jueves, 31 de julio de 2008

Días fastos y nefastos

Hoy no habré fumado. Escribo esto cuando el día 18 de julio del año 2005 lleva contados una hora y cincuenta y siete minutos. Es una fecha infausta en este país. En la historia nacional está subrayada por el hito de todos los muertos que provocó el ardor fascista de Francisco Franco Bahamonde, el comandantín que no quiso respetar la voluntad de los españoles que pensaban de manera distinta a la suya. En mi biografía será una fecha fausta: he dejado de fumar. Qué casualidad de fechas. Sin duda que a Italo Svevo, el de La conciencia de Zeno, le hubiera gustado el fetichismo de la coincidencia. Dos 18 de julio separados por 69 años. Los guarismos acordes. La numerología fabulada. La vida después del 18.
La mañana ha pasado más tranquila de lo esperado. Ganas moderadas de encender un cigarrillo. Para desterrarlas, he personificado a la nicotina, la he convertido en una madame, en una mala mujer a la que he repudiado y a la que expulso de mi pensamiento en cuanto aparece. Es el método Zeno-Svevo: no debo combatir el vicio de fumar, sino olvidarlo.

8 de julio

7 de la mañana. Compro el último paquete de cigarrillos. Limpio cielo azul de verano. Lo miro tras la cristalera del bar Corneta. Me rodean las percusiones de la taladradora de las obras en la calle Mayor. Ruido de camiones. Noticias últimas sobre el atentado de ayer en Londres. Mi primer día de nuevo rango en el instituto: jefe de estudios de adultos. Perspectivas futuribles: un billete del cuponazo de la ONCE. Alea iacta est.

El ejercicio gimnástico es buen aliado para los menesteres de desintoxicación tabáquica. No se ganó Zamora en una hora y no deja alguien como yo de fumar así porque sí. Hay que tomar la decisión, desde luego, pero ella sola no basta. La voluntad, la inteligencia, el deseo, las potencias espirituales, racionales e irracionales, han de conjugarse con medidas y nuevos hábitos en el orden de lo físico: dieta alimenticia, ingesta de líquidos, ejercicios corporales. Purgar y depurar, desengrasar y purificar.
Abandonar el tabaco exige un proceso semejante al de nuestros místicos clásicos. Se trata, primero, de empezar a andar la vía purgativa. Aquí entra el desapego por un vicio placentero perjudicial, capaz de domeñar mi voluntad. La solución de choque pasa por la mortificación y la disciplina corporal: ¾ de hora pedaleando por la carretera de El Guijo.

Un respiro

Viajamos hacia Málaga. Mientras mi mujer conduce, yo miro los campos de girasoles y me compongo la idea de que soy un general pasando ante sus tropas en formación.
¿Hasta qué punto el tabaco ha condicionado mi carácter, y con él, mi propia vida y visión del mundo? ¿Estaría, por ejemplo, tal día como hoy, 1 de julio de 2005, aquí, en La Torre de Benagalbón? ¿Me habría casado? ¿Tenido estos dos hijos? ¿Los mismos amigos? ¿Habría sido el mismo escritor sin humo en mi vida?

Estamos con el tabaco volviendo a los tiempos de su llegada a Europa, a España, cuando la Inquisición tomaba cartas en el humo y sentenciaba ser obra diabólica. El no fumar de nuestros días es militancia activa, proselitista, coercitiva, inquisitorial. La táctica del acorralamiento y envío a la reserva. Los fumadores somos gente impura, malsana, y cuando entramos en un local debemos hacer tintinear nuestra campanilla de apestados.

