Para leer Las sílabas del día y Les Espagnols. Una historia de resistencia, basta con hacer click en la imagen de la portada correspondiente, situada en la barra lateral derecha.
martes, 13 de agosto de 2019
Tiempo de mixturas
Pasada la sorpresa inicial, no ha
de extrañarnos este soneto, ni en estos días nuestros del siglo XXI, ni en un
poeta del XVII que se empeñó en ponérselo difícil a quien se acercara a sus
versos, especialmente a las Soledades,
la Fábula de Polifemo y Galatea y el Panegírico al duque de Lerma, obras de
intrincado estilo que le valieron el título de Príncipe de las Tinieblas.
La decisión de componer este
soneto cuatrilingüe no parece simple ocurrencia, extravagancia culterana o
pedante prurito de exhibición de versatilidad y don de lenguas, sino consciente
contribución a un viejo debate intelectual que se inicia en los últimos siglos
de la Edad Media, cuando los primeros humanistas se cuestionan el uso del latín
como exclusiva lengua de cultura y comienzan a escribir también en las llamadas
lenguas vernáculas o romances, hijas de la lengua de Virgilio.
En los primeros años del siglo
XIV, Dante Alighieri escribió De vulgari
eloquentia, un tratado en latín que promovía el uso escrito de la lengua
vulgar. Sí, una contradicción justificada—usar el latín para promocionar el
italiano—, pues la lengua latina era desde siglos el idioma internacional de la
cultura, el vehículo lingüístico que permitía comunicarse a clérigos y
humanistas de toda Europa. La paradoja era mayor, o doble, en el caso de los
humanistas, no ya porque un humanista abogara por el italiano escribiendo en
latín, sino porque uno de los objetivos del humanismo era precisamente rescatar
y editar las obras de los autores latinos, y leerlas en su lengua original. Los
humanistas aman el latín y todo lo transmitido en esa lengua. Pero aman también
su lengua materna y creen en sus posibilidades expresivas. Así lo demuestra el
hecho de que en el trecento y en el quatroccento los poetas escribieran en
su lengua romance y también en la latina: Dante es un ejemplo, seguido por
Petrarca y Boccaccio, el gran triunvirato del humanismo italiano. Con la obra
bilingüe de estos tres precursores, se abre el debate: ¿pueden las lenguas
vulgares —que pertenecen al vulgo, a la masa inculta—, estar a la altura del
latín, en el que se han escrito obras maestras en todos los ámbitos del
conocimiento?
El buen humanista, quien ha
cultivado la lectura y el estudio de los clásicos grecolatinos y se ha
impregnado de sus valores “humanos”, frente al simple clérigo eclesiástico, que
abre los libros con las orejeras religiosas y sostiene una visión estrictamente
“divina”, teocéntrica del mundo y del hombre, el humanista cabal, digo, no
tiene duda: no hay lengua sagrada: Dios no existe porque se hable de él en
arameo, en griego o en latín eclesiástico: ¿deja de existir porque lo nombremos
en toscano, en francés, en la lengua, como decía el jocundo Berceo, en que suele el pueblo fablar a su veçino? Los
idiomas son obra humana, y por ello dignos de reconocimiento.
Esa es la razón de que, junto a la
defensa de la dignitas hominis,
frente a la concepción teocéntrica medieval, aparezcan durante el Renacimiento
elogios y defensas de la dignidad de las lenguas romances, como las Prosas de la lengua vulgar (1525), de
Pietro Bembo; el Diálogo de la lengua
(1535), de Juan de Valdés, o la Defensa e
ilustración de la lengua francesa (1544), del francés Joachim Du Bellay. En
esa conjunción de contrarios —lo culto del latín / lo popular de la lengua
romance, los valores humanos transmitidos por la lengua latina / la confianza
en que las lenguas romances alcanzarían el mismo nivel expresivo—, en ese
contexto de homenaje a la lengua madre, pero de fe en sus hijas, las lenguas
romances, hay que situar el soneto gongorino, que presenta una curiosa
distribución: el latín solo aparece al comienzo, en los cuartetos, como si el
poeta reflejara así el proceso de su progresiva desaparición como lengua
hablada y su transformación en las lenguas romances, que son las que dominan en
los tercetos.
