«Se crea un cuerpo especial de fuerza armada de infantería y caballería, bajo la dependencia del Ministerio de la Gobernación de la Península, y con la denominación de Guardias civiles». Así reza el artículo 1 del Real Decreto por el que se crea la Guardia Civil, publicado en la Gaceta de Madrid el domingo 31 de marzo de 1844, firmado por Luis González Bravo, Presidente del Consejo de Ministros; Luis Mayans, ministro de Gracia y Justicia; Manuel de Mazarredo, ministro de la Guerra; Filiberto Portillo, titular de Marina, Comercio y Ultramar; Juan José García Carrasco, encargado de Hacienda, y el marqués de Peñaflorida, responsable de Gobernación.
El nuevo cuerpo armado se acoge a la disciplina y a la justicia militar, y cumplirá un servicio público que ni el ejército ni la Milicia Nacional podían garantizar en ese momento, como era la «protección de las personas y de las propiedades, fuera y dentro de las poblaciones», en una nación necesitada de orden y seguridad «por efecto de sus guerras y disturbios civiles».
El encargado de organizar la nueva institución armada es un pamplonés de 41 años, don Francisco Javier Girón de las Casas y Enrile, II duque de Ahumada y V marqués de las Amarillas, con pedigrí nobiliario y militar por los cuatro costados, que había ingresado en el ejército a los 12 años. Defensor de la monarquía absolutista, luchó a las órdenes del general Narváez en la primera guerra carlista, tras la que alcanza el rango de mariscal de campo. En abril de 1844, González Bravo le asigna la tarea de crear y formar el nuevo cuerpo armado para la seguridad pública.
En sucesivos decretos y ordenanzas salidas con celeridad del despacho del duque, se establece la organización de la benemérita institución, su distribución geográfica, los uniformes, los haberes, el código disciplinario, la vivienda, los requisitos para el ingreso y el espíritu del Cuerpo. Para la instrucción de la tropa se habilitaron instalaciones del ejército en Leganés, para la infantería, y en Vicálvaro para la caballería. Sólo cuatro meses, de abril a julio, bastaron para tener a punto el primer grupo de guardias civiles, que formó ante el duque más allá de la Puerta de Atocha, el 4 de agosto. Para esas fechas, don francisco Javier Girón había sido nombrado Director General del Cuerpo, integrado entonces por 688 hombres de infantería, 320 de caballería y 40 oficiales y suboficiales. A primeros de octubre, el número había aumentado considerablemente: 1795 hombres de a pie, 406 a caballo, 78 mandos.
La primera aparición pública de los guardias civiles tuvo lugar en Madrid el 10 de octubre de 1844, fecha en que se celebraba el 14 cumpleaños de la reina Isabel II y la solemne apertura de las Cortes. Aquel día, memorable en la historia del Cuerpo, desfiló por las calles de la capital el primer Tercio, el de Madrid y provincia, integrado por 5 compañías de infantería (693 hombres), 2 escuadrones de caballería (236 hombres a caballo), más oficiales y suboficiales, que llamaron la atención “por su marcialidad, escogido personal, buena instrucción y vistoso uniforme” (Quevedo, Sidro, 577). En su tesis doctoral (Eduardo Martínez Viqueira, La definición de un modelo de liderazgo en la etapa fundacional de la Guardia Civil. Trabajo defendido en 2019 en la Universidad Complutense), Eduardo Martínez Viqueira aporta otro testimonio sobre aquel lucido desfile: «El tostado rostro de aquellos veteranos, recién salidos de la guerra civil [la primera guerra carlista], su guerrero continente y gallarda estatura, eran objeto de las miradas del público, lo mismo que la alzada y anchura de los soberbios caballos. Este conjunto agradable influyó mucho en el ánimo del público para borrar la desfavorable impresión que el primer decreto había causado».
Qué subidón imaginar un Zarco en aquella memorable fecha, en tamaña exhibición de gallardía y de espíritu marcial, entre el ruido acompasado de los cascos de las caballerías, las músicas militares y lo vistoso de los uniformes, de los tricornios, el brillo de los sables, el cornetín de órdenes. Más la carroza real y los alabarderos que la acompañan, los diputados –la sede provisional del Congreso era entonces el salón de baile del Teatro Real–, haciendo el recibimiento, el gentío madrileño dando vivas a la reina y a la flamante guardia civil, en un ambiente solemne y festivo, que hace pensar en la famosa «Marcha triunfal» de Rubén Darío:
«¡Ya viene el cortejo!¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines».
Imagino la emoción de un Zarco alfa, el primero de la familia en llevar el benemérito uniforme, un Zarco que nació con Napoleón vivo en Santa Elena, y con el felón y feroz represor de la libertad, el excusable Fernando VII; que quizá viera, o entreviera al paso marcial, aquella mañana del 10 de octubre de 1844, desde la bajura de un guardia civil de infantería, o desde la altura de su caballería, a la reina adolescente de la nación –oh país del absurdo– manipulada por unos y por otros, obligada poco después a casarse con un hombre gay. Qué orgullo de prosapia. La de los Zarcos, digo.
Fantasear con un Zarco en aquella jornada histórica hace nacer en mí, más que orgullo, que podría serlo, pero sin ínfulas ni petulancias –cinco generaciones de Zarcos al servicio de la patria– un alegre bullir en la sangre, una cierta fascinación por esa línea ininterrumpida de 11 varones de la familia consagrados al orden y a la seguridad de las personas y los bienes, que hicieron del sacrificio y del honor la principal divisa de su vida.