miércoles, 9 de octubre de 2019

Bai to trapero (1)

          A cualquier edad y en cualquier circunstancia —mujeres setentonas que van a tomar el aperitivo después de la misa del domingo, amigos recién jubilados que han envejecido en la misma cuadrilla y se conocen al dedillo, madres o padres que reprenden al pequeño por haber arrojado al suelo el envoltorio de una chuchería, jóvenes que caminan abrazados por un parque umbrío al atardecer, viejos que toman el sol de la mañana en un banco, escolares en algarabía que van de excursión—, en cualquier lugar —en la estación de ferrocarril, en el supermercado, en las barras y terrazas de los bares, en la recepción de los museos, en las tiendas de conservas, en las panaderías, en las aceras, en Bilbao, en San Sebastián, pero sobre todo en los pueblos, en Bermeo, en Ondarroa, en Berriz y en Bolívar, en Mundaka, en Gernika—, para hablar de cualquier cosa —el último partido del Athletic de Bilbao, para consolar al niño que se ha hecho una magulladura al caerse del patinete, para señalar la habilidad de los surfistas que esperan la ola perfecta, para pedir un chacolí, para animar y celebrar un tanto en un partido de cesta punta, para pedir el acercamiento a casa de los presos y los exiliados políticos, para celebrar El Peine del Viento en el rincón de la playa de Ondarreta, para contar historias de lamias y mamarros—, se oye en esta tierra la lengua más antigua de la Península, el misterioso euskera —¿caucásico? ¿bereber?—, una lengua vieja como las hayas que se alzan en el bosque en niebla del amanecer, árbol-lengua de recio espíritu, resistente al paso de los siglos como el corazón del roble y de la piedra.
            Ha de recurrir uno a la mnemotecnia y ensayar previamente para pronunciar determinados nombres —Gaztelugatxe, hurrengo geltokia, helmusa—, pero al final se atranca al leer en voz alta el indicador, y le admira, como filólogo y como escritor, la naturalidad y la rapidez con que las oye en estas bocas euskaldunas, y siente eso que se llama envidia sana, o sano deseo, de ser una persona bilingüe al menos, que pasa de una lengua a otra como quien respira.
           He ahí el bilingüismo, explicaba en mis clases, no lo confundáis con la diglosia, que es cuestión de poder, de imposición, de imperialismo. De sometimiento.

