardes distintas, cada uno en su sitio, con su estilo y con su cuadrilla.

Respeto la decisión de David Uclés, su prurito de pureza ideológica, la voluntad de que su nombre no aparezca junto a otros, para él, indeseables, su ejercicio de integridad, aunque me parece excesivo su celo por la incontaminación. Es evidente que vivimos tiempos de exaltación neofascista que hay que denunciar y combatir –en las instituciones, en las escuelas, en los puestos de trabajo, en las tertulias, en las redes sociales, en nuestras conversaciones del día a día–, con la palabra, con la razón, con la historia; no conviene desaprovechar oportunidades por escrúpulos personales. La retirada de Uclés no es definitiva, no se ha cortado la coleta. Simplemente, ha decidido no verse mezclado en Sevilla con ciertos individuos. Está en su derecho y tiene sus razones. Creo, sin embargo, que su posicionamiento sobre la guerra civil y sobre las mencionadas figuras políticas habría pasado más desapercibido de haber participado en las jornadas sevillanas. Su retirada ha repercutido mucho más que su presencia.

Por la tarde, cuando volvíamos de Córdoba en el coche, oímos en la radio la canción recién compuesta por Bruce Springsteen, «Streets of Minneapolis». Es una crónica, una balada triste sobre los asesinatos de dos personas –Alex Pretti and Renee Good– en Minneapolis a manos del salvaje ICE, el temible cuerpo de seguridad de inmigración estadounidense, que puede pegarte seis tiros en medio de la calle –¡¿Cuántas veces hemos visto esa escena en películas de nazis y judíos?!– sin dar explicaciones ni pedir perdón ni ser condenados por su brutalidad.

Fue ayer también cuando leí que el músico Neil Young, en protesta por la política criminal de Trump, había dado a los groenlandeses acceso libre a todos sus archivos musicales y recomendado que no utilizáramos cierta plataforma de venta y transporte cuyo dueño es notoriamente trumpista. Oigo a estos dos músicos desde mi adolescencia, me emocionan sus canciones y admiro además su faceta de ciudadanos con un compromiso ideológico que comparto. Ellos se han pronunciado contra esos crímenes impunes y contra la política imperialista y canalla de Donald Trump. Creo que con sus canciones y su actitud estos dos músicos pueden ser ejemplo y sembrar en muchos jóvenes, o no tan jóvenes, la semilla del compromiso, de la responsabilidad social, la conciencia de que el rey Trump genera violencia, miedo e inseguridad y de que ese es un camino equivocado.

Dialoguemos, sí, pero estoy convencido de que las canciones no van a convertir a Trump en un mandatario digno y altruista, solidario, pacifista, ecologista y respetuoso con los derechos humanos, como lo estoy de que las argumentaciones de David Uclés vayan a lograr que José María Aznar pida perdón por sus mentiras, que Iván Espinosa se transforme de verdad en un profundo demócrata defensor de lo público y los derechos civiles o que se admita la responsabilidad de la derecha y la ultraderecha falangista en la guerra civil española y en la feroz represión de la posguerra.

Sí, hay que dejar claras en cuantos foros sea posible nuestras convicciones y valores democráticos. Nadie que haya leído algunas entrevistas a David Uclés dudará de su posicionamiento ideológico. David Uclés no se ha caído del cartel sevillano por cobardía, ni por egotismo, ni por veleidades de estrella mediática, ni por miedo al morlaco de la guerra civil. Sencillamente ha dicho «Basta de tergiversación de la realidad histórica». Lo ha hecho por dignidad. Por la suya, pero sobre todo por la de los vencidos en la guerra civil. 

jueves, 29 de enero de 2026

Cap. I


Desde la primera frase el narrador rompe el lugar común al ignorar deliberadamente el de nacimiento de su protagonista. Es la primera advertencia que recibe el lector: no estás ante una novela al uso, aquí acaban andanzas y caballerías de Amadises, Palmerines, Esplandianes y demás ralea de valerosos paladines. El héroe es un manchego, hasta ahí concreta el narrador –¿por qué no una mujer, una narradora?–, y que los académicos de Argamasilla pesquisen sobre el lugar del que la voz narradora no se quiere acordar. Sutil, irónico, homenaje a Homero, ya saben, el hijo de las siete patrias, que aún disputan su nacimiento.

