domingo, 4 de octubre de 2026

El bacilo de Koch


 (Apuntes sobre una novela)

Navacerrada, sábado 11–8–73

       Recibe, Matilde, mi saludo cariñoso desde este bonito pero aburridísimo rincón. Ya está bien de reposo, pero no sé por qué me parece que este verano no voy a poder [ilegible] a mi querida Laura. Allá veremos. Ya sé que estás muy ocupada con tu casita de S. Andrés y la otra, ¿qué has hecho con ella?
       Por aquí muy bien, pero estoy ya de verano hasta la cabeza.
      Fue una pena la pérdida de mi Pemán coruñesa. Saludos a Maruja y para ti un abrazo.
      Tu amiga Elisa

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      Estábamos en la escuela una mañana cualquiera. Alguien avisaba y el maestro nos hacía salir en fila hacia el lugar donde nos esperaban los auxiliares. La vacuna de la tuberculosis era un pinchazo en la parte superior trasera del brazo que dejaba de por vida una cicatriz redondeada. No era raro ver en el dispensario llantos, berridos e intentos de zafarse de los brazos de los practicantes o de las madres para evitar el pinchazo. La verdad es que no dolía, pero le temíamos a las agujas. Así aprendimos nuestras primeras nociones de inmunología, supimos del señor Koch y del bacilo en forma de bastoncillo que causaba la tuberculosis, que hasta entonces no sabíamos si era la misma enfermedad que la tisis.

      La tuberculosis estaba entonces –primeros años 60– en retirada, pero seguía siendo un mal mortal. En Córdoba, en plena sierra, visible desde muchos puntos de la ciudad, se levantaba el sanatorio de Los Morales, cuyo solo nombre ya ensombrecía el ánimo de niños y mayores.

      No sé de dónde viene la imagen literaria, romántica, de la tuberculosis como un mal elegante, propio de seres espirituales con extrema palidez y estéticas chapetas, consumidos e insomnes, entregados a sus sueños y a sus amores imposibles, ni si existió en el XIX aquella moda, sustentada al parecer por el poeta Byron, de beber vinagre para lograr el aspecto frágil, demacrado y de ojos brillantes –por la fiebre– de los verdaderamente enfermos.

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      De estos últimos trata precisamente Pabellón de reposo, la segunda novela de C. J. Cela. Publicada por entregas en el semanario El Español, entre el 13 marzo y el 21 de agosto de 1943, y como libro al año siguiente, la novela presenta la vida de varios enfermos de tuberculosis durante el verano en un sanatorio. Dejando a un lado la monumental montaña mágica de Thomas Mann, el referente más cercano que se me ocurre es el cuento «El dúo de la tos», de Leopoldo Alas, «Clarín», algunos de cuyos elementos asoman claramente en la novela de Cela: la manera de llamar a los personajes (por el número de la habitación que ocupan); la alternancia de voces narrativas (los personajes, el autor); el aislamiento del mundo (un hotel en la costa, un sanatorio en la sierra); el desenlace.

      La génesis de la novela parece estar en las dos estancias de Cela en sanatorios antituberculosos en la sierra de Madrid, una en 1931, a los 15 años, en Guadarrama, otra en 1942, en Hoyo de Manzanares.