Fotografía: Pérez Zarco



lunes, 16 de septiembre de 2019

84, Charing Cross Road


   El día 5 de octubre de 1949, Helene Hanff, una “escritora pobre amante de los libros antiguos”, afincada en Nueva York, después de ver un anuncio en una revista literaria, escribe una carta a la librería de viejo londinense Marks & Co., ubicada en el 84 de Charing Cross Road, adjuntándole una lista de libros que no encuentra en las librerías de su ciudad y que, si los encuentra, o son carísimos, o están mugrientos y “llenos de anotaciones escolares”.
      Así comienza la historia de una relación epistolar que se cierra 20 años después. El grueso de esa correspondencia —48 cartas—, abarca los años 1949 a 1952. El resto se reparte de manera desigual —tres cartas al año, dos, una, o ninguna— durante diecisiete años, hasta octubre de 1969. El libro se cierra con una última carta de Sheila Doel a Helene Hanff y un post scriptum del editor Thomas Simonnet, y deja una sensación agridulce en nuestro ánimo, mezcla del goce de haber leído una hermosa y emotiva historia, y de melancolía por comprobar cómo el paso del tiempo acaba con las personas y las cosas queridas.
      Cuando leemos la primera carta del libro, no imaginamos que esa relación comercial entre cliente y vendedor crezca de la manera que lo hace. De familia de inmigrantes judíos, nacida en Filadelfia en 1916, Helene Hanff es en realidad una escritora inédita y desconocida, que no ha conseguido colocar, en los diez años que lleva en Nueva York, un solo texto teatral en las carteleras de Broadway. A sus treinta años, sus prioridades son lograr un trabajo estable relacionado con la escritura y completar una buena formación lectora que no pudo adquirir antes por no haber pasado por la Universidad. En este aspecto, su objetivo es familiarizarse con el canon literario anglosajón: Stevenson, Geofrey Keynes, Samuel Pepys, Lawrence Sterne, Alexis Tocqueville, Richard Burton, Samuel Johnson, Geoffrey Chaucer, John Donne, G. B. Shaw… En cuanto a sus trabajos literarios, vamos viendo cómo la escritora comienza a levantar cabeza con guiones para series de televisión, encargos de ensayos históricos, libros infantiles, cuentos, una autobiografía, hasta que le llega el éxito, a los 54 años, con el libro que nos ocupa, del que se hicieron adaptaciones teatrales, un telefilme producido por la BBC y una película protagonizada por Anne Bancroft y Anthony Hopkins. Tal como se muestra en sus cartas, es una mujer de vida algo bohemia y desordenada en casa, su aspecto, confiesa, “es tan elegante como el de una mendiga de Broadway. Visto jerséis apolillados y pantalones de lana, porque donde vivo —14 East 95 th Street— no encienden la calefacción durante el día” (25), fumadora, bebedora de ginebra, con sentido del humor y de la ironía, que enseguida se hace cercana, tanto al lector como a sus corresponsales del otro lado del Atlántico, jamás compra un libro que no haya leído antes, es amante de la literatura histórica —ensayos, biografías, diarios, memorias, libros de viajes…—, y no frecuenta el género novelesco, excepción hecha de Jane Austen, pues no siente interés por “cosas que sé que jamás les ocurrieron a personas que no existieron” (63).
      En cuanto a la otra parte, a los corresponsales londinenses, enseguida nos sorprende también empezar a conocer sus vidas y su carácter. Las primeras cartas de la librería Marks & Co. van firmadas con unas simples iniciales, FPD, hasta la del 20 de diciembre de 1949, en que aparece el nombre de uno de los empleados de la librería, Frank Doel, un excelente profesional, respetado en el gremio, hombre sereno y equilibrado, que gasta la mejor flema inglesa, nunca le escribe una palabra mayúscula a la escritora, al contrario, siempre explica serenamente las razones de sus tardanzas o de sus errores, y no se inmuta ante los enfados y gritos, más fingidos que reales, de Helene Hanff cuando recibe un libro mal traducido: “¿QUÉ PORQUERÍA DE BIBLIA PROTESTANTE ES ESTA?”, las mayúsculas son suyas (14); cuando el libro está expurgado: “¿Y A ESTO LO LLAMA USTED UN DIARIO DE PEPYS” (50); o cuando tardan en enviarle alguno de sus pedidos: “Querido Relámpago: Me aturde usted enviándome a semejante velocidad vertiginosa el Leigh Hunt y la Vulgata. Probablemente no se da usted cuenta de que apenas hace poco más de dos años que se los pedí. Si sigue manteniendo este ritmo, va a sufrir un ataque cardíaco… (53).
      Pero no es Frank Doel el único en escribir a la amiga americana. Para agradecerle el envío de algunas provisiones —conservas de pescado, carne, huevos, galletas…—, que les hagan más llevadero el fuerte racionamiento establecido en Inglaterra desde el final de la II Guerra Mundial hasta finales del verano de 1953, pronto se incorporan al epistolario otros empleados de la librería: Cecily Farr, casada con un piloto de la RAF destinado en un emirato árabe; Megan Wells, que piensa irse a Suráfrica; Bill Humpries, catalogador de la librería; Mary Boulton, la vecina octogenaria de los Doel, que le ha enviado a Helene un mantel bordado a mano; la propia señora Doel, Nora, que le cuenta de sus hijas Sheila y Mary, maestra una y bibliotecaria la otra, que se han comprado un coche, que le envía la receta del pudin de Yorkshire o que la invita unos días de vacaciones.
   De todas estas menudencias privadas, y de otras que dejamos al lector, nos vamos enterando conforme avanzamos en este epistolario, que nunca deja de ser comercial, pues se habla de libros, de sus precios, de sus contenidos, de su aspecto exterior, aunque también tiene mucho de epistolario privado, sin que se omitan alusiones a acontecimientos históricos —aparte del duro racionamiento de posguerra—, como el milagro alemán o la rápida modernización de Japón, las elecciones inglesas de 1951, tras las que Winston Churchill volvió a ser elegido, la muerte del rey Jorge VI y la coronación de Isabel II, retransmitida por la radio y la televisión, la liga de béisbol estadounidense —Helene Hanff era seguidora de los Dodgers de Brooklyn; Frank Doel, de los Spurs de Totenham—, los Beatles, el turismo de masas en Londres y los jóvenes mods y hippies que invadían Carnaby Street. La historia contemporánea colándose en este simple intercambio de cartas entre una librería londinense y una clienta neoyorquina.
      84, Charing Cross Road es un buen libro que se ha escrito sin querer, sin premeditación, siguiendo el hilo de la vida de los corresponsales, con la naturalidad propia de quien ni por asomo piensa que sus cartas tengan interés para alguien ajeno, o que vayan a ser publicadas. No creo que en nuestro país, ni en otros de su entorno, pudiera darse hoy una relación como la que se desarrolla en este epistolario, porque supone un tipo de comunicación —la carta— que hemos desterrado de nuestras vidas, y ese es uno de los motivos de melancolía que nos revolotea cuando cerramos el libro.
      Este libro viene a demostrar una vez más que las sencillas novelas de la vida son con frecuencia mucho más atractivas y sorprendentes, de mayor calado emotivo, que las novelas de ficción: las mejores historias suelen estar en la vida, no en la imaginación de los escritores.

