Me sucede con frecuencia abrir un libro para consultar un dato, para recordar una idea del autor o comprobar una cita y encontrarme un señalador –un billete de metro, la entrada de un concierto o de un museo, un tique de aparcamiento, un pósit con anotaciones, la cuenta de un café de París, la tarjeta de visita de un librero de Milán, una carta de la baraja española…–, y descubrir que ese billete de metro o la entrada del concierto no están donde están por simple azar, por pura casualidad, sino porque de alguna manera se relacionan con el texto de las páginas entre las que aparecen. Cuando abro, por ejemplo, el Diccionario manual e ilustrado de la lengua española y encuentro una fotografía de Marcel Proust entre las dos páginas en que aparece la entrada «magdalena», sonrío al imaginar la sorpresa de quien hojee el diccionario y descubra la conexión.
Los libros también guardan memoria de sus dueños, de sus lectores. Lo hacen cuando abrimos uno leído años atrás y recordamos con viveza las circunstancias de su lectura, el lugar y los días en que lo hicimos, sin que entonces anotáramos la fecha y el lugar en que lo compramos. De alguna manera, material o inmaterial, el lector permanece en el libro. A veces basta sacarlo del estante y hojearlo para encontrarnos con nosotros mismos, con el lector –con la persona– que éramos. La biografía de un lector está en su biblioteca, en esos marcapáginas voluntarios o involuntarios, en las esquinas dobladas, en el orden de los estantes y en el trato que da a esas criaturas vivas que son los libros.
Está también en los subrayados y en las anotaciones de los márgenes. Nunca he sido partidario de subrayar ni de garabatear en los márgenes de los libros. Lo hice de joven, de estudiante, y me di cuenta enseguida de que aquello era lastrar las lecturas venideras, mías o de otro lector, porque no siempre usa uno el subrayado con el mismo fin. Ahora, como mucho, y a lápiz para poder borrar, destaco unas líneas con un punto en el margen o anoto el significado de una palabra. Tampoco abuso de los pósits de colores.
La coexistencia de subrayados y marcapáginas en un mismo libro conforma una especie de palimpsesto polimórfico que recoge sucesivas lecturas. Lo he comprobado esta misma tarde con el libro de las Odas del poeta Horacio, en el que he encontrado, además de subrayados a lápiz, una hoja seca, un marcapáginas de imprenta promocionando una obra, una pulsera de tela y una hoja impresa con publicidad de la editorial que publica el libro del poeta latino.
De los destacados a lápiz ha salido éste al azar del hojeo: la exhortación a una tal Leucónoe para que disfrute el momento y no piense cuándo la parca Átropo cortará el hilo de su existencia o la de su amigo el poeta:
No preguntes, Leucónoe, para cuándo
fijaron los dioses tu muerte o la mía,
ni atiendas a las cábalas de Oriente:
sacrilegio es saber.
El segundo marcador es una hoja seca preciosa, color púrpura, con las nerviaciones rosadas, de apenas cinco centímetros, acabada en finísima punta, hoja primeriza quizá, primaveral, de un ciruelo de jardín, depositada entre las páginas 34-35 para destacar un poema báquico dedicado por el poeta a su amigo Varo, instándole a que cultive un viñedo y beba moderadamente, para aliviar las penas del vivir, porque a los abstemios Baco sólo les envía disgustos y cabreos:
Un dios ha destinado a los abstemios
sólo enojos, y hay un camino sólo
para desvanecer la angustia
que nos muerde.
Entre las páginas 62-63, la editora de las odas horacianas publicita sus colecciones de clásicos: serie griega, serie latina, volúmenes aparecidos y en preparación. En la oda que me interesa, dirigida por el poeta a su amigo Delio, lo anima a no caer en el abatimiento en los momentos difíciles y a no “venirse arriba” en los de alegría, porque un mismo fin nos espera todos:
Conserva un espíritu sereno
en las dificultades, y, si la suerte te sonríe,
huye de una alegría insolente,
Delio, que has de morir,
tanto si viviste en la tristeza
como si, acostado sobre la hierba,
te hace feliz un añejo falerno
en los días de fiesta.
En la oda número 6 del Libro Segundo el poeta declara el deseo de pasar sus últimos años en la ciudad de Tívoli, al norte de Roma, y si no es posible allí, lo sea a orillas del río Galeso, en Tarento, donde en largas primaveras y suaves inviernos pacen lanudas ovejas, las abejas fabrican la miel más exquisita, los olivos el mejor aceite de Roma y las vides un vino que en nada envidia al falerno. El poema comienza con unos versos en que el poeta afirma la lealtad de su amigo Septimio, que no dudaría en acompañarlo a los más lejanos y salvajes territorios. Se nombra en ellos la ciudad de Cádiz y marca la página una cinta de tela de un centímetro de ancho, blanca por un lado, azul por otro, con los símbolos –un ancla, un atún– y el nombre de Zahara de los Atunes – blancos por un lado, azules por otro–, a orillas del atlántico océano, lugar placentero donde no estaría mal despedirse –despedirme– de este mundo:
Y si el rigor de las Parcas me prohíbe
este lugar, buscaré el agua del dulce Galeso
con sus peludas ovejas, y los campos
donde reinó el laconio Falante…
Las páginas 72-73 están señaladas por el marcapáginas de una editorial –Utopía Libros–, que promociona un nuevo libro de poesía; en la página 73 aparece la oda dirigida al amigo Licinio, exhortándole a evitar peligros innecesarios, a mantener la esperanza ante las adversidades y a no dejarse llevar por el exceso de optimismo. Los versos marcados formulan el tópico filosófico de la aurea mediocritas:
Quien elige la dorada medianía
está a salvo. Su casa no está sucia
ni se tambalea. Nadie envidia
su palacio. Cuanto más alto el pino,
más lo agitan los vientos: las torres elevadas
son las que caen con mayor estruendo.
En estos versos de las odas de Horacio no está solamente su espíritu, su actitud ante la vida y la muerte, su no dejarse avasallar por el exceso de optimismo o de pesimismo, su deseo de no destacar ni por arriba ni por abajo. A mi manera, con mis subrayados a lápiz, con mis marcadores –mis guiños a la posteridad–, también aparecen ciertos rasgos de mi carácter, de mi espíritu, bellamente expresados en una lengua que llaman muerta porque no se habla pero viva para mí, que la leo y la siento bullir en estos versos. Algún día futuro, cuando yo no esté aquí y mis hijos, mis nietas o mis sobrinos abran este libro, encontrarán a Horacio, pero también una parte de mí.
Ahí me tenéis en letra y en espíritu.


No hay comentarios:
Publicar un comentario