La España vacía, un ensayo literario de Sergio del Molino sobre la despoblación de la España interior en ¿beneficio? de la saturación demográfica de las ciudades. La primera parte del Quijote (esta vez he leído antes la segunda). Otro ensayo, La vida cañón, de la periodista Analía Plaza, sobre los boomers, como llaman las jóvenes generaciones a gente como yo, nacida a mediados de los cincuenta y ya jubilada. Un librito de artículos de Pier Paolo Pasolini escritos entre septiembre de 1962 y febrero de 1975 –antiguos pero actuales–, titulado El fascismo de los antifascistas, que compré en Málaga. La novela de Carmen Martín Gaite, Entre visillos, que cuenta el final del verano de un grupo de jóvenes en una capital de provincias en la década de los cuarenta, y que me recuerda los días más tristes de mi madre con once años en una Salamanca fría y sola. Finalmente, el ensayo unamunesco sobre la Vida de don Quijote y Sancho.
No suele ocurrirme alternar en los mismos días la lectura de seis libros, pero así ha ocurrido estas últimas semanas: me he visto envuelto simultáneamente en seis mundos literarios que por diferentes caminos conectaban con mi vida. Explicar esos nexos no tan azarosos entre unos libros y otros, descubrir la vía por la que tal obra se relaciona conmigo es la meta de lo que sigue.
He vuelto al Quijote porque no quiero perder la buena costumbre de frecuentarlo. Así se pierden los amigos. Cervantes siempre tiene algo que enseñarnos, un giro, una nota de paisaje, una palabra, el rasgo de un personaje, una perspectiva en la que no habíamos reparado antes. Siempre acaba sacándonos una sonrisa, un oh de sorpresa, una alabanza a su quehacer narrativo.
Eso ocurre porque el Quijote es una maravillosa novela que habla de cada uno de nosotros –don Quijote somos todos–, y por muy disparatadas que nos parezcan sus alucinaciones no nos queda más que asentir a la razón que lo asiste en todos sus discursos y parlamentos no tocantes a su locura, a su debilidad, como son los libros de caballerías.
Me acuerdo del héroe cervantino cada vez que voy o vuelvo de Madrid y veo alguno de aquellos viejos molinos harineros que aún salpican las tierras manchegas; cuando paso en coche junto a esos modernos y enormes aerogeneradores blancos, o cuando los veo en la lejanía, plantados aquí y allá, como ocurrió en enero último, cuando atravesamos la meseta castellana camino de la Normandía. En verdad que a distancia, en lo más alto de los collados, semejan colosal tropa que agita sus luengos brazos bajo un cielo de nubes aborregadas. Quién no va a pensar en amenazadores cíclopes y gigantes embestidos por el más famoso de los andantes caballeros.
Quién de por estos contornos habrá leído la novela cervantina, me preguntaba ya en Normandía. ¿Habrán resonado alguna vez los acentos manchegos por estos bosques del invierno, por estas orillas del Sena donde amarillean los sauces y se difuminan desnudos entre la llovizna álamos, robles y castaños?
Allí, en días placenteros a bordo de una péniche en el Sena –un barco casa, con su encanto, pero no encantado, como en la novela–, terminé la lectura de la primera parte de la novela cervantina y fantaseé con un Quijote vagante por aquel hermoso reino de la lluvia y del verdor, por aquellos bosques de hayas, discurseando en su castellano caballeril, enfrentándose a malvados caballeros, llevando hasta aquellos lejanos territorios el nombre de la bella y simpar Dulcinea del Toboso.
Acepto, me decía mirando el río al amanecer, cuando llegaban a sus orillas las garzas y los cisnes, que nadie de por aquí haya leído la historia del ingenioso caballero de La Mancha, lo acepto, pero no me creo que ningún normando de antes o de ahora, aún sin haber leído a Cervantes, sin conocer a don Quijote, no haya pensado alguna vez en apostarlo todo a no humillarse ante la injusticia, a ser libre, a vivir y a soñar de pie, como escribió Lydie Salvayre. Esa es la universalidad del personaje –todos somos don Quijote, deseo y realidad–, su humano anhelo, la utopía de aquella dichosa edad y aquellos dichosos siglos que los antiguos llamaron dorados.
Con el empeño de no abandonar la historia de don Quijote volví al pueblo, dispuesto a continuar con la primera parte y a escribir algunas notas sobre esta nueva lectura.
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