domingo, 8 de septiembre de 2019

La vida ante nosotros


Hace unas semanas, cuando pasábamos unos días de playa en Nerja —la de Chanquete, y la del Balcón de Europa, al que se asomó Alfonso XIII en fecha memorable, como atestigua su figura en bronce mirando hacia el África que no pudo conquistar—, reservamos parte de una tarde para ir a la librería de viejo de la calle Granada que ya conocíamos de otros años, Nerja Book Centre, que tiene sobre todo literatura inglesa, pero también secciones en otros idiomas. Yo encontré una biografía de Van Morrison y el volumen primero de las obras escogidas de Faulkner, editado por Aguilar en 1965. Paula nos sorprendió doblemente: un libro que seguía el rastro de los gatos en la historia de la literatura, y una novela, La vida ante sí, de un desconocido Émile Ajar, publicada en la colección «Reno» de Plaza & Janés, que ella había leído en francés y que nos recomendó vivamente, haciéndonos saber que el nombre del autor era el pseudónimo de un conocido novelista.
El buen doctor Katz, estimado por árabes y judíos del barrio. El señor Waloumba, de Camerún, barrendero, y tragafuegos en sus ratos libres en el bulevar Saint-Michel, comparte habitación con ocho compatriotas. El señor N’Da Amédée, nigeriano, proxeneta de las prostitutas que hacen la calle en los mejores 25 metros de Pigalle, viste pantalón, chaqueta, camisa y corbata de color rosa, igual que sus zapatos y las uñas de las manos, que lucen brillantes en cada uno de sus dedos; manda cartas a su familia en África haciéndoles creer que es empresario de obras públicas. Los hermanos Zaoum, cuatro forzudos con un negocio de mudanzas. La señora Lola, un senegalés de 35 años, campeón de boxeo en su juventud, travesti ahora que hace la noche en el Bosque de Bolonia. El señor Louis Charmette, francés, oficinista jubilado de los ferrocarriles, recibe una carta al mes de su hija. El señor Hamil, 85 años, antiguo vendedor de alfombras que peregrinó a La Meca, casi ciego y con serios problemas de memoria, apasionado lector de Víctor Hugo, maestro y consejero espiritual de Momo. Kadir Youssef, proxeneta, asesino de su protegida Aixa en un arrebato de locura, internado en una institución psiquiátrica durante 11 años; Kadir y Aixa son los padres de Momo. Estos son los personajes que entran y salen del sexto piso de un edificio de la calle Bisson, en el parisino barrio de Belleville. En ese piso, la señora Rosa, judía nacida en Polonia, superviviente de los campos de concentración, prostituta en tiempos, regenta un «clandé», una casa clandestina de acogida de ‘hijos de puta’ como Banania, Moisés, Momo y otros; la señora Rosa siente pánico por los nazis y por Adolf Hitler, por los hospitales y por el cáncer; a sus 65 años padece una demencia senil. De Momo, hipocorístico de Mohamed, ni él mismo conoce su nacionalidad —¿es marroquí o argelino?—, ni a sus progenitores, ni la edad que tiene, y solo cuando la historia va más que mediada aparece el único papel que da fe de su existencia.
El hilo conductor de la novela es la vida de la señora Rosa —los problemas de sus muchos achaques, de sus muchos años y de sus muchos kilos, de los muchos escalones que la separan de la calle, de la progresión de su enfermedad mental—, y el mutuo amor entre la vieja prostituta y el niño abandonado por sus padres.
Momo, a su corta edad, tiene ya una intensa experiencia de la vida, ha probado las drogas, de vez en cuando le sobrevienen accesos de violencia y comete pequeños hurtos. Tiene una visión descarnada del mundo, porque así lo ha visto desde que nació, pero no hay amargura en él, sino realismo, aceptación de las circunstancias: “Soy un hijo de puta y mi padre mató a mi madre y cuando se sabe eso ya se sabe todo y uno deja de ser un niño” (211).
