En mis caminatas tempraneras por los alrededores y cercanías del pueblo, hay días en que escucho música y días en que escucho informativos y tertulias, según tenga el ánimo sin/con ganas de polarizarme ante las barbaridades que la clase política –municipal, regional, nacional, europea o internacional– arroja delante de un micrófono.
No es raro que en los noticiarios y tertulias matutinas aparezca alguna palabra que me llame la atención –jeribeque, carajal–, por lo peregrino de su sonido o de su significado, porque sea una palabra vieja, un modismo local, o porque se trate de un tecnicismo nuevo y semánticamente opaco para mí, como es el caso de la palabra cazada esta mañana: «Más tarde –adelantaba la presentadora– hablaremos de las personas «fomo». ¿Personas fomo? Ni idea, indagaría cuando llegara a casa.
Como suponía que estaba ante un neologismo de última hora, tecleé las cuatro letras en el buscador, y en vista creada con IA leí que «El fomo, o fear of missing out ("miedo a perderse algo"), es un fenómeno psicológico y una forma de ansiedad social caracterizada por el temor constante a que otros estén viviendo experiencias gratificantes mientras uno no participa». Una mezcla de envidia –la persona afectada siente pesar al ver que otros están disfrutando de lo que ella se está perdiendo–, de resentimiento o enojo por verse excluído, y de imposible afán de omnipresencia, que impele a consultar compulsivamente el móvil y a no disfrutar de lo que nos rodea. Lo fomo supone un desdoblamiento, el plano del aquí en el que se está, y el plano del allí en el que se quiere estar pero no se está, lo que conduce a la falta de estima propia, al estrés, a la angustia. En fin, una enfermedad, una adicción: el mal de las redes. Una pena.
El ser humano es toxicómano por naturaleza, tanto de sustancias químicas como de instancias mentales. Lo prueba el uso abusivo que se hace del enganche o del estar enganchado al póquer, a los videojuegos, al fútbol, al cine gore, a las novelas históricas, al bingo, a una película, a una saga, a la práctica de algún deporte, al baile de salón o a los juegos de rol y a mil cosas más que crean dependencia y provocan desajustes físicos y emocionales.
La sigla fomo añade una moderna dolencia, una patología más de las innumerables a que estamos expuestos: por mucha tecnología de que nos valgamos, somos seres limitados, jamás poseeremos el don de la ubicuidad.
Otra palabra que ha llamado mi atención esta semana guarda su relación con la anterior. Es una extraña formación acrónima: HODIO, sí, con hache, aunque no es falta ortográfica, sino desafortunada creación vocabular del equipo de gobierno de la Moncloa. Amparado en un lema de onda hippie –Hablemos más de amor y menos de odio–, el presidente Sánchez presentó en sociedad un nuevo proyecto para el seguimiento y erradicación de los discursos de odio y polarización en las principales redes sociales utilizadas en nuestro país. La razón de este programa espía está en el uso que la ultraderecha neonazi hace de las nuevas tecnologías para difundir sus comentarios racistas, para agredir verbalmente y amenazar a quienes no somos de su cuerda.
La palabreja en cuestión visibiliza el concepto, quién lo duda –HODIO–, pero puede inducir al equívoco, a la duda, incluso a la incitación, en personas no duchas ortográfica e ideológicamente. Si esto ocurre en el contexto de la escritura, no dudo que sería mucho más contraproducente en el ámbito oral, con nuestra hache muda. ¿Cómo iba a entenderse la frase el gobierno ha puesto en marcha el programa odio? Es el mismo equívoco que cuando alguien anima a celebrar el «día de la violencia contra las mujeres».
Una precipitada parida, una chapuza, un neologismo desafortunado y malamente construido desde el punto de vista léxico, que deja fuera, además, una parte de la secuencia lingüística que genera el acrónimo. Según el ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la herramienta HODIO nace del sintagma «Huella del Odio y la Polarización». ¿Por qué no aparece representado el término «polarización»?
Me acuerdo de la canción de Aute, clarividente, como siempre:
Remiendos, tapujos y parches.
Todo funciona a pegotes.
Qué carnaval, qué pitote.
Vaya chapuza que hay.
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