Ante la convocatoria de nuevas elecciones generales, la supuesta polarización del país y el avance de la ultraderecha, me pregunto qué le importa, más o menos, a mis compatriotas cuando depositan su voto en la urna, si es que deciden votar.
Una de las cosas que debería importar en este primer cuarto de siglo es la proliferación de formaciones neonazis y neofascistas, con su ultranacionalismo y su comitiva de violencia, de persecución del diferente, del disidente, de su amor por la censura, por los uniformes, por la jerarquía militar y por la consagración de la guerra como política de estado.
No debe importarnos un rábano ver escuadrillas de energúmenos y energúmenas con las caras desencajadas vomitando insultos, odio y mentiras contra quienes no somos de su cuerda. Algo se ha hecho mal desde el 75 para que cincuenta años después vuelvan a verse uniformes falangistas, a oírse el «Cara al sol», a soportar los brazos en alto, a rezarse rosarios en las calles. Como si hubiéramos vuelto a mi infancia: banderas carlistas, boinas rojas, camisas azules, saludos fascistas, cánticos marciales y la Iglesia turiferando. Demasiado corto el ciclo. Demasiado pronto la misma historia.
Una vez muerto Franco –yo tenía entonces 19 años, estudiaba Filología Hispánica– empezaron a abrirse puertas y ventanas para que se desvaneciera, lo primero, el ambiente corrupto de la larga e inhumana agonía del dictador. Aire, aire, que corriera el aire. De redención. De libertad. De esperanza. Que corriera. Libres como el viento los españoles…
Pero pronto (1978-1979) vino el desencanto de una parte, el sentimiento de insatisfacción al comprobar que instituciones y políticos que habían sostenido la dictadura, no sólo no desaparecían de la escena pública sino que abanderaban el proceso de democratización, impidiendo la ruptura radical con el franquismo, rechazando la posibilidad de que se restituyera el sistema republicano y aceptando en cambio sin rechistar la monarquía borbona propuesta por el dictador. Atado y bien atado. Se aireaba el miedo a otra guerra civil, el desastre de una crisis económica, el fantasma de las revueltas y la violencia callejera. Por si fuera poco, ETA poli, ETA mili, GRAPO, Terra Lliure, FRAP. Fechas convulsas aquellas.
En ese ambiente de entusiasmo y decepción, de consenso y terrorismo, de construcción de una nueva cultura política y de galopante paro juvenil –más tarde llegaría la feroz reconversión–, en un país que avanzaba hacia Europa pero desmantelaba su industria pesada y agraria, en aquellos días optimistas y abrumadores, surge la figura del «pasota», del indiferente ante las cuestiones que importan o se debaten en la vida social, según leemos en el diccionario de la RAE. El pasota era un despreocupado, un desganado, un dejado, un egoísta socialmente pasivo. Pasaba de todo. Iba a su bola. Julio Caro Baroja1 lo caracterizaba como «joven, de uno u otro sexo y anarquizante… carece de fe, hace alarde de que nada le importa, si no es su pequeño vibrar orgánico, cotidiano». El pasota, por lo general, estaba socialmente estigmatizado e identificado con el consumo de drogas, por lo que se lo nominaba también fumeta, porrero o drogota. El pasota no era necesariamente un drogadicto. Cierto que muchos fumaban porros, pero no hasta el extremo de andar colocados en todo momento y lugar. Muchos de aquellos pasotas estudiaban o trabajaban. El de los pasotas era como un sindicato vertical, los había hijos de buena y rica familia que vivían en el centro de Córdoba o en chalets de El Brillante, de la clase media de Ciudad Jardín, La Magdalena, El Realejo, Cañero o el Campo de la Verdad, y de barrios al margen como el Sector Sur o Las Margaritas. Los había en paro total, sin ganas ni perspectivas, pero también carpinteros, mecánicos, artesanos, agentes comerciales, libreros, contables, impresores, repartidores, camareros, periodistas, profesores, médicos, peritos, músicos que entonces estábamos estudiando, preparando oposiciones, comenzando nuestras carreras profesionales, y coincidíamos en conciertos, en bares, en movidas diversas, pero al día siguiente, o después del fin de semana, acudíamos puntualmente a nuestros trabajos. En ese ambiente de fiesta y pasote –colocón– colectivo, recuerdo aquellos versos del grupo «Mezquita» a un ritmo endiablado: Miles de desesperados / viven bajo el mismo sol. / Se lanzaron a la calle / a buscar su solución./ Le compraron a su moro, / se pusieron bien de alcohol. / Cuando estuvieron moraos / pasaban tós ya de tó. Nos divertíamos como jóvenes que éramos, pero no todos pasábamos de todo. Asistíamos a mítines, unos militaban en asociaciones y partidos de izquierda, otros, compañeros de viaje, votaban, con tendencia a la izquierda, cuando llegaban elecciones, y quiero pensar que con nuestra participación contribuimos a asentar la democracia. Lo que no ocurrió fue que en las elecciones generales de 1979 y de 1982, los jóvenes, por desencantados con el sistema, nos decidiéramos en las urnas por la opciones de extrema derecha.
Cincuenta años después de aquellas elecciones tras la muerte de Franco, la actitud de los jóvenes se ha transformado. Las encuestas de estos días muestran que más de un 25 % de los jóvenes de 18-24 años declara su intención de votar por la ultraderecha. No debemos pasar de ese dato. Deben importarnos esos discursos de odio viralizados en las redes sociales. Que el gobierno de nuestro país asuma y practique principios neofascistas. Debe importarnos que se expulse a los inmigrantes. Que se eliminen fondos para la sanidad y la educación públicas. Que la vivienda sea un privilegio, y un negocio, de los más ricos y no un derecho de todos. Que se tergiverse la historia y se instale el discurso de la posverdad… Debe importarnos...
Qué va, tío, yo no paso de todo.
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1 Julio Caro Baroja, «Del pococurantismo al pasotismo», El País, 29 mayo 1979.
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