La voz de Momo nos presenta un mundo aparte, autosuficiente, al margen de la buena sociedad francesa, un mundo clandestino, que sobrevive gracias a la solidaridad entre sus miembros. Creo que esa era la intención de Émile Ajar, que dejó atrás el lado amable de sus anteriores novelas para internarse en el mundo ingrato de la inmigración y la vida clandestina para descubrir en él la hermosa flor de la ternura, del amor filial, de la compasión, del respeto por los viejos, de la atención a los enfermos, del fuerte sentimiento de hermandad que une a todos los personajes.
La vida ante sí me parece una novela valiente, con un lenguaje directo, que plantea ya en 1975 cuestiones como la droga —“Para inyectarse hace falta tener ganas de ser feliz y esto solo puede ocurrírsele a un gilipollas como una casa…Y es que a mí la felicidad no me tira. Yo sigo prefiriendo la vida”(79)—, la eutanasia —“Ella no quería ni oír hablar del hospital, donde hacen morir hasta el final en vez de poner una inyección […] la gente es más buena con los perros que con los seres humanos, a los que no está permitido hacer morir sin que sufran” (102)—, la vejez y la soledad —“Los viejos valen lo mismo que cualquiera, aunque vayan de baja. Sienten igual que ustedes y que yo y a veces eso les hace sufrir más aún que a nosotros, porque ellos ya no pueden defenderse” (140)—, Dios —“un padre al que nadie conoce siquiera porque se esconde y que no está permitido representarlo porque tiene a toda una mafia para impedir que lo pesquen y esto es criminal” (212)—, el futuro del propio Momo: “Aún no sabía si entraría en la Policía o en los terroristas, ya lo veré cuando llegue el momento” (113). O el holocausto judío y el colaboracionismo francés: en varias ocasiones se hace referencia al Velódromo de Invierno —la Rafle du Vél' d’Hiv—, en el que las autoridades de Vichy internaron a varios miles de judíos franceses para enviarlos más tarde a los campos de concentración.
En 1977, cuando se publicó esta novela aquí, los españoles estábamos en pleno torbellino de la Transición —muerte y testamento del dictador, el puedo prometer y prometo, la matanza de Atocha, los discos de Bob Marley y de Pink Floyd, ETA, la ultraderecha, Curro Jiménez y Annie Hall, la peluca de Carrillo, el derecho a la huelga y el fin de la censura, La tía Julia y el escribidor, los primeros porros, Fraga Iribarne, Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias, el Nobel a Vicente Aleixandre, las novelas de Delibes, el penúltimo curso de Filología, las elecciones generales— y no veíamos, puesto que prácticamente no los había, el problema de la integración y la convivencia cotidiana con los inmigrantes africanos. Francia nos llevaba años de adelanto en ese terreno y en el de su tratamiento literario, pues hasta bien entrados los 90 no aparecen novelas centradas en la vida de los inmigrantes magrebíes y subsaharianos en nuestro país.
Un verdadero descubrimiento, que agradezco a mi hija, esta dramática historia de amor entre el niño y la mujer que lo acoge, aunque es también una novela coral. La vida ante sí, con sus momentos cómicos y con alguno de sus personajes instalado en la esperanza, o al menos en el optimismo, no deja de ser una obra desoladora y de una lucidez dolorosa, una trágica lección de vida.
Ha sido también una experiencia peculiar haber vuelto al cabo de los años a tener entre las manos un volumen de la colección «Reno» —creo que desapareció a finales de los 70—, en la que leí algunos cuentos de Hemingway, el Gog, de Giovanni Papini, Lola, espejo oscuro y Los nuevos curas, y una novela que juraría se titulaba La sirena del Mississippi pero que no es así, pues ese título corresponde a una película de F. Truffaut protagonizada por Catherine Deneuve y Jean-Paul Belmondo. El volumen de La vida ante sí, como todos los de esa colección, es un continente tosco, barato, con la caja de texto estrecha, sin márgenes apenas y con papel de mala calidad, un poco como el edificio en el que viven los protagonistas de la novela, pero guarda entre sus páginas, entre la sordidez y la marginalidad ambiental que los rodea, la luz de sus emociones y sentimientos más hermosos y desinteresados.



