martes, 23 de junio de 2026

Huesos, surcos y conciencia

 Primero fue el nacer personas con las piernas arqueadas y los pies juntos, o con las rodillas juntas y los pies hacia afuera, a causa de una mala alineación entre fémur y tibia, y el constatar la dificultad y la irregularidad en los andares.

Luego, los romanos acabaron llamando VARICUS (que anda torcido, que tuerce las piernas al andar) a quien nacía con esa configuración de las piernas en forma de equis o de paréntesis. Utilizaban además el verbo VARICO para indicar que alguien apartaba mucho las piernas, las abría, al andar, que caminaba de forma irregular...

Debió ser también un romano observador y ocurrente quien añadiera al verbo el prefijo preposicional intensivo PRAE (delante) para crear dos derivados muy cercanos. El primero, el verbo deponente conjugado en voz pasiva pero con significado activo PRAEVARICOR indicaba que un labrador, un esclavo, se había apartado de la línea recta al abrir los surcos, que se desviaba y los trazaba torcidos. Por su parte, con PRAEVARICO se aludía al concepto de transgredir, de violar, desobedecer, infringir, que está muy cerca de la prevaricación tal como ya se entendió en el derecho romano y ha llegado hasta nuestros días: esa decisión a sabiendas injusta tomada por un juez, un funcionario o una autoridad.

Fantástico el camino recorrido por esta palabra, que comienza con una malformación ósea, pasa luego al mundo de la agricultura para indicar que los surcos están mal trazados, que son irregulares y curvos, y del mundo rural salta a la sociedad civil para indicar que se han traspasado los límites de la normalidad, de lo establecido, de la moralidad, y en un último giro se establece en el mundo del derecho, aún vigente, para condensar esa corrupción del alma, ese delito de dictar una resolución manifiestamente contra toda justicia.

Desde los pies de una persona hasta el alma y la conciencia humanas. La palabra se eleva y se hace vuelo, ilumina en la búsqueda de la verdad, de la descripción de la conducta humana. De constatar una tacha ósea a identificarla con una falla moral y posteriormente con un delito. Es lo que admira uno del lenguaje, su capacidad para trascender lo concreto, para convertir un hecho real, una anomalía fisiológica, en una actitud moral y en un concepto jurídico plenamente comprobable después de siglos.


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