viernes, 26 de junio de 2026

Meterle chola al Zapa

Reconozco la secuencia como perteneciente al español –el infinitivo, el pronombre átono pospuesto, la contracción, la factura léxica, morfológica y sintáctica–, pero no sé lo que quiere decir, no acierto con el referente de la frase: de qué se está hablando, qué quiere significar el emisor de este mensaje. Reconozco que no domino el código utilizado, que no comprendo la totalidad de lo dicho.

Conozco dos acepciones de la palabra chola. Una se oye en el ámbito coloquial popular y significa “cabeza”: Ese tío está mal de la chola. El segundo uso, en el mismo ámbito, en plural y con cierta intención eufemística, las cholas, nombra los testículos. Ninguno de los sentidos casa con la frase que tengo delante y que da título a esta entrada.

Acudo entonces al DRAE y tecleo «chola». En primera acepción, la chola es la cabeza; en segunda, se la hace sinónima de ‘entendimiento’ o ‘juicio’. Tampoco aclara la cuestión. Sigo sin saber qué quiere decir meterle chola. Al final del artículo encuentro esta advertencia: «Otra entrada que contiene la forma ‘chola’: cholo, la». Pincho el enlace y se despliegan dos acepciones semánticamente cercanas. En Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Perú y República Dominicana, un cholo, una chola, es una persona mestiza de sangre europea e indígena, aunque en Ecuador, México, Panamá y Perú también se predica la ‘cholez’ de la persona indígena que adopta usos europeos. Es decir, se puede ser cholo, chola, de sangre o de espíritu.

No olvidemos que en ambos usos, cholola es un adjetivo, lo que tampoco cuadra ni morfológica, ni sintáctica, ni semánticamente con la frase que nos entretiene. Meterle mestizo –¿de sangre?, ¿de espíritu?, ¿de ambos a la vez?– al Zapa. Un disparate. Un mensaje incomprensible.

Como por las solas palabras no estaba llegando a una comprensión aceptable del mensaje, decidí ampliar el objetivo, tecleé, entrecomillado, “meter chola”, pulsé intro y vino la luz, y lo oscuro devino inteligible. El wikidiccionario explica que, en Venezuela, en la lengua coloquial, dar chola significa «darse prisa, acelerar la ejecución de algo, poner rapidez», y es sinónima de «apresurarse» y de «apurarse». La «chola», además de otros significados –sandalia, chancleta, suela del zapato, mujer del servicio doméstico, novia o amante, prostituta de clase baja, pene, casa modesta y pequeña–, es variante popular de «acelerador». Dar chola es acelerar: Dale chola, pana, que no tengo toda la noche. No era exactamente la misma construcción meter chola / dar chola, pero di ambas expresiones por equivalentes.

La situación extralingüística del modismo coloquial venezolano es una conversación escrita entre dos directivos de la compañía aérea Plus Ultra, que se frotan las manos ante la posibilidad de recibir una multimillonaria ayuda estatal. Uno de ellos (Rodolfo Reyes, emisor A) pregunta «¿Próximos pasos?» y el otro (Roberto Roselli, emisor B) contesta: «Pues ahora es meterle chola al Zapa». Entendido el significado de «meter chola» y visto su contexto lingüístico inmediato –pregunta de Reyes, respuesta de Roselli–, todo parece coherente. Quedan, sin embargo, algunos flecos que comentar de estas diez palabras. Vaya por delante la concisión, la elisión de elementos prescindibles, apreciable primero en la pregunta (*¿Cuáles serán los próximos pasos? y luego en la respuesta (*Pues ahora el próximo paso es meterle chola al Zapa), donde se ha elidido el sujeto de la oración.

Resulta evidente, por otra parte, que entre la pregunta y la respuesta se produce una cierta incongruencia, un leve rompimiento del régimen sintáctico, llamémosle anacoluto, pues en la pregunta se utiliza un plural (próximos pasos) y en la respuesta se utiliza el verbo en singular (es), lo que nos hace pensar que el emisor B ha pensado, no en los varios pasos que serán necesarios, sino en el inmediato.