jueves, 5 de septiembre de 2019

A boca


La diosa Fama, de Juan Bautista (Madrid, 1732)
En el diccionario de la RAE leemos que la palabra «locución», además de designar el acto de habla o el modo de hablar de una persona, sirve también para referirse a un grupo de palabras que funcionan como una sola pieza léxica con sentido unitario y cierto grado de fijación formal. Según la clase de palabra a la que equivalen, hay locuciones adjetivas (Fulanito es de cuidado), sustantivas (Encontré mi media naranja en París), verbales (En aquel asunto metí la pata), adverbiales (Sucedió todo de repente), preposicionales (Subimos a bordo del yate), conjuntivas (No ha contestado a pesar de que le dejé un mensaje en el teléfono), o interjectivas (¡Mecachis en los mengues de cartón!).
            En algunos casos —de principio a fin, por ejemplo—, el sentido de la locución se obtiene por la suma de los significados de los elementos que la componen, pero no siempre es así, como ocurre en cabeza de turco, cuyo sentido no se explica por la suma de los conceptos de los dos sustantivos implicados, o en mesa redonda, que designa una forma de debate en la que no es necesaria una mesa de forma circular. Ya saben, los sentidos figurados, los tropos… la creatividad humana.
            El fin de semana pasado leí en El País la expresión «boca a oreja» referida a la transmisión oral de una noticia. Debe de estar de moda, porque la he oído y visto escrita varias veces este verano. Desde el principio me chirrió: qué cortedad de miras, pensé, sí, claro, una boca que habla y una oreja —¿no será el oído?— que escucha: esa es la imagen acústica del «boca a oreja». ¿Y qué ocurre con nuestro boca a boca? ¿Lo vamos a arrumbar en el cajón de los arcaísmos?
            Hay quien piensa que el boca a oreja es lo lógico, que así es como se transmiten los mensajes orales, de emisor a receptor, y no seré yo quien lo discuta. Y quien afirma que estamos ante un catalanismo, boca-orella, y aún más, ante un ante un «falso amigo», pues orella en catalán no debe traducirse como ‘oreja’, sino como ‘oído’, extremo este que no aparece en el diccionario manual catalán-castellano del que dispongo. Aunque podría tratarse igualmente de un galicismo, pues los franceses disponen de la locución de bouche à oreille para referirse a la transmisión oral y en confidencia, o de manera oficiosa, de algo, que no es exactamente el sentido de nuestro boca a boca, sino que está más cerca del secreto a voces, de lo que se cuenta bajo palabra de no contárselo a nadie más pero que al final se termina contando. Este boca-oreja sugiere un proceso comunicativo que acaba en la oreja receptora, no en la boca difusora, para lo cual tendría que decirse boca-oreja-boca.
            En nuestro idioma, además de para nombrar la técnica de respiración artificial, la expresión boca a boca, equivale a “oralmente”. La RAE no especifica tal significado, sino que remite a la cercana andar de boca en boca, para indicar que algo es público, que está divulgado por vía oral. La expresión puede usarse con valor adverbial —La noticia se propagó boca a boca—, o sustantivarse: El boca a boca es la mejor publicidad. La repetición del sustantivo ‘boca’ no es gratuita, ni falta de lógica, simplemente hace hincapié en lo importante, en la vía de propagación del mensaje, en el aspecto transmisor, en el fenómeno por el que numerosas voces, o ‘bocas’, una y otra y otra, van divulgando un mismo hecho. Lo importante en este caso no es el proceso de comunicación física entre emisor y receptor (hablar-escuchar, boca-oreja), sino el de difusión oral por medio de múltiples emisores. Se destaca el concepto de sumandos —como cuando decimos El recipiente se llenó gota a gota, o Paso a paso, alcanzaremos la meta—, la idea de pluralidad de hablantes que transmiten idéntico o parecido mensaje, en fin, aquella “voz pregonera” de que hablaba fray Luis de León.
            ¿Quién y con qué ánimo puso en circulación este boca a oreja? ¿Un nacionalista catalán, que pretendía contagiar al idioma español de su catalanidad, demostrando así la superioridad expresiva de la lengua de Joan Maragall? ¿Un desconocedor del catalán, o del francés, que utilizó el traductor de Google? ¿Un esnob? ¿Un francófilo? ¿Un catalanófilo? ¿Simplemente alguien que no se había parado a pensar en el significado de la expresión española y le pareció más plástica y razonable la imagen de una boca y una oreja?
Si es galicismo o catalanismo, creo que lo mejor es ignorarlo por innecesario, puesto que nuestro idioma ya posee la expresión adecuada. Si es por supuesta falta de lógica en la secuencia transmisión-recepción-transmisión de un mensaje, ya he propuesto la solución, engorrosa y en contra de la economía del lenguaje: boca-oreja-boca. Si es por cualquiera de los otros motivos, tampoco es uno quien para imponer su criterio lingüístico a los demás. En la lengua solo manda el tiempo. Ya veremos si este boca a oreja empieza ahora a rular de boca en boca y termina echando del banquillo al veterano boca a boca, o si estamos, como espero, ante una tormenta de verano.           

