miércoles, 22 de julio de 2026

Mala gente

Por ESTHER CORTÉS BUENO 


Hay un tipo de gente que se asienta sobre su propia contradicción, consciente y creadora de su propia incoherencia. Me refiero, por ejemplo, a esos extremistas conservadores que querrían expulsar del país a todo aquel que no sea “de toda la vida”, cuando buena parte de ellos, al ser de ascendencia extranjera, no cumplen con su propia premisa. Son gente que, sin pudor, se alzan desde un púlpito, predicando sin dar ejemplo, con el objetivo de expandir su palabra hasta convertirla en verdad y ley suprema. Y de tanto repicar, el ruido queda, como decía en “El origen azaroso de vox”.

Otro claro ejemplo es el del movimiento tradwife. Esposas que deciden vivir en y para el matrimonio. Ocupan sus veinticuatro horas —dicen las creadoras de contenido cavernario— cuidando de su marido-insignia, transformando la casa en oasis donde el suertudo será agasajado y escuchado una vez acabe su jornada laboral. En la vida social, se apartarán a un segundo plano discreto y apoyarán la carrera profesional del esposo-abastecedor. Tanto es su afán de sumisión, que este grupo de esposas tradicionales propone renunciar a su derecho al voto. El esposo-pensante es quien entiende el mundo que hay más allá del hogar, por tanto, en él delegan esa responsabilidad ciudadana. No solo es una decisión personal, sino que proponen extenderla a cualquier país democrático. Consistiría en convertir lo que hoy por hoy es el voto personal e intransferible en un voto familiar: una familia, un voto. Ellos son voz y voto; ellas, orgullosas esposas, confiadas en esos esposos-proveedores que saldrán por la mañana a la selva y volverán cuando se ponga el sol con todo lo que una buena familia, a poder ser cristiana y blanca —convalidable por familia adinerada— necesita para su sostén. Pero estas entregadas esposas son esas mismas mujeres que no predican con el ejemplo, que facturan por sustanciosos programas exhibicionistas y exhibidos en redes sociales en los que explican o presumen de cuanto hacen para convertirse en las perfectas casadas. No son esposas discretas y anónimas, como deberían ser según sus propios principios. Luego, esa falta de pudor convierte su entrega (o heroicidad de esposa tradicional) en prostitución: vender su sagrado matrimonio con el que contribuyen, mediante pingües beneficios, a la economía familiar.

No son hogares, sino escaparates de ideas retrógradas con apariencia de inocente negocio de un producto de consumo retro más. Incluso aunque fuera un negocio inocuo, es incoherente. Su actividad remunerada en redes deja en entredicho esos ideales tradicionales: ellas suplantan al marido-proveedor. Mujeres vestidas con almidonados delantales dando su opinión personal en público, pero ¿dónde está la discreción y el retirarse a un segundo plano? ¿Qué será lo próximo que pidan? ¿Votar? Mujeres que hablan de sus maridos-cabeza de familia, ausentes en la pantalla, no sabemos si porque no existen o si porque son como los chulos de putas, solo aparecen para recoger la recaudación. No lo sabemos. Ellas no nos aclaran dónde acaban las ganancias de su actividad económica.

No se trata de un grupo extravagante y vacío de contenido, sino de un movimiento que pretende idealizar un pasado mejor que justificaría recuperarlo para solucionar este presente en el que todo —según su visión sesgada— son problemas, estrés y rupturas matrimoniales. Las tradwives recrean un pasado que, como suele ocurrir cuando el locutor es un farsante, han inventado y transformado en un cuento de hadas de esos de había una vez en un reino muy lejano esposas felices esperando la llegada de su esposo-salvador. De ese pasado que nunca ocurrió en el que la perfecta casada veneraba a su hombre y su hombre era un personaje plano, como quieren que seamos nosotras y ellos.

Mujeres y hombres planos, hechos en serie. En serie para trabajar, votar y obedecer. Y si con estas patrañas de hadas no es suficiente para inocularnos su veneno, nos hipnotizan con historias para no dormir. Para muestra, un botón. En este caso, un botón brillante: ¿qué le puede pasar a una esposa ambiciosa e independiente cuando tiene todo lo que una mujer-de-verdad debe desear? Pues miren el caso de Begoña Gómez. De haber sido una esposa tradicional, mejor una Tradwife, que es más in y su significado queda oculto tras el sueño americano, nadie la habría acosado, ni juez por oposición, ni juez por la gracia de dios, ni prensa ni nada, ya habrían arremetido sólo contra el marido, que para eso es ella una mujer casada.


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