Anteayer envié a un grupo de amigos el enlace a un artículo de Noelia Adánez (doctora en Ciencias Políticas, escritora y coordinadora de opinión del diario Público), titulado «Siempre en el equipo de David Uclés», en el que hacía una argumentada defensa de la negativa del novelista jienense a participar en un evento llamado Letras en Sevilla. Tras una positiva valoración literaria de Uclés –su compromiso con la verdad histórica en estos tiempos de «confusión y banalidad», su rigor documental, lo bello y luminoso de su obra–, y su conversión en personaje público tras el éxito de su primera novela y la obtención del premio Nadal con su segunda, Adánez explica la decisión del novelista de no aparecer por Sevilla para que su nombre no figure junto a otros como José María Aznar, Iván Espinosa de los Monteros o Alberto Ruiz Gallardón; por añadidura, denuncia el antifeminismo de la organización por la reducida presencia de mujeres: 6 contra 27.
Si habláramos en términos taurinos, y no es por humorismo, podríamos decir que David Uclés se niega, no ya a compartir cartel en la Maestranza, es decir, a torear la misma tarde junto a los diestros citados, sino a hacerlo en el conjunto de toda la feria taurina de abril. Sería como no alojarse en el hotel Alfonso XIII, porque también lo harán las otras figuras. Los organizadores han tenido mal acuse de recibo: imperdonable descortesía, incumplimiento de compromiso, sectarismo de izquierdas, ignorancia de la realidad histórica, creación de trincheras de odio y desprecio...
El motivo temático de la cosa –«1936: la guerra que todos perdimos»– no es acertado, porque contribuye al blanqueamiento de la derecha, a la disolución de responsabilidades y a la confusión o distorsión de hechos incuestionables: en julio de 1936, militares de derechas dieron un golpe de estado, provocaron una guerra civil, la ganaron y sustentaron durante cuarenta años una dictadura de partido único. Tras la guerra civil hubo triunfadores y derrotados, y no llevaron la misma vida unos que otros. La guerra la sufrieron todos y la perdieron los que la perdieron, no los que la ganaron. No mezclemos y no confundamos al golpista con el defensor de la legalidad republicana, al vencedor con el exiliado, con el encarcelado, con el fusilado. No, no todos perdieron la guerra.
A la mañana siguiente, una de las amigas del grupo me envió un artículo publicado en La Voz del Sur –«Escritores que no son de palabra»–, en que el periodista y escritor sevillano Álvaro Romero Bernal defiende la vía del diálogo y la valentía de enfrentarse dialécticamente a los energúmenos recalcitrantes de la ultraderecha. Tiene razón, le concedo, siempre la vía de la palabra, la búsqueda común de la verdad, enfrentarse dialécticamente al toro del neofascismo, pero en este caso no se trataba de un mano a mano entre figuras, ni de faenas al alimón, sino de torear en carteles distintos, en tardes distintas, cada uno en su sitio, con su estilo y con su cuadrilla.
Respeto la decisión de David Uclés, su prurito de pureza ideológica, la voluntad de que su nombre no aparezca junto a otros, para él, indeseables, su ejercicio de integridad, aunque me parece excesivo su celo por la incontaminación. Es evidente que vivimos tiempos de exaltación neofascista que hay que denunciar y combatir –en las instituciones, en las escuelas, en los puestos de trabajo, en las tertulias, en las redes sociales, en nuestras conversaciones del día a día–, con la palabra, con la razón, con la historia; no conviene desaprovechar oportunidades por escrúpulos personales. La retirada de Uclés no es definitiva, no se ha cortado la coleta. Simplemente, ha decidido no verse mezclado en Sevilla con ciertos individuos. Está en su derecho y tiene sus razones. Creo, sin embargo, que su posicionamiento sobre la guerra civil y sobre las mencionadas figuras políticas habría pasado más desapercibido de haber participado en las jornadas sevillanas. Su retirada ha repercutido mucho más que su presencia.
Por la tarde, cuando volvíamos de Córdoba en el coche, oímos en la radio la canción recién compuesta por Bruce Springsteen, «Streets of Minneapolis». Es una crónica, una balada triste sobre los asesinatos de dos personas –Alex Pretti and Renee Good– en Minneapolis a manos del salvaje ICE, el temible cuerpo de seguridad de inmigración estadounidense, que puede pegarte seis tiros en medio de la calle –¡¿Cuántas veces hemos visto esa escena en películas de nazis y judíos?!– sin dar explicaciones ni pedir perdón ni ser condenados por su brutalidad.
Fue ayer también cuando leí que el músico Neil Young, en protesta por la política criminal de Trump, había dado a los groenlandeses acceso libre a todos sus archivos musicales y recomendado que no utilizáramos cierta plataforma de venta y transporte cuyo dueño es notoriamente trumpista. Oigo a estos dos músicos desde mi adolescencia, me emocionan sus canciones y admiro además su faceta de ciudadanos con un compromiso ideológico que comparto. Ellos se han pronunciado contra esos crímenes impunes y contra la política imperialista y canalla de Donald Trump. Creo que con sus canciones y su actitud estos dos músicos pueden ser ejemplo y sembrar en muchos jóvenes, o no tan jóvenes, la semilla del compromiso, de la responsabilidad social, la conciencia de que el rey Trump genera violencia, miedo e inseguridad y de que ese es un camino equivocado.
Dialoguemos, sí, pero estoy convencido de que las canciones no van a convertir a Trump en un mandatario digno y altruista, solidario, pacifista, ecologista y respetuoso con los derechos humanos, como lo estoy de que las argumentaciones de David Uclés vayan a lograr que José María Aznar pida perdón por sus mentiras, que Iván Espinosa se transforme de verdad en un profundo demócrata defensor de lo público y los derechos civiles o que se admita la responsabilidad de la derecha y la ultraderecha falangista en la guerra civil española y en la feroz represión de la posguerra.
Sí, hay que dejar claras en cuantos foros sea posible nuestras convicciones y valores democráticos. Nadie que haya leído algunas entrevistas a David Uclés dudará de su posicionamiento ideológico. David Uclés no se ha caído del cartel sevillano por cobardía, ni por egotismo, ni por veleidades de estrella mediática, ni por miedo al morlaco de la guerra civil. Sencillamente ha dicho «Basta de tergiversación de la realidad histórica». Lo ha hecho por dignidad. Por la suya, pero sobre todo por la de los vencidos en la guerra civil.
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