viernes, 12 de junio de 2026

Transformación (2)

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Al estrés psíquico propio de los cambios hormonales se añade el académico. En los cuatro años que van de junio de 1966 a junio de 1970, de los diez a los catorce, pasé por seis centros escolares –escuela parroquial y academia particular en Gibraleón (Huelva), colegio salesiano de Pozoblanco, Sección Delegada Mixta Elemental de Pozoblanco, instituto «Séneca» de Córdoba y sección delegada del instituto «Séneca» en el instituto «Góngora»– con el consiguiente quebranto de la continuidad en materias, conocimientos y profesores. Mis padres achacaban mis regulares rendimientos –aunque solamente tuve tres suspensos en estos cuatro años– a la falta de atención, de concentración, y con la aquiescencia de los médicos me hacían tomar pastillas de fósforo «Guerrero», que mejorarían mi ánimo y reforzarían mi memoria, ignorantes de que el problema no era cuestión de química, sino emocional.

Vivíamos entonces en Gibraleón. Un día de finales de junio me despertó mi madre temprano. Yo había tardado en dormirme la noche anterior, inquieto, tratando de imaginar lo que me esperaba a la mañana siguiente. Años después descubriría, recordaría, aquel desasosiego nocturno en una novela de Miguel Delibes, El camino, donde su protagonista, Daniel el Mochuelo, pasa la última noche en su casa del pueblo antes de partir a un internado de la ciudad para estudiar el bachillerato. Aquella mañana de junio había llegado el día del examen de ingreso. Para tranquilizarme, mi madre me preparó una taza de tila bien tilada. Para evitar el mareo y la vomitera en el autobús, no quiso que desayunara.

–Ya comerás a la vuelta.

Ninguno de los dos me acompañaría. Huelva estaba cerca.

–Te vas con el guardia Fulano, que va de papeleo a la comandancia. Él te recogerá en el instituto.

El primer instituto de mi vida. Un edificio bonito, rodeado por una verja de hierro, de varias plantas, de ladrillo con tejas vidriadas en las nervaduras de los tejados, cúpulas y grandes ventanas rectangulares o de doble arco. Una cancela daba acceso a la entrada principal, con su jardín arbolado y su escalinata hasta la planta baja. El guardia no pasó la cancela. Me recogería allí a tal hora y se fue a sus asuntos.

Con la cartera escolar, donde llevaba el resguardo y el plumier con los lápices y la goma de borrar, hube de sopreponerme y encarar la situación, la soledad, subir los escalones, echar una ojeada, dirigirme a un conserje que me señaló una mesa larga donde había cuatro o cinco hombres sentados, a los que presenté el resguardo y me indicaron un pupitre donde sentarme y esperar. En el amplio espacio del recibidor había tres grupos de pupitres ordenadamente dispuestos, como en un aula, donde nos fuimos colocando los examinandos.

La primera prueba fue un dictado del comienzo de Platero y yo. En el papel que nos dieron para el dictado, venían también ejercicios de aritmética, de gramática y un par de preguntas de catecismo, una de las cuales –¿Cuáles son las virtudes cardinales?– no supe contestar.

Para el examen oral, un miembro del tribunal leía tu nombre en voz alta y te indicaba dónde colocarte de pie. Recuerdo que los examinadores se mostraban sonrientes y trataban de ser cercanos para que el trance no fuese angustioso. Es posible que la supertila preparada por mi madre hiciera su efecto y estuviese ante el tribunal más relajado y destensionado de lo requerido. Puede que, al contrario, el estado de nervios me obnubilara. O que el ayuno me tuviese medio desfallecido. Cabe, finalmente, la posibilidad de que no estuviera preparado para el examen. No recuerdo qué preguntas me hicieron, pero mis respuestas no debieron ser las adecuadas, puesto que recibí un No apto, aunque pude superarlo con creces en la convocatoria de septiembre.

No era uno entonces consciente de la importancia de superar aquella prueba y enrolarse en el bachillerato. La vida de un hijo de guardia civil, aun teniendo los mismos límites que la del hijo de cualquier vecino, añadía el componente de la itinerancia, de la falta de raigambre necesaria para aprender un oficio, que era la alternativa a los estudios. Otro hándicap guardiacivilero era que raramente podías aprender un oficio –herrero, carpintero, agricultor, fotógrafo, albañil, comerciante– de tu padre, porque tu padre raramente había aprendido un oficio antes de ser guardia civil, y raramente ejercía en el Cuerpo un oficio especializado –archivero, radiotelegrafista, mecánico, armero– que pudiera enseñar a su hijo. Un guardia civil era guardia civil. No era obrero, menestral. Así que estudiar o ingresar en el Cuerpo.

Agradezco a mis padres que eligieran para mis hermanas y para mí el camino del estudio. Se esforzaron, renunciaron a deseos y a sueños (viajar, comprar una casa en un pueblo) y economizaron para pagarnos matrículas y libros de texto. Los hijos estábamos en la obligación de estudiar, de no suspender, con el añadido ya mencionado de la falta de continuidad en el mismo lugar y de las conmociones emocionales derivadas de los continuos adioses a amigos y compañeros.

No sé cómo se afrontaría hoy que a los diez años se decidiera en buena parte el futuro de las niñas y niños de un país mediante una prueba académica formalmente revestida de los atributos de un juicio sumarísimo que condicionaría de por vida al examinando. Una experiencia inolvidable. Un trance académico desasosegante e inadecuado en un momento biológico tan complejo para los aspirantes a bachilleres. Una crueldad.

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