Conocía su nombre de verlo en los índices de los libros más antiguos de la colección Austral –con cuadernillos cosidos– de Espasa Calpe: Bayo, Ciro 544 - Lazarillo español. Marcado con asterisco, que indicaba un volumen extra. Así iba un estudiante en los setenta con escaso dinero formando e ideando su biblioteca. Con más libros marcados en los índices y catálogos de las editoriales que volúmenes presentes en las baldas.
Luego me lo encontré en las memorias de Pío Baroja, Desde la última velta del camino, que dedicaba unas páginas a su amigo andarín, a quien Azorín llamaba escritor andante y que Valle-Inclán retrató en Luces de Bohemia como el pedante don Peregrino Gay, cliente de la librería de Zaratustra, culto, viajado y crítico del fanatismo español.
Después de muchos años, encontré su nombre en un papel del Rastro. Estaba en un tenderete de donde había sacado y pagado ya un par de libros. Era la portada de uno de los libros de temática americana de Ciro Bayo, Bolívar y sus tenientes. San Martín y sus aliados (1929). Sola la deteriorada portada en papel verjurado a dos tintas, verde y negra, con una tipografía llamativa y una viñeta en verde. La saqué de la montonera de libros y le pregunté al librero si me la regalaba, aunque estaba dispuesto a dar algún euro por ella. El hombre, extrañado, sin tira ni afloja, me la regaló. Ahora luce, plastificada, en uno de los estantes de mi biblioteca.
Hace unas semanas, camino del Rastro, en los tabancos que se alinean en la Ronda de Toledo, hice el gran descubrimiento, vi por primera vez una obra de Ciro Bayo, el volumen extra 544, precioso con la sobrecubierta en rojos, negros y blancos, en bastante buen estado. Una tercera edición, de noviembre de 1965, con 61 años a cuestas. Estaba de oferta: dos libros por tres euros. Elegí otro de la misma colección, de la serie amarilla –libros políticosy documentos de la época–, de Wenceslao Fernández Flórez: una recopilación de sus crónicas parlamentarias, cuya lectura recomiendo vivamente al lector en general y a todos y cada uno de los miembros del Congreso en particular. A pesar de la fecha, 1914-1919 es asombrosa su actualidad.
El Lazarillo español es una invitación a la aventura, a soltar amarras y largar velas –un viaje a pie desde Madrid a Andalucía y Barcelona, con la mínima impedimenta material y monetaria–, un libro romántico y costumbrista, más del siglo diecinueve que del veinte, con giros y vocablos populares, sin florituras estilísticas pero con eficacia comunicativa, a pesar de los latines y la erudición del narrador andante. El cuento resulta entretenido y tiene hoy un interés extra para quienes conozcan los lugares por los que transita el protagonista, porque apreciará la transformación de los paisajes rurales y urbanos descritos en la novela: el ayer y el hoy de la España peregrina y caminera, de las ventas y posadas de antaño, de los mendigos, de los trabajadores temporeros, de los pobres que viven de la caridad y de la sopa de convento, de una España invertebrada.
El protagonista guarda estrecha relación con Lázaro Gonzalez Pérez, y no porque recorra su camino a pie, sino porque su principal cometido es no llegar a la noche con el estómago vacío y dormir a cubierto. Para ello se vale de mil recursos, ninguno de ellos fuera de la ley, aunque sí en el filo de la navaja, continuando así la línea del pícaro hambriento, no delincuente, trazada por su primer antecesor en el siglo XVI. Tampoco es un moralista que sermonea a cada paso, ni un hombre que reprueba sus orígenes o su vida pasada, o que se demora en digresiones morales surgidas del pesimismo y la desconfianza en el ser humano. Este Lazarillo español es un hombre optimista, un aventurero nato que confía en sus habilidades para sobrevivir, en la bondad de sus semejantes y en la buena suerte.
Cosa –lectura– de agradecer en estos tiempos menguados.


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