Desde el punto de vista
idiomático, el poema es completamente moderno, un homenaje a estos tiempos
nuestros de mixtura, de mezcolanza, de mestizaje, de lenguas, de gentes, en
contacto —espanglish, llanito, portuñol,
franglais, creole, cocoliche, jopará, chicano…—, que oímos o utilizamos a
diario, cuando pedimos una baguette
en la panadería, unas manzanas golden
en la frutería, una pizza con mozzarella y peperoni en el restaurante, cuando decimos que fulanito o menganita
nos ha enviado un guasap, cuando
cantamos aquella canción de Ricky Martin, Vive
la vida loca. She's livin la vida loca; o la de Jennifer López, ¿Y el anillo, pa' cuando? Hey, yeah, woo!
It's not like. I need more jewelry, I mean…
Pero basta ya de prolegómenos y
vayamos al asunto. Veamos, primero, una versión literal del soneto al
castellano:
Las tablas del bajel despedazadas
(señal del naufragio piadosa y cruel)
del templo sagrado con las rotas velas
quedaron en las paredes colgadas.
Del tiempo las injurias perdonadas
y de la fuerza de Orión, lluviosa estrella,
recojo las perdidas ovejas
en las riberas del Betis esparcidas.
Volveré a ser pastor, pues marinero
aquel dios no quiere, el que con sus saetas espolea
del austro los soplos y del océano las aguas;
provocando al triste son, aunque grosero
de esta caña, antes salvaje mujer,
tristeza a las fieras y a las piedras dolor.
Aunque
así se aclara bastante el asunto del soneto, el continuo hipérbaton, más bien sínquisis
o cacosíndeton, y las alusiones mitológicas —Orión, Neptuno, Siringe—
dificultan la total claridad y transparencia de sentido, por lo que parece
oportuna una exégesis en prosa, como en su tiempo hizo Dámaso Alonso con el Polifemo y las Soledades. He aquí nuestra propuesta:
Las
tablas del bajel, junto con las rotas velas, restos del naufragio piadoso
(porque el náufrago salvó la vida) y cruel (porque estuvo a punto de perderla) quedaron
colgadas en las paredes sagradas de un templo, según manda una vieja tradición
marinera.
Pasados
los días lluviosos del invierno —cuando luce la constelación de Orión—, el protagonista
cuida su rebaño de ovejas en las orillas del Guadalquivir.
El
dios Poseidón, que domina los vientos y las aguas del océano, no quiere que el
protagonista sea marinero, por lo que éste, vuelto a su condición de pastor, toca
su flauta de caña —la mujer salvaje es una alusión al mito de Siringe, que ya
conocemos—, provocando con su música tristeza en las fieras y dolor a las
piedras.
sábado, 10 de agosto de 2019
Una buena noticia
A las nueve de la mañana recibí por guasap dos mensajes de una amiga:
el primero era el enlace a un artículo de El
País en el que se da noticia de la publicación en el BOE de los nombres, lugares y fechas de nacimiento y muerte de los 4.427
hombres, republicanos españoles, víctimas de la atrocidad nazi en los campos de
concentración austríacos de Mauthausen y Gusen. El segundo mensaje era el
título de esta entrada. Mientras leía la buena noticia, se me vinieron a la
memoria los nombres de dos paisanos, Casimiro Romero Estrella y Juan Romero
Arroyo, dos torrecampeños víctimas de la insania hitleriana, muertos con seis meses
de diferencia en el campo de Gusen, uno el 2 de julio y otro el 2 de diciembre
de 1941.
