miércoles, 10 de junio de 2026

Transformación



La diligencia administrativa de la primera fotografía está hecha en el Instituto Nacional de Enseñanza Media «La Rábida», de Huelva, el 15 de marzo de 1966. Yo acababa de cumplir diez años y mis padres me habían inscrito para hacer la prueba de ingreso en la convocatoria de junio. La de la segunda fotografía está cumplimentada en junio de 1970, por la secretaría de la sección delegada del instituto «Séneca», adjunta a lo que era el instituto por antonomasia de la ciudad, el “Luis de Góngora”, creado nada menos que en 1569. Por qué acabé en aquella sección delegada a la que se accedía por la calle Claudio Marcelo es historia para otra ocasión. Quiero ahora centrarme en las fotos, en el retratado.

Se le han arqueado las cejas, y espesado y ennegrecido, al niño de la primera foto. Y se le ha alargado la cara. Sigue teniendo los ojos grandes, almendrados, con una particularidad difícil de explicar. Quizá la inclinación del izquierdo. Quizá el párpado del derecho. Marcan los labios cerrados leve sonrisa en la primera fotografía. Entreabiertos en la segunda, parece más pequeña la boca, y asoman las dos paletas. Así lo llamaba entonces su padre, «Paletas».

Es y no es él mismo: adiós a la niñez, bienvenido a la pubertad. Sólo cuatro años y la criatura parece, es, otra: la mirada, la sonrisa, el bocado de Adán, las erecciones. Cómo reconocerse. Cómo aceptarse en ese muchacho cuyo cuerpo se ha transformado. Que ha cambiado la voz. Que descubre vello en su pubis. En su cara. En sus piernas. Que experimenta sensaciones inexplicables en su cuerpo.

Cuatro años y el niño desapareció. Para sí primero. Para sus padres luego y para sus hermanas. Es él, pero no es el mismo. No es ya que haya crecido, que sí lo ha hecho. Pero algo se ha perdido en la metamorfosis. Y sufre sin saber por qué.

El capullo, la envolvente protección familiar, se rompe y al púber le nacen alas, quiere volar fuera, autónomo, experimentar la sensación de la libertad con los amigos, que también han cambiado, de descubrir las calles, los barrios, los cines, los juegos que ya no pueden vigilar los mayores.

Las dos fotografías respondían a momentos clave en el historial académico. Tenían también su repercusión sociológica: ni todos los alumnos de 10 años seguían estudiando, ni todos los que querían seguir estudiando pasaban la prueba –el examen de ingreso– para acceder al bachillerato elemental.

En la España franquista en que creció, el uso de razón se alcanzaba a los siete años, la edad con que se hacía la primera comunión. Era frecuente que en tal ocasión a los niños les regalaran un reloj de pulsera y una cruz de oro con su cadenita para llevar al cuello. Proclamaban así su fe católica y ser responsables del tiempo que latía en sus muñecas.

El siguiente paso iniciático era la decisión de estudiar o no. Unos comenzaban a ayudar a sus padres en el campo, en el taller de coches, en la herrería, en la tienda, o entraban como aprendices en un comercio de telas, de recaderos en un ultramarino, en el bar, en la carnicería, en una funeraria o en la farmacia del barrio. Los había también que desaparecían de un día para otro porque se iban a Madrid, a Barcelona, o a Suiza y Alemania, según.

En unos meses, la infancia empezaba a sentirse ya como paraíso perdido. Ahora tocaba ser hombrecitos serios y responsables, no torcerse, estudiar, convertirse en jóvenes de provecho, elegir bien a los amigos, ennoviarse con una buena muchacha, encontrar trabajo, ahorrar, dar la entrada para un piso… O ingresar en la guardia civil.

La transformación física iba acompañada de la emocional, de inseguridades y timideces, de súbitos cambios de ánimo, de humor, de sentimientos contradictorios (el sufrimiento más tremendo y el más gozoso deleite, el amor más sublime y las masturbaciones), de desarreglos sentimentales provocados por el desarraigo, por el súbito adiós a los amigos, al pueblo y al paisaje, a la casa, al acento y la manera de hablar...