lunes, 13 de julio de 2026

Un hilo de tinta

 


Había parado a la sombra para echar un trago de agua. Lo vi por casualidad. Una forma alargada casi enterrada en la tierra del camino. Lo desenterré con la contera del bastón. Un bolígrafo de plástico azul, con la caña cuadrada en la parte superior, redondeándose y estrechándose hacia la punta, y con un clip de sujeción. Probé a escribir en la palma de mi mano izquierda, pero la tinta no fluía. El mecanismo retráctil funcionaba. Por lo demás, intacto. Lo limpié ligeramente, lo metí en el bolsillo del pantalón y continué mi caminata.

¿Cómo había llegado el bolígrafo hasta aquel camino? ¿A quién pertenecía? ¿Qué palabras y números, qué historias había hilado hasta entonces? ¿Cuánta vida cuánta tinta le quedaba? ¿O acaso era un ser agotado, un venero sin vena ya de tinta, sin más signos que trazar, arrojado de mala manera por su dueño en aquel punto?

Cuando llegué a casa garabateé sobre papel, pero la bolilla no rodaba y seguía sin fluir la tinta, así que recurrí al viejo truco escolar: sobre la parte lisa de la suela de la zapatilla deportiva empecé a garabatear y en pocos segundos la bolilla empezó a correr con suavidad dejando a su paso un elegante hilo de tinta azul. ¡Alegría del fluir! ¡De manantial que discurre! ¡De fuente que mana!

Estamos ante un bolígrafo anónimo, sin nombre de marca visible en el exterior, uno de esos bolis desechables, de efímera vida útil, cuyo destino se vio prematuramente truncado al caer en aquel camino sin que su tinta se hubiese agotado. Además del anonimato, participa este moderno cálamo del carácter colectivo propio de la literatura popular, al servir como útil de escritura a dos dueños al menos. Es también un bolígrafo afortunado: los múltiples caminos del azar hilaron para que aquella mañana me detuviera en aquel punto exacto del camino, lo descubriera medio enterrado y lo devolviera, como a Lázaro, a la vida, al misterio de dibujar letras para construir palabras, para contar historias, para crear versos. ¡Oh maravilla! Los caminos de la escritura son inescrutables.

De momento, y en mis manos, el bolígrafo ha fijado en el papel la traducción de un hermoso poema «Templo de Zeus en Agrigento» del grande poeta italiano Salvatore Quasimodo. También ha corrido su tinta para escribir el primer borrador de esta entrada. Y como sé que estoy ante un bolígrafo andariego, aprovecharé alguno de mis paseos para celebrar en versos machadianos el bellísimo amanecer o el dilatado ocaso en estos campos dorados de julio.


lunes, 6 de julio de 2026

La ley de la selva


En el principio fue el sánscrito raj, que los romanos convirtieron en el verbo REGO (conducir, dirigir, guiar, regir): onera navium regi velis, escribe Julio César sobre los vénetos, que gobernaban sus pesados barcos con las velas1. De tal verbo derivó el nombre de ese instrumento que sirve para trazar líneas rectas o para medir la distancia entre dos puntos, la REGULA, que en latín tardío estuvo en el origen de otro verbo, REGULARE: determinar las reglas o normas de alguna actividad. Así llegó la regla a nuestra lengua, los verbos reglar o regular, el adjetivo irregular y su antónimo regular, los abstractos regularidad, irregularidad, reglamentación y regulación, el adverbio regularmente y su contrario, los comunes reglaje y reglamento… Y la regla se convirtió en norma, en lo que “ha de cumplirse por estar convenido en una colectividad”, en un canon o precepto. En ley. En el instrumento con que se organizan y gobiernan gentes y estados.

Las reglas regulan. Pero hay quien se las salta a la torera, quien las lleva a donde quiere, quien hace encaje con ellas y quien las convierte en embudo. Político por naturaleza, el ser humano es legislador por obligación. Las leyes organizan y armonizan la convivencia, garantizan derechos sociales (salud, escuela, trabajo, vivienda, identidad sexual, ideología...) y regulan el comportamiento humano en todos los aspectos de la vida. No hay sociedad sin leyes. La ausencia de leyes es el caos. Lo “social” implica lo “legal”.

Ha venido este preámbulo etimológico y normativo a cuenta del pacto entre el PP y Vox en Andalucía para la investidura presidencial de Juan Manuel Moreno, mediante el que se crea una supervicepresidencia a cargo de Vox, una hidra de cuatro cabezas o consejerías: Turismo, Administración Local, Justicia y Desregulación.

Asocié inmediatamente la palabra desregulación –desregularización– al proceso de regulación, o regularización, de personas migrantes en situación irregular, pero comprobé enseguida que el asunto no iba por ahí, al menos directamente, aunque no dudo que de llevarse a cabo la desregulación de que se habla en el acuerdo, tendrá repercusión directa en el ámbito de la inmigración en nuestro país.

Esa desregulación del acuerdo es la encaminada a reducir el papeleo mediante la simplificación de los trámites burocráticos, para que las relaciones entre ciudadanos, empresas y administración sean más fluidas y simples. El Diccionario panhispánico del español jurídico define así el concepto ‘desregulación’: «Conjunto de medidas destinadas a reducir o suprimir la intervención del Estado en la economía». Eso significa una mayor libertad operativa para las empresas, el aumento de la competencia, la reducción de gastos y la indefensión legal de los trabajadores, al no inmiscuirse el Estado en la relación entre ellos y empresa. En otras palabras, la desregulación es la motosierra del iluminado Milei, supone la desaparición del estado garantista, y que sea el propio mercado el que regule la oferta y la demanda. La economía es solo cuestión de las empresas y los trabajadores, no del Estado. Liberalismo salvaje: menos estado y más empresa. Esa es la consigna, el objetivo final de la desregulación. A eso mismo obedece el progresivo desmantelamiento de lo público: sanidad, vivienda protegida, educación, residencias de mayores, infraestructuras y transportes… Cuanta menos burocracia, menos control, menos transparencia, más oportunidades de chanchulleo y favoritismos.

Para derecha y ultraderecha de Andalucía, ese es uno de los grandes males del país: el exceso de leyes, la hiperregulación, impide el bienestar de los españoles. La abundancia de normas regularizadoras es la causante de que España pierda noventa mil millones de euros al año2, noventa mil millones, con los que Juan Manuel Moreno y Manuel Gavira construirían y equiparían más de trescientos hospitales o inundarían el mercado con ochocientas mil viviendas protegidas, ochocientas mil. Quién no va a votar a tamaños filántropos.

La desregulación pretende dejar a la ciudadanía sola frente a las empresas en que trabaja, sola frente a los bancos, sola frente a las aseguradoras, frente a las empresas energéticas y de comunicaciones, sola frente a las compañías aéreas y ferroviarias, frente a los fondos buitre… Y sin papeleo por medio. Sin normas a que atenerse. Cuanto menos rastro, mejor.

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1 Comentarios sobre la guerra de las Galias, III, 13.

2 Datos tomados del documento «Buzón contra la hiperregulación» en la página web de Vox.