domingo, 1 de septiembre de 2019

Scala vitae


Imagen: Belén Pérez Zarco ©




  Estás abajo. El juego acaba de empezar. Quedan aún muchos peldaños, recodos, incontables pasos para llegar al ojo que todo lo ve, al gran agujero blanco que todo lo atrae y todo lo disuelve, a la blancura primordial, a la pura energía que nos nace y nos transforma hasta el fin del universo.
   Comienza el juego. Como ves, el camino está despejado, no hay fantasmas, pero nadie, nada, te asegura que no haya bandidos en las revueltas dispuestos a cobrar peaje por tu paso.
   Solo tú. ¿O acaso no reconoces tu brazo, tu mano, aferrada a la línea sinuosa y contundente, sin principio ni fin, de la existencia? Es el juego de la oca. Es el juego de la vida.
   Solo se trata de dar un paso. Y luego otro. Y otro. Y seguir hasta que la luz blanca te acoja y seas uno con ella.

jueves, 22 de agosto de 2019

Dando vueltas a mi alrededor


Lou Reed, Hangin’Round

A Dieguito, que se quedó en el camino

Si Dios existiera y guardara memoria
de todos y cada uno de nosotros,
si alguna vez alguien, algo,
—¿el famoso Gran Hermano?—
fue señor de esta tierra
y registrados tiene los hechos
—qué soñábamos, en qué garitos
y con quién y cómo anduvimos—,
seguro que recuerda
la noche en que aposté mi vida
contra todos los coches
que se apartaron para no atropellarme,
o la madrugada en que descubrí
la Vía Láctea en los ojos de Marga.

Seguro que anotó
lo libres que llegamos a sentirnos
lejos de las ventanillas,
de los despachos y los notarios,
del futuro con hipoteca
y de los políticos de la ciudad.
De sus propiedades.
De sus condiciones.
De sus intereses.
De sus imposturas.

Íbamos
—¿te acuerdas?—
A tumba abierta.
Colocados.
Al margen.
Felices y despreocupados.
Íbamos por el otro lado.


