En el capítulo I de la novela cervantina publicada en 1605, asistimos al nacimiento, no del hidalgo, del que no sabemos exactamente cuándo nació, sino del caballero, del ingenioso caballero don Quijote de La Mancha. La palabra «quijote» existía ya en nuestra lengua antes que el personaje: los quijotes eran las piezas de la armadura que protegían los muslos del caballero. Pero también designaba la parte de los cuartos traseros de las caballerías comprendida entre el cuadril y el corvejón.
El origen inmediato de la palabra está en el término catalán cuixot (cadera), como leemos en el diccionario etimológico del señor Corominas, que nos presenta tres momentos léxicos del vocablo: cuixa (muslo) > cuixot (1280) > cuxot (1350). En el catalán de nuestros días, una cuixa es un muslo, humano o de pollo, de animal, y con cuixal se designa tanto la pernera del pantalón, como el protector de los muslos en el conjunto del arnés, y como el cojal, la piel que los cardadores se ponían sobre el muslo para cardar. Entre muslos, pues, anda el vocablo, el quijote.
Los etimologistas románicos la derivan del latino coxa (cadera), aunque Aulo Cornelio Celso, prestigioso médico de tiempos de Tiberio (s. I d. C.), se refería con ella tanto al muslo como al hueso del muslo, el fémur. En griego no parece documentada esta raíz, si bien hay quien supone un kóchone y un kóchona, que designaban la zona del isquión, la cadera, y que está en el origen de palabras, como coxis o cojo y sus derivados.
¿Conocía Cervantes la palabra quijote o estamos ante un feliz hallazgo, una creación suya? Como soldado que fue, no ha de extrañar que conociera los distintos componentes de una armadura. Y si no era por la milicia, bien podría ser por esa zona del cuarto trasero de las caballerías. De cualquier manera, hay que alabar el acierto de utilizar parte de la raíz del apellido del hidalgo, añadiéndole el sufijo ote con su tinte aumentativo y su matiz burlón. Y su consonancia con el morisco Ricote o con el magnífico y admirado Lanzarote del Lago.
En el diccionario de la RAE aparecen dos artículos para la palabra quijote. El primero, para referirse a la pieza del arnés y a la zona del cuarto trasero de las caballerías. El segundo artículo considera el término «por alusión» al personaje literario, y nos ofrece dos acepciones:
1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. Sinónimos: héroe, idealista, altruista, abnegado, desinteresado.
2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino.
La definición y sinónimos de la primera acepción nos presenta el hecho de ser quijote desde el punto de vista espiritual, ético, como algo positivo, solidario, digno de elogio y admiración, incluso de emulación. La segunda, señala el parecido puramente físico con el personaje de la novela.
En el Diccionario del español actual1 se define quijote como «hombre idealista que actúa desinteresadamente en defensa de causas que considera justas. Frecuentemente también con intención despectiva». Se introduce aquí un matiz significativo importante que no aparece en el diccionario académico: lo peyorativo o despreciativo, lo desfavorable. En ese menosprecio insiste también María Moliner, cuya definición se acerca también a la intromisión, a la injerencia, cuando escribe que el término quijote «se aplica como nombre calificativo a la persona que está siempre dispuesta a intervenir en asuntos que no le atañen, en defensa de la justicia. Generalmente no se emplea con sentido admirativo y puede tenerlo despectivo».
Una observación antes de continuar. Según la RAE y Seco-Andrés-Ramos, el nombre calificativo quijote sólo se aplica a hombres. No hay, vista su definición del término, espacio para las mujeres que anteponen sus ideales en favor de nobles causas, idealistas, que luchan contra la injusticia. Únicamente María Moliner evita la mirada machista y habla de «persona», no de «hombre». Instamos, pues, desde este Pisapapeles a la docta academia para que revise la formulación exclusiva del término quijote e incluya la posibilidad de que una mujer también pueda ser considerada quijotesca, en el buen sentido de la palabra.
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1 Manuel SECO, Olimpia ANDRÉS y Gabino RAMOS, Diccionario del español actual. Aguilar, Madrid, 1999.
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