      La estructura narrativa de Pabellón de reposo está bien construida: dos partes de siete capítulos cada una, más un intermedio entre la primera y la segunda parte, con un epílogo al final de ésta. Como novedad técnica aparecen siete voces narrativas (4 hombre y 3 mujeres) –un joven de 32 años, con título universitario, algo poeta, iluso y con pánico a la muerte; la señorita del 37, una mujer hermosa, romántica, que llora por las noches, optimista respecto a la enfermedad, que teme a la soledad; un propietario rural, soltero, que recuerda con nostalgia su infancia y juventud, amante de los clásicos, a quien le gusta la señorita del 40 pero ha sido rechazado por ella; la señorita del 40, recién ingresada en el sanatorio, guapa, amante de afeites y cosméticos, de aspecto angelical y voz suave pero con una tos terrible, tiene sueños extraños y pesadillas, y echa de menos el alterne, la vida nocturna de la capital; un enamorado abrumador que resulta empalagoso y cansino, parece salido de un serial radiofónica o de una novelilla amorosa; la señorita del 103, que mantuvo relación con un joven marino ya muerto; un banquero que dirige su oficina desde la habitación del sanatorio mediante cartas de negocios y personales a su hombre de confianza–, siete voces, decía, a razón de dos intervenciones, una en la primera parte, otra en la segunda, en el mismo orden. A esta multiplicidad de voces debemos añadir la del autor, que aparece en el intermedio y en el epílogo e irrumpe inesperadamente en los capítulos 4 y 6 de la segunda parte para precisar algún dato sobre un personaje o para mostrarnos, en un ejercicio de metaliteratura, su decidida voluntad de que la novela, que entonces estaba apareciendo por entregas, se publicara hasta el final.

      Tal riqueza de perspectivas se completa con la variedad de discursos, con la multiplicidad de tipos textuales: cartas, diarios, recuerdos de infancia y juventud, monólogos, consideraciones sobre la enfermedad y sobre la muerte, observaciones sobre la vida del sanatorio, sobre el paisaje, presentes de principio a fin de la novela. No obstante estas posibilidades técnicas –narración coral, multiplicidad de voces, variedad de géneros géneros textuales– y en una primera lectura, no acierta Cela a distinguir estilísticamente con nitidez la singularidad de cada una de estas voces, creando en ocasiones dudas en el lector sobre qué voz estamos escuchando en cada momento.

      Desde el momento en que el enfermo ingresa, el sanatorio se convierte en una especie de presidio, de establecimiento carcelario, de campo de prisioneros, donde los enfermos son despojados inmediatamente de su identidad en el mundo de fuera: pierden su nombre (el pobre muchacho del 14; la pobre 37, ¡con lo mona que es!; el pobre 52 es hermoso, como una hortensia moribunda) su historia personal (Mi juventud quedó en aquel salón, afirma la señorita del 40 al recordar su primer vómito de sangre en una sala de baile), su condición, su papel en la sociedad, y se igualan por la la enfermedad y el aislamiento del resto de la sociedad.

      Afirma Raquel Velázquez1 que en Pabellón de reposo Cela «opta por una representación tamizada de la realidad» en un intento, creo, de suavizar el gusto del autor por el tremendismo (exageración de los aspectos más crudos de la realidad) como se comprueba en La familia de Pascual Duarte, su primera novela. Pero sin que haya regodeo en lo desagradable, no dejan de aparecer en la novela detalles sobre los daños y estragos físicos de la enfermedad: hemoptisis, escupitajos sanguinolentos, pulmones encharcados, toses terribles, drenajes, plastias, fiebres, pérdida alarmante de peso, palidez extrema y chapetas, disneas, punciones, insomnios, pulsaciones, velocidad de sedimentación...

      La historia de estos siete enfermos puede quedarse ahí, entendiendo Pabellón de reposo como un ejemplo más de literatura sanatorial, de escritura patográfica, de novela que cuenta cómo la enfermedad asedia a los personajes. O podemos ir más allá del ejemplo de novela testimonial y considerar que la enfermedad presente en el libro es un símbolo, la imagen del mundo hostil y despiadado al que hemos de enfrentarnos evitando sus múltiples asechanzas. Otra posibilidad interpretativa, aunque Cela en estos años era hombre del régimen, es la de identificar el mal con la terrible España franquista nacida de la guerra civil, una España prisión para muchos, o durísimo campo de trabajo, un país aislado del resto del mundo donde se contaban por miles los españoles y españolas perseguidos, represaliados y condenados.