viernes, 16 de agosto de 2019

El explicao

Góngora por Velázquez

Según la exégesis de líneas atrás, historia de marinero arrepentido tenemos, o de pastor que, tras la terrible experiencia de un naufragio, regresa a la plácida vida campestre. Pero este relato en primera persona resulta demasiado sencillo para don Luis de Góngora y Argote. ¿Cuatro lenguas para esta simple historia de un pastor que reniega del mar? ¿Así —ahí— acaba la historia?
Algo no cuadra: ¿De dónde le viene al protagonista lírico ese profundo sentimiento de dolor que transmite con su música y que trastoca el orden natural, provocando amargos sentimientos en las piedras y en los animales, como cuentan del célebre Orfeo, como cantaba el pastor Salicio —Con mi llorar las piedras enternecen su natural dureza y la quebrantan, los árboles parece que se inclinan; las aves que me escuchan, cuando cantan, con diferente voz se condolecen y mi morir cantando me adivinan en la égloga I de Garcilaso de la Vega? ¿No tendría el protagonista que estar exultante, o agradecido al menos y con espíritu positivo, tras haber salvado la vida entre las olas? ¿Por qué tan tristísimos sones de su siringa?
Se me ocurren tres interpretaciones, las tres posibles. Una de ellas entronca con otro viejo debate que nos viene de los clásicos y que se reavivó en el siglo XVI con la obra de Antonio de Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea: mediante la imagen de una experiencia de navegación que acaba en naufragio y con la intención de volver a una menos peligrosa vida en tierra, Góngora está expresando la contraposición de dos conceptos —la aventura frente a lo conocido—, de dos oficios, caracterizado uno por el riesgo, el otro por la apacibilidad de las jornadas, de dos concepciones antagónicas de la vida, cada una con sus cohortes de pros y contras: el retiro campestre y el trajín de la ciudad, la experiencia y la inacción, mundo estable y mundo cambiante, libertad y determinismo, vida heroica y vida discreta, lo natural y lo artificial, ruido y silencio, ambición y conformismo, el mar como realidad inestable y gobernada por el azar, por la fortuna, frente a la tierra, símbolo del acomodo y de lo perdurable. Desde esta perspectiva, el mar conocido por el protagonista del soneto es símbolo de la ambición, de la persecución de bienes materiales y de la insensata aspiración al poder, a la fama, a la adulación, como leemos en la «Canción de la vida solitaria», de fray Luis de León:

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

            La tierra, en cambio, simboliza la humildad, la vida sencilla y estable, la búsqueda de la discreción frente a la heroicidad del que se aventura en la mar, la conformidad con el presente frente a la búsqueda y construcción de futuro que prima en quien se aventura a navegar. Bien pudiera ser que con este pastor que decidió probar fortuna en la mar océana, don Luis hubiese tomado partido en el debate entre el menosprecio de corte y la alabanza de aldea, como hizo en su celebrada letrilla «Ándeme yo caliente».
Otra perspectiva posible es considerar la navegación aludida en el soneto como una alegoría, imagen de una experiencia amorosa fallida, de una travesía de amor acabada en naufragio, en desastre, bien por ruptura, bien por la muerte de la amada. Se justificaría así además la inmensa tristeza del protagonista.
La identificación de la experiencia amorosa con una travesía marítima viene de lejos en nuestra tradición literaria: está documentada en la poesía helenística y en la literatura romana de la época de Augusto, en autores como Horacio[1], Propercio[2], Ovidio[3], y siglos más tarde en Petrarca[4], que transmite el tópico a los poetas renacentistas. Según Gómez Luque[5] et alii, el motivo de la travesía de amor (navigium amoris) tiene un doble origen: la relación de Afrodita (Venus) con el mar y la consideración del amor como una actividad que entraña peligro, similar a una guerra (militia amoris) o a una travesía por mar (navigium amoris). La relación de Afrodita-Venus con el mar viene explicada por el mito sobre su nacimiento: Cronos, incitado por su madre, Gea, cortó a su propio padre, Urano, los testículos con una hoz y los arrojó al mar, y de la espuma (afrós, en griego) que se acumuló alrededor de ellos nació la hermosa y sensual cipria, la irresistible diosa del amor y de la sexualidad, la que enamoraba a un hombre con solo posar su mirada en él. No resulta, pues, descabellada la asociación de Afrodita con el mar y con el amor. En esa consideración tópica del amor como experiencia (travesía) llena de peligros, distinguen los autores del artículo citado varios submotivos, algunos de ellos fácilmente identificables en nuestro soneto: la identificación de la relación sexual con la navegación, la consideración de la amada como una mujer voluble, cambiante como el mar, atractiva y peligrosa; la simbolización de la ruptura amorosa con un naufragio o la imagen del amante como un marinero que se retira de la navegación.
Una última perspectiva permite interpretar el soneto como obra autobiográfica. Es una interpretación más forzada, pero asumible. Para ello es preciso llegar a un soneto escrito en 1623[6], «Sople rabiosamente conjurado», dedicado a los hermanos Francisco y Félix Paravicino, amigos y defensores poéticos de don Luis, en el que se recoge el mismo asunto del barco naufragado y la ofrenda de restos a un templo, con la particularidad de que la metáfora del navío combatido por airados vientos sirve para describir las adversidades sufridas por el poeta como pretendiente de cargos y prebendas. Leído el soneto en esa clave[7], el templo al que se ofrecen los restos del naufragio representa el palacio de los dos hermanos Paravicino, aludidos aquí como las estrellas Cástor y Pólux, a cuya protección se acoge el poeta; con el último verso —derrotado seis lustros ha que nada—, alude Góngora a los treinta años de su vida vanamente dedicados a medrar en la corte. He aquí el soneto:

Sople rabiosamente conjurado
   contra mi leño el austro embravecido,
   que me ha de hallar el último gemido,
   en vez de tabla, al áncora abrazado.