Este hablante B comienza su repuesta con una conjunción –pues– desprovista de su carácter causal, que se utiliza solamente como marcador discursivo de inicio de conversación, seguida de un adverbio de tiempo en función propia de CCT. Encontramos luego el verbo en tercera singular de indicativo (es) con sujeto elidido, supuesto, presunto –nosotros, los que meteremos chola al Zapa–, y una construcción de infinitivo que actúa como atributo del sujeto elíptico, tanto en la pregunta de A como en la respuesta de B: *el próximo paso es meterle chola al Zapa. El atributo oracional cuenta con un pleonasmo enfático, es decir, con la repetición innecesaria de un elemento, el pronombre personal átono le (CI), que anticipa en anáfora el sintagma al Zapa (el mismo CI).

Y acabemos este breve comentario lingüístico con una observación respecto al nivel sociocultural de los hablantes del texto. Desde que tengo uso de razón gramatical, a los estudiantes españoles se nos ha reprobado, por propio de personas incultas, vulgares y mal habladas, el uso del artículo determinado ante los nombres propios y apellidos –el Francisco, la Antonia, el Muñoz–, aunque se admitía sólo para ciertas, no todas, mujeres notorias: la Avellaneda, la Pardo Bazán. Nunca para hombres: el Cervantes, el Unamuno. No sé cuál será la norma actual en Venezuela. En el español de España sigue considerándose un vulgarismo.

Supongo que estos dos elementos, estos dos pollos hablantes, han sido universitarios y cuentan en sus currículums con títulos en másteres exclusivos, que dominan dos o tres idiomas, que cambian con facilidad de registro lingüístico y que entre su círculo más cercano se sirven de claves, de cifras y de encriptaciones varias, amén de reticencias, sobrentendidos, nombre en clave, sugerencias y metáforas que sólo ellos entienden. Saben hablar en clave, como gente del hampa, pero no en los barrios bajos, ni en las tabernas. Ellos lo hacen desde sus despachos en los rascacielos, desde sus mansiones en paraísos fiscales, desde sus apartamentos de lujo en París, en Londres o en Ginebra.

En cuanto al «Zapa» a quien hay que meterle chola, no aparece contexto para identificarlo. ¿Qué o quién es Zapa? ¿Un nombre? ¿Un apellido? ¿Un acrónimo? ¿La masculinización genérica del femenino «zapa»? Es decir, ¿alguien a quien por sus cualidades –arrojo, sangre fría, preparación técnica– se identifica con una zapa, con esa pala herrada de la mitad abajo, con un corte acerado, que usa la vanguardia de un ejército para avanzar y asegurar posiciones? ¿La zapa de los zapadores? ¿Estamos ante alguien apellidado Zapa? ¿Ante un acortamiento? ¿Un miembro del ejército zapatista de liberación que se levantó contra el gobierno mexicano el 1 de enero 1994? ¿Un fabricante de zapatos, o de zapatillas? ¿Un zapatero remendón? El Zapa, ¿un compinche? Chi lo sa

Aunque da la impresión de que estamos ante un cabildero, ante un conseguidor que tiene contactos: ¿el expresidente del gobierno español? ¿Ese es el Zapa? ¿Así, con ese artículo vulgarizador? ¿José Luis Rodríguez Zapatero en negocios turbios? No se fía uno ya. Hace unos años, ni jueces, ni fiscales, ni defensas judiciales, ni compañeros de partido fueron capaces de identificar el M. Rajoy en los papeles de Bárcenas, con Mariano Rajoy. Hoy, jueces, fiscales, acusadores particulares y voces autorizadas del PP, no dudan que Zapa sea José Luis Rodríguez Zapatero. É un mondo difficile.

No he leído últimamente literatura venezolana, ni estoy al tanto de su argot o de su lengua coloquial. Si la frase Pues ahora es meterle chola al Zapa la entienden todos los hablantes del país y entra en los cauces de lo común y coloquial, solo puedo confesar mi ignorancia en esa variante del español americano.

Meterle chola al Zapa suena a jerigonza, a lenguaje cifrado, a encriptación y clave que sólo unos pocos manejan: la elipsis, los modismos jergales y el lenguaje especializado, los apodos. Hay que estar en el ajo. Ese es uno de los principios del lenguaje de la germanía, del hablar de ladrones y rufianes. Tal es la sensación que deja la frase, la de una conversación entre compinches en la que se menciona a un cómplice –el comisionado, el comisionista– necesario en el amaño.

Pero lo preocupante no es que estos tipos hablen así, sino que sean auténticos delincuentes, gente enchaquetada aunque de baja estofa que sabe cómo robar sin que lo parezca.

 

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