Siente uno viva emoción de alegría por la visibilidad de estos hombres,
de estos nombres: ya no hay que investigar en archivos, ni buscar libros y
artículos de historiadores especializados, a veces de difícil localización. Los
datos son públicos ahora. Cualquier persona o familiar puede consultar, y rectificar,
si es el caso, los datos que aparecen en el BOE
del 9 de agosto de 2019. También dolor. Pena por los millones de vidas segadas
en aquellos campos de la crueldad. Por Casimiro Romero Estrella, que sucumbió a
los 36 años, por Juan Romero Arroyo, a los 29. La flor de la edad segada por la
barbarie nazi.
Y su poco de rabia siente uno ante el silencio de la dictadura franquista,
cómplice de la política hitleriana de depuración, cuando recibió de las
autoridades de la República Francesa unos oficios, de los que no se molestó en
informar a las familias —“estuvieron arrinconados en unos viejos libros de la
sede del Registro Civil Central, en la madrileña calle de la Montera”, se lee
en El País—, en los que se comunicaban
esos mismos datos que ahora se hacen públicos y que en realidad son el
certificado oficial de defunción de todos aquellos hombres. Para la dictadura,
aquellos hombres simplemente no existieron, sus nombres permanecieron
oficialmente ocultos más de 40 años. Tarde ha llegado el reconocimiento oficial
de estas víctimas, pero sin duda es una buena noticia, como le respondí a mi
amiga.
Ahora solo queda que ese
reconocimiento se haga visible también en nuestras ciudades y en nuestros
pueblos. Que de alguna manera —el nombre de una calle, un discreto monumento, un
recordatorio en un parque público, una sencilla ceremonia en determinada fecha…—
por iniciativa de las autoridades municipales, por la de asociaciones o por la
de particulares, se honre la memoria de todas aquellas víctimas de los campos
de concentración.
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Certificados oficiales de defunción de Casimiro Romero Estrella
y Juan Romero Arroyo extendidos por las autoridades francesas
en noviembre de 1950.
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jueves, 8 de agosto de 2019
¿Qué hay de nuevo, viejo?
A menudo se nos olvida que un
poema es un artefacto verbal, un texto sometido a la tensión —a las reglas— del
ritmo y de la retórica, es decir, una producción lingüística artificiosa, resultado
de aplicar a las palabras un tratamiento más o menos complejo de encriptación. En
este sentido, la expresión verbal de la lírica es antinatural, o menos natural
que la de la narración y el teatro, que, pese a las convenciones genéricas, y
con sus excepciones, utilizan un lenguaje más cercano al hablar común y
corriente.
Un poema se caracteriza también por
la condensación —emocional, conceptual—, producto de la brevedad y de la
consecuente necesidad de eliminar farfolla. La lírica es búsqueda de la
esencialidad de la palabra: mínima sustancia fónica y máxima expresión
semántica. Más por menos, por ahí anda la fórmula del buen poema.
En su afán de mostrar su ingenio y
de sorprender con su originalidad, los poetas caen a veces en el exceso, y
convierten estos rasgos de lo lírico —sometimiento a las leyes del canto, de la
retórica, condensación de la materia sonora, riqueza significativa— en una
barrera que dificulta, si no impide, el disfrute poético. Sirvan de ejemplo los
poetas del Barroco, conceptistas o culteranos.
Los llamados «recursos retóricos» o «figuras estilísticas», responden a esa
búsqueda de la novedad y de la singularidad expresiva. Son herramientas de
estilo, técnicas encaminadas a buscar lo llamativo y sorprendente en la
expresión, a cautivar al lector mediante el juego con los sonidos, con la
gramática o con la semántica. Cualquier persona con la instrucción escolar
obligatoria y aficionada a la lectura está familiarizada con el uso de figuras
estilísticas tan comunes como metáforas y comparaciones, exageraciones o
hipérboles, enumeraciones, paralelismos, asonancias y consonancias, paradojas,
epítetos, el asíndeton y el polisíndeton, o la interrogación retórica…
El desarrollo de estas técnicas
expresivas es tan viejo como la literatura. Cuando los aedas invocaban a las musas
o a los dioses para que les fueran favorables —La cólera canta, oh diosa, del pélida Aquiles—; cuando añadían un
adjetivo caracterizador cada vez que nombraban a un héroe, a un dios o a una
ciudad —Agamenón, rey de hombres; Atenea,
la de los ojos de lechuza; Ítaca, la que se ve de lejos—; cuando en el
canto III de la Ilíada leemos que el
ejército troyano marchaba a la batalla con gran vocerío, “igual que pájaros,
tal como se alza delante del cielo el chillido de las grullas”; cuando sucumbe
un guerrero en combate y se nos dice que el velo de la muerte cubrió sus ojos;
cuando el relato se somete al ritmo dactílico en seis pies, estamos ante un
recurso literario: apóstrofe, epíteto épico, símil, imagen, hexámetro.