Nueva campaña

20 de junio de 2005. Titular en el diario Córdoba: “Las tabaqueras necesitan al año 170.000 nuevos adictos.” El doctor Rodrigo Córdoba, presidente del Comité nacional para la Prevención del Tabaquismo, que maneja documentos desclasificados de las empresas tabaqueras, afirma que éstas necesitan incorporar cada año 170.000 jóvenes fumadores en sustitución de los exfumadores. El cinismo, hipocresía, descaro y sucias maniobras publicitarias de las tabaqueras salta a la vista: dedican la mayor parte de sus beneficios a la incorporación de nuevos adictos al negocio. Cuestión de números. Y de malas prácticas, permitidas por los ministerios correspondientes, conocedores de que el 90% de los fumadores regulares empezaron a serlo antes de los 18 años, y en muchos casos, antes de los 11.

Mañana escribirá aquí el nuevo hombre que empezaré a ser cuando me levante. Volverá también a ser otro mi cuerpo, atosigado hasta hoy mismo por el humo de miles de cigarrillos. Ardua batalla, peor que el Dos de Mayo, la que se iniciará con el alba del último día de junio.
Todo este tiempo de atrás ha sido preparación y pertrecho para la lucha que se inicia mañana. No será paseo triunfal por camino de rosas. Conozco al enemigo, he estudiado sus tácticas, su fuerza y su poder destructivo. Atacará por todos los flancos, día y noche, sin descanso. No habrá tregua ni prisioneros. Sin piedad. Sin perdón. Que los dioses me sean propicios.
En este día consagrado a ti, oh santo Marcial, invoco tu ayuda, insúflame el ardor guerrero de tu esencia y el buen humor con que armas al escritor latino. A ti me encomiendo.

Las cuentas del Gran Capitán

18 de junio, seis y media de la mañana. Tres meses desde la última anotación. Un total de ciento ochenta cajetillas de tabaco, es decir, tres mil seiscientos cigarrillos que le he endilgado a mi cuerpo. Más de cuatrocientos euros esfumados. Sesenta y siete mil quinientas pesetas. Un auténtico disparate. Me avergüenzan estos números. ¿Y no voy a tener pundonor para evitar el dispendio?
Sigamos con las cuentas, a ver si escarmiento de una puta vez. Pongamos 30 años de fumador habitual. Supongamos un paquetillo cada dos días al principio, los 15 primeros años. Eso suman 182 paquetes y medio al año, que multiplicados por 15 da 2.737,5 paquetes en total, o lo que es lo mismo, 54.750 cigarrillos.
Pongámosle a cada paquete un precio medio de 25 pesetas y tendremos la cantidad de 68.437,5 pesetas.
En estos últimos quince años, tripliquemos el precio de cada paquete –hoy cuesta 2,25 euros en estanco-, o sea, 374,85 pesetas….
He tirado por lo bajo, por lo muy bajo, y la cuenta que me sale es 2.290.000. Vergonzante la cifra esfumada.

Febrero

Estamos a 2 de febrero, miércoles. Un día radiante y cálido. Llevo tres semanas de fumeteo compulsivo: dos paquetes diarios. Esto es una recaída.

Domingo, 14 de marzo. Otra escaramuza para la retirada definitiva. Es una idiotez fumar como lo hago: todas las horas, todos los cuartos y todas las medias del día con un cigarrillo en los labios. Con razón se me podría llamar, como a uno de Torrecampo, Pepito El Cigarrito.

Uno ya no cree en la función social del tabaco. Quizá antes la tuviera. Liar el cigarro y fumar era un alto en la faena. Y si se tenía compaña, un poco de conversa sobre esto y lo otro. Mi fumar no es parada en el camino, un humear pausado y relajante, reflexivo, sino continuo fumar, para qué hacer un alto si se puede fumar andando. Esa es la extremosa adicción, la excusable ceguera: la voluntad entregada, la continua satisfacción de una necesidad antinatural. Otra humana manera de estupidez…

Vía crucis

Las recaídas son terribles. Anoche, después de cenar, ocho cigarrillos. Cortar amarras definitivamente. Una dependencia innecesaria, evitable. Los tabaquistas acabamos adictos, confesos y convictos, atados a un galeón de humo. Personaje en busca de sí mismo con un cigarrillo en la boca: esa es la humosa cadena del empedernido, el título de su composición favorita.