jueves, 5 de noviembre de 2026

Renuncia y compromiso: Henry Miller, "Trópico de Cáncer"


Cuando lo saqué del estante dudé si lo había leído treinta años atrás, pero sólo necesité las primeras páginas para asegurar que no lo había hecho, porque esa manera de contar, ese lenguaje desinhibido, esos personajes y la ciudad en que viven, París, habrían dejado alguna huella –el nombre de una calle, de una plaza, de un café–, alguna escena o recuerdo imborrable. No creo que alguien que lea este libro olvide que lo ha hecho. Me refiero a la primera novela del estadounidense Henry Miller, Trópico de Cáncer, publicada en 1934.


Sorprende la naturalidad estructural, la nada artificiosa disposición del material narrativo en fragmentos de varia extensión separados entre sí por espacios en blanco. Ni partes, ni capítulos, ni numeración siquiera: discurso ininterrumpido, sucesión de fragmentos ensartados por la voz del protagonista-narrador. No estamos ante un ajustado mecanismo de relojería, como se dice de algunas novelas en que todo sigue un orden y tiene un encaje perfecto. En su desarrollo, Trópico de Cáncer representa lo aleatorio de la vida de la mayoría de nosotros, por no olvidar que hay vidas diseñadas minuciosamente por sus protagonistas mismos o por quienes los manejan como títeres. La disposición fragmentaria de la novela, además de imitación de la existencia –un día detrás de otro, con sus rutinas y sus imprevistos–, es una reivindicación de la libertad narrativa y, en última instancia, de la libertad individual.



Solamente las buenas novelas que se atreven a internarse en territorios no esperados se convierten en hitos, en obras de referencia respecto a la progresión del arte narrativo, como ocurrió con el Quijote y las novelas de caballerías. La innovación en el género pasa por el conocimiento y absorción de la tradición y, posteriormente, por la ruptura con los elementos tradicionales y por el salto al vacío, a lo narrativamente inexplorado. Así funciona la literatura –y el resto de las artes–, por eso no se agota, como prueba el hecho de que por muchas veces que se haya anunciado la muerte de la novela, siempre hay una vez más en que ésta resucita. Si la novela –el arte– no se reinventa, desaparece. Por repetición. Por falta de creatividad. O rinnovarsi o perire.



Trópico de Cáncer es novela de protagonista –el narrador–, pero también obra coral por la multitud de personajes que encontramos en sus páginas. Unos son amigos, conocidos o saludados del protagonista: Van Norden (No estoy de acuerdo, por ejemplo, afirma el narrador, en que sea un filósofo ni un pensador. Es un putero y nada más. Nunca será un escritor); el trolero de Carl y el marinero Collins; el discípulo de Gandhi, el compasivo Fillmore, que cede al narrador una cama en su apartamento y cada mañana le deja en la almohada 10 francos para sus gastos; el gran Boris. Otros son personajes puramente ambientales: clochards y desharrapados que habitan las orillas del Sena, las plazas y los atrios de las iglesias, parroquianos de bistrós, chulos, asiduos de las terrazas de los cafés, los bailes y los cabarets, parisinos del común en avenidas, bulevares y mercados de barrio…



En ese ambiente de hoteles baratos y habitaciones infectas llenas de chinches y que huelen a semen, de inmundos retretes comunales, de sábanas sucias y polvos a gogó, con gonorreas y purgaciones, se mueven el protagonista y sus amigos, que practican un machismo degradante con las prostitutas –de unas conocemos el nombre (Irene, Tania, Llona, Germaine, Ginette), de otras ni siquiera–, a las que tratan cruelmente como simples objetos de placer:

–Oye, ¿sabes lo que hice después? Le eché un polvo rápido y después le volví la espalda. Sí señor; cogí un libro y me puse a leer. De un libro puedes sacar algo, hasta de un libro malo… pero un coño es pura y simplemente una pérdida de tiempo.

Hacia el final de la novela, el protagonista visita en uno de aquellos hoteles a su amigo Carl :

Salió a la puerta completamente desnudo. Era la noche que libraba y, como de costumbre, tenía una gachí en la cama. «No te preocupes por ella –dice–, está dormida. Si necesitas echar un polvo, ya sabes. No está mal.» Levanta las sábanas para enseñármela.



Ninguno de los personajes frecuentados por el protagonista es un artista consagrado ni lo llegará a ser. Son pobres diablos, artistas sin obra, o simplemente impostores, que de vez en cuando trabajan como correctores de pruebas en un periódico, traductores o plagiarios de artículos sobre viajes, y viven la bohemia más miserable convirtiéndose en especialistas en el sableo, en dormir, comer y beber de gorra.



El lenguaje de Miller resultará desgarrado, malsonante o soez para morales puritanas o lectores prejuiciados convencidos de que lo sucio nada hermoso puede engendrar, pero es el lenguaje natural, propio, del ambiente en que se mueven los personajes, y resulta más cercano a la realidad que el de muchas de las novelas publicadas en su tiempo.



Por la crudeza de algunas visiones y reflexiones sobre el sexo femenino, por la singular visión del mundo que atestiguan los monólogos del protagonista o los diálogos con otros personajes, por el retrato descarnado de esa bohemia pobre que vive al margen, por el lenguaje empleado, Trópico de Cáncer llegó a los tribunales de justicia y fue prohibida por obscenidad en Inglaterra y en Estados Unidos, que tardaron 30 años en anular la sentencia condenatoria. La primera edición en España se publicó en el inicio de la transición a la democracia, en 1977.



No dudo que en el atrevimiento de Henry Miller subyace una intención no declarada de épater les bourgeois, de descolocar al lector, de conmocionar conciencias biempensantes e irritar a lectores escrupulosos, en definitiva, de ofender las convenciones y el gusto establecido, mediante la creación de un mundo sórdido y la mostración de actitudes y valores escandalosos. En este sentido, puede considerarse Trópico de Cáncer una novela tremendista, que se complace en los aspectos más desagradables de la realidad a través de unos antihéroes éticamente sucios. Es la manera en que el novelista muestra su radical inconformidad con un sistema que busca la aniquilación, la anulación, del individuo. En palabras de Vargas Llosa, la novela de Henry Miller refleja «la moral de un anarquista romántico en rebelión contra la sociedad industrializada y moderna, en la que vislumbra una amenaza para la soberanía individual».



George Orwell, en su ensayo Dentro de la ballena, después de rememorar el episodio de Jonás y el gran pez, considera que Miller, defensor exacerbado del individualismo, prefirió permanecer en el vientre de la ballena, barrera defensiva, útero protector, a salvo de la realidad histórica de su tiempo, decisión que se interpreta como inacción ante los totalitarismos, en plena expansión durante la década de los años 30, que conducirán a la II Guerra Mundial. La pasividad, el aislamiento en la burbuja, es una claudicación, la aceptación «no de una época de expansión y libertad, sino de una época de miedo, tiranía y regimentación. Decir “acepto” en una época como la nuestra –continúa Orwell– es aceptar campos de concentración y porras de goma. Hitler, Stalin, bombas, aviones, comida enlatada, ametralladoras, golpes de estado, purgas, eslóganes, cinturones Bedaux, máscaras antigás, submarinos espías, provocadores, censura de prensa, prisiones secretas, aspirinas, películas de Hollywood y asesinatos políticos».

Estremece comprobar la semejanza entre los años 30 del siglo XX y estos años 20 del siglo XXI. En cien años, vuelta a las andadas.