Junto a los recursos más usuales,
encontramos desde antiguo otros muchos “manierismos formales” —cacenphaton[1],
tautología[2],
sínquisis o cacosíndeton (extrema dislocación sintáctica consecuencia de
hipérbatos de todo tipo), versos ropálicos[3],
caligramas, lipogramas[4],
centones y poemas monosilábicos (formados por palabras monosílabas), letreados
(todas las palabras comienzan con la misma letra), con ecos, múltiples (admiten
lecturas de sentidos contrarios), retrógrados (se leen también desde el final
hacia el comienzo)…— que se suelen catalogar como rarezas, extravagancias,
frivolidades, intrascendencias, bagatelas, meros divertimentos, curiosidades o
formas difíciles del ingenio literario.
Uno de estos sorprendentes juegos
literarios —cultivado ya en el siglo II d.C. por Tertuliano, padre de la Iglesia,
y por el burdigalense Ausonio, autor del célebre poema tópico Collige, virgo, rosas…—, es el «centón
polilingüe», una composición literaria creada con versos o fragmentos de
grandes poetas (Virgilio, Petrarca, Tasso, Ariosto, Camoens…), que se puso de
moda en la época barroca, pero del que hallamos un breve antecedente en
Garcilaso de la Vega, cuyo soneto XXII, «Con ansia extrema de mirar qué tiene»
acaba con un verso de Petrarca en su lengua toscana: non essermi passato oltra la gonna (No traspasaba más que mis
ropajes).
En
Divina poesía (Lisboa, 1608),
el jienense Juan de Luque[5]
afirma haber compuesto un soneto “en siete lenguas (dos versos en cada una),
que me costó no poco trabajo: española, toscana, latina, francesa, portuguesa,
griega y árabe, ¡que ya es capricho!” Junto a otros muchos poetas y humanistas,
también se dio el capricho polilingüe Lope de Vega con el soneto «Le
donne, y cavalier, le arme, gli amori».
En su Diccionario básico de recursos expresivos[6],
Fernando Marcos Álvarez define el concepto cenismo como la mezcla de lenguas o
dialectos en un mismo texto, y añade ejemplos de Vélez de Guevara, Ramón Pérez
de Ayala, César Vallejo y el soneto gongorino que reproducimos a continuación:
Las tablas del bajel despedazadas
(signum naufragii pium et crudele)
del tempio sacro con le rotte vele
ficaraon nas paredes penduradas.
Del tiempo las injurias perdonadas
et Orionis vi nimbosae stellae
racoglio le smarritte pecorelle
nas ribeiras do Betis espalhadas.
Volveré a ser pastor, pues
marinero
quel dio non vuo, che col suo
strale sprona
do austro os assopros è do oceám as agoas;
haciendo al triste son,
aunque grosero
di questa canna, già selvaggia
donna,
saudade à as feras, è aos penedos
magoas.
[1]
Cacenphaton: buscar la dificultad de
pronunciación.
[2]
Tautología: Acumulación reiterativa
de un significado ya aportado desde el primer término de una enunciación, como
en persona humana.
[3]
Versos ropálicos: cada palabra tiene
una sílaba más que la anterior.
[4]
Lipograma: texto en el que se ha evitado
una determinada letra.
[5]
Citado por José Fradejas Lebrero, «Juan de Luque y su Divina Poesía», en Boletín
del Instituto de Estudios Giennenses, Nº. 184, 2003, p. 244.