Creo que todos los españoles, pongamos que del siglo XX y lo que llevamos del XXI, han escuchado, leído, dicho, incluso escrito alguna vez esas primeras palabras de la novela cervantina. Creo también que muchos son los citadores y pocos los leídos, los que han ido más allá. Mi madre nunca leyó El Quijote, pero fue en sus labios donde escuché por primera vez la formulación de ese misterio, que no me inquietó porque estaba acostumbrado al Érase una vez impreciso en el tiempo y en la geografía de muchos cuentos: ¿de dónde es Caperucita? ¿dónde nació Pulgarcito? ¿en qué pueblo, o ciudad, vivía Blancanieves? Ahora, a mis setenta, esos detalles no importan. Lo de menos es la erudición. Lo de más, la libertad, el imaginar. No el lugar donde nació el héroe, sino la jacienda, la trascendencia de su actuar. ¿Qué se le hubiera dado a la novela que Don Quijote hubiera nacido en Mota del Cuervo, en Miguelturra o en...? Imaginen la frase: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me quiero acordar, Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…

Ni lugar de nacimiento, ni pasado apenas, salvo ese ligero enamoramiento de Aldonza Lorenzo y su condición heredada de hidalgo, dueño de una hacienda que no lo convierte en un Craso pero que le basta para mantener una sobrina y un ama, un hombre para todo, “mozo de campo y plaza”, y a sí mismo, en lo que se le va no pequeña parte de ella.

Ubicado sociológicamente –un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, etc– en la clase privilegiada y por tanto de ideología conservadora, este hombre casi cincuentón es un mozo viejo solitario, humanamente desubicado y aburrido de una existencia rutinaria. Madruga, caza, lee, tiene su tertulia con el cura y el barbero del lugar, no le interesa la administración de su hacienda, se le ha pasado el arroz de alistarse en el ejército o de embarcarse a las Indias para hacer fortuna y carece de estudios, aunque sea en Sigüenza, para ganarse honradamente el sustento como funcionario en la administración pública, local o real. Un parásito, exento de gravosos impuestos y cargas.

Tampoco sabemos de su estirpe, de sus padres y abuelos, ni siquiera la certeza de un apellido que se pudiera decir suyo tenemos–¿Quijada? ¿Quesada? ¿Quejana?–, hechos significativos de que estamos ante un hidalgo más cerca de un don nadie que de un don… ¿qué? ¡Ni el nombre se nos da! ¡¿Qué clase de narrador omnisciente y erudito, que consulta fuentes históricas y contrasta testimonios, qué relator, que sabe lo que come el hidalgo los domingos, ignora el nombre de pila de éste?! Consensuemos desde el principio que este narrador, o narradora –ya habrá mejor ocasión para tratar el asunto–, se las trae. ¿Hemos de creer todo lo que nos cuenta? El juego metaliterario ha comenzado con la primera frase y se mantendrá hasta el final de la novela. Ya lo iremos comprobando.

martes, 27 de enero de 2026

22 enero


Caminata nocturna con auriculares



No era el viento airado

llevándome en volandas.

Ni la lluvia fría en mi rostro.

No era el temor a la noche

ni a la negrura en los campos

donde aúllan los perros.

Eran tres voces de mujer:

Sei l'uragano più bello

che io abbia mai visto.

Tres canciones de amor:

Mon coeur s’ouvre à ta voix.

Tres hermosas heridas

Death is now a welcome guest

que iluminan mi andar

y ponen ritmo a mi canción.

(Rosalía, María Callas, Tatiana Troyanos)


jueves, 22 de enero de 2026

Lunes 19 de enero

 Era lo blanco sobre la hierba.

Lo blanco, pero no nieve, en los tejados, en los pastos secos, en el lomo de las ovejas.

Lo blanco en la superficie de las piedras, en las escarchas del suelo y las cunetas, en el aliento, en la tierra crujiente del camino.

Era el frío en las últimas rosas de la aurora, en el azul claro de la mañana.

Mientras, en la radio, opiniones, datos, testimonios sobre el último accidente ferroviario.


lunes, 19 de enero de 2026

Jazmín de invierno


Ahí estaba.

¿Un jazmín despistado? le pregunté sorprendido.

Cuatro hojas poco más grandes que un grano de arroz, rosadas en el envés -sin la abierta tersura ni plenitud de las tardes de verano-, envuelven una quinta hoja enrrollada sobre sí misma.

Suave el tacto y perfume apenas.

Luciendo en el extremo de una rama que entibia el sol de mediodía.

En pleno enero de cierzos y heladas.