jueves, 29 de enero de 2026

Cap. I


Desde la primera frase el narrador rompe el lugar común al ignorar deliberadamente el de nacimiento de su protagonista. Es la primera advertencia que recibe el lector: no estás ante una novela al uso, aquí acaban andanzas y caballerías de Amadises, Palmerines, Esplandianes y demás ralea de valerosos paladines. El héroe es un manchego, hasta ahí concreta el narrador –¿por qué no una mujer, una narradora?–, y que los académicos de Argamasilla pesquisen sobre el lugar del que la voz narradora no se quiere acordar. Sutil, irónico, homenaje a Homero, ya saben, el hijo de las siete patrias, que aún disputan su nacimiento.

Creo que todos los españoles, pongamos que del siglo XX y lo que llevamos del XXI, han escuchado, leído, dicho, incluso escrito alguna vez esas primeras palabras de la novela cervantina. Creo también que muchos son los citadores y pocos los leídos, los que han ido más allá. Mi madre nunca leyó El Quijote, pero fue en sus labios donde escuché por primera vez la formulación de ese misterio, que no me inquietó porque estaba acostumbrado al Érase una vez impreciso en el tiempo y en la geografía de muchos cuentos: ¿de dónde es Caperucita? ¿dónde nació Pulgarcito? ¿en qué pueblo, o ciudad, vivía Blancanieves? Ahora, a mis setenta, esos detalles no importan. Lo de menos es la erudición. Lo de más, la libertad, el imaginar. No el lugar donde nació el héroe, sino la jacienda, la trascendencia de su actuar. ¿Qué se le hubiera dado a la novela que Don Quijote hubiera nacido en Mota del Cuervo, en Miguelturra o en...? Imaginen la frase: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre me quiero acordar, Tomelloso, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…

Ni lugar de nacimiento, ni pasado apenas, salvo ese ligero enamoramiento de Aldonza Lorenzo y su condición heredada de hidalgo, dueño de una hacienda que no lo convierte en un Craso pero que le basta para mantener una sobrina y un ama, un hombre para todo, “mozo de campo y plaza”, y a sí mismo, en lo que se le va no pequeña parte de ella.

Ubicado sociológicamente –un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, etc– en la clase privilegiada y por tanto de ideología conservadora, este hombre casi cincuentón es un mozo viejo solitario, humanamente desubicado y aburrido de una existencia rutinaria. Madruga, caza, lee, tiene su tertulia con el cura y el barbero del lugar, no le interesa la administración de su hacienda, se le ha pasado el arroz de alistarse en el ejército o de embarcarse a las Indias para hacer fortuna y carece de estudios, aunque sea en Sigüenza, para ganarse honradamente el sustento como funcionario en la administración pública, local o real. Un parásito, exento de gravosos impuestos y cargas.

Tampoco sabemos de su estirpe, de sus padres y abuelos, ni siquiera la certeza de un apellido que se pudiera decir suyo tenemos–¿Quijada? ¿Quesada? ¿Quejana?–, hechos significativos de que estamos ante un hidalgo más cerca de un don nadie que de un don… ¿qué? ¡Ni el nombre se nos da! ¡¿Qué clase de narrador omnisciente y erudito, que consulta fuentes históricas y contrasta testimonios, qué relator, que sabe lo que come el hidalgo los domingos, ignora el nombre de pila de éste?! Consensuemos desde el principio que este narrador, o narradora –ya habrá mejor ocasión para tratar el asunto–, se las trae. ¿Hemos de creer todo lo que nos cuenta? El juego metaliterario ha comenzado con la primera frase y se mantendrá hasta el final de la novela. Ya lo iremos comprobando.

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