[6] Fernando Marcos Álvarez, Diccionario básico de recursos expresivos,
ed. del autor, 2012, p. 103.
martes, 30 de julio de 2019
El ovillo de la mitología, la literatura, el verano…
Esta mañana me acerqué al
cañaveral de la huerta de La Gavia para cortar algunas cañas por las que hacer
trepar unas matas de judías verdes que acababa de plantar. Mientras observaba
las más a propósito deseé que soplara la brisa mañanera por si al rozarse con
ellas se escuchaba el triste lamento de la ninfa Siringe, y me acordé de un
soneto de don Luis de Góngora, «Las tablas del bajel despedazadas», del que me
ocuparé más adelante.
Hablaré hoy de transformaciones,
de la conversión de una cosa en otra, de metamorfosis de personas y de
palabras, de aquellos remotos tiempos en que los dioses gobernaban el mundo a
su antojo y los pobres mortales se limitaban a elevar plegarias y ofrecer
hecatombes para que los olímpicos les fueran favorables.
En la ciudad de Nonacris, en la
región de Arcadia, sí, la feliz Arcadia pintada por los artistas como paraíso,
fantástica región de la paz y la abundancia, utópico espacio al que soñaba irse
de pastor Don Quijote en la segunda parte la novela, vivía Siringe, una dríade
que había consagrado su vida a la diosa Artemisa, siempre con el carcaj a la
espalda, dedicada a la caza con su arco de asta. Hermosa, joven aún —las
dríades son ninfas de los bosques cuyas vidas duran tanto como las del árbol o
arbusto al que están unidas por el mito—, la vida de Siringe transcurría libre
y feliz hasta el día en que puso sus ojos en ella el dios Pan.
Hijo del olímpico Hermes y de una
cabra —los inmortales no conocían límites en sus apareamientos—, la leyenda
negra lo hace responsable de la palabra «pánico», que fue lo que debió de
sentir su madre cuando lo dio a luz: cubierto de abundante vello todo el cuerpo,
dos cuernos en la frente, apariencia caprina de cintura para abajo. El padre
Hermes, acostumbrado a todo tipo de apariencias, envolvió a su vástago en una
piel de liebre y se lo llevó al Olimpo, donde el faunillo creció alegrando con
sus trastadas el pecho de los dioses. La leyenda blanca le atribuye la
paternidad del prefijo pan / panta (todo).
Fuese por su aspecto monstruoso, o
por su habilidad para camuflarse y desaparecer en el bosque y producir ruidos
que aterrorizaban a quienes los escuchaban, Pan creció y acabó convertido en un
sátiro de tomo y lomo, en un salido, perseguidor de muchachas y de muchachos,
en un ser lascivo dominado por el lubricio, a quien gustaba echar sus siestas,
como al ganado, tumbado a la sombra de los árboles en la frescura de las
riberas.
El encuentro entre Pan y Siringe
fue casual. Ella bajaba del monte Liceo, a donde había subido a cazar. Él la
requirió enseguida. Siringe conocía el percal. Pan estaba excitado, ardiendo
por la pulsión sexual. No estaba dispuesta a perder su virginidad, consagrada a
Artemisa, y echó a correr despavorida. El fauno la siguió por la espesura del
bosque. El río Ladón corta la carrera de Siringe, que se mete en el agua y se
esconde en un cañaveral. El sátiro ya está a punto de alcanzarla. Ante la
pánica cercanía y la seguridad de perder la flor de su pureza, la dríade
implora a las ninfas del río, que la salvan en el último momento: cuando el
sátiro cree tener entre sus brazos la carne palpitante de Siringe descubre que está
abrazando un haz de cañas.
Mientras busca a un lado y a otro
el rastro perdido, corre una brisa entre las cañas y Pan cree oír en el rumor
la voz de Siringe lamentándose. Inspirado por el numen, el sátiro se apresura a
cortar una de las cañas en varios trozos desiguales, los une con cera, acerca
sus labios y sopla…
Sobre el murmullo de las aguas del
Ledón fluye la pánica melodía…
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Las dulces cadencias de aquella siringa inventada por Pan, llamada
también caramillo, flauta de Pan o zampoña han llegado hasta nuestros días, aunque su eco va apagándose
y ya es cada vez más raro oírlas por las calles anunciando a los afilaores…
Todo esto se me vino esta mañana, cuando fui a cortar unas cañas en La Gavia. Y los versos de don Luis de
Góngora.