¿Qué mucho si, del mármol desatado,
   deidad no ingrata la Esperanza ha sido
   en templo que de velas hoy vestido
   se venera, de mástiles besado?

   Los dos lucientes ya del cisne pollos,
de Leda hijos, adoptó: mi entena
   lo testifique dellos ilustrada.

   ¿Qué fuera del cuitado, que entre escollos,
   que entre montes, que cela el mar, de arena,
   derrotado seis lustros ha que nada?

Los versos de «Las tablas del bajel despedazadas» actuarían, por tanto, como augurio, y expresarían un recoger velas, una temprana decepción en la intención gongorina de convertirse en un personaje importante en la corte, protegido de algún grande de la nobleza española, y un deseo de volver, a su pesar, a Córdoba con el zurrón vacío.
            ¿Qué carta quedarnos? Ni nos lo jugamos todo a una, ni nos vamos a ir de una buena carta. De transformismo hablábamos al comienzo de estas páginas, del triste lamento de la hermosa virgen Siringe, convertida en caña para huir de las manos lúbricas de Pan, y de versatilidad lo hacemos ahora, al contemplar la proteica naturaleza del soneto de don Luis de Góngora. Y del profundo pesar con que vivió el poeta sus últimos años en Madrid, agobiado por las deudas, comiendo poco y mal, quedándose en casa por evitar a los acreedores, pero también por no disponer de buenas —nuevas— ropas y calzado, muertos el duque de Lerma, el duque de Béjar, el conde de Lemos, sin mecenas que lo protegiera, ferozmente asaeteado por sus enemigos literarios. Desilusionado, rota definitivamente toda esperanza de brillar en la corte, el caso de Luis de Góngora es ejemplar, barroco en su contradicción: obra deslumbrante, de ideal claridad, vida deslucida, mediatizada por lo material.



[1] Horacio, Odas, I, 5:
Mē tabulā sacer
Vōtīvā pariēs indicat ūvida
Suspendisse potentī
Vestīmenta maris deō.
(Un exvoto en el muro
explica cómo yo
consagré mis vestidos
al dios señor del mar)

[2] Propercio, Elegías, III, 24:
Ecce coronatae portum tetigere carinae
Traiectae Syrtes, ancora iacta mihi est.
(He aquí que mis naves han tocado puerto engalanadas,
tras cruzar las Sirtes he soltado el ancla…)

 [3] Ovidio, Amores, III, 11:
“Iam mea votiva puppis redimita corona
lenta tumescentes aequoris audit aquas”.
(Ya mi nave, engalanada con una guirnalda votiva,
oye tranquilamente las tormentosas aguas del mar)

 [4] Petrarca, Canzoniere, soneto 189:
“Passa la nave mia colma d’oblio
per aspro mare, a mezza notte il verno,
enfra Scilla e Caribdi; et al governo
siede ‘l signore, anzi ‘l nimico mio”.
(Pasa la nave mía llena de olvido
por mar bravío, en medianoche de invierno,
entre Escila y Caribdis; y al timón
está el señor, o mejor, el enemigo mío.)

 [5] Juan Antonio Gómez Luque, Gabriel Laguna Mariscal, Mónica M. Martínez Sariego, “«Córdoba tiene mar»: el tópico de la Travesía de amor en la poesía de Góngora”, en Ámbitos. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, nº 36 (2016), pp. 75-85.

 [6] En el manuscrito Chacón (1644): soneto CLIX (De la esperanza), pág. 86. En la edición de Salcedo Coronel (1629-1648): soneto 103, sin título, pág. 145.

[7] Antonio Lara Pozuelo, “El plurilingüismo en la poesía de Góngora: desatinos idiomáticos y comicidad”, en Elvezio Canonica y Ernst Rudin (coords.), Literatura y bilingüismo, Edition Reichenberg, Kassel, 1993, p.p 127-142.