      Pabellón de reposo es una novela sentimental, un relato amoroso, bien por las relaciones afectivas que se establecen entre los enfermos, bien porque esas relaciones sentimentales existían fuera, antes de contraer la enfermedad y se han visto interrumpidas por ella. Cada narrador lleva consigo una historia de amor o desamor: el que tiene una querida, el rechazado, la señorita que tiene novio pero ama a otro, el amador empalagoso, el marinero enamorado…

      La muerte, presente en el pensamiento de todos los enfermos, es la gran protagonista de la obra. No queda otra que aceptar ese hecho con serena resignación, pues que así lo ha dispuesto Dios –“Existe Dios, amada mía, pero no está de nuestra parte”–, lo que no impide que se rebelen ante su fatal destino –“Esto es desesperante, Dios mío, ¿por qué no os dignáis darme un ápice de lo que a manos llenas derramáis sobre la Humanidad?–, y suplique por la liberación de los padecimientos de la enfermedad.

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      El ejemplar de Pabellón de reposo que acabo de leer lleva pegado en la página de cortesía el resguardo matriz de la librería papelería Arenas, de La Coruña, sita entonces en Cantón Grande, 21. Entre las páginas del libro, comprado en El Rastro madrileño, venía una tarjeta postal con una vista general de Navacerrada que calculo de los sesenta. La imagen, tomada en un día luminoso de sol y nubes blancas, con nieve en las alturas, deja ver un pequeño caserío que ahora supongo mucho más abigarrado de chalets, hoteles, residencias y hospitales. Antes de mirar el reverso de la postal, fantaseé la posibilidad de que apareciera una relación directa con el libro de Cela: un paciente tuberculoso que pasa el verano en este pueblo serrano de aire puro, fresco y sanador; o una mujer gallega que regresa al sanatorio, ahora hotel, en que se recuperó de la enfermedad. En fin, imaginaciones y también algunas preguntas.

      Cómo ha llegado este ejemplar a mis manos es ocasión de curiosidad. Este volumen pertenece a la quinta edición, aparecida en noviembre de 1971. Presumo que la propietaria, o al menos la última lectora, es la destinataria de la postal, Matilde Debén, vecina de La Coruña, pero tengo dudas sobre las fechas en que leyó la novela de Cela y el momento en que depositó en el interior del libro la tarjeta que su amiga Elisa le envió desde Navacerrada el 11 de agosto de 1973. ¿Qué ocurrió después? ¿Qué camino siguió el libro hasta el domingo en que lo encontré en El Rastro? ¿Quién y dónde y por qué lo vendió a un rastrero? ¿Por qué viajó el libro desde La Coruña a Madrid? ¿Por qué esa tarjeta postal en ese libro precisamente? ¿Por qué Navacerrada, en la sierra madrileña, donde había más de un sanatorio para enfermos de tuberculosis? ¿Por qué la remitente habla de «reposo» en una postal guardada entre las páginas de un libro que se titula Pabellón de reposo y trata sobre enfermos tuberculosos? ¿Quién era la remitente? ¿Y Maruja? ¿Quién se esconde bajo el apelativo de la “Pemán coruñesa”?

      Sobre una Matilde Debén Galán he podido averiguar que nació en La Coruña en 1943 y murió con 72 años, el 12 de noviembre de 2015. Si es la misma persona, en 1973, cuando recibió la postal de su amiga Elisa, tenía 30 años.

      Podría haber aquí una novela que respondiera a todas esas preguntas, que nos contara la historia de estas mujeres y nos aclarara las causas de ese “reposo” veraniego en Navacerrada, cuarenta años después del verano en que transcurre la obra de Cela. Una novela sentimental femenina de intriga, con venganza y asesinato, y un detective psicológicamente...


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1  Raquel Vázquez Vázquez, «Pabellón de reposo, de C. J. Cela, a la luz de las reflexiones sobre el papel de las narrativas patográficas en la curación del enfermo de tuberculosis», RILCE 34.2 (2018): 846-67.