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martes, 23 de julio de 2019
El contexto de las guerras
Mi primera lección sobre la guerra
la recibí de mi madre cuando la oí cantar aquellos célebres tanguillos de Cádiz
una mañana de Esparragal en que ella andaba de limpieza casera: Napoleón
Bonaparte, Pepe Botella, los franceses traicioneros, el 2 de Mayo, Bailén, el
nacionalismo, Agustina de Aragón, Daoíz y Velarde, el asedio a la tasita de plata, los carnavales, Lola la Piconera, aquella ilustración de
la enciclopedia Álvarez con el laurel victorioso, la bandera patria ondeando
airosa con fondo de ruinas de guerra y sol naciente, y un bicornio ensartado por
un sable…
—Mamá, ¿qué son tirabuzones?... ¿y
gabachos?
*
En febrero de 1968 cumplí doce
años. Hice el segundo curso de bachillerato en Pozoblanco y en octubre
destinaron a mi padre a Córdoba, así que al empezar tercero hubo que recurrir a
la matrícula viva e inscribirme en el instituto Séneca, donde acabé el curso
en junio del 69 con notas aceptables. Años raros: traslados de un pueblo a otro
(pantano del Bembézar, Gibraleón, Córdoba, Pozoblanco), llantos al despedirme
de los amigos (Currito, El Pocho, Paco Bautista, Rafalín Ortiz) cambios de
profesores, de calles, de paisajes, de palabras —en un sitio nos combinábamos la pelota jugando a fútbol,
en otro nos la cambiábamos; aquí
jugábamos al salto a piola, en el
Campo de la Verdad a Sevilla eléctrica—,
inestabilidad emocional, y las hormonas disparadas, enredando, confundiendo,
transformando…
Fuera de mí, en España, en el
mundo, también había cambios: el mayo de París, la primavera de Praga, la
guerra de Vietnam, la guerra fría, el Benelux, la carrera espacial, el programa
«Apolo» de la NASA y los lanzamientos retransmitidos desde Cabo Cañaveral, el La, la la de Joan Manuel Serrat y el de
Massiel… Iba uno buscando identidad, masturbándose y arrepintiéndose,
transformándosele el cuerpo, mirándose el bozo en el espejo, el vello en la
barbilla, en las piernas. Tenía tiempo también para leer: una novela del médico
surafricano Christian Barnard sobre su primer trasplante de corazón; artículos
y reportajes sobre el black power en
la revista Reader’s Digest que
coleccionaba mi tío Anselmo, el diabólico millonario Gog, de Giovanni Papini, Los
curas comunistas, El alma se apaga,
El mono desnudo, El miedo a la libertad…
los primeros ejemplares de Astérix y novelas del oeste en las siestas calientes
del verano. Una de las imágenes nítidas de aquel 1968 pertenece a las
olimpiadas de México: los atletas negros Tommie Smith y John Carlos en el podio
tras la carrera de 200 metros, en la que resultaron primero y tercero, un brazo
al cielo, la mano cerrada en puño con un guante negro, la cabeza hacia abajo en
señal de respeto mientras sonaba el himno nacional de Estados Unidos… Ah, qué
gozada, qué fuerza, qué justicia la que reclamaban. Otra de las imágenes de
aquellas olimpiadas recoge el momento en que Dick Fosbury sorprende al mundo
con su salto de espaldas sobre la barra de altura… Qué maravilla. De ambas
escenas tenía fotografías que había recortado de revistas y que adornaban uno
de mis cuadernos de clase. Otra de las fotografías era precisamente la de la
ejecución sumaria del vietcong. Un
estremecimiento cada vez que la miraba.
*
No tenía uno edad de andar en
manifestaciones ni asambleas, pero sacando hilos por aquí y por allí iba
formándome una idea de dónde vivía y con quién me identificaba. Era lo mismo
que me pasaba en el cine con las películas de indios y vaqueros. Muy pronto
comprendí que los indios eran los expulsados y estuve de su parte. Igual me
pasó con los negros estadounidenses, y luego con los surafricanos, antes de
saber quién era Nelson Mandela, con los estudiantes parisinos y con los de
Praga, que se subían a los tanques y preferían las flores a las armas, con los
vietnamitas de Ho Chi Minh, con los alemanes que se arriesgaban a pasar al otro
lado del muro, con los obreros que una vez me encontré en apretada marcha a la
caída de la noche calle Marcelo arriba gritando como una sola voz recia
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! El cacao mental de un adolescente
que está solo para reconocerse y ubicarse.
Luego llegamos
a Macondo, tocamos por primera vez el hielo, nos arrebató el mágico olor de
Remedios la bella, y vimos llover flores amarillas cuando murió José Arcadio
Buendía, conocimos a Ricardo Arana y al teniente Gamboa, descubrimos los
cronopios y las famas, mientras esperábamos la muerte del dictador. Cantábamos
canciones de Aguaviva, de Jarcha, de Paco Ibáñez en las plazuelas, en el Patio
de los Naranjos y en las estancias en penumbra de las tabernas, escuchábamos a
Serrat y a Mari Trini, a Moustaki, a Brassens, a Brel y a Leonard Cohen… y
empezábamos a conocer historias de la España peregrina y republicana.
A punto de alcanzar la libertad y echarnos a
volar.
*
viernes, 19 de julio de 2019
El eco de las guerras
Mi primera imagen del horror de la
guerra, del miedo a morir con el pecho atravesado por una bala, del abismo de inconsolable
pesar al que se asoma quien tiene ante sí un pelotón de fusilamiento,
constatación también de lo fácil y rápido que resulta segar una vida, fue «El 3
de mayo en Madrid», el cuadro con el que Francisco de Goya refleja la
inmisericorde masacre perpetrada por las tropas napoleónicas contra el pueblo
madrileño ese día de 1808.
El
desgarro desesperado del personaje central, un descamisado, encarnación del
anónimo héroe popular, con los brazos abiertos hacia el cielo y un estigma en
la palma de su mano derecha, un Cristo de los nuevos tiempos románticos, la
sobrecogedora angustia con que se va de este mundo, gritando quizá una consigna
contra el invasor, invocando quizá la libertad, desgarradamente resignado; más
el pánico de los que esperan turno, encogidos, pegados unos a otros, temblando,
mordiéndose los dedos, rezando, tapándose los ojos, aterrados; más los muertos,
amontonados unos sobre otros, y los regueros de sangre empapando la tierra; más
el pavor del ciego pelotón de soldados sin rostro que apuntan y disparan a dos
metros escasos de los condenados: el reino del terror en todo su lamentable
poderío.
Las
dos siguientes imágenes fueron tomadas durante la guerra de Vietnam. Ambas
acapararon titulares en televisiones, radios y periódicos de todo el mundo. Ambas
presentaban la cara más despiadada del ser humano, la barbarie sinsentido, el
salvajismo sanguinario que provoca esa demencia colectiva que es una guerra. La
secuencia de la primera es como sigue: un grupo de soldados lleva esposado y
escoltado por una calle de Saigón a un vietcong —un hombre joven, delgado, descalzo,
con pantalón corto de color negro y camisa de cuadros, que camina serio,
reconcentrado, invocando quizá a sus dioses orientales, o pensando en los
suyos, o aterrorizado por el presagio de su muerte inminente, o agarrándose
quizá a una remota esperanza de seguir con vida—, el grupo se detiene en mitad
de la calle, un militar, el general Nguyễn
Ngọc Loan, indica a los soldados con un gesto del brazo que se aparten y
mientras da dos pasos para situarse al lado derecho del prisionero, ha sacado
una pistola de la funda que lleva en la cintura; al prisionero le ha dado
tiempo a ver el arma en la mano del general y elevarla hacia su cabeza. Ese es
el momento que capta la fotografía que circuló por todo el mundo: el revólver a
una cuarta de la sien del prisionero, justo antes de que salga la bala que le
atravesará la cabeza. Espeluznante.
La
segunda fotografía está tomada el 8 de junio de 1972: unos niños huyen
aterrados de un bombardeo en las afueras de Saigón. Corren despavoridos delante
de unos soldados. Los cinco van descalzos. A la izquierda, en primer término, corre
un niño con el cuerpo como agarrotado y las manos cerradas en puño, signo
evidente del atenazamiento provocado por el pánico, una estremecedora mueca de
máscara griega su rostro; detrás de él, el más rezagado, el más pequeño, mira el
horror que hay detrás de ellos, una espesa cortina de humo producido por el
devastador bombardeo con napalm; a la derecha, una niña de nueve o diez años lleva
de la mano a otro más pequeño que ella, quizá su hermano; la protagonista, en
el centro de la imagen, es la niña que corre despavorida, completamente
desnuda, quemados su cuerpo y sus brazos por el gel de gasolina. No se puede
sentir más dolor ni más pánico al mismo tiempo que el que sienten estos niños
que huyen del napalm americano.
La
última fotografía que traigo es también suficientemente conocida. Al escenario le
falta concreción: al fondo, unas nubecillas alargadas por la derecha, un suave
perfil de cerros, no de altas sierras, y en primer plano un terreno en leve pendiente
como de mies segada o de barbecho en verano. La imagen, en blanco y negro,
carece de nitidez, de limpieza de enfoque, no está movida, pero muy cerca le
anda. No es foto de estudio, sino instantánea. En primer término, en la
izquierda, muy cerca de donde estaba el fotógrafo, un hombre en el momento de
caer al suelo, como si viniera corriendo cerro abajo y un disparo de frente —¿o
desde su espalda?— lo hubiera alcanzado en su carrera. El hombre está detenido
a media caída, solo sus pies, con alpargatas de loneta negra y esparto, tocan
tierra. El brazo derecho se abre hacia ese lado en toda su extensión y la mano
ha soltado ya el fusil que portaba. En su abatimiento, ligeramente caída hacia
la izquierda su cabeza, el hombre parece ofrecer el pecho al horizonte abierto
frente a él. Viste ropas claras: camisa blanca con las mangas remangadas por
encima del codo, pantalón de tono algo más oscuro (¿caqui?), correajes y
cartucheras negras, faltriquera de tela para la documentación, gorro de
imprecisa forma y factura. El rostro ofrece facciones imprecisas: cejas
espesas, piel muy tostada por el sol. Es la famosa «Muerte de un miliciano». No
entraré aquí en si la instantánea fue tomada por el húngaro Endre Ernő
Friedmann o por su novia alemana Gerta Pohorylle, conocida también como Gerda
Taro, fotógrafos los dos, que en el París de los primeros años 30, para cobrar
más dinero por sus trabajos, se inventaron la figura de un fotógrafo estadounidense,
Robert Capa, de quien se presentaban como ayudante y secretaria; si la imagen recoge
un hecho real o es un “posado”, si está tomada en Cerro Muriano o en Espejo, si
el protagonista es o no el miliciano anarquista de Alcoy, Federico Borrel
García, si está tomada a las nueve de la mañana o a las cinco de la tarde.
La imagen del miliciano abatido es
representación de la España derrotada por el fascismo, de una España popular y anónima
que empuñó las armas para defender a la República, a los políticos e
intelectuales que habían hecho florecer la posibilidad de vivir un país más
justo, con menos pobreza, con más educación, menos sombrío, más feliz. Sin ser
una imagen tremebunda, la imagen dramatiza el cainismo de aquella España del
36. La muerte de ese miliciano es la muerte de una esperanza colectiva, de una
España que además de vencida en la guerra fue perseguida, encarcelada y
fusilada en la posguerra, u obligada al exilio.
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