Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.
¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida –cuánta tinta– le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?
Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!
Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de escasa vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.
De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema –«Templo de Zeus en Agrigento»– del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.

No hay comentarios